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Diario de un aristócrata I. El campo se me subleva.

Se me han rebelado los jornaleros en mi latifundio. Exigen salarios dignos y agua potable para beber, entre otras insólitas reivindicaciones como no-sé-qué de estar dados de alta en no-sé-qué de la seguridad social. No entiendo el idioma de la chusma.

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Alguien llama a la puerta de mis aposentos y me saca de un agradable sueño erótico donde aparecen las principales estrellas del catálogo de Victoria’s Secret. Voy a degollar a alguien por despertarme a esta hora tan inmoral. Llamo a voces a Estebaneo, mi ayuda de cámara, mientras aporreo el timbre del servicio. Como sea él quien ha osado llamar a mi puerta que vaya preparando su hatillo porque lo pongo de patitas en la calle con los pertinente veinte azotes de fusta de finiquito.

La puerta se abre y asoma la cabeza un lacayo sin librea (estamos perdiendo las formas y el decoro en este maldito siglo XXI que ya no respeta ni las costumbres más primitivas) y tartamudeando me notifica que la señora Baronesa, o sea, mamá, requiere mi presencia en su gabinete. En ese momento aparece Estebaneo con la cara descompuesta al descubrir que alguien ha perturbado mi descanso a esta hora tan imprudente. Estirado como si un sable le atravesara el organismo del ano a la epiglotis recrimina al lacayo el haber llamado a mi puerta en vez de haberlo buscado a él.

–Está bien, está bien, el chico se puso nervioso por el apercibimiento de la baronesa, cundió el pánico –digo magnánimo–. Abofetéalo y que se vaya a sus quehaceres.

No entiendo la cara de asombro de los dos, ya sabían cuando entraron a trabajar en la casa que aquí prima la disciplina inglesa.

–¿Yo, señor? –me pregunta Estebaneo incrédulo.

–Sí, tú, no pretenderás que salga de la cama solo para abofetear al mozalbete. ¡Ya está bien de tener que hacerlo yo todo! ¡Venga! Con un par de bofetadas resolvemos el expediente disciplinario.

¡Plaf, plaf! Como decía mi abuelo el Duque de Baranqueta, “una mejilla colorada, antes que una servidumbre alborotada”. ¡Qué sabios hemos sido siempre por la rama de los Suabia, la de mamá! Los Ripalda de Medinaceli, la rama paterna, siempre han sido muy avispados para los negocios, ya que su sangre está mezclada con la de la alta burguesía catalana, pero muy lerdos para tratar con el servicio. Hay historias que estremecen a ese respecto en el linaje de papá, como aquello que se cuenta de que mi abuelo le dio trescientas pesetas de la época a la viuda de un lacayo que murió en una cacería con el Generalísimo (por un disparo hecho por mi abuelo). ¡Trescientas pesetas! ¿Qué es lo siguiente, reconocerles una pensión de viudedad? O lo de mi tío Gregorio, que hace tres años reformó toda la mansión familiar y también incluyó en las obras el ala de servicio. ¡Como si alguien fuera nunca al ala de servicio! Lo preocupante es que ese no-se-qué pusilánime en el tratar con el servicio ha llegado hasta esta misma casa. Mi hermana sin ir más lejos… Bueno, mejor no hablar de mi hermana.

Una vez resuelto el asunto del lacayo-despertador, Estebaneo me pregunta qué voy a querer ponerme esta mañana. Yo miro el reloj, y la verdad es que no sé qué contestar. Jamás me había levantado de la cama antes de las doce y media y no sé cuál es el protocolo a seguir a estas intempestivas horas de las diez y cuarto. Mi lógica me dicta que lo mejor será vestirme con una de mis batas de recibir. Tengo batas de estar por casa y batas de recibir, más elegantes y suntuosas, pensadas para atender a visitas de confianza que recibo en el saloncito de mis habitaciones mientras tomo el desayuno.

