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EL CRACK (el serial) - Capítulo XII

Viernes, 2 Enero 2009

Mi pequeño milagro de Navidad 

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Es muy triste estar sólo en Nueva York en Navidad. Mientras ando por calles que no tienen ni un cartel en cristiano pienso que quizás tendría que haberme vuelto a España como me ofreció papá. No, es absurdo, yo tengo a mis amigos aquí. Bueno, el único amigo que tengo es Warren y ya está un poco harto de mí. Sí, me tendría que haber vuelto a España, allí tengo a mi madre… que está en Francia con su amiguito esquiando (me da arqueadas de pensar que mamá tiene un “amiguito”). Yo debería estar ahora en algún paraíso exótico tomando el sol en la cubierta de un yate con la panda de siempre, creo que este año tocaba Costa Rica, y sin embargo aquí estoy, intentando recordar cómo llegar al restaurante de Helen Hunt, a la que quiero decir que me acuerdo de que le debo dinero aunque no puedo pagárselo en ese momento. Porque me han podido privar de mi identidad y dignidad, pero sigo siendo un hombre de honor y palabra. Después de recorrer tres veces Allen St. creo estar razonablemente seguro de saber cuál es el restaurante. Está más lleno de lo que esperaba para ser Navidad, porque la ciudad queda desierta en este día. Todo cierra, hasta los museos, último destino de los solitarios. Sólo los verdaderamente desesperados, como yo, se lanzan a la búsqueda de uno de los restaurantes que no entienden de Navidad y permanecen abiertos. 

Al entrar veo al encargado tras la barra, un tipo con pinta musulmán con gorro de Papá Noel. Pero no veo a Helen Hunt sirviendo mesas. No tengo dinero para tomarme nada, hasta mañana no cobro mi primera semana en la tienda de cómics, así que me dirijo al encargado para preguntarle por ella. 

–Amigo, estoy buscando a la camarera rubia del otro día. 

Al principio parece no recordarme, pero en cuanto cae, abre los ojos como platos y me dice: 

–Belinda americana, papeles –¿pero qué dice?, ¡ah, es verdad!, el tipo creía que yo era de inmigración.

–No, no, sólo quiero hablar con ella.

–Belinda papeles.

–Vale, lo sé, Belinda papeles –es imposible–, ¿tú…?

–Yo papeles, yo americano –me señala una bandera raída que tiene en una esquina del restaurante.

–No, no, digo que si tú puedes decirle a ella… Bueno, déjalo.

–Bel se ha ido a casa –me dice otra camarera que se ha acercado a hacer un pedido–, ¿para qué la quieres, guapo?

–Le debo dinero del otro día y quería…

–¡Ah!, si es eso no te preocupes, me lo das y yo le digo que le has pagado.

–Pero es que no tengo el dinero, venía a decirle que no me olvido de la deuda.

–Bueno, pues cuando vuelva yo le digo la ha estado buscando… ¿cuál es tu nombre?

–Rafael, Rafael Ridao. Pero no creo que me recuerde. ¿Cuándo vuelve?

–¿Qué le debes dinero y no te va a recordar? ¡Tú sueñas! Ella vuelve para el turno de Año Nuevo.

–Volveré. 

Me voy mientras escucho cómo la camarera intenta tranquilizar al encargado y explicarle que no soy de inmigración. 

*** 

He cobrado mi primer cheque. Jamás un trocito de papel me ha parecido tan hermoso. 211 dólares espléndidos, amorosos, fantásticos, extasiantes, útiles, necesarios… no, ¡imprescindibles! 

