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Diario de un aristócrata II. Una propuesta muy proletaria.

Ayer me hicieron unas fotos para una revista de gentlemanes y el insolente fotógrafo me preguntó cuál era mi lado bueno. ¡¡¡Mi lado bueno!!! Le aclaré que una persona de mi alcurnia tiene todos los lados buenos, más si por parte paterna tienes sangre de los Ripalda de Medinaceli y por parte materna sangre de los Suavia. Acto seguido lo abofetee por su insolencia.

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Me dirijo en coche al estudio de un fotógrafo que va a realizar un encargo de la revista PG, Perfect Gentleman. Quieren que pose para la potada de abril. Van a realizar un portfolio con lo más granado de la nueva generación de la aristocracia patria. Según el mail que me mandó el director vamos a hacer una portada coral, “los cinco jóvenes aristócratas con más proyección del momento“: Cayetano, Luís, Luís Alfonso, Borja y yo. Debo confesar que al saber los nombres me pensé unos días el dar el sí, porque si quitamos los que no encajan en lo de “jóvenes”, a los arribistas, a los deslegitimados y a los que no tienen ni un euro… bueno, quedaría sólo yo, y una portada coral necesita más de un protagonista. Así que he sido indulgente y he dado mi sí. Eso sí, he exigido que me fotografíen en solitario y que después lo monten con Photoshop, no quiero coincidir con los otros, que me parecen insoportables.

Mi chofer se detiene ante lo que parece una nave industrial a las afueras de Madrid. Darwin se baja y abre mi puerta.

–Cierra la puerta ahora mismo –le ordeno áspero– y ve a notificar al equipo mi llegada.

Darwin cierra perplejo el coche y se dirige a la puerta metálica de la nave donde busca con ahínco un timbre al que llamar. Yo esperaba que al menos tuvieran la vergüenza plebeya de haber preparado una pequeña comitiva de bienvenida que estuviera esperándome, no creo que esta chusma proletaria tenga muchas oportunidades de tratar con la aristocracia, así que les perdonaré el agravio.

Darwin vuelve dubitativo y me comunica que ya ha notificado mi llegada, que todos se han congratulado y que ¡¡siguen esperando dentro!!

–Darwin, inútil –le espeto–, es obvio que no te has explicado correctamente. Vuelve ahí dentro y les dice que estoy aquí, dentro del coche, en este instante, y que espero el comité de bienvenida protocolario. ¡Ve!

Unos diez minutos más tarde sale a recibirme Armando López de Vinuesa, el director de PG, con su sonrisa más cálida. Lo acompañan Enka Lookenen, la directora de moda y estilista de la sesión fotográfica, una sueca de Valladolid loca por Tom Ford; el fotógrafo, al que me presentan como Ernesto Campillo (¿nacional?, yo esperaba un artista al menos británico, como Lord Snowdown); y una chica de pelo indescriptiblemente verde de nombre perfectamente prescindible por vulgar que se supone me va a hacer unas preguntillas a modo de entrevista. Cuatro en total, una comitiva más bien pobre, pero tolerable.

Entramos en la nave y todo me parece tan pintoresco e ¡industrial! Les comento que mi bisabuelo tuvo una fábrica en Santander a finales del s. XIX y que era modélica pues solo murieron en ella 134 trabajadores, todo un logro social teniendo en cuenta la molesta costumbre que tenían en aquella época de morir en el tajo. Se quedan muy sorprendidos por mis conocimientos de la historia familiar, pero hay que tener en cuenta que La Baronesa nos puso un tutor en casa cuando pequeños que nos hacía estudiar nuestro árbol genealógico y millones de datos como este. El tutor ponía especial acento en el puesto que ocupábamos en las distintas líneas sucesorias a los tronos europeos, por si algún día llegaba nuestro momento.

En seguida nos ponemos manos a la obra. La estilista me pasa un traje de Vuitton y unos zapatos de Hermès. Así también soy estilista yo, recurriendo a valores seguros. Pero a pesar de ser prendas exquisitas está claro que no leyeron el mail que mi relaciones públicas les hizo llegar con mis exigencias.

–Querida, ¿qué color es este? –le pregunto cogiendo la chaqueta como si fuera una bolsa de basura rezumante.

–Gris –me responde perpleja.

–¡Qué simple eres, querida! ¡Gris! Hay miles de grises. Decir que esto es gris es una generalidad, como si le dijeras a un esquimal que la nieve es blanca. Yo diría que este traje es ‘gris nieve sucia que has cogido de debajo de un Land Rover’. Odio ese gris concreto. Si hubiera sido ‘gris cielo de enero previo a un chaparrón’ o ‘gris perla iluminada por una bombilla azul de 220 W’ lo mismo lo hubiera tolerado, pero este gris es inadmisible.

