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EL CRACK (el serial) - Capítulo XXV

Nos vamos de boda 

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–Clase turista, clase turista, ¿qué modo de viajar es este, en clase turista? –protesto.

–Es el modo que de viajar que tiene la gente sin trabajo, mi caso –responde Warren hiperventilando–. Es como viajan la gente que no logra mantener un trabajo más allá de una semana, tu caso.

–Pero tú sí tienes dinero, podrías haber comprado billetes con un poco más de clase.

–Dado que he perdido mi trabajo por ausentarme de él sin justificación por tu culpa, que me llenaste la cabeza con paranoias persecutorias, y que tus palabras textuales fueron “tío, vente conmigo a la boda de mi madre, necesito tu apoyo”, pensaba que tú corrías con los gastos del viaje, no imaginaba que tenía que pagar tu billete, el mío y el de esta –dijo refiriéndose a Belinda.

–¡Ey, un respeto, “esta” es mi novia!

–No, te equivocas, tu novia es este –replica Belinda refiriéndose a Warren.

–¡Ey, tía! –protesta él.

–¿Pero qué pasa con vosotros dos? Estáis así desde que llegamos al aeropuerto. Antes no os llevabais mal.

–Antes no lo conocía, simplemente –responde ella ojeando una revista.

–Si llego a saber que viene ella paso de la boda de tu madre.

–¿Alguien me va a explicar de qué va todo esto? –pido anonadado de la agresividad que se masca en el ambiente.

–Paso de ti y de su culo –zanja él.

–Yo sí que paso de él y de esa relación tan gay que tenéis –zanja ella. 

El resto del viaja hasta Punta Cana lo pasamos en absoluto silencio salvo por los continuos jadeos de angustia de Warren, que no logra superar su pánico a volar. Algo ha pasado, de eso estoy seguro. Cuando recogimos a Warren en taxi todo iba de perlas, parecían hasta seres civilizados. Esto es un expediente X. 

Cuando aterrizamos Warren besa el suelo (literalmente) y jura que nunca más volará a países del tercer mundo, y todo por unas pequeñas turbulencias y dos minutos de caída en picado al aterrizar.

–Bolivia no es el tercer mundo –le explico condescendiente.

–Estamos en Republica Dominicana –apostilla Belinda, que por fin sale de su mutismo.

–¿Esto es Republica Dominicana? –le pregunto sorprendido y pone los ojos en blanco ante mis descolocación geográfica–. Bueno, da igual, no estamos en el tercer mundo, Warren, ¿estás segura que Punta Cana está en República Dominicana?

–Si no es el tercer mundo, ¿por qué el aeropuerto es de madera? –ahí Warren me ha pillado. 

Seguimos los pasos de Puppy y Mr. Chow. ¿Que en qué momento ha entrado Puppy a formar parte de esta historia? Pues en el momento en que Warren quiso tirarse del avión pero una azafata lo sujetó porque primero tenían que desembarcar los pasajeros de primera. Estábamos allí de pie como pasmadotes cediendo el paso a los que habían tenido la buena idea de comprar billetes de verdad cuando vemos descender a Puppy. “¿Ey, qué haces tú aquí?” le grito, pero me ignora y desembarca. Cuando pisamos el aeropuerto allí nos está esperando. 

–Puppy, ¿por qué me ignoraste en el avión?

–No es correcto que los pasajeros de primera hablen con los de turista, ¿no has aprendido nada de protocolo?

–Eso es absurdo –escupe Belinda, que desde que ha aparecido Puppy está aún de más mala leche si cabe.

–¿Quién es? –pregunta Puppy a Warren ignorándola.

–La novia.

–¿Novia de quién?

–De este –dice refiriéndose a mí. 

Puppy se quita las gafas de sol y la examina de pies a cabeza con detenimiento, y tras su examen pregunta a Warren: “no, en serio, ¿quién es?”. 

Me lleva casi media hora tranquilizar a Belinda y conseguir que me jure que no va a matar a Puppy en ningún momento de este viaje. Me lo jura, pero sólo en lo que dure el fin de semana. Nos arrebujamos en la limusina que Puppy tenía preparada para ella y nos dirigimos a Tortuga Bay, donde mamá celebra su maldito enlace. Todos creen que he madurado de pronto y que voy a respetar la decisión de mi madre de casarse con el primer gigoló que pase por su vida, pero tengo mi propia agenda en este viaje y mi principal misión es impedir la boda. 

La escena dentro de la limusina es dantesca. Belinda mirando por la ventanilla para no cruzar la mirada con ninguno de nosotros, Warren luchando con Mr. Chow que vuelve a su afición de olisquearle la entrepierna. Puppy colgada al móvil discutiendo con alguien que se supone será su asistente personal en el hotel. Y yo perplejo por la escena en si. 

–No me contestaste, ¿qué haces aquí? –le pregunto a Puppy.