Ya puedo empezar a ver apartamentos. Me compro el Village Voice y echo un ojo a las ofertas. Un momento, algo debe estar mal. Llamo a mi jefe de la tienda: 

–Hola, soy Rafael, te llamo porque creo que hay un error en mi cheque… Sí, un error, debe faltar un cero o algo… ¿211 dólares? Sí, eso pone. Pero no puede ser, porque he mirado los alquileres y no hay nada decente que baje de 2800. Por eso digo que… ¿Salario mínimo?… ¿Que busque en qué zona?… No, no estoy dispuesto a irme al otro extremo de los Estados Unidos para encontrar un apartamento. He estado mirando cerca de donde tenía en mío, en Park Avenue, ¿de qué te ríes?, estoy hablando en serio… Pues, perdona, pero no me siento valorado en este trabajo… No, no tengo ni idea de cómics, pero yo tengo otras cualidades… Sí, pues quizás debiera pensarme buscar algo más acorde con mis capacidades… Vale, ya me tranquilizo, pero es que esto del apartamento me ha puesto nerviosos… ¿Compartir? ¿Compartir con quién? No sé, yo es que soy muy mio para esto de la convivencia.  

¿Compartir piso? Ummmm. Puede ser una solución provisional. Le echo otro vistazo al periódico. Visto mi sueldo no puedo optar a nada que cueste más de 400 dólares al mes, 500 si suprimo una comida al día. A ver… ¡Uno de 125 dólares! Ah, pero en New Rochelle, eso es lo mismo que irse a Alaska, ¿por qué llaman Nueva York a zonas a las que no llega el metro? (Que por cierto tendré que probar en breve, pero me da miedo). Uno de 150 dólares, pero no, gracias, no fui a la universidad para terminar en el Bronx. ¡Ajá! Uno de 175, en “Yankee Stadium”, no gracias, eso es un eufemismo para llamar al Bronx. 100 dólares en Queens, claro, y el resto del sueldo en transporte hasta la ciudad. 200 dólares, sólo mujeres, en el ¡Harlem! ¡¿Es qué no hay nada asequible en Park Avenue o la Quinta Avenida?!  

¿Cómo era el nombre de la agente que me consiguió mi apartamento? Tengo que tener la tarjeta por algún lado. ¡Ajá! ¡Gloria! Esta tía es un genio, va todo el día hablando por el Bluetooth, y no tardó más de dos horas en encontrarme mi antiguo apartamento. 

–Hola, soy Rafael Ridao, Gloria. Necesito que me busques un apartamento.

–¿Qué tenías pensado?

–Algo pequeño, nada de grandes lujos, cerca de Central Park Este.

–Ummm, tengo algo fantástico para un ejecutivo como tú, dos habitaciones, cocina americana, pero muy chic, justo al lado del Cooper Hewitt Museum.

–¡Fantástico! ¿Cuánto?

–Unos 3500 dólares, pero ya sabes que todo es negociable.

–Bueno, se sale un poco de mi presupuesto.

–¡Ah! ¿“Presupuesto”? Si te he de ser sincera no me siento cómoda trabajando con presupuestos. ¿De cuánto hablamos?

–Unos 400 dólares, aunque puedo llegar hasta los 500.

–Rafael, ¿eres consciente que la comisión mínima que cobro a cada cliente es de 1000 dólares? 

No sé qué decir. Pasado tres minutos de mutismo por mi parte Gloria corta la comunicación sin siquiera decir adiós. 

*** 

He dejado el tema del apartamento para más adelante, más que nada por desesperación. Es día 31 y la gente anda como loca. Como si cambiar de año fuera a solucionarlo todo. Ha sido un mes realmente horrible. Tengo los 15 dólares de Helen Hunt y 10 más que le voy a dar de generosa propina por el retraso. Su compañera me dijo que trabajaba en el turno de fin de año, y allá voy, con 7 grados bajo cero, andando por Wall Street. Hubiera cogido el metro, pero aún me da miedo someterme a esa experiencia y no creo que mis 211 dólares semanales me den para taxis.  

La calle está muy animada a pesar de ser cerca de las 10 de la noche. Todo lo vivido aquí me parece tan lejano. Es como si los recuerdos que conservo de mi vida como financiero de éxito fuera el residuo que una vieja película ha dejado en mi cabeza. Y sin embargo llevo un traje de 3200 dólares que compré hace menos de dos meses. Ahora no podría ni acercarme al escaparate de Brooks Brothers para ver un traje como este. Debo esmerarme por conservar mis fabulosas prendas impecables, es lo único que me queda de mi vida pasada. Este abrigo de vicuña es un tesoro que ojalá pudiera revender por su precio original, podría alquilar con ese dinero un apartamento decente durante meses. Pero no puedo venderlo y debo conservarlo impeca… “¡Hijo de puta!” 

