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EL CRACK (el serial) - Capítulo XVII

Conservar en frío

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–¿Dice que varón, caucásico, de 53 años, alrededor de 1’70 de estatura? 

Por un momento pensé que las estadísticas me iban a fallar. Aquel funcionario miró un segundo Ayako y pareció dudar de la historia del tío carnal, oveja negra de la familia, que llevaba un tiempo sin aparecer por casa. 

–¿Caucásico dice?  

Ella afirmó con la cabeza intentando parecer apesadumbrada, como una buena sobrina preocupada por su descarriado tío. El de la morgue se rascó la coronilla no muy convencido. 

–Pero usted, señorita, es asiática.

–Eso, querido señor funcionario, es algo evidente –intervine yo. 

Hubiera preferido que Ayako se hubiera encargado del asunto, ya que intuía que estábamos cometiendo al menos una decena de delitos claramente tipificados en el código penal al reclamar un cadáver con el que no teníamos ninguna relación. Pero al ver las reticencias del funcionario (demasiado diligente para ser funcionario, me parecía a mí) opté por mediar y resolverlo con mi pasmosa habilidad de improvisación. 

–Pero ella pregunta por un caucásico, y ella es asiática.

–¿Qué tiene en contra de los matrimonios interculturales? Su madre es americana, así como su tío. ¿Qué ley obliga a los asiáticos a casarse entre ellos? 

El tipo se encogió de hombros y nos hizo señas de que lo acompañáramos. Nos llevó al depósito municipal y le pidió a un tal Diego por un interfono que sacara a Mr. Gatos. Se dio cuenta de su metedura de pata y trató de explicarnos que allí ponían nombres a los fiambres para darle un toque ‘humano’. Al que llamaban Mr. Gatos lo habían descubierto en un callejón de la 136 West. 

–Estaba un poco… comido por los gatos, por eso le llamamos Mr. Gatos. En caso de que sea su tío quiero que nos disculpe por el ‘apelativo’ que le hemos puesto. Pero al no llevar identificación encima tendríamos que nombrarlo por el número de registro de llegada y para nosotros es mucho más complicado llamarlos por números.

–¿Estaba muy ‘comido’ por los gatos? –pregunto.

–Oh, no, señor, un poco los dedos. 

Llamo aparte a Ayako y le digo que lo de los gatos me preocupa. No podemos exhibir un cadáver mutilado. Que cuando saquen el fiambre que espere a que le de yo el visto bueno, y si no es viable sólo tenía que decir que ese no era su tío y que le sacaran. Después de todo,  los vagos datos identificativos que habíamos dado para reclamar el cuerpo estaban sacados de las estadísticas de los sin techo que mueren a diario en las calles de la ciudad. Tenía que haber al menos una docena de tipos como aquel a la espera de nuestra adopción. 

El tal Diego, obviamente un ex-presidiario de manual por los tatuajes y la corpulencia conseguida tras horas y horas de pesas en el patio de la cárcel, apareció detrás de un cristal y abrió una especie de enorme archivador de fiambres. Le destapó la cara a Mr. Gatos y su compañero le preguntó con la mirada a Ayako si ese era su buscado tío. Ayako me miró a mí. Me aproximé al cristal y pude comprobar que Mr. Gatos tenía la cara intacta. Sí, quizás le faltaran algunas falanges de las manos, pero nada que no se pudiera ocultar con unos guantes. Es más tenía en el rostro cierta dignidad de importante financiero de Wall Street que sólo la da la dura vida de la calle o la subsistencia en las altas torres del poder neoyorquino. Era perfecto. Le di el sí a Ayako y esta inmediatamente empezó a llorar repitiendo “¡mi pobre tío!, ¡mi pobre tío!” 

El funcionario nos acompañó hasta afuera y le pidió a Ayako que firmara unos papeles para hacerse cargo del cadáver. Yo estaba encantado: mi plan estaba en marcha. Escuché al tipo de la morgue decir “y eso es todo, señorita”. Me sorprendió lo fácilmente que uno se puede hacer con un cadáver en Nueva York sin cometer un delito, me refiero sin tener que matar a nadie uno mismo, porque desde luego que estábamos cometiendo un delito reclamando a Mr. Gatos para montar mi funeral-degustación. El funcionario le estaba dedicando unas palabras de consuelo a Ayako cuando yo le pregunté: 

–Oiga, ¿y esto cómo va? ¿Nos lo sirven a domicilio o tenemos que recogerlo nosotros? 

*** 

–Estás loco.

–Es la decimotercera vez que lo dices desde que has llegado y empiezas a repetirte. ¿Has venido ayudar o a insultarme? 

Warren se había tomado la mañana libre para ayudarme con los preparativos. Era la excusa ideal para seguir escondiéndose del caballero de la Comisión Reguladora de la Bolsa de Nueva York que lo buscaba insistentemente. Warren es un ejecutivo-avestruz, prefiere esconder la cabeza hasta que todo le estalla en vez de enfrentar los problemas. Cosa que a mi me vino de perlas para convencerlo de que me echara una mano en mi debut de “Funeral Planner: Death with style is heaven” (así rezaban mis nuevas tarjetas de presentación. 