–Tu madre me invitó.

–¿A santo de qué?

–Por ser tu novia.

–La novia es…–empieza la frase Warren.

–Dilo una vez más y eres hombre muerto –le advierte Belinda–. ¿En qué idioma he de decir que no soy la novia de nadie?

–¿Y no se te ocurrió aclararle a mi madre que ya no estamos juntos?

–Bueno, la verdad es que lo intenté, pero ya sabes cómo es: habla, habla, habla, y no escucha. Así que me pareció más rápido y cómodo decirle que sí a todo. Después de todo, ¡es un fin de semana en Tortuga Bay! Yo nunca digo que no a una invitación a pasar unos días en el Caribe.

–Genial –decimos Warren, Belinda y yo a la vez, pero cada uno con un tono bien distinto. 

Nos instalamos en el alojamiento que mamá nos ha asignado. Tenemos algún problema porque sólo disponemos de una habitación para cuatro personas, ya que mamá pensaba que sólo iríamos Puppy y yo. A ella le encanta Puppy, son dos caras de la misma moneda, una joven y otra vieja, ambas ricas, aburridas y sin saber donde gastar su fortuna. Ambas comprando hombres. La única diferencia radica en que Puppy nació en el seno de una familia podrida de dinero y el ser millonaria forma parte de su genoma, mientras que mamá se ha tenido que hacer a si misma al nacer en el seno de una familia de la burguesía empresarial catalana no sobrada de dinero (eso es la versión oficial, la verdad es que de burgueses poco, su padre, mi abuelo, la única empresa que ha tenido en su vida ha sido una chatarrería, pero eso mamá ha sabido ocultarlo hábilmente al dominio público). Mamá fue Miss algo, de la quinta de Tita Cervera, creo que hasta coincidieron en el certamen de Miss España, o al menos eso cuenta ella reafirmando su pedigrí, pero hay que darle tanta veracidad como a lo de su origen burgués. Asociarse con Tita le viene estupendo porque legitima su posición social tras pasar por concursos de belleza (si a la baronesa se lo perdonan, a ella también) y se quita algunos años de paso, ya que es ‘algo’ mayor que la otra. En las discusiones con papá siempre se reprochaba haber preferido el mundo financiero, “tenía que haber elegido al barón, ¡con lo que me gusta a mí el arte!” 

Al final Puppy consigue a golpe de tarjeta de crédito y una muy buena propina, que nos provean des otras dos habitaciones, una para Warren y otra para ella.  

Belinda deshace la maleta manteniendo un mutismo estremecedor. Yo no le dirijo la palabra por miedo a que se lance y me cuente todo por lo que está enfurruñada. Si no le hablo no tiene motivos para estallar.

–Voy a ver si localizo a mi madre –le digo.

–¿De verdad quieres que te diga qué me pasa? –me suelta de pronto, ¿quién le ha preguntado qué le pasa?, yo no–, ya que lo preguntas te diré que un fin de semana con el obseso sexual de tu amiguito Warren y la esnob de tu ex-novia no es precisamente el viaje idílico que me habías pintado. ¿Sabes qué hizo tu amiguito en el aeropuerto? ¡Me cogió una teta! Y cuando le dije que qué coño estaba haciendo me suelta que tú y él sois como hermanos y que lo compartís todo. Pues que sepas que si os gustan ese tipo de jueguecitos lo lleváis claro conmigo.

–No me lo puedo creer, Warren es un idiota salido, siempre ha intentado acostarse con mis chicas, pero no creía que lo intentara contigo, él sabe que me gustas de verdad.

–¡Ah, está bien, eso me tranquiliza! Mientras que sea sólo con chicas que no te gustan “de verdad” no hay problema –espera, ¿eso es un sarcasmo?, como no estoy seguro mejor no respondo–. ¡Tú eres idiota! Idiota y machista. Ya te hago saber que no te voy a consentir que me trates así, y a tu amiguito se lo dejé bien claro… a él y a lo que queda intacto de su entrepierna.

–Salgo.

–No hace falta que vayas a defenderme, ya le ajusté las cuentas a ese majadero.

–No, voy a ver si encuentro a mi madre.

–¡Pero no ibas a partirle la cara a ese idiota! Claro, tonta de mí, pensar que querías defenderme.

–Me has dicho que no hacía falta, pero si quieres que le parta la cara se la parto y ya está.

–No, no quiero, quiero que seas maduro y actúes como un hombre. 

Llaman a la puerta, ¡gracias a Dios! La miro pidiéndole permiso para abrir (¿porqué le pido permiso?, ¿en qué me he convertido?). Me hace un gesto dando la conversación por terminada. Así que abro la puerta y… 

–¡¿Tú?! –la sangre ha dejado de circular por mis venas.

–Hola, Rafael, hijo.

–¡¿Papá?!

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