Un mensajero en bicicleta ha intentado pasar entre un coche parado en el semáforo y mi cuerpo que no había terminado de cruzar y se ha enganchado en mi abrigo desgarrándolo. Y ni siquiera se para, sino que se vuelve pedaleando y me hace un gesto con el dedo sobradamente popular.

¡Dios! ¿Por qué todo me tiene que salir mal? ¡¿Por qué?! ¿Es que no puedo tener mi pequeño regalo navideño? ¡Algo! ¡Algo que me alegre para afrontar el 2009! 

–¿Te encuentras bien?

–Perfecta… –es Clive Ziff III o IV o V, no me acuerdo, un ex-colega– …mente.

–Van como locos. Oye, que lo siento mucho.

–Sólo ha sido el abrigo.

–No, me refiero a lo de Madoff.

–¿Qué?

–Leí en el periódico que uno de los estafados eras tú, que habías perdido 36 millones.

–¿Yo?

–El periódico lo decía bien claro, Rafael Ridao, 36 millones.

–Pero si yo no he invertido en mi vi…

¡Papá! ¡Claro, Rafael Ridao “padre”! ¡Gracias Dios! ¡Gracias por mi regalo de Navidad! ¡Papá ha perdido 36 millones! ¡Así aprenderá a tratar a su hijo de la manera que me ha tratado! Él me lo ha quitado todo, y el karma se lo ha quitado… bueno, le ha quitado un poquito. Pero estará que se sube por las paredes. ¡¡Gracias!!

EL CRACK (el serial) - Capítulo XI

Viernes, 26 Diciembre 2008

Friki-universo paralelo 

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“Oh, jingle bells, jingle bells

Jingle all the way

Oh, what fun it is to ride

In a one horse open sleigh

Jingle bells, jingle bells

Jingle all the way

Oh, what fun it is to ride

In a one horse open sleigh” 

Como ponga una vez más la cancioncita se va a arrepentir. Estoy al borde del abismo. A punto de traspasar la fina línea entre la depresión y la psicopatía. Ya empiezo a imaginar a todos los presentes, que rebuscan cómics en las estanterías, muertos de mil formas horripilantes. Así que un “jingle bells” más y empiezo a decapitar a gente con el cutter. 

Kurt se acerca para darle de nuevo al play y escuchar de nuevo el CD de alegres cancioncillas navideñas compuestas con la insana intención de hacernos enloquecer a las personas normales que odiamos la Navidad, que detestamos a la gente de buena voluntad que sonríe y te desea felices fiestas, que le descerrajaríamos con gusto un tiro entre los ojos a Rudolph, y que mantendríamos la chimenea avivada con queroseno toda la noche con la sana ilusión de que Santa Claus terminara en el Monte Sinaí con quemaduras de primer grado. 

–Ni-se-te-ocurra –le advierto a Kurt con lentitud, lo suficientemente amenazador para que se piense dos veces el volver a poner el CD.

–Si prefieres tengo un CD con canciones de Navidad de George Michael.

–No-soy-gay.

–George Michael le gusta a todo el mundo, no sólo a los gays.

–He dicho que no-soy-gay.

–Pues a mí me gusta.

–Lo dicho: No-soy-gay.

–Yo no soy gay y me gusta George Michael… tengo novia. 

Mi mirada le deja bien claro que no voy a discutir más. No pienso rebajarme a discutir con un tío con bigotito a lo Clark Gable que se cree hetero porque se siente atraído por Xena y Barbra Streisand, y cuya novia (he investigado entre los compañeros de trabajo) nadie ha visto jamás. ¡¿Qué hago yo aquí con esta panda de frikis?! ¡Yo que soy licenciado en Economía y he pasado mis mejores años en la cresta ola de Wall Street! 

