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EL CRACK (el serial) - Capítulo IX

Esto es el mundo real 

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Ser financiero en Nueva York es un asco. Si un cutre ensamblador de una cutre fábrica de coches utilitarios (¿hay cosa más cutre y más inútil? Si al menos fuera una fábrica de limusinas) pierde su trabajo, todo el mundo le compadece. Pero si yo, un financiero de Wall Street, soy despedido, todo el mundo piensa “¡que te jodan!” 

Todos saben que cuando uno busca trabajo lo primero que tiene que hacer es llamar a las puertas de sus “amigos”. Lo he intentado, juro que lo he intentado. Pero de pronto todos tienen la agenda copada y sus ineptas secretarias se niegan a hacer un hueco para mí. ¿Qué fue de aquello de “¿comemos hoy?, espera que despeje la agenda”? El martes me encontré con Courtney, un capitoste de una firma de inversiones, que salía de almorzar en un restaurante cercano al MET. Con él he comido, jugado al padel, salido de noche, le he presentado a modelos, e incluso llevado a su casa en un estado  cercano a un coma etílico a base de Dry Martines: se podría decir que era un amigo, ¿no? Su coche estaba a apenas tres metros de la puerta del restaurante y yo al principio de la manzana, a unos 12 metros. Pues salió poniéndose el abrigo, giró la cabeza y me vio, ¡¡me vio!!, yo lo saludé con la mano entusiasmado pensando que por fin podía hablar con uno de mis “amigos” sin que hubiera una secretaria infranqueable de por medio, él me sonrió… y aceleró el paso para meterse en la berlina de su empresa. Y allí me quedé yo, helado, como un pasmarote, pensando… “¡será cabrón!” 

De pronto me siento como esos críticos de moda amados y temidos, agasajados hasta la saciedad, alabados y mimados, que un buen día son despedidos de su medio de comunicación y nunca más son tenidos en cuenta, y ven como todas las atenciones que les dispensaban pasan a su sustituto. La moda es cruel… y las finanzas no te digo ya.  

No tengo ni un centavo. Pero no quiero abandonar mi costumbre de comer en buenos restaurantes. Estaré fuera del mercado laboral, pero la vida social me niego a abandonarla. Eso sí, tengo que confiar en la generosidad de los habituales. Mi técnica es: 

Entro en el restaurante y realizo un escaneo visual. Al momento se acerca el maître, que me conoce de sobra sea cual sea el restaurante, y me pregunta como si fuera un indigente que se ha colado en el restaurante (Warren dice que es paranoia mía) si tengo mesa reservada. Para entonces ya he localizado a alguien conocido, así que le digo que he quedado con tal o cual cliente y paso sin esperar a ser invitado, raudo y veloz, y saludo efusivamente a mi víctima almorzatoria, le digo que había quedado a comer con alguien que no está en su círculo de amistades para que no pueda comprobarlo y espero a que me invite a sentarme. Sólo es cuestión de ser ágil y cuando ves que la velada empieza a languidecer te levantas antes de los postres, te disculpas, y te largas con tu carisma intacto (no te hacen pagar si no has tomado postre). 

*** 

–Hola, Elizabeth –Elizabeth es una importante editora de una revista pseudopolítica–, te he visto y no quería irme sin saludarte. 

Está sola. Me mira seductoramente. No es mi tipo en absoluto, ni leo nunca su revista, pero es la única cara conocida del restaurante. Creo que hoy he llegado demasiado pronto. 

–Había quedado con… Clark Olympiakos, de Fisher Lynch –¡Joder! Esta tipa conoce a todo el mundo, así que me he tenido que inventar un nombre ficticio. No soy muy rápido echando embustes así que lo primero que se me ha ocurrido es mezclar la identidad secreta de Superman con el nombre del equipo de fútbol.

–¿Olympiakos? No me suena.

–Será porque es de la sucursal de la costa oeste. Está aquí por unos días y… –hasta ahí llego, mi imaginación se ha agotado–, bueno, que justo entrando me llama y anula la cita por no sé qué. Y te he visto y me he dicho “tengo que saludar a Elizabeth”, pero ya me iba.

No me invita a sentarme. ¿Por qué no me invita a sentarme? ¿Por qué demonios sólo me mira sonriendo y dice que sí con la cabeza? Joder, invítame a sentarme. Veo pasar un camarero a medio metro de mi espalda.

–¡Uy, perdona! –finjo que le estorbo, aunque es evidente que no, y me siento como para quitarme del paso–. Por cierto, la última portada de tu revista con Obama es realmente impactante –la he visto por casualidad en un kiosco.