Mr. Traill llegó y se quedó anonadado ante el despliegue. El equipo de decoración había transformado radicalmente la sala principal. Yo le había dicho al decorador “quiero esto” y le había tendido el número de octubre de Vogue donde se podía ver el blanquísimo apartamento parisino de Karl Lagerfeld. Enseguida lo pilló. Y a primera hora de la mañana se había empezado la remodelación de la sala de duelos para convertirla en un ambiente totalmente chic y futurista lagerfeldiano. Madera lacada en blanco, terminaciones niqueladas. Cristal, mucho cristal. 

–¿Qué es esto, Riado? –me preguntó Mr. Traill sin creer lo que veía.

–Buenos días, Traill, ¿le gusta? En un par de días tenemos la inauguración.

–Ridao, yo no he aprobado…

–No se preocupe por el dinero, hemos llegado a un acuerdo bastante interesante de pagos a plazos. De todas formas con el primer encargo que consigamos con la nueva política de eventos de lujo sacaremos un gran margen. Mire el informe de las nuevas tarifas que le propongo y que he dejado sobre su mesa.

–¿Pero en qué está convirtiendo esto?

–¿Usted confía en mí? –su cara reflejaba un clarísimo “no”– ¡Pues claro que confía mí! Si no para qué me habría dado el puesto de Style Director.

–¿“Style Director”?

–No, no, el atril de metacrilato de Philippe Starck no va ahí –y lo dejo con la palabra en la boca, no tengo más ganas de que me cuestionen, para eso ya tengo a Warren. 

*** 

La misión de Warren es limar asperezas con Puppy. Si alguien puede congregar a todo Park Avenue en un evento esa es ella. Mi orgullo no me permite rebajarme ante mi ex, por eso Warren tendrá que hacerlo por mí. Por otro lado Ayako está encargada de la convocatoria de prensa. Queremos que las editoras más chics de Nueva York cuenten a sus lectores que nuestros funerales son los que más clase tienen en la ciudad. Ya hemos confirmado la asistencia de gente de New York Magazine, Paper, Harper’s Baazar, Vogue, Village Voice, Elle, W, Style.com, Interview, Nylon y WWD. En un principio pensé hacer un evento para ejecutivos, pero después caí en la cuenta de que de estas cosas de la muerte siempre son las mujeres las que se ocupan. A ver si hago un hueco para invitar personalmente a Scott Schuman, de The Sartorialist. Suena mi móvil. Es Warren: Puppy colaborará pero quiere hacer el panegírico del difunto ella. Tiene un Balenciaga en el armario que todavía no ha estrenado y teme se le pase de temporada sin lucirlo, así que esta es la excusa perfecta. ¡Qué superficial puede ser esta chica! 

*** 

El enfrentamiento definitivo con Mr. Traill ha venido cuando he querido contratar Pat McGrath para maquillar al difunto (nota: hay que ponerle nombre al muerto). Anita, la maquilladora habitual, se ha enterado y ha malmetido para que me pare los pies. Yo he cedido con lo de la maquilladora y he exigido a cambio que no cuestione mi selección de caterer, porque he leído un artículo sobre un nuevo restaurante especializado en comida sudafricana fusionada con la haute cuisine francesa y ya no quiero otra para este evento que no sea eso. 

La llamada de mamá llega en el peor momento. Ya ha terminado sus “vacaciones” post-divorcio junto a su amiguito. “¿Qué amiguito?” me pregunta ella cuando le echo en cara que lo haya preferido a él antes que consolarme a mí en mi desgracia tras ser despedido por mi terrible padre. “Pero no seas tonto, cariño, Raúl es sólo mi monitor de esquí”. La verdad es que no le entiendo muy bien qué es lo que dice que le ha enseñado hacer Raúl es sus ‘vacaciones’ porque tiene la lengua un poco estropajosa, juraría que balbucea, y eso es síntoma de que ha vuelto a tomar su ‘medicación’, que es como ella a su amigo Johnnie Walter. Me dice que me quiere, que me quiere mucho y que quiere también a alguien que ha pasado por su lado en ese momento (posiblemente una criada), que quiere a todo el mundo, y es que cuando le da al Black Label se poner de lo más cariñoso en plan comunión celestial. “Nos vemos el martes” dice, y cuelga. ¿El martes? ¿Esa es su manera de decirme que viene a Nueva York? ¿O es que en su estado de ‘felicidad terapéutica’ no tiene claro que hay unos 6000 kilómetros que nos separan? 

Espero que ese “nos vemos” signifique que me va a poner una videoconferencia, porque el martes es mi gran debut y lo que menos me apetece es tener a mamá acaparando la atención que me corresponde. Debo relajarme, todo está en marcha, ya va todo rodado. Sólo me tengo que preocupar de estar lo más relajado posible en estado de nirvana constante, cosa básica para mi cutis y fotogenia. Cosa que será así mientras no aparezca mamá por aquí, nadie se de cuenta que Mr. Gatos tiene otra familia y no precisamente asiática… y no se corte la luz y se me descongele el arcón frigorífico que hemos alquilado hasta el martes, porque la verdad es que lo que hemos guardado en él no está muy ‘fresco’ que digamos.

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