*** 

–Míralo por el lado positivo, Rafe.

–¿Qué lado positivo? –le grito a Warren fuera de mí– No hay lado positivo. No puede haber lado positivo. Dime, ¿qué lado positivo le ves tú?

–Es un trabajo en Wall Street.

–¡¡¿Un trabajo en Wall Street?!! ¿Qué entiendes tú por “un trabajo en Wall Street”?

–Vale, está en Maiden Lane, pero está a una manzana de la Reserva Federal y a cuatro de Wall Street. Eso técnicamente es un trabajo en Wall Street.

–¡Vete a la mierda! 

En ese momento me hubiera marchado con un gran portazo si tuviera donde ir pero a falta de la dignidad que confiere un buen portazo me conformé con lanzarle una terrible mirada de “te odio, te odio, te odio”. Lo peor es que no tenía opción. No, rectifico, no tenía dinero. En aquel momento no se me ocurría destino más bajo en la sociedad que ser dependiente en una tienda de cómics, ¡y en Navidad!, me harían llevar puesto aquel gorrito absurdo de Papá Noel. 

Warren me lo había dejado claro: no le importaba tenerme apalancado en su sofá un tiempo más, y le daba igual que le gorroneara el frigorífico, pero tenía que ponerme en marcha para poner fin a aquella situación. Al ir a almorzar había pasado por Maiden Lane y había visto un cartel que rezaba “Help Wanted” y decidió que aquel trabajo, fuera el que fuera, sería ideal para mí, que no tenía elección. No se paró a preguntarse si yo estaba cualificado para ello. No sé, a mí me formaron en la universidad para ser financiero, no me dieron ninguna formación específica para ser dependiente de cómics.  

Mi cabeza daba vueltas. No me imaginaba en aquel trabajo. ¿Cómo me afectaría psicológicamente? ¿Empezaría a interesarme la informática y los videojuegos? ¿Empezaría a sentir atractiva la idea de vestirme de Luke Skywalker e ir a convenciones de trekkies? ¿Cómo afectaría aquello a mi vida sexual? ¿Empezaría a sentirme sólo atraído por mujeres que me recordaran a Lynda Carter vestida de bandera americana o a Eartha Kid en plan gatita go-go? (Porque a los frikies nunca le ponen las versiones actuales como la Catwoman de Halle Berry o la Elektra de Jennifer Garner… los frikis son retro por naturaleza, una naturaleza terrible, cruel y desviada). 

–¡Está bien! ¡Una semana! Pruebo una semana, y si es demasiado humillante, que lo será, lo dejo.

–Vale –Warren estaba contento con mi flexibilidad.

–¿Cuánto ganaré?

–Eso no importa, Rafe, lo que cuenta es que un hombre con trabajo es un hombre con autoestima.

A mi autoestima le gusta vestir de Ferragamo.

–Tu autoestima va a tener que ser menos exigente. 

Qué mal suena eso. 

***

Nunca imaginé cuánta gente se gasta la pasta en cómics. Mi primer día de trabajo fue realmente un infierno. Primero por mi encargado, un tío de 34 años con acné y alopecia que se viste con camisetas de dibujos animados y que no debe pesar más de 23 kilos. Con cara de virgen. Las mujeres no se le habrán acercado en su vida, y no porque no de grima, que la da, y mucha, sino porque es el tipo sabelotodo pedante que filosofea en base al millón de cómics que ha leído en su vida. Que si los protones de antigravedad, que si el programa de control mental de la CIA Que si no te quites el gorro de Papá Noel, Rafael. Que si cómo quieres que te diga que no te quites el gorro, Rafael. Que si la próxima vez que te pille sin gorro te descuento del sueldo 20 dólares. ¡Viva el libremercado y la flexibilización del mercado laboral! 

