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La actitud es todo

Es posible que pensaras que este año San Valentín sería algo especial y sin embargo te has estampado con la realidad: sigue siendo la misma M (de hecho tienes la impresión de que tu novia quería decir “te dejo” con aquello de “necesitamos un tiempo de reflexión”). Así que te levantas el lunes y comienzas tus rituales domésticos para irte a trabajar: te lavas los dientes y casi te atragantas con el colutorio porque un golpe de tos te coge desprevenido; te duchas y se acaba el butano cuando tienes la cabeza a rebosar de jabón; tu armario sigue siendo igual de gris que siempre (fiel reflejo de tu vida); se te quema la tostada y decides desayunar en la calle (y cuando vas a entrar en un bar descubres que te has dejado la cartera con el dinero en los vaqueros); llegas a la oficina y descubres que tu jefe está de mal humor por la forma en la que te ha mirado como diciendo “ah, ya era hora que llegara el pringado este al que voy a hacer la vida imposible, a ver si yo me siento mejor”… ¡¡STOP!! Algo ha fallado, has metido la pata y no tienes siquiera ni idea de donde se torció todo. ¡Rebobina!

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Camisa de Desigual. 59,95 €. 

El que se te haya acabado el gas a media ducha no es muy buena señal así que de pronto te paras y decides cambiar algo. Miras tu armario y ves ese cuadro suprematista que conforman todos tus trajes colgados y que bien podría titularse “Gris sobre gris”. ¿Por qué no hacer una locura por un día?: Buscas la camisa más divertida que tienes. Ahora que lo piensas, el traje que tocaba no le pega nada, así que lo desdeñas y eliges uno de los que te sientan especialmente bien. Sigue siendo gris, sí, pero, ummm, no estás nada mal, te dices frente al espejo, vas entalladito, el pantalón te marca esos glúteos que tanto te trabajas en el gimnasio y realza el poderío de tu espalda… ¡Espera! Los pantalones están tan ajustaditos que percibes que algo falta, no sientes la presión de la cartera, ¡menos mal, por poco te la dejas olvidada! Decides comprar unos cruasanes de camino a la oficina y te paras en recepción para invitar a que coja uno, dos, o los que quieras, a la guapa y simpática Laura, la recepcionista que te hace ojitos. En eso estás cuando Matías, el capullo, pasa sin dar ni los buenos días y sube antes que tú, negándose a parar el ascensor para que puedas entrar tú también. No importa, estás de buen humor, has quedado a almorzar con Laura, no te importa esperar al siguiente ascensor. Cuando arribas a la oficina tu jefe está echando la bronca al capullo de Matías. Por lo visto era de esos días que el jefe está a la espera de que aparezca el primero para volcar su frustración conyugal. ¡Te has librado! Ni siquiera ha reparado en que has llegado.

Recordad: “Por un clavo se perdió un reino…” como bien diría Ricardo III.

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