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Bateman al habla, ¿alló?, ¿alló?

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Muchas veces me preguntan sobre el tema del target. “¿Para quién escribes?”. Chico, pues la verdad es que cuando eres periodista de moda puedes andar muy despistado con respecto en manos de quien cae tu trabajo. Hace unos meses, realizando un reportaje para GQ, contacté con un importantísimo cazatalentos (de esos que buscan altos ejecutivos para compañías que manejas cifras que nunca aprendiste a escribir), ya maduro, en la órbita de los negocios, un tipo ocupado de los de verdad. Quería hacerle unas preguntas y fui a presentarle la revista asumiendo que no era nuestro target por mucho que aspiremos a ello (aquí soy sincero hasta la médula) y me paró en seco: “sí, la conozco, la compro cuando voy a coger un vuelo o en alguna estación”. ¡Era lector! No fiel, pero lector, ¡vaya!

Así que he aprendido a no dar nada por supuesto, ¡nada! Me ha pasado por ejemplo contactar con una importante boutique/sastrería de caballero para pedir unos recursos gráficos de la tienda y decirme que “perdone, no sé de qué me habla ni cuál es ese medio del que dice que me llama”. Y entonces te armas de paciencia y le explicas que “ese medio” es ni más ni menos el suplemento dominical de estilo de uno de los principales diarios de este país, y que si no lo conoce creo que tengo el derecho de preguntarle que qué  %@#@ lee, ¿el Venca? Pero no, respiro hondo y me pongo en plan didáctico. Yo comprendo que no me conozcan a mí, es más, muchos profesionales de la moda saben que cuando los llamo me presento desde cero a pesar de haber hablado con ellos en ocasiones anteriores, y que siempre me sorprendo cuando dicen “ah, Agustín, ¿qué tal estás?” dejando claro que sí que me recuerdan. No me pienso importante y memorable, y soy consciente de que trabajo periodístico en moda es más evanescente y fugaz que la vigencia de las mismas colecciones de las que hablamos día sí y día no. Pero hay cosas que hay que saber, ¡hombre!

En fin. Que no doy por hecho nada. Así que cuando me preguntan sobre mi target (con respecto a cualquier medio en que trabajo) siempre respondo “¿te refieres a quienes nos leen, a los que pensamos que nos leen o para quienes escribimos?”. Porque efectivamente no es lo mismo, pero sí lo es. Es como el misterio de la Santísima Trinidad: tres en uno (¿o eso era un aceite para el coche?).

Pensando en cómo reformular el concepto del blog con motivo del aniversario he decidido que el giro no debe ir tanto en los contenidos sino en el enfoque de para quién escribo. No sé quien me lee, tampoco sé quién se cree que es el que me lee, ni siquiera sé quién le gustaría ser… Lo único que sé es que escribo para el caballero del siglo XXI (seaslo o quieraslo ser) y ese concepto necesita ser acotado. El caballero del siglo XXI es un hombre educado y culto, con intereses pluritemáticos (un poco tipo hombre del Renacimiento, aunque solo sea por tener ‘topics’ de conversación que dejen ojipláticos a sus interlecutores. Es un hombre sociable y profesional, con gran sentido del lugar, la etiqueta y la necesidad de trasgredir con moderación. Es un hombre que entiende de moda, o al menos que sabe dónde encontrar fuentes de referencia, que la usa como herramienta de comunicación y no pierde nunca el sentido lúdico de la misma. Hablamos de un hombre con rituales de belleza, fitness e higiene, pero sin caer en la obsesión, ni sobredimensionarlo.

Para mí, si quitáramos el componente psicopático (que también tiene su atractivo) el caballero perfecto sería Patrick Bateman… Sí, el protagonista de American Psycho (la novela, por supuesto, no seamos tan lerdos de quedarnos con el personaje cinematográfico). Patrick es un profesional de éxito, de gran vida social, con carisma y con mucho sentido de la moda. De hecho, en su ‘grupito’ lo consideran el Hombre GQ por excelencia y lo consultan cual oráculo. He buscado mi ajado ejemplar de la novela que tanto me impresionó a mis 18 añitos recién cumplidos, y rescato este extracto:

—¿Qué os jode tanto? —Localizo a Luis Carruthers de pie en la barra junto a Price, que le ignora ostensiblemente. Carruthers no va bien vestido: traje cruzado de lana con doble fila de botones, creo que de Chaps, una camisa a rayas de algodón y una corbata de lazo de seda, aparte de gafas con montura de asta de Oliver Peoples.

 —Bateman, vamos a mandar estas preguntas a GQ —empieza Van Patten.

Luis me localiza, sonríe débilmente, luego, si no me equivoco, se ruboriza y se vuelve hacia la barra. Los camareros siempre ignoran a Luis por algún motivo.

—Hemos apostado a ver cuál de nosotros aparece el primero en la columna de preguntas y respuestas, y ahora estoy esperando una respuesta. ¿Qué crees tú? —pregunta McDermott.

—¿Sobre qué? —pregunto yo, irritado.

—Mocasines con borlas, carapijo —dice él.