Dada la urgencia del mensaje de mamá me dirijo sin dilación a sus aposentos. Veo en la cara de los criados gesto de asombro. Sí, yo también me asombro de que pueda mantenerme de pie a esta hora. Debo confesar que me desoriento un poco en el ala oeste del palacio y siempre termino en las más inverosímiles estancias ideadas por la febril y ociosa imaginación de mamá. En 1984 convirtió la sala rosa en un completísimo gimnasio con una gigantesca pantalla de televisión para seguir las sesiones de aerobic de Eva Nasarre solo porque la Marquesa Kiki de Montforte llegó un día asegurando que su nuevo tipín se debía a su afición de ponerse frente al televisor y hacer la garrapata coja tratando de emular a la tal Nasarre. El gimnasio quedó en desuso tras descubrir que la nueva silueta atribuida al aerobic de la de Montforte coincidía con una visita de esta al Dr. Butcher, un nuevo artista plástico (de la cirugía plástica) recién instalado en la ciudad. El gimnasio se convirtió en salón de yoga allá por 1992. Mejor no profundizar en el tema, fue lamentable. Hoy he descubierto por casualidad que en esa estancia tenemos instalado un salón de juegos presidido por una Wii. La imagen mental de mamá usando la Wii me acompañará hasta la tumba.

Llamo a su puerta y espero que me grazne un ‘pasen’ poco cordial. Allí está, sentada en su sillón Regencia favorito frente a su mesita de café con su lector personal leyéndole el periódico con entonación teatral. La Baronesa se niega a leer el periódico por ella misma. Antes muerta que con gafas bifocales, y también le repele el contacto del papel en los dedos a menos que sea papel couché. Dice que mientras haya licenciados en filología a los que esclavizar como lectores por un sueldo ínfimo, ella se niega a mancillar sus ojos con esa mierda amarillista de los periódicos anarquistas y republicanos, ¡incluido La Razón y ABC, que según ella son muy poco críticos con la situación de desorden moral en que vivimos! Al verme pone cara de sorpresa y le digo “hola, mamá” para que me ubique.

–¡Siéntate! ¡Sit! ¡Sit! –mamá trata a todo el mundo como a sus perros Pupito y Eduardo, cree que ‘sit’ es una palabra mágica que funciona también con los humanos.

–¿Querías verme? –le pregunto siguiendo su orden perruna.

–¡Calla y escucha! ¡Sit! –y me golpea en la cabeza con un ¡Hola! enrollado–. ¡Léele!

Y el filólogo empieza a leer una noticia sobre no-sé-qué denuncia a un latifundista malvado que aplasta los derechos de los trabajadores y jornaleros de La Parrala, finca de labor sita en La Algaba (Sevilla). La denuncia, apoyada por el defensor del pueblo y el portavoz de no-sé-qué sindicato del campo, pone de manifiesto que los jornaleros son hacinados en barracones sin las más mínimas condiciones de higiene y que no tienen suministro de agua potable. Una reciente inspección de trabajo sacó a la luz que sólo dos de cada diez trabajadores cuentan con contrato de trabajo. Y que se les adeuda medio año de jornales como mínimo.

–¿Hay que pagarle a los jornaleros? –pregunto sorprendido pues nunca me había planteado que los trabajadores del campo cobraran, siempre me los había imaginado comiendo coles recién recolectadas y haciendo su ropa con sus propias manos. ¡¿Pero han visto la ropa que llevan los campesinos?!

–¡Calla! ¡Sit! –me grita mama. Y coge a Pupito, su perro carlino baboso, gruñón y diabético al que siempre le doy terrones de azúcar cuando la baronesa no mira. Perro más feo no he visto jamás. ¿No podía tener un animal de una raza más aristocrática como el shih tzu de la prima Cayetana o los corgis de la prima Isabel?– ¿Y bien?

–¿Hablas conmigo o con Pupito? –su mirada asesina me deja claro que habla conmigo–. ¿Y bien de qué?

–¡¿Es que no has escuchado lo que este sirviente filológico ha leído?!