Me dice que tiene alternativas. Me enseña un traje negro de corte sepulturero propio para un presentador de gala de cine español; un traje marrón… ¡inadmisible, en la familia no ha habido nadie tan mediocre como para vestir de marrón!; un traje azul marino…

–¡Basta! –le grito–, ahórrame la tortura de constatar tu minusvalía cromática. Afortunadamente me he permitido hacer una selección personal en Armani.

Darwin aparece con un portatrajes que alberga una exquisita pieza ‘gris aristócrata paseando por los Campos Elíseos’ que hace enmudecer a todos con una variante del Síndrome de Stendhal, a pesar de que la díscola estilista insiste en comparar el primer traje con el que yo aporto repitiendo “es igual, es igual”. Pobrecita, deberían darle una paguita por su minusvalía, debe ser terrible vivir sin la capacidad de distinguir matices cromáticos.

Me visto y el fotógrafo insiste en sentarme en una silla de diseño que voy a tolerar porque es de Philippe Starck… “Cruza las piernas” (me tutea, insólito), “levanta la barbilla”, “pon otro foco allí”…

–Ya casi estamos –me dice porque mi impaciencia es evidente–, solo tenemos que coger postura y… ¿cuál es tu lado bueno?

Me levanto ipso facto y me acerco a él amenazante:

–¡Insolente! ¡¿Mi lado bueno?! ¡¡¡¡Mi lado bueno!!!! Entérese, petimetre, que alguien de mi alcurnia no tiene lado malo. Sepa usted, fotógrafo de pacotilla, que por mis venas corre sangre de los Ripalda de Medinaceli vía paterna y de los Suavia por la rama materna.

Y le planto una sonora bofetada en su cachete derecho, que a partir de entonces ya tenemos seguro que no es “su lado bueno” de lo rojo e hinchado que se le pone. Todo se pone muy tenso y amenaza con llamar a la policía. “¡Hazlo!” le grito mientras  el director trata de reconducir la situación a aguas más calmas.

Armando se disculpa en nombre del fotógrafo y realizamos las fotos. Es buen amigo y no quiero fastidiarle la portada con mi ausencia. Sin mí sería un ‘especial sangre azul’ bastante plebeyo. Es más, me hace una propuesta desconcertante.

–Te quiero en mi revista –me dice, y yo le repito que deje ya de hacerme la pelota, que ya me he hecho las fotos–. No, me refiero como firma. Una columna mensual. ¡No, una página… incluso un par de páginas para ti!

–¿Estás loco? ¿Qué tendría yo que aportar?

–¡Mucho! Lo veo, lo veo… Entrevistas inusuales por un personaje inusual: El Duque de Trastavilla. Entrevistas irreverentes, incluso impertinentes.

¿Impertinentes? Ummmm, no creo que yo pueda ser impertinente dada la educación inglesa que he recibido. Pero debo confesar que me intriga la propuesta. Ya no por el hecho de hacer entrevistas, sino por el trabajar en sí, algo que jamás se ha hecho en la familia. Puede ser una experiencia curiosa. Por supuesto mamá pondrá el grito en el cielo. “¡Antes muerta que un hijo mío proletario!” dirá.

–Me tienta tu propuesta, Armando, debo confesarlo.

–Pues ni lo pienses. Mira, esta semana teníamos programada una entrevista a Tacho El Cipote, el actor porno.

–¿“Tacho El Cipote”? ¿Qué clase de nombre es ese? –pregunto horrorizado.

–No hagas caso, es solo un nombre artístico.

–Ah, ya, como Naty Abascal Duquesa de Feria o Belén Esteban Princesa del Pueblo.

–¡Justo! Pensaba encargarle la entrevista a una periodista de altura como Cristina Tárrega o Beatriz Trapote, pero ahora  mismo en mi cabeza lo veo con otro enfoque: el aristócrata y el actor porno. ¡Demoledor!

En el coche de vuelta a palacio tengo la sensación de que me he precipitado, mi entusiasmo bohemio me traiciona.  No dejo de darle vueltas a qué podría preguntarle a tal Tacho El Cipote. No sé. Si pregunto algo como “qué es lo más duro de su trabajo” me arriesgo a que me conteste con un miembro anatómico en vez de con un concepto abstracto. Esto puede ser muy complicado. Creo que lo mejor es que contrate a un negro que me confeccione un cuestionario. ¿Estará libre Mercedes Milá? Si ha presentado ese horror de bajos fondos llamado Gran Hermano seguro que no le importa hacerme de negro, es mucho más digno, al menos trabajaría para la nobleza. ¡Qué duro es ser aristócrata!

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