—Bueno, veréis, chicos… —Mido cuidadosamente las palabras—. Los mocasines con borlas son tradicionalmente un calzado sport… —Vuelvo a mirar a Price, que espera ansioso su copa. Trata de pasar junto a Luis sin mirarle, pero Luis le tiende la mano. Price sonríe, dice algo y se aleja deprisa en dirección a nuestra mesa. Luis vuelve a intentar atraer la atención del camarero y nuevamente fracasa.

—Pero se han vuelto aceptables por lo populares que son, ¿o no? —pregunta Craig con vehemencia.

—Sí —asiento con la cabeza—. Siempre que no sean negros o de cordobán están bien.

—¿Y los marrones? —pregunta Van Patten, desconfiadamente.

Pienso en esto y luego digo:

—Demasiado deportivos para un traje formal.

—¿De qué habláis, so maricones? —pregunta Price. Me tiende la copa y luego se sienta, cruzando las piernas.

Ese es el hombre que leería Fondo de Armario, quiero pensar pretenciosamente, o al menos aspiro a ellos (eso sí, no quiero lectores que corten por la mitad a prostitutas con una sierra mecánica). Un lector de Fondo de Armario debería sentirse identificado con el siguiente extracto:

Hoy he trabajado intensamente en el gimnasio después de salir de la oficina, pero la tensión ha vuelto, de modo que hago noventa distensiones abdominales y ciento cincuenta flexiones, y luego corro sin moverme durante veinte minutos mientras oigo el nuevo CD de Huey Lewis. Tomo una ducha caliente y después uso una nueva limpiadora facial de Caswell-Massey y una crema corporal de Greune, luego un hidratante corporal de Lubriderm y una crema facial Neutrogena. Dudo entre dos modelos. Uno es un traje de crepé de lana de Bill Robinson que compré en Sacks, con esa camisa de algodón de Charivari y una corbata Armani. O una chaqueta de sport de lana y cachemira de cuadros azules, una camisa de algodón y pantalones de lana con pinzas, de Alexander Julian, con una corbata de seda de lunares de Bill Blass. El Julian podría resultar un poco caliente para mayo, pero si Patricia lleva ese modelo de Karl Lagerfeld que creo que se va a poner, entonces quizá tenga que llevar el Julian, porque queda bien con su vestido. Los zapatos son unos mocasines de cocodrilo de A. Testoni.

Descubrir a Bateman me abrió un mundo al cuidado personal que no se reducía a comprar el gel de ducha más barato del super. Recuerdo que después de leer la novela adquirí mis propios productos de aseo por primera vez, que atesoraba en un neceser privado e intransferible. Por aquel neceser pasaron cosméticos-tesoro como una pastilla de jabón de la línea Égoïste de Chanel que compré en una desaparecida perfumería de la calle Sagasta (Sevilla) o algún que otro producto de la línea White Musk de The Body Shop.

Releo y releo la novela y me maravilla el sentido del humor de Bret Easton Ellis:

Antes de dejar mi despacho para la reunión tomo dos Valium con Perrier, y luego me aplico una crema limpiadora en la cara con unos algodones, y después un hidratante. Llevo un traje de tweed y una camisa de algodón a rayas, ambas cosas de Yves Saint Laurent, y una corbata de seda de Armani y unos zapatos negros nuevos de Ferragamo. Me lavo los dientes y, cuando me sueno la nariz, espesos hilillos de sangre y mocos manchan un pañuelo de cuarenta y cinco dólares de Hermès que, por desgracia, no era un regalo. Pero tomo cerca de veinte litros de Evian al día y voy al salón de bronceado con regularidad así que una noche de juerga no ha afectado la suavidad de mi piel ni su tono de color. Mi cutis todavía es excelente. Tres gotas de Visine me aclaran los ojos. Una bolsa de hielo elimina las ojeras. Todo lo cual lleva a esto: me siento hecho una mierda, pero tengo un aspecto excelente.

Bien, mis queridos Batemans, acompañadme en Fondo de Armario un añito más (si no me despiden ‎por el camino) y prometo no defraudaros. Hablaremos de moda, de cómo ser ortodoxos y transgresores, intensificaré los contenidos de belleza, os daré pistas para ser hombres verdaderamente interesantes e introduciré una nueva línea de contenidos que llamaré ‘Topics’, y que tratarán sobre todo tipo de asuntos de actualidad, sobre todo cultural, y curiosidades que os darán buenos temas de conversación para impresionar de forma natural… Porque no hay nada más lamentable que un caballero con muy buen aspecto pero sin tema de conversación. Así mismo habrá temas de ‘business con estilo’ que espero encontraréis útiles.

Seguidme o me vais a obligar a comprar seguidores al peso como los ¿famosos? en Twitter. ¡Por cierto! Os recuerdo que mi cuenta de Twitter es @AgustinV74.

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Una respuesta to “Bateman al habla, ¿alló?, ¿alló?”

  1. Hong Kong Blues Dice:

    Me gusta cómo describes ese tipo de hombre. También me ha hecho gracia ese “quiénes somos, o quiénes creemos que somos”. Matices que dan mucho juego.
    Muchas felicidades, qué bien sientan espacios como tu blog.

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