–Bueno, ¿qué quieres que te diga? Que cada cual con su problema. Si al pobre desgraciado de esa finca se le ha sublevado el vulgar campesinado algo habrá hecho mal. Si hubiera tenido mano firme como tú, madre, seguro que nada de esto le hubiera ocurrido.

–A ver, querido y lerdo hijo, ¿qué título te fue otorgado a la mayoría de edad?

–Marqués de La Algaba –digo después de pensármelo, porque el título que más uso es el de Duque de Trastavilla que mamá me concedió cuando terminé mis estudios de ciencias políticas en Georgetown. Mamá tiene títulos para dar y regalar y siempre ha obsequiado a sus hijos con ellos en momentos especiales de nuestra vida. Un título siempre ha sido un buen regalo según mamá, no solo porque lleva pareja una serie de propiedades y rentas, sino que, y es lo más importante, a ella le ahorra el dolor de cabeza de buscar un presente que se ajuste a nuestros estrambóticos gustos. [Lo de estrambóticos gustos lo dice sin duda por mis hermanos, yo soy de lo más simple en ese aspecto, basta con entrar en Cartier o Bvlgari para salir con algo que se ajuste a mi gusto].

–Pues, señor Marqués de la Algaba, ¿cómo se llama la finca que le da esas jugosas rentas que se reflejan cada mes en su cuenta corriente?

¡Ostras! ¿Soy yo el malvado latifundista? La verdad es que no me preocupo mucho de mis propiedades andaluzas, son un desastre, solo hay en ellas yerbajos comestibles y gente sudorosa. En fin, tendré que dar una rueda de prensa, echarle los muertos al administrador, prometer mejoras sociales (y recalco ‘prometer’, no ‘llevar a cabo’), regularizar a algunos trabajadores, despedir a la mayoría (menos mal que no tienen contrato), y buscar dinero para ponerme al día con los jornales (es posible que conceda una exclusiva). No quiero escándalos. Me pondré a rezar a San Edilgio Magno, antepasado mío que compró la santidad en el siglo XVI y desde entonces es el patrono familiar, para que esa chusma periodística no escarbe y saque a la luz lo de las ayudas de la Unión Europea de mi finca murciana que se han convertido en un pequeño resort privado. ¡Qué dura es la vida de un aristócrata!

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3 respuestas to “Diario de un aristócrata I. El campo se me subleva.”

  1. Beatriz Dice:

    Genial!!! Qué ganas de leer el siguiente episodio!!!

  2. Virginia Dice:

    Qué ganas teníamos de un nuevo serial, Agustín!!!! Con cada uno te superas así que estoy deseando leer los siguientes capítulos!!!!

  3. guillermo canelo segura Dice:

    La alta sociedad española luce sus mejores galas para festejar el lanzamiento editorial de los “Diarios de un aristócrata”. Estos diarios son fruto de los denodados esfuerzos que el Duque de Trastavilla ha invertido en salvaguardar los legítimos intereses de la clase dominante frente a los inopinados ataques de la chusma proletaria opresora (-¿Quién puede pretender que “poder perenne” sea un término caduco?-se cuestiona inspiradamente el autor en su obra-O se es perenne como una estirpe monárquica, o se es caduco como el sueño de un obrero, por poner sólo un par de ejemplos. Sendas cosas a la vez, pues no.) Encomiable instrospección y loable afán de alcanzar la objetividad necesaria los que llevaron a este hijo de noble cuna a desempeñar la árdua tarea de sostener durante un mínimo de cinco minutos diarios la otrora inerte pluma de oro de su escritorio isabelino, transformada por obra de su dedicación en brillante espuela que aguijonea la sed de perpetuación de la nobleza patria. Ímproba dedicación la de este prócer de sangre azul, que ha dado ya sus primeros frutos en forma de pasquines y bombas incendiarias contra las mansiones de las familias más acaudaladas de la nación. No hay Victoria sin mártires, bien lo sabe quien esto suscribe. ¡Resistid, camaradas aristócratas!¡A las barricadas, a las barricadas!

    Wilhelm do Canelet
    Barón de Palo Grande y Ténte Tieso

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