Llega el camarero y sin que nadie me haya invitado pido Vol–au–Vent de setas de temporada, ensalada de ricotta y trufa a la vinagreta. 

*** 

Después de una primera semana odiando a todo el mundo he aprendido que el odio indiscriminado no te lleva a ninguna parte, es mejor concentrarlo en unos pocos. Quitando a mi padre, a la persona que más odio en estos momentos es a Robert, mi secretarucho traidor. Así que en vez de odiarlo en la distancia decidí hacerle una visita en su nuevo puesto, en la oficina ‘verdadera’ de Ridao-Blackman Global Investors. Me hacen esperar en recepción a que salga. 

–Rafael, me alegra verte.

–Vaya, ya no hay ‘usted’ de por medio. Veo cómo se trepa en esta empresa –permanece en un silencio inexpresivo–. ¿No tienes nada que decir?

–Que lo siento por ti.

–Traidor. Has dejado que haga el ridículo desde el primer día. Porque tú lo sabías…

–¿Oficialmente? No. Pero no había más que leer los informes que dejaba sobre tu mesa a diario para darse cuenta que la toma de decisiones venía desde esta oficina.

–¿Informes? ¿Qué informes?

–Una pila de documentos con el sello de la empresa que siempre has tenido sobre la esquina exterior derecha de tu escritorio –no tengo ni idea de lo que me habla–. ¿No te suena? Todas las mañanas te colocaba el informe del día encima de los periódicos y las revistas.

–¡Ah! Eso –los papeles que apartaba para coger el WWD.

–Sí, eso, ¿los has leído alguna vez? –mi cara me delata: no– No había que ser muy lis…Se interrumpe dándose cuenta que está profiriendo un posible insulto.

–Eso es lo que pensáis todos, ¿no? Que soy un subnormal autista.

–Borderline.

–¿Cómo?

–Que tu padre te llama subnormal borderline. Conste que yo nunca he pensado tal cosa, sólo que te dispersas y no prestas atención a lo importante. Quizás sea esta una buena oportunidad para reinventarte. Tienes talento Rafael… pero quizás no como financiero. 

Y se marcha dejándome plantado boquiabierto. No me lo puedo creer. Sin mi cargo hasta un secretarucho de tercera me puede soltar a la cara lo que piensa. 

*** 

Elizabeth se levanta porque no tiene buena cobertura para atender a la llamada que ha recibido al móvil. Pasan unos diez minutos. Se acerca el camarero y me pregunta qué postre voy a pedir y le respondo que esperaré a que vuelva la señora. Veo como el camarero habla con el maître. ¿Dónde está Elizabeth? Se acerca de nuevo el camarero con una tarjeta en la mano. 

“Rafael, me tengo que ir urgentemente. Una pequeña hecatombe editorial me reclama. Siento no despedirme, te debo un almuerzo. Llámame” 

¡La muy zorra se ha ido sin pagar! Quizás mi ‘treta’ ya no es tan secreta y se ha adelantado

*** 

Estar dos horas sentado en el hall del restaurante esperando a que Warren llegue para pagar la cuenta y rescatarme no es de las mejores experiencias que he tenido en mi vida. Mi amigo llega y sin dirigirse a mí conversa con el maître, le alarga la tarjeta de crédito, bromean (aunque no los llego a entender), le da una propina, y sale sin dirigirse a mí. 

Lo sigo. 

–Esto no es…

–No digas nada –me corta fríamente.

–Yo cómo iba a esperar…

–Ese es el problema, Rafael, que no esperas, no piensas, no prevés. A ver: ¿Cuándo prevés dejar de vivir en mi sofá? –no sé qué responder–. Ya veo. ¿Te has planteado trabajar?

–He estado buscando…

–No, Rafael, no. Lo que tú buscas no lo vas a encontrar. Nadie te va a pagar por no hacer nada como hacía tu padre. Y no es un buen momento para ser exquisito, ¿sabes? ¿Fuiste a clase cuando explicaron el término “crisis”?Se acerca a un kiosco, compra un periódico y me lo estrella contra el pecho.

–Mira, esto es un periódico real, no habla de moda ni de quién deja a su marido para irse con su socio. Un periódico real, con noticias reales, con una sección para los que buscan trabajo real.

Me siento como a un niño pequeño al que le han echado la bronca de su vida. Mi cara es muy explícita al respecto y Warren se ablanda.

Madura, Rafael. Te digo esto porque soy tu amigo –me dice.

Pues menos mal.

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