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Diario de un aristócrata V: Un secuestro por Navidad.

Papá ha sido secuestrado por integristas en Gambia mientras estaba de safari. Mamá se niega a pagar rescate por él, dice que debe correr por cuenta del Estado porque papá, por su título de conde, debe ser considerado patrimonio nacional. Un tal García Margallo dice que nanay, que si al menos hubiera sido un cooperante… que ahora deben racionalizar el gasto y rescatar un conde no es una prioridad.

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Semana horribilis. Y es que si el año continúa con la pauta marcada por esta primera semana apaga y vámonos. ¡Con lo bien que estaría yo esquiando en Candanchú! Pero no, me tuve que quedar en Palacio con un ataque de nostalgia… bueno, de ciática, pero da igual, en mí la nostalgia y la ciática tienen los mismos efectos.

El lunes, mientras desayunábamos unos deliciosos bollos de leche con mermelada Duchy que nos manda el primo Charles desde Inglaterra, llegó un lacayo de librea portando una bandejita con una misiva. Mamá dijo que “más tarde” y el impertinente lacayo insistió aduciendo que era urgente, que “el señor conde había sido secuestrado”.

–¡Mario secuestrado! ¡¿Qué horror?! Esto ya es terrorismo de estado. No bastó con quitarle su banco sino que ahora lo secuestras. Seguro que es por las declaraciones de su último libro –dice mamá convencida de que existe una confabulación judeo-masónica contra su buena amigo Mario Conde.

–No señora, se trata de su marido el conde.

–¡Ah, bueno! Pues déjelo en la mesita de mi gabinete para cuando despache los asuntos del día y no me interrumpan, que la comida más importante del día es el desayuno.

El desayuno, el almuerzo, la merienda, la cena, el brunch y otras siete comidas intermedias que mamá ha inventado para soportar el gran estrés emocional y físico que soporta a diario sentada en el silloncito Luís XV de su gabinete.

A eso de las siete de la tarde me hace llamar para darme la nefasta noticia. Me comunica que se han puesto en contacto desde la embajada de Gambia para informar que papá, que estaba por allí de safari, ha sido capturado por un grupo de fanáticos integristas y que piden rescate por él. Mamá no comprende cómo teniendo un rifle a mano se ha dejado capturar, que seguro que lo ha hecho para no tener que hacerle regalo de Reyes. La embajada recomienda que dejemos el asunto en manos del ministerio pero La Baronesa recela de los recién llegados porque son novatos en esto de los rescates. Dice que preguntó, por curiosidad, cuánto pedían por él, pero que en seguida desestimó la idea de pagar nada y decidió dejarlo en manos del Estado ya que (y su lógica es aplastante) papá, por su título de conde y por ser Grande de España, debe ser considerado patrimonio nacional, y por tanto los gastos deben correr a cuenta de los presupuestos públicos.

Cerró su circunloquio anunciándome, y esto es lo verdaderamente terrible del lunes, que al día siguiente debía acompañarla a El Corte Inglés a comprar los regalos de Reyes. Por un lado me eché a temblar, por qué sé cómo son las salidas públicas con mamá, pero por otro lado me alegré de que este año no recurriera a repartir títulos nobiliarios, ¡qué cansina con los títulos! Yo quiero algo que me guste por una vez… o algo que pueda revender en eBay.

Si el lunes fue terrible el martes dio un nuevo significado a ese término por un pequeño problema de protocolo. Tal y como mamá anunció fuimos a El Corte Inglés. Allí coincidimos con Cayetana en los ascensores. Se montó una buena, ninguna quería ceder el paso a la otra por asegurar cada cual que sus títulos se imponían por protocolo a los de la otra. Alfonso y yo estábamos atónitos (al final decidieron coger cada una un ascensor distinto). Menos mal que no apareció Isabel II, mamá no soporta a los arribistas Windsor (a pesar de que nos manden mermelada) y jamás le cedería el paso.

Mamá insistió en pasar por la sección de lencería para aprovisionarse para mi bochorno, sobre todo cuando se enredó en una absurda discusión con la dependienta porque quería probarse un conjunto de encaje negro y esta le repetía que no se permitían esas prácticas, a lo que mamá insistía en que esas asépticas normas sería para el piojoso vulgo. En esa estábamos cuando Diez Minutos llamó para entrevistarme. “¿Qué presupuesto tenéis?” le pregunté. “¿Qué quieres decir?”, presentí que eran duros negociadores, ya me conozco la estrategia de hacerse el tonto. Pero no, es que el redactor era lerdo… o un becario, da igual. Por fin comprendió que le estaba pidiendo pasta de una forma sutil por las declaraciones y me suelta que se trataría de una entrevista ‘blanca’, que no va de exclusiva. Le colgué sin decirle por ahí te pudras, me ha hecho malgastar 3 minutos y 27 segundos valiosísimos de mi vida. Bueno, la verdad es que al retornar a la realidad y ver a mi madre midiendo dos braga-fajas decidí que tampoco había supuesto mucho sacrificio aquella conversación improductiva.

El miércoles, después de la comida que mamá ha descubierto entre el brunch y el almuerzo, La Baronesa se puso a exigir que le devolvieran a su marido por cuenta de El Estado. Se puso tan pesada que al final la pasaron directamente con un tal García Margallo, que dice ser el nuevo titular del Ministerio y que se niega a pagar el rescate por cuenta de las arcas del Estado, que nanay, que si al menos hubiera sido un cooperante… que ahora, con los planes de ajuste, deben racionalizar el gasto y rescatar un conde no es una prioridad. Mamá, tan de derechas, empieza a echar de menos a Zapatero.

Pero enseguida se olvidó del disgusto del secuestro porque se armó una buena en Palacio. Ha desaparecido el pie incorrupto de Santa Crispina, reliquia familiar desde el siglo XVII. Mamá ha dado un ultimátum al servicio: o aparece en 24 horas o le corta el pie a uno de los lacayos para sustituirlo. Pero ella sabe que no es lo mismo rezarle al pie de la santa que al de un lacayo cualquiera. No ha empezado el año con buen pie… con perdón.

El jueves tocó jornada de hípica. No esperaba ganar trofeo porque el día antes salí de marcha y terminé en un local de señoritas de vida alegre, y a mí estas señoritas como que me rebajan el tono muscular. Todo porque Piti insiste en llegar virgen al matrimonio. Le he dicho que la virginidad es una cuestión relativa, que puede mantenerla y probar otras alternativas. Que una cosa es ser virgen y otra tonta. Llevo saliendo con Piti casi un año y tenemos una relación muy relajada. Ella sale de compras, yo salgo de juerga, y ambos salimos en ¡Hola! pillados en nuestros quehaceres cotidianos. Mis amigos me preguntan si vamos en serio, y yo les respondo que tan en serio como se puede ir sin haber dado la exclusiva de que estamos juntos para la portada de una revista, que es lo mismo que decir que no hay compromiso alguno. El culmen de la mala racha semanal la marcó que me diera de cara con La Baronesa mientras tomaba la comida que ella situa entre la merienda y la comida que hay antes de la cena.  Me llamó y me pidió amablemente que me sentara con ella (“¡sit!, ¡sit!”) y en un arrebato de interés maternal me dijo:

–¿Cuándo me vas a presentar a tu prometida?

¿Prometida? ¿Piti? A ver cómo salgo de esta. ¡Qué duro es ser aristócrata!

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