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París de a A a la Z: de Cacharel a Dries van Noten

Estaba totalmente frustrada. Llevaba cinco días de puerta en puerta reclamando un mínimo de atención pero ninguno de aquellos miopes paparazzis reparaba en ella. Había sacado su mejor artillería estilística, sus tesoros más preciados del armario, e incluso había arrasado el vestidor de Tumi, su mejor amiga, adicta a los clones de Chanel que su madre le cosía en su vieja Singer. Había asumido 20 identidades distintas en las últimas 120 horas (se cambiaba cuatro veces en el día) pero ninguna de ellas había captado el interés de las lentes de los fotógrafos o bloggeros que se apelotonan a la entrada de los desfiles en busca del estilo singular. Lo más cerca que estuvo de conseguirlo fue cuando Garance Doré le preguntó de qué firma era los zapatos que llevaba. “Parecen cómodos” le dijo, y ella supo que ‘cómodos’ es igual a no merecer un disparo que los inmortalizara. Quizás ella también era una chica ‘cómoda’ y por eso los fotógrafos de street style no terminaban de interesarse por ella y su concepto de la moda.

Había pasado la noche en lo que le parecía una continua vigilia, aunque lo cierto es que había dormido perfectamente. Tenía esa sensación porque sus sueños habían dado continuidad a su preocupación y se preguntaba oníricamente qué fallaba… ¿Qué estaba mal en ella? Se duchó dándole vueltas al asunto y en su pequeña habitación alquilada de la Rue Pernelle se posó frente al espejo de cuerpo entero en que se daba cada mañana el visto bueno. Se miró y se volvió a remirar. ¿Qué fallaba? Arrastró el espejo hasta ponerlo frente a la cama, se sentó en el filo del colchón frente a él y se siguió mirando y preguntándose dónde estaba el problema. Le dolían mucho los pies del trasiego en los cinco días anteriores como para darle vueltas a su problema de pie, tenía que ahorrar fuerzas.

¿Es que acaso no era lo suficientemente ‘fantástica’? Sus amistades siempre le decían que tenía mucho estilo y muy buen gusto. ¿Sería el pelo? ¿Debía pasarse por la peluquería Carpy que había en los bajos de su edificio antes de intentarlo de nuevo?

Sacó un viejo Alaia encontrado por casualidad y sin etiquetas en una pequeña tienda de moda vintage del Quartier Saint Gervais. Era ajustado como una segunda piel, lila, de hombros muy marcados, con un pequeño desgarrón en el pecho que se disimulaba con un broche de cristales tallados como diamantes. Se calzó unos zapatos de puntera mortal de H&M y se lanzó a contrarreloj al metro para llegar a la Place du Trocadéro antes de que empezara el primer desfile del día.

Cuando divisó el Palais de Chaillot allí los vio, cámara en ristre. Los fotógrafos abordaban a editoras de moda, invitadas, modelos… las flasheaban y apuntaban unos someros datos en sus cuadernos. “Isabella. Modelo. Italiana. Vestido de Rick Owens. Ha desfilado esta semana para Watanabe, Gaultier y Mouret”. Se acercó con paso decidido a donde los fotógrafos se concentraban segura de que ella era material de primera para sus blogs y páginas webs. Pasó por delante de ellos pero, para su asombro, ninguno le pidió que posara. Se detuvo indecisa, debía dar la vuelta porque no tenía invitación para el desfile y no podía franquear la entrada. Nuca tenía invitaciones, tan sólo era una estudiante de Ciencias Políticas en primer curso sin contactos en el mundo de la moda ni apellido que le abriera las puertas de los grandes salones. Sacó de su bolso su desfasado móvil de pantalla arañada y fingió responder a una llamada, giró sobre sus talones y comenzó a deambular dando una segunda oportunidad a los fotógrafos de reparar en ella.

NADA. Entonces vio a una chica con pinta grounge, envuelta en poco más que harapos, con un bombín, que con un café en baso de cartón miraba curiosa el barullo formado a la entrada del desfile. Su curiosidad no era efecto del deseo de poder pasar a los salones donde Akris presentaría su propuesta para la siguiente temporada, era más bien asombro ante lo absurdo de la parafernalia del mundo de la moda. Tenía los ojos muy marcados con kohl, un piercing en la nariz y el pelo sucio, apelmazado. Era totalmente inconcebible que Scott Schuman, el más grande entre los más grandes, The Sartorialist, se estuviera acercando a ella. La cara de sorpresa y diversión de la chica lo dejaba claro: le estaba pidiendo que se sometiera a su cámara.

No lo podía creer. Preferían harapos y pelos mugrosos a un Alaia y una perfecta coiffeture. A su espalda escuchó a otro fotógrafo lamentarse de que The Sartorialist se le había adelantado. Ella se volvió y sin salir de su asombro le preguntó al fotógrafo por qué, “¿por qué esa chica?”. Afortunadamente se mordió los labios antes de añadir “y no yo”, ya que la respuesta fue: “porque es auténtica, no como ese broche” dijo señalándole el pecho…

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