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EL CRACK (el serial) - Capítulo XXI

Operación Caipiriña 

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No es fácil cantar La Chica de Ipanema al lado de un compañero de viaje que no hace más que vomitar. No sé si es mal de alturas, pánico a volar o terror a cómo tarareo, porque tres veces que me he arrancado con el “Olha que coisa mas linda, mas cheia de graça, é ela menina que vem e que passa”, tres veces que ha vomitado. No creo que los múltiples estómagos de los rumiantes son capaces de albergar tanta comida como para rellenar cuatro de las bolsitas de papel que te dan para estos casos. 

Cuando la azafata se acerca por enésima vez a ver si Warren se encuentra bien le pido que me cambie de asiento. Primero me dice que no es posible, y luego me pregunta si no viajábamos juntos. ¡Pues claro que viajamos juntos! Un desconocido no le hubiera gritado e insultado como yo he hecho cuando una de las bolsas se desfondó dejando caer todo su asqueroso contenido sobre mis flamantes Ferragamos. La azafata no logra comprender por qué, si viajamos juntos, pretendo cambiar de asiento. No me apetece explicarle que una cosa es ayudar a un amigo a fugarse del país y otra bien distinta pasar todo un viaje con un tío al lado vomitando

Yo sé que le pasa. Está cagao. La comisión va a presentar cargos por un agujero contable que ha encontrado en uno de sus hedge funds de dimensiones terrorífica, como los socavones que aparecen en las obras públicas españolas, y a Warren le pasa como a los ingenieros que planifican esas obras públicas: que nunca saben de dónde ha salido el agujero.

–Te prometo que no he cogido ni un centavo que no me pertenecía– me dijo cuando llegué a su apartamento en medio de la noche tras su llamada cargada de pánico. 

No tiendo a creer en la inocencia de nadie, y menos en alguien que está justo delante de una obra suprematista (menor) de Malevich que acaba de adquirir en una subasta de Sotheby’s. “¡Lo compré sólo por cuestiones de impuestos!” me dice, pero él sabe que yo en vez de cuadraditos de colores estoy viendo la traducción de un agujero contable en forma de pintura incomprensible. Pero no importa, un amigo es un amigo, aunque sea un delincuente, y mi deber es sacarlo de ese lío.  

Mis cuentas siguen sin estar boyantes, después de todo estoy sólo al principio de una nueva carrera estelar, y tampoco podemos tocar las cuentas de Warren ya que a estas alturas estarán vigiladas y cualquier movimiento extraño precipitaría su detención. Es de los pocos estúpidos que no tienen pasta en paraísos fiscales. Así que tuve que recurrir a mamá, ¿para qué está una madre sino para que te ayude a fugarte del país? Bueno, seamos sinceros, yo no tenía ninguna necesidad de fugarme de ningún sitio, pero a un viaje a Brasil no se le hace ascos. 

Tuve que insistir bastante para que el recepcionista del turno de noche descolgara el teléfono y avisara a mi madre. Mucho cariño materno pero su primera reacción fue pedirle al conserje que me despachara con viento fresco. Mamá nunca ha tenido buenos despertares, y menos a las 5 de la mañana. Mi insistencia y la frade “de vida o muerte” hizo que el conserge se arriesgara a que el basilisco alojado en la Edwardian Park suite bajara y le arrancara el corazón con las manos desnudas por esa segunda llamada. Al final me recibió en el saloncito privado de la suite, en salto de cama rosa, color que sólo usa en la intimidad porque su eterno moreno artificial no va nada con ese color.

–¿Qué situación “de vida o muerte” es esa tan importante como para interrumpir mi sueño reparador de 8 horas tan básico para mi equilibrio epidérmico –¡Dios, me enerva! Ni por un momento piensa que sea lo que sea es más importante que el aspecto de su cutis… cutis de lagarto, por otra parte (eso ha sido gratuito, pero me saca de mis casillas).

–Necesito dinero, mamá.

–Evidentemente de vida o muerte –me reprocha poniendo los ojos en blanco.

–En serio, mamá, necesito dinero.

–Cariño, ya sabes que tengo las cuentas bloqueadas hasta que los abogados resuelvan el maldito divorcio. Lo único que me consuela es que tu padre tiene ciertos negocios tan bloqueados como mis cuentas porque no doy mi aprobación. Ten paciencia, no tardará en resolverse todo.

–No lo entiendes. Necesito dinero, mucho, y urgente –le repetí lentamente.

–¿Para? –me pregunta medio intrigada medio preocupada.

–Warren y yo nos vamos a Brasil, pero no podemos tocar sus cuentas…

–¡Acabáramos! ¡Me sacas de la cama para sablearme para irte de vacaciones!

