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EL CRACK (el serial) - Capítulo XVIII

De nuevo en la cresta de la ola 

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Soy la nueva estrella de la ciudad. El ‘It Boy’ del momento, como me va a definir Vogue en su edición de abril. Vuelvo a brillar más que nunca. Si antes era un prometedor financiero que alternaba con bellas modelos y ricas socialités, ahora soy un “brillante organizador de eventos que le ha dado al negocio funerario un nuevo halo de exclusividad y buen gusto”. Es la enésima vez que releo la frase esta de la reseña que el WWD me dedica hoy. Tomo un sorbo de mi café, sentado en la mejor mesa de Chez Le Chef, y releo una vez más el artículo que me han dedicado, y donde salgo enfundado en un rayado traje oscuro de Dior Homme diseñado por Kris Van Assche (el último que pude comprar con la tarjeta de la empresa antes de que papá me despidiera) tomando una copa con una imponente Wendi Murdoch (esposa de Rupert, que me preguntaba si estaría dispuesto a organizar el próximo año su 41 cumpleaños). Si no fuera por el texto nadie diría que se trata de un funeral. Una belleza rubia sentada dos mesas más allá no me pierde ojo. La he pillado y le he dedicado una de mis sonrisas patentadas. Cuando pido la cuenta se decide y se acerca a mi mesa. “Me preguntaba si me pudiera usted dar un autógrafo” me dice tendiéndome un ejemplar del WWD como el que llevo leyendo toda la mañana. Decididamente soy la nueva sensación de la ciudad. 

*** 

Puppy hizo perfectamente su papel. Todo Park Avenue se había congregado en el funeral de Edgard de Falco. El nombre se nos había ocurrido en un brainstorming de última de hora. Yo quería un toque latino, de ahí lo de ‘de Falco’ que sonaba como a italiano y a rancia nobleza, mientras que Warren apostaba por un toque British y así surgió lo de ‘Edgard’. Ayako propuso nombres orientales, pero 1) el fiambre tenía de oriental lo que yo de padre de familia de suburbio barato que compra su ropa en tiendas de superdescuentos, o sea, nada, y 2) nadie de Park Avenue iría al funeral de un asiático a menos que fuera acreditadamente millonario y tuviera fuertes lazos comerciales con los esposos de las Parkavenuettes (incluso si es así siempre buscan excusas creíbles para no ir a eventos de asiáticos, hispanos o irlandeses). 

Ayako y yo íbamos pertrechados por intercomunicadores con Bluetooth para estar siempre enlazados. Ella se ocupaba de ir situando a la gente en sus asientos: prensa a la derecha, personalidades a la izquierda, celebridades en el frontrow… Puppy ejercía de anfitriona y recibía el pésame de los invitados, ya que nadie tenía realmente certeza de quién era el tal De Falco ni qué familiares del difunto estaban presentes. Lo único cierto es que el rumor de que un potentado había muerto y que su funeral era el sitio justo donde dejarse ver se había extendido como la pólvora. Puppy es experta en eso. Basta con que diga que tal peluquero hace las mejores mechas de la ciudad para que su libro de reservas se cope hasta 2021.  

A todo el mundo le encantó la somera ceremonia de adiós, las concisas y sentidas palabras de Puppy en su Balenciaga de estreno, y lo rápidamente que dejamos el desagradable ritual funerario para pasar al salón contiguo donde un ágape chic estaba dispuesto al son de un ameno, pero respetuoso, cuarteto de cuerda que estimulaba que los invitados se mezclasen y se divirtieran (moderadamente… era un funeral). 

Mr. Traill regresó cuando la fiesta estaba en su apogeo. Llegó temprano como de costumbre pero no le dejé entrar. Me dijo que cómo me atrevía a negarle la entrada a su negocio, a lo que le respondí que podía ser su negocio, sí, pero que a un evento mío no entraba nadie con un traje de poliéster. Le sugerí que se acercara a Lord & Taylor y se hiciera con un buen traje de Hart Schaffner Marx, que no eran especialmente caros y se habían puesto muy de moda gracias al nuevo Presidente. Viendo mi determinación a no dejarle pasar, y siempre refunfuñando, decidió hacerme caso. Cuando volvió se quedó helado de ver la enorme convocatoria que habíamos tenido. Disfrutó unos instantes de la animación y se retiró a su despacho. 

Lo más curioso era el escuchar lo que la gente decía cuando se acercaba al féretro. “Pobre Eddy, si parece que fue ayer cuando lo vimos tan lleno de vida” exclamó una señora ultradelgada cuyo marido ha cobrado un jugoso dividendo mientras el banco que dirige ha tenido que ser rescatado por el Gobierno. Warren y yo nos miramos y pusimos cara de perplejidad. Aquello empezaba a ser una experiencia de histeria colectiva. Todo el mundo parecía conocer a De Falco muy de cerca, y no precisamente de haberlo visto rebuscando en la basura rodeado de gatos, que era lo más probable que hubiera hecho en los últimos años de su vida. Una editora de moda se acercó a mí, me felicitó por la organización y señaló cuán original le parecía haberle puesto guantes al cadáver. “Un toque muy chic” me dijo. No le parecería tan chic su supiera que era para disimular la falta de parte de los dedos comidos por los gatos. 

