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Adiós a Deborah Turbeville, la fotógrafa de la mujer ausente

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No fue una fotógrafa, fue una poetisa de la imagen. Sus imágenes llenas de lirismo y decadencia han sido una inagotable fuente de inspiración para otros fotógrafos, estilistas y diseñadores que han tomado su universo estético como propio. El modo en que en los 70s hizo posar a las modelos cambió para siempre los códigos y planteó nuevos modos aún vigentes. Y aún así era una de los fotógrafos de menos proyección popular de su generación. Hablo de Deborah Turbeville, y ha muerto este jueves 24 dejándonos una carrera magistral para recordarla por siempre.

Deborah Turbeville nació en Massachusetts, se crió en Nueva Inglaterra, y contando con veinte años se trasladó a Nueva York donde trabajo para la diseñadora Claire McCardell como modelo. En aquella época estaba sumergida en una profunda búsqueda de identidad ya que su primer interés, el diseñar, dejó paso a una azarosa carrera en el mundo de las revistas como editora de moda. Pero no se quedó ahí, necesitaba dar forma a su imaginación y su propia visión, y eso no lo iba a conseguir a través de las lentes de Avedon, Diana Arbus, Bob Richardson o de ningún otro fotógrafo con el colaborara. Algo la impelió un día a entrar en una tienda y comprar una cámara fotográfica que el dependiente cargó porque no sabía cómo manejarla. Ese fue su gran acierto, el acercamiento instintivo y errático a la fotografía. Años más tardes confesaría que muchas de las imágenes que le han dado popularidad nacieron como “errores” pero que aprendió a amar la imperfección y a integrarla en su trabajo como una seña de identidad.

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Sus últimos años los pasó entre Nueva York y México, con largas temporadas en San Petersburgo, la ciudad que fue durante toda su vida su gran inspiración. Era una fotógrafa de moda poco al uso. “No considero estas fotografías imágenes de moda” confesó en 2006 a The Independent, remarcando ese sentimiento que la acompañó toda su vida de no ser una fotógrafa de moda… Y sin embargo se pasó toda una vida fotografiando la moda. Uno de sus últimos trabajos publicados es una sesión fotográfica que tenía como protagonista  a Adriana Abascal para Vogue Italia, cabecera para la que ha trabajado mucho en los últimos tiempos, ya que no hay otra edición de Vogue que aprecie más el toque artístico y personal del autor de las imágenes por encima de la corrección comercial.

En los 60s fue una de las influyentes editoras de moda de Harper’s Bazaar. Su visión sobrepasó a la directora que la despidió con la frase lapidaria “demasiado para esta revista”. Estaba claro que la directora Nancy White no comulgaba con los gustos de Diana Vreeland, editora de moda que introdujo a Turbeville en la publicación tras su paso por Ladies’ Home Journal como asistente editorial. Ya por entonces estaba interesada en hacer fotografías y fue Richard Avendon su primer instructor. Después pasaría por Diplomat y Mademoiselle. Y en ese punto realizó el cambio de editora de moda a fotógrafa.

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Su estilo resultó muy rupturista para la época. El uso de películas de larga exposición, con mucho grano, se convirtió en un sello de la casa que conservaría toda su vida. Las imperfecciones se hicieron parte de su técnica y Franca Sozzani escribiría en el prólogo de su último libro Past Imperfectcada detalle es perfecto y también erróneo al mismo tiempo”.

Su trabajo se cargó de connotaciones psicológicas: cierta alienación en la actitud de las modelos, provocación en las poses sin intención evidente, un hastío vital insinuado, ambientes decadentes y polvorientos… En 1975 apareció su famosa foto de cinco modelos en una casa de baños públicos en Vogue. Con ello rompió moldes, agitó sensibilidades y separó al mundo entre los que la amaron incondicionalmente y los que la repudiaron. A pesar del escándalo Vogue apostó por ella y continuó comisionándole trabajos. Para bien o para mal Deborah ya había puesto un punto de inflexión en el mundo de la imaginería de moda. Se ha dicho que Turbeville era la anti-Helmut Newton, quizás porque el erotismo de sus imágenes emana desde el subconsciente, desde la no-intención, o quizás esa falta de intención es lo que haga de su trabajo tan erótico.

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Me siento increíblemente triste sabiendo que no volveré a ver a Deborah nunca más, trabajar a su lado, y tenerla como íntima amiga a la que confiarle mis cosas. Le agradezco que me tomara bajo su ala todos estos años y que nunca dejara de tener tanta confianza en mi trabajo” dice Anka Jureňa, al artista que fuera asistente de Deborah desde mayo de 2011 hasta principios de este año. “Pondré todo mi empeño en mantener su memoria viva en este tiempo en el que el verdadero arte de la fotografía se muere lentamente. En un tiempo de caras sumamente retocadas con ‘botox digital’, yo seguiré explorando viejos y oscuros edificios abandonados tal como ella hubiera querido que hiciera”.

Una maestra en todos los sentidos. Descanse en paz.

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