–No son vacaciones, sino una fuga. Nos vamos del país porque van a  detener a Warren.

–¡Uy, eso lo cambia todo! Por supuesto que estoy encantada de participar en un delito. ¿Dónde está mi chequera?

–Diez mil dólares bastarán por ahora…

–Estaba siendo sarcástica, Rafael, ¡a veces eres tan afásico! Además, ¿tú qué pintas en todo esto? ¿También te persiguen a ti?

–No, es Warren el que está en apuros.

–Y tú te lanzas de cabeza a implicarte para que te detengan por cómplice. Sé inteligente por una vez en tu vida, hijo, y deja que se coma sus problemas solitos.

–No puedo.

–¿Y eso?

–Porque Warren es mi amigo.

–¿Amigo? ¿Y eso qué significa?

–Significa que me dio casa, comida y trabajo cuando mi padre me dejó en la calle sin un centavo y mi madre se perdió con algún chulo durante semanas sin dar señales de vida –calla y otorga mientras que en la puerta de la habitación se dibuja la silueta del chulo aspirante a ‘señor de’ que pregunta qué es todo ese ruido–. Ya veo, las cuentas bloqueadas por el divorcio y viviendo con lo justo para residir en una suite del Plaza y mantener a tu ‘juguetito’. Gracias mamá. 

Me fui dando un portazo que no sonó tan fuerte como yo quisiera porque las puertas tienen sistemas de amortiguación. Tenía que conseguir dinero, ¿pero dónde? Empecé a andar por la calle 58 con los primeros rayos de sol. Si algo me había demostrado mi defenestramiento en la organización Ridao-Blackman es que no tenía a nadie a quien recurrir salvo Warren. Llegué al cruce con Park Avenue y una bombillita se encendió en mi cabeza. 

*** 

–No, no, y no. De ninguna manera. Me niego a fugarme del país con susodicho personaje. Una fuga lleva implícito en su definición la cualidad de ‘discreción’ y con Puppy será todo menos discreto.

–Warren, piénsatelo, ella es nuestro cajero automático humano. Lo único que pide a cambio en que la dejemos participar.

–¡Estás loco! Y ella está muuuuuy aburrida, por lo que veo. Me niego a que mis desgracias se conviertan en el entretenimiento de una heredera de Park Avenue aburrida.

–Aburrida heredera, pero rica y con dinero disponible, y dispuesta a esponsorizar nuestra fuga.

–¡Que no!

–Bueno, pues entonces espero que te guste que un tipo de dos metros todo lleno de tatuajes y oliendo a sudor te llame ‘muñequita’ mientras comparte catre en tu celda, porque es lo que te espera.

–Que no –no parece tan convencido ahora.

–Warren…

–Pero Mr. Chow no viene, ¿entendido? 

*** 

Dos limusinas nos recogieron a las 7 de la tarde. En una nos montamos con Puppy y Mr.Chow, y otra portaba todo el equipaje de Puppy que con algo de suerte dejaría espació en la bodega del avión para las maletas de un par de pasajeros más. El plan es que ella embarque por su cuenta y nosotros por la nuestra. Nos reparte los billetes. 

–¿¡Turista!? –exclamo al verlos.

–Los vuestros sí, el mío en bussiness. Recuerda, nada de llamar la atención.

–Seguro que pasas desapercibida en Rio con ese abrigo de pieles –practico la ironía.

–No me gusta que este chucho me olisquee la entrepierna –dice Warren apartando a Mr. Chow.

–Mejor él que no tu compañero de celda –le respondo sin prestarle mucha atención, me preocupa más el tema de los billetes–, y ¿qué es eso? ¿Natal? ¿¡No vamos a Rio!?

–No, he pensado que me apetecía pasar unos días en el Kilombo Villas & Spa de la playa de Sibaúma.

–Ese no era el plan.

–¡Quita chucho! –sigue batallando Warren ajeno a su destino.

–No trates así a Mr. Chow, su psicoterapeuta dice que es muy sensible al rechazo. Tú amigo es muy delicado –me dice Puppy a mí– teniendo en cuenta la clase de animales que van a olisquearle a él en la cárcel. 

*** 

Llegamos al aeropuerto de Natal y desembarcamos cada uno por nuestro lado para no llamar la atención. La discreción es básica en situaciones de fuga, eso lo sabe cualquiera… 

…Cualquiera menos Puppy, que tiene esperando a toda una comitiva de portamaletas, guía turísticos, chóferes y el director del resort esperando con un gran cartel que pone nuestros nombres. Lo he pensado detenidamente durante el viaje, ya puestos a ocultarse de la justicia, qué menos que hacerlo en un resort de lujo. ¡Aquí empieza nuestra aventura brasileira!

 

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