Una voz a mis espaldas dijo.  

–No tiene nada de buen aspecto. 

Me volví y descubrí a una terrible amazona de pómulos marcados y enorme casco de peluquería enfundada en unas carísimas pieles de chinchilla. ¡Era mamá! No sé cómo me había localizado. La sorpresa inicial no evitó que notara pequeñas variaciones en su rostro: las bolsas de los ojos habían disminuido drásticamente, el óvalo de la cara estaba reafirmado y el descolgamiento de la papada corregido (una lipectomia submental clara). Empiezo a sospechar que su retiro no ha sido precisamente para esquiar. Le di dos besos con más sorpresa que entusiasmo y me repitió señalando el cadáver: 

–Digan lo que digan yo le veo muy mala cara.

–Será porque está muerto, ¿no? –le respondo fastidiado por sus ansias de estropear mi éxito–. ¿Qué haces aquí?

–Quería visitarte y ver si te hacía falta algo.

–Un poco tarde, ¿no crees? Esta visita la hubiera necesitado cuando papá me despidió y me dejó en la insolvencia. ¡En la calle!

–Querido, yo tampoco estaba pasando mi mejor momento.

–¿A qué has venido, mamá?

–A verte, claro. A ver cómo está mi niño y qué necesita.

–¿A qué has venido, mamá?

–¿Pero a qué voy a venir?

–¿Entonces no piensas ir a los desfiles de la Semana de la Moda?

–Bueno… Ya que estoy aquí… 

Pillada total. Sólo ha venido por los desfiles. Así que muy dignamente la acomodo en una de las últimas filas, pero sin saber cómo, en cuanto me doy la vuelta, se pertecha en primera fila. Como no quiero un enfrentamiento directo mando a Ayako para que la devuelva a su sitio asignado. A los tres minutos recibo una llamada por el intercomunicador: “tenemos un problema”. 

–Mamá, ese sitio está ocupado –le digo tras acercarme.

–Yo no veo a nadie en él.

–Porque todavía no ha llegado, es para una editora de Vogue.

–Estás loco si piensas que una editora de Vogue va a venir a esto.

–No me gusta nada ese tonito que usas en el “esto”. ¿Si te parece tan cutre por qué no te sientas donde te he asignado?

–No ha nacido aún quién me quite un fontrow -me responde rechinando los dientes.

–¡Mira, haz lo que te de la gana! 

La dejo por imposible y decido ignorarla en lo que resta. Por todo lo demás todo sale a pedir de boca. 

*** 

Son las 13:15 cuando llego al trabajo. Empiezo a recuperar mis hábitos laborales, entre los que está dedicar las mañanas a las relaciones públicas fuera de la oficina. Cuando arribo me informan que Mr. Traill ha preguntado por mí desde primera hora y que está que echa chispas. Anita me explica que esta mañana empezó a revisar facturas y que tubo que tomarse medio bote de pastillas para el corazón. Dice que dijo “lo que no ha conseguido mi ex-mujer, lo va conseguir este chico, llevarme a la tumba o la ruina”, y por lo visto debe ser algo terrible, porque según me cuenta Anita gracias a su ex terminó en la UCI con un ataque al corazón y en la calle sin nada tras el divorcio. Me advierte que vaya con cuidado, que guarda un arma en el escritorio y tiene el ánimo propicio para usarla.  Entro un poco atemorizado en el despacho.

Y para mi sorpresa… ¡Mr. Traill me abraza! Por lo visto en el tiempo que va desde que revisó las facturas a primera hora a cuando yo he llegado, ha recibido una llamada para encargar un funeral de un industrial muy conocido, una agencia de alto standing quiere cerrar un acuerdo de subcontrata para que nos hagamos cargo de los sepelios de sus clientes, y una niña pija con un fondo fiduciario de un millón de dólares quiere que organicemos el adiós a su chiguagua. Ha hecho cuentas y cree que mi pequeño funeral-presentación ha sido la mejor inversión de su vida. 

Salgo de la oficina muy orgulloso. Por fin alguien reconoce mi talento. Siempre le estaré agradecido a Mr. Traill por haber confiado en mí. Me suena el móvil. 

–Buenos días, ¿Rafael Ridao?

–El mismo.

–Soy Catherine Maxwell de Maxwell Logistic –¡Dios, la empresa de organización de eventos de élite más importante de Nueva York!–. Estaría interesada en reunirme con usted, creo que tengo una oferta que le va a interesar. 

¡Gracias Mr. Traill por haber confiado en mí! Pero los negocios son los negocios.

 

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