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EL CRACK (el serial) - Capítulo XIII

Fin de año y sin mojar 

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Un café abarrotado de solitarios esperando la llegada del nuevo año. No hay caras de ‘¡feliz año nuevo!’, ni espíritus alegres que quieran enmarcar en la pared el 2008. Creo que por azar he dado con el lugar donde se reúne el 31 de diciembre la gente como yo, gente que sólo quiere pasar página y olvidar que el 2008 existió. Me siento en una mesa dudosamente limpia y sorteo un chicle pegado en el sillón corrido. Veo a Helen Hunt sirviendo mesas al fondo del local, lleva el pelo recogido y su gesto de enteradilla impertinente bien visible. De pronto estoy feliz. Recuerdo la noticia que me acaban de dar: el gran financiero español Rafael Ridao ‘Senior’ afectado por una gran estafa piramidal. Ni yo lo hubiera hecho peor. ¡Ja! ¡Chúpate esa, padre despidehijos! 

Una camarera se me acerca. 

–¿Qué va a ser?

–Prefiero que me atienda su compañera.

–No va a poder ser, señor, ella está ocupada.

–Pues esperaré a que se desocupe.

–Señor, esta es mi zona, yo me encargo de esta mesa.

–Entonces me cambiaré de mesa, ¿cuál es la zona de ella?

–Sus mesas están todas ocupadas, ¿qué va a ser entonces?

–Entonces esperare a que se desocupe alguna.

–Mientras espera tendrá que tomar algo porque las mesas no pueden estar ocupadas sin consumir. 

Me levanto. Estoy cabreado. Esto no pasa en los restaurantes a los que estoy acostumbrado a ir. Si se te antoja un camarero lo ponen a tu total disposición. A él, su ropa, su mujer y sus hijos, si es menester.  

–Entonces esperaré de pie –¡jaque!

–No puede hacer eso.

–Ah, ¿no?, ¿y por qué?

–Porque incomodaría al resto clientes.

–Yo creo que no. Además, ¿quién me lo va a impedir?

–¿Ocurre algo, Ruth? –el encargado de turno (hoy no está el musulmán de “yo americano”) se acerca: un armario de tres puertas, con el cuello que parece un tocón de una secuoya, y unos bíceps que me recuerdan a los jamones de mi España querida.

–El caballero quiere que lo atienda Bel pero está en mi zona, y dice que va a esperar a que se quede una de sus mesas libres de pie. Le he dicho que no es posible y me ha preguntado que quién se lo va a impedir.

–No, no, la señorita no me ha dejado terminar –me veía estrellado en el pavimento después de volar quince metros propulsado por lo jamones del forzudo–, lo que le decía es que quién me va a impedir que me tome un café mientras espero. 

Jaque mate (en mi contra). Asunto arreglado. Mi orgullo por los suelos, pero mi cara intacta. 

*** 

Cuarenta y cinco minutos y tres cafés después una mesa se queda libre en la zona de Helen Hunt. Me cambio de mesa, me he salido con la mía (más o menos). 

–¿Qué va a ser?

–Esta zona es de tu compañera, ya me atiende ella –¿dónde se ha metido Helen Hunt?

–¿Bel? Acaba de terminar su turno. ¿Qué va a querer?

–No, se acabó, hasta aquí hemos llegado, ¡me niego! Llevo una hora…

–Bonita escena –escucho su voz a mis espaldas–, ¿es así cómo se suele pedir en los caros restaurantes de Wall Street? 

Se sienta en mi mesa y pide un par de cafés. 

–No sé si un café será lo más adecuado para tu estado de nervios.

–Yo sólo… Yo lo que quería era pagarte lo que te debía. 

Le extiendo el dinero. Primero saco lo que debía y añado la generosa propina con una sonrisa. Ella sólo coge lo que le debía. Yo insisto en que pille el dinero extra, pero se niega. Yo pienso que es demasiado orgullosa. Ella cree que soy un cretino. Así que sugiero que por lo menos la invite al café y ella me dice que lo daba por descontado. Le pregunto si no tiene familia o amigos con los que estar cuando den las 12. Y me empieza a contar que está estudiando económicas en la Universidad de Nueva York y que no le apetecía volver a casa estas Navidades porque sus padres se están divorciando y hay una guerra abierta. Mi cara se ilumina, tenemos dos puntos en común, la economía y padres en proceso de divorcio. 

*** 

Mi reloj da una señal acústica. Son las doce. En el local nadie parece haberse dado cuenta de que hemos cambiado de año. Llevamos una hora hablando y he entrado el 2009 olvidándome de todo, de mis desgracias, de mi insolvencia. Sólo tengo un pensamiento en la cabeza: acostarme con Belinda. 

–Feliz 2009 –le digo.

–¿Ya son las 12?

–Sí, he pedido un deseo.

–No creo en los deseos, y tú tampoco deberías.

–¿Y eso?

–Porque no se va a cumplir.

–¿Por qué estás tan segura?

–Porque no nos vamos a acostar hoy. 

¡Diablos! ¿Cómo podía saber que ese era mi deseo? ¿Tan transparente soy? Belinda se levanta, se pone el abrigo, recoge su bolso del suelo y se dispone a irse. 

–¡Pues vaya asco de 2009! –se me escapa en voz alta. 

Ella se ríe y antes de irse me dice: 

–Ya te he dicho que no nos vamos a acostar HOY. Llámame.

Y me apunta un teléfono en una servilleta de papel. Suena mi móvil. Tengo un mensaje que dice “Mr Chow te echa de menos. Ven a casa”. Es de Puppy. No sé si debería… Sí, la llamo. Está en casa, muerta de asco, se ha roto una pierna esquiando y todo el mundo está de fiesta mientras ella reposa la pierna. Por eso se ha acordado de mí.  

–¿Vas a venir a casa? –me pregunta.

–Dile a Mr. Chow que yo también le echo de menos, y que me pasaré algún día a verlo de regreso de mi nueva novia. 

Le cuelgo y me quedo tan a gusto. Me parece que he empezado a recuperar la dignidad.

Vuelve a sonar el teléfono.

–Rafe, tio, es tu día de suerte –es Warren–, ya no te tienes que quejar más de tu trabajo en la tienda de cómics. Tengo un amigo que busca a alguien como tú. Alguien sociable, que sepa empatizar con la gente, que tenga dotes organizativas para eventos. Y me acordé que tus fiestas siempre han sido para morirse. Ya verás, no habrá ni un cliente que se te queje. Empiezas el lunes 12. Yo volveré a casa el 11, ya hablamos y eso.

Definitivamente 2009 va a ser un gran año.

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