Después está Kurt, el gay-no-gay, con su animosidad y su pluma-no-pluma (“es acento sureño, soy de Nueva Orleáns”). Habla el mismo idioma que los friki-clientes: 

–Eso lo dije yo cuando vi por primera vez a Hugh Jackman en el papel de Wolverine en los X-Men –discute con un cliente de 13 años–.  No es creíble. Wolverine tiene lo menos 100 años sólo que el factor de curación de sus superpoderes lo mantiene más joven de lo que es en realidad. Pero debería aparentar unos 47 o 48 años, en ningún caso sería como Hugh Jackman. ¿Y dónde está la musculatura? Wolverine siempre ha sido bajito y muy musculoso. 

O por ejemplo: 

–Ya quisiera Bush tener un The Autority para montar una fasci-dictadura.

–No hay que preocuparse, The Boys le patea el culo a The Authority con facilidad.

–De eso nada, listillo, porque The Boys son de la editorial Dynamite y The Authority son de Woldstorm, no hay puntos de contacto.

–Sí que los hay, porque The Boys nació primero en la editorial Worldstorm aunque después los compraron Dynamite.

–De todas formas –media un tercero– siempre pueden hacer un viaje dimensional para patearles el culo.

–¡Que te follen! ¿A ti quién te ha dado vela en este entierro? 

Es asombroso cómo confunden realidad y ficción. 

***

Es Navidad. Estoy sólo en el apartamento de Warren. Él se ha ido a las islas Boca del Toro, Panamá, para pasar las fiestas con unos amigos al sol. He llamado a mamá pero la mucama me informa que está en Courchevel fundiéndose un adelanto del divorcio con un “amigo”. Pensaba darle apoyo por si estaba muy afectada, pero veo que más que afectada está extasiada. Tanto como para no acordarse de que tiene un hijo en la más completa indigencia. Incluso, en mi desesperación, llamo a Puppy. El servicio me dice que está fuera del país, pero sé que es mentira, escuché ladrar a Mr. Chow y ella no va a ningún sitio sin él. 

¡Acabo de recordar que le debo pasta a una camarera del Bowery!

EL CRACK (el serial) - Capítulo X

Viernes, 19 Diciembre 2008

Cuatro entrevistas y un funeral 

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Pues va a ser verdad que hay crisis. En el periódico no viene ninguna oferta laboral de cuerdo a mis capacidades. ¿Cuáles son estas? No lo tengo claro, pero que se olviden de que voy aceptar nada que no implique aprovechar la experiencia adquirida en estos años al frente Ridao-Blackman Global Investors. Bueno, esa es la versión oficial, la verdad es que no pienso reparar cañerías, descargar cajas, o cualquier otra actividad física para lo que mis clases de Tai Chi no me han preparado. 

Empiezo mi búsqueda de trabajo con un periódico bien trabajado (subrayado, con anotaciones a los márgenes) bajo el brazo. Wall Street es inmenso, seguro que hay un hueco para mí. 

ENTREVISTA 1

Tipo de empresa: Firma de gestión de fondos.

Lunes – 9:43 h

Entrevistador: mujer, no llega a los 35, blanca, soltera (no anillo), que merece una psicópata para compartir piso, ¡zorra!

Tiempo aprox. de la entrevista: 13 minutos.

Impresiones: ¿Por qué preguntan cuánto quieres ganar? Yo creía que la sinceridad era un valor positivo. Yo creía que empezaríamos a regatear. No me llamarán, cuando yo le digo a una mujer que la voy a llamar nunca lo hago, por qué iba a ser diferente en este caso.Nota: Tengo hambre y 47 dólares en el bolsillo. 

ENTREVISTA 2

Tipo de empresa: Banco nacional.

Martes – 11:04 h

Entrevistador: hombre, unos 55 años, pinta de abuelete amable, en realidad es un capullo sádico.

Tiempo aprox. de la entrevista: 8 minutos.

Impresiones: El tipo sabía quién era yo (lo presiento). Me pidió que me sentara muy amablemente y al ver en su ficha mi nombre me preguntó que cuál eran mis responsabilidades en Riado–Blackman. “He sido el director de…” Y no me dejó terminar con un “¿perdona?” bastante capcioso. Me levanté y me fui. No estaba dispuesto a que me humillaran con mi pasado de ‘director ficticio’. Busco una empresa que me quiera por lo que soy, no por lo que he sido. Bueno, en verdad busco una empresa que no sepa ni quién soy ni quién he sido.

