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La vanidad se instala en el Vaticano: la guerra de los sastres de Benedicto XVI

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La vanidad es uno de los siete pecados capitales que Evagrio Póntico identificó y definió en el siglo IV. Evagrio afirmó que la vanidad corrompía todo lo que tocaba y la denominó un tumor del alma lleno de pus que al alcanzar la madurez se descompone en un desagradable desastre. El papa Gregorio Magno escribió que la vanidad es el comienzo de todos los pecados. Lo cierto es que desde la caída de Lucifer a nuestros días ha sido una plaga silente que ha infectado el alma de todos los mortales… incluido los papas. Y es que hoy, una vez que Benedicto XVI ha abdicado y se prepara el terreno para un nuevo cónclave, me parece interesante compartir con vosotros otra de las guerras intestinas que asoló en su día el Vaticano: la de los sastres papales.

Cuando en 2007 una conocida revista de moda masculina nombró al pontífice “mejor portador de accesorios del año” por su refinado gusto por los mocasines de piel rojos que muchos identificaban de la firma italiana Prada, el Osservatore Romano criticó a los medios por frivolizar la imagen de Benedicto XVI. A raíz de la polémica se llegó a conocer la verdadera identidad del artesano de Novara que provee al pontífice de calzado. Adriano Stefanelli comenzó su relación con el Vaticano cuando en 2003 advirtió el caminar inestable y sufrido de Juan Pablo II en la retransmisión televisiva del Via Crucis, ante lo que decidió confeccionarle un par de zapatos más cómodos. Benedicto XVI calza los zapatos en un color rojo más vivo que los de su antecesor, que representan la sangre del martirio, formando parte de la vestimenta del Papa desde la Edad Media, y cuando estos se deterioran son enviados para su reparación a un taller a pocos pasos del Vaticano propiedad del peruano Antonio Arellano.

Joseph Ratzinger dejó claro desde el principio que el continuismo no sería el camino seguido en su papado, y el mensaje se vio reforzado en el terreno estético. En contraste con Karol Wojtyla, que siempre mostró un gran desinterés por el corte de sus casullas, Ratzinger se reveló como un verdadero esteta para el que, en palabras de Guido Marini, responsable de las ceremonias papales, “lo importante es la belleza y la dignidad, componentes esenciales de toda celebración litúrgica“. Para Ratzinger la cuidadosa elección de su indumentaria eclesiástica y litúrgica fue toda una  declaración de intenciones que ponía de relieve sus preferencias por los ritos preconciliares.

Los aires de cambios también llegaron al sastre papal, lo que despertó una guerra de declaraciones entre los sastres de la Plaza Minerva. Annibale Gammarelli, sastrería artífice de la ropa de los papas desde 1793 (a excepción de Pío XII, que conservó a su sastre a su lado una vez nombrado) cayó en desgracia a los ojos de Ratzinger cuando se vio obligado a llevar vestiduras demasiado cortas que dejaban ver los calcetines en los primeros compases de su papado. Gammarelli había preparado tres vestiduras de diferentes tallas para que se adaptaran al nuevo papa, fuera quien fuera el elegido en el Cónclave de abril de 2005, pero cuando Ratzinger vistió la que se adaptaba a su envergadura descubrió que los faldones quedaban demasiado cortos. Ello dio lugar al bulo de que el nuevo Pontífice abogaba por un nuevo largo talar cuando no era sino un error de patronaje que pronto vendría a solucionar un nuevo sastre. Mientras Raniero Mancinelli, en Borgo Pío, cerca de la plaza de San Pedro, no dudó en publicar a los cuatro vientos que su sastrería había recibido encargos de Benedicto XVI, otros mantienen que el papa ha permanecido fiel a quien lo vistiera hasta entonces como cardenal, Alessandro Cattaneo, de la firma Euroclero. En este debate El Corriere della Sera  publicó en su momento de manera salomónica que si bien Alessandro Cattaneo tal vez era utilizado para el vestuario “privado”, los otros dos se mantendrían como suministradores de ropa ritual. Sea como fuere, los protagonistas se han disputado encarnizadamente el título de sastre oficial, haciendo declaraciones públicas los unos de los otros: que si aquel está anticuado, que si el otro es un arribista…

Benedicto XVI ha sido un pontífice dado al capricho estético. En mayo de 2007 Su Santidad visitó Brasil y vistió unas estolas de seda bordadas con delicados hilos dorados importados desde Alemania, así como una mira con cuatro vírgenes en relieve de belleza singular. Tras la visita el Sumo Pontífice se interesó por el artífice de tal obra y se le invitó al Vaticano. El asombrado Luis Abel Delgado, sastre del Ejército, que entre otros trabajo le bordó al Rey D. Juan Carlos I de España unos laureles en hilos de plata y oro en los puños de su chaqueta, se encontró con la petición de que se convirtiera en el bordador oficial de Benedicto XVI, dejando de arreglar uniformes de soldados para dedicarse a bordar fajones, mitras y estolas.

Ahora queda ver si del cónclave que empezará la próxima semana saldrá un nuevo papa con similar interés por su imagen, y se despierta una nueva guerra de sastres. Y es que hasta en la Curia hay iconos de la belleza y la elegancia, como es el caso del obispo Georg Gäenswein, mano derecha de Ratzinger (en la foto con él), apodado “Il bello Giorgio”, que en su día inspiró a la mismísima Donatella Versace para construir una de sus colecciones. ¿Mejoraría el tema de las devociones con un papa joven, atractivo y elegante?

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Una respuesta to “La vanidad se instala en el Vaticano: la guerra de los sastres de Benedicto XVI”

  1. Ana Dice:

    Me ha gustado mucho!
    Y si, creo que un papa atractivo despertaría nuevas vocaciones. ¿Como no?

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