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Sonría, por favor

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Tu imagen mejora ostensiblemente con una sonrisa. Muchos hombres parecen pensar que sonreír debe restarle autoridad o menoscabar su imagen, sobre todo cuando ostentan una posición de liderazgo o están en la cúspide del mundo de los negocios. ¡Qué errados están! Un gesto serio perpetuo pierde todo sentido y efecto, mientras que si muestras una sonrisa habitual y de pronto adoptas un rictus serio el efecto de este es multiplicador. Además la sonrisa en un arma socializador y de negocios muy proactiva. Yo llevo mucho tiempo practicándola, sobre todo cuando quiero conseguir algo en ambientes hostiles. Ejemplo: el trato con la administración, con funcionarios saturados de usuarios maleducados y exigentes que les invitan a practicar el muy sano hábito del “vuelva usted cuando lo tenga todo”. Una sonrisa abierta y franca cuando te acercas a la ventanilla o mesa de turno predispone al trabajador público a solucionar tu problema en la medida de sus capacidades y más allá. El gesto Victoria Beckham, entiéndase ‘cara de asco’, o el modo de cabreo permanente enrarece los ambientes de trabajo y menoscaba la imagen profesional de quien se rinde a ello. Recuerdo particularmente una larga estancia en el hospital con un familiar que me dio la oportunidad de practicar la sociología organizacional con el mundo de la medicina. Recuerdo dos casos muy concreto: 1) un internista afable, empático y que siempre regalaba una sonrisa a sus paciente, incluso en las peores situaciones, y 2) un cirujano que tenía aterrorizadas a las enfermeras que no se atrevían a dirigirle la palabra ni a mirarle a los ojos. El primero desprendía un halo de competencia y de implicarse al mil por cien en su trabajo, el otro, que no dudo sería un excelente médico, daba la impresión de uno de esos profesionales mediocres que necesitan aterrorizar a su entorno para encubrir su falta de aptitudes (cosa muy común en cualquier organigrama empresaria, especialmente en la parte alta de este).

¿Pero cualquier sonrisa vale? No. Una cosa es sonreír y otra parecer un simple que vive en un mundo feliz. Mírate en el espejo. Analiza las diferentes sonrisas que proyectas: amplia, recatada, cínica, ladeada… Elige la que mejor le vaya a tu rostro y practícala hasta convertirla en un tic. Será tu mejor arma. Con ella conseguirás que la gente haga lo que pides e irritarás a aquellos que tratan de sacarte de tus casillas. ¿Cómo decía Anne Bancroft en La asesina, film de John Badham (remake de una película de Luc Besson), tratando de educar a una desarrapada Bridget Fonda? Sí, decía algo como que cuando estuviera en una situación que la sobrepasara se limitara a sonreír y dijera algo como “nunca me importaron las pequeñas cosas”… Bueno, eso de la frase no lo comprendí muy bien en su momento, pero sí es cierto que el esbozar una sonrisa y repetir un mantra (el mío es “realmente encantador”, que puede ser textual o irónico) ayuda a mantenerse siempre bajo control y no cometer locuras pasionales ni estallar en exabruptos.

Además la sonrisa es terapéutica. Si te levantas encabronado con la vida en posible que la vida se encabrone contigo, pero si afrontas el día con una sonrisa todo se trivializa. La risa no es sólo buena para tu estado de ánimo sino que tiene un efecto muy positivo en la materia gris de tu cerebro, tal y como dice un reciente estudio realizado por Loma Linda University, una institución académica Adventista del Séptimo Día del sur de California dedicada a las ciencias de la salud. Allí al investigador Gurinder S. Bains se le ocurrió someter a un grupo de adultos al visionado de vídeos divertidos durante 30 minutos y se comparó sus resultados en unos test de memoria con los de otro grupo que durante ese tiempo había estado simplemente sentado de brazos cruzados. La conclusión es que la risa puede reducir el estrés (¡qué listos!) al disminuir las hormonas relacionadas con este, como el cortisol y las catecolaminas, y esto equivale a un mejor funcionamiento de la memoria. ¿No es un buen motivo para sonreír al menos?

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