Nota: Tengo mucha hambre. La búsqueda de trabajo ha disparado mi metabolismo. Sólo me quedan 13,34 dólares y un caramelo de fresa que cogí en la recepción de la empresa donde me he entrevistado. 

ENTREVISTA 3

Tipo de empresa: ¿¿¿Por qué son tan ambiguos en los anuncios clasificados???

Martes – 13:20 h

Entrevistador: Por teléfono, una voz muy sensual.

Suena el teléfono.

Voz: Golden Boy, ¿dígame? [No me suena para nada esta empresa]

Yo: Buenas tardes, llamaba por el anuncio del periódico.

Voz: ¿Cuál de ellos, por favor? [¿Hay más de un puesto vacante?]

Yo: Por el que dice que buscan una persona con buena presencia, don de gentes, universitario…

Voz: Muy bien. ¿Cuánto mide? [¿Eh?]

Yo: 1’83.Voz: Ummm, alto, eso está bien. ¿Buena forma física? [¿¿Eh??]

Yo: Uh… bueno… sí, hago ejercicio regular.

Voz: Deberás pasarte por aquí y dejarnos tu book. ¿Experiencia? [¿¿¿Book???]

Yo: Eh… Sí, he sido…

Voz: La agencia trabaja con clientes de ambos sexos, ¿algún inconveniente?

Yo: Creo que no. [¿Por qué voy a tener inconvenientes de tratar con hombres y mujeres?]

Voz: ¿Sabes? Debería ver primero tu book, pero las Navidades son fechas terribles, la gente se siente sola y estamos desbordados. Tengo un cliente en el Upper East Side en estos momentos. Si me aseguras que eres guapo te mando para allá ahora mismo. [¿Guapo?]

Yo: Bueno… ¿Guapo?… Sí, creo… ¿Pero qué tengo qué hacer?

Voz: ¿No dices que tenías experiencia?

Yo: Sí, pero necesito saber un poco al menos sobre el perfil de la empresa y sus productos. No sé. No hemos hablado de qué puesto buscan cubrir, ni de remuneración.

Voz: El cliente es convencional, no quiere nada raro, son unos 350 dólares. Nosotros nos quedamos el 40% el resto es tuyo. Eso sí, si te pide algo raro me llamas y te doy tarifas. No pongas precios tú ni intentes quedarte con los extras, al final nos enteramos de todo.

Yo: ¡Oiga! Que soy un profesional serio.

Voz: Eso espero. Tienes que llevar los…

Impresiones: 1) Soy idiota y no me fijo en los encabezamientos de las secciones de los anuncios clasificados. 2) Los anuncios que buscan escorts profesionales están demasiado cerca de las ofertas de trabajo que no exigen llevar condones cuando visitas a un cliente. 3) Los anuncios que buscan escorts se redactan de forma muy muy ambigua. 4) Ahora comprendo el problema que suponía tener clientes de ambos sexos. 5) Me guardo el teléfono de la agencia para cuando se me acaben los 5,14 dólares que me quedan (el caramelo me lo he comido ya).

Nota: Tengo hambre. 

***

Miércoles – 8:15 h 

Se ha muerto Clifford Randsey III. Tenía 34 años. Iba al gimnasio, comía sano, no fumaba. Salía con las mismas chicas que yo. No me refiero al mismo ‘tipo’ de chicas, sino a las mismas chicas textualmente. En Nueva York habemos una especie de club secreto de solteros que van a los mismos locales nocturnos y se acuestan con las mismas chicas. Eso nos une mucho. Por eso he venido a su sepelio, a presentar mis respetos a uno de los nuestros. Podríamos haber sido cualquiera de nosotros. Ninguno estamos libres de sufrir un día, como Clifford, un colapso cardiaco mientras somos humillados en un sórdido cuarto de un hotelucho por una enana dominatrix y un travestí sesentón. Bueno, la escena tal cual puede que sea un poco irrepetible, pero la idea del colapso siempre es posible. 

