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París de a A a la Z: de Eley Kishimoto a Helmut Lang

Aquellos fueron otros tiempos. Y vaya por delante que no me considero una persona nostálgica. He vivido lo mío y no cambiaría nada de lo que he hecho, pero tampoco repetiría nada de lo hecho, porque la rutina me enerva. Es por eso que me gusta el paso del tiempo, porque no te permite volver atrás y repetir momentos de tu vida.

Me preguntas si el París es de hoy es como el que yo viví como editora de moda. Definitivamente no… y afortunadamente. Hoy todo es más chispeante, más vivo, es una jungla donde el mercado y la competitividad creativa prevalecen. Entonces, en los 60 y 70, cuando yo estaba en mi mejor momento profesional, antes de casarme y dejar el mundo editorial, existía una especia de fair play entre casas de moda –de cara a la galería– que hoy no es tan evidente.

Hoy todo es más racional, nadie es capaz de guardar luto por un diseñador. Si muere o retiran a un diseñador, lo lloran el tiempo justo, los tres minutos previos a que ‘la pregunta’ que eleva el ritmo de tu corazón se dibuje en tus labios: ¿quién le sucederá? Solo importa en presente, el futuro, el pasado tiende a eso… a ser pasado. Por eso me gusta tanto este momento que se vive en la moda. Es una lástima estar retirada y no poder vivirlo desde dentro.

Recuerdo la despedida del gran Cristóbal. Era un hombre adusto. Poco dado a los afectos, aunque no es que te hiciera sentir incómoda en absoluto. Tratar con él era como ir al médico. Sabías que estabas en las mejores manos pero no podías esperar cariño en su trato, tan solo (que ya era bastante) esmero.

Cuando se retiró yo acababa de entrar a trabajar en Harper’s Bazaar. No es que fuéramos el colmo de las vanguardias en aquel momento. No éramos siquiera una remedo de aquel Vogue obsesionado por la modernidad de Diana. Ni queríamos serlo, claro. Nancy White era una editora de la vieja escuela, una dama de guantes blancos. Diana dejó Bazaar cuando Carmel Snow eligió a Nancy, en vez de a Diana, para quedarse al mando de la revista. Después Diana empezó a decir que los últimos años de Carmel fueron un desastre, que era una figura ausente en Bazaar y que ella lo hacía todo, que todo se debía a que Carmel era demasiado aficionada a achisparse desde primeras horas de la mañana. En verdad algo de injusticia si hubo en el nombramiento de Nancy ya que era sobrina de Carmel… pero tampoco era para ponerle el sello de borracha, creo yo. Aunque no sé, yo no conozco nada de eso, yo llegué a la redacción ya en los últimos años de Nancy antes de que se quedara con su puesto James Winston Brady. En eso Bazaar siempre ha sido muy abierta, no le ha importado tener hombres al mando.

Pues como decía, recuerdo cuando Balenciaga en 1968 decidió no competir con el prêt-à-porter. Todas sentimos un gran vacío, un sentimiento de orfandad, y eso que muchas de las jóvenes que andábamos en la moda por entonces no podíamos aspirar a una cita en su atelier, nosotras estábamos más en la onda londinense por estilo y por presupuesto. Recuerdo cuando la modelo Cathee Dahmen, que en aquellos tiempos era asidua a en nuestras páginas y portadas nos contó el rumor de que el español tiraba la toalla. Nos conmocionó, claro que no tanto como a Mona von Bismarck, que se encerró en su villa de Capri tres días en señal de luto.

Hoy nadie se encerraría en ningún sitio porque un diseñador de se fuera. Es más, lo primero que piensa es en el valor que adquirirán con el paso del tiempo las prendas que de este guarda en su armario. Aún así hoy por hoy, y como dijo Enrique IV, París bien vale una misa”.

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