El padre de Clifford, Clifford Randsey II, está muy afectado. Fin de la estirpe. En verdad tenía un hermano que se llama Jay y es cantautor en Tucson, trabaja en bares de carretera. Pero ya nunca habrá un Clifford Randsey III, porque el hermano no puede heredar el ‘III’ porque no se llama Clifford (es obvio) y el vástago superviviente de los Randsey nunca tendrá un hijo al que llamar Clifford Randsey III porque perdió los testículos en una accidente de caza en Europa. Se los voló su propio hermano en un episodio bastante escabroso que segó el interés de Jay por estudiar Derecho y continuar en el negocio de las finanzas internacionales como su padre, y antes de su padre su abuelo. Por el contrario la voz se le afinó y aprendió a componer. “Los caminos del Señor son inescrutable” decía el cura presbiteriano que daba sepultura al último Clifford Randsey. ¡Es comprensible el dolor que estaba viviendo su padre en aquellos momentos! 

Me acerco a darle el pésame. Nos miramos sin pronunciar palabra. Comprende que comparto su dolor. Nos abrazamos. 

–Era un hombre excepcional –le dijo y él asienta secándose el llanto–, como pocos. Un amigo de los que siempre estaba ahí –“tirándose a la tía que te gusta” pienso– y nunca te defraudaba. Y como Presidente de Randsey Co. no tenía parangón. ¡Qué ingenio! ¡Qué intuición! ¿Está pensando en alguien concreto para ocupar su puesto? Yo, casualmente, estoy buscando… 

***

ENTREVISTA 4

Tipo de empresa: Auditores financieros.

Jueves – 10:10 h

Entrevistador: Hombre, caucásico, en los 40, pinta de contable.

Tiempo aprox. de la entrevista: 3 minutos.

Buenos días, Sr. Ridao” me dice el cuatro ojos, “qué mal aspecto tiene ese ojo, ¿se lo ha visto un médico?”. Me levanto y lo mando al cuerno.

Nota: Aquél hombre estaría muy triste por lo de su hijo fallecido, pero no le importó en absoluto montar una escena dándome un puñetazo en todo el ojo. ¡Qué poco respeto por la memoria del muerto!

*** 

Llego a casa (bueno, a casa de Warren) y lo encuentro sentado en el sillón, de brazos cruzados, esperándome. Rezo porque no empiece otra vez con lo de que si oigo gemir en su cuarto no entre a ver qué pasa. Espero que se le haya pasado la crisis de falta de intimidad que atraviesa últimamente. Está serio, mirándome.

–¿Qué tal la entrevista? –me pregunta.

–Ufff, ni preguntes –me cojo la nariz como diciéndole “aquello apestaba, tío”, pero no el hace gracia.

Sigue serio. Veo junto a él un gorrito de Papá Noel. Es buena señal, el espíritu navideño ha llegado al apartamento y todo los malos rollos se irán por la chimenea (bueno, tenemos calefacción central).

–Ho, ho, ho –le digo imitando a Papá Noel.No se ríe.

Lo repito y le señalo el gorro. Sigue sin reírse.

–¿Y eso? –le pregunto con mi mejor sonrisa señalándole el gorro.

–Eso es tu nuevo uniforme de trabajo.

Ahora soy yo el que no se ríe.

EL CRACK (el serial) - Capítulo IX

Viernes, 12 Diciembre 2008

Esto es el mundo real 

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Ser financiero en Nueva York es un asco. Si un cutre ensamblador de una cutre fábrica de coches utilitarios (¿hay cosa más cutre y más inútil? Si al menos fuera una fábrica de limusinas) pierde su trabajo, todo el mundo le compadece. Pero si yo, un financiero de Wall Street, soy despedido, todo el mundo piensa “¡que te jodan!” 

Todos saben que cuando uno busca trabajo lo primero que tiene que hacer es llamar a las puertas de sus “amigos”. Lo he intentado, juro que lo he intentado. Pero de pronto todos tienen la agenda copada y sus ineptas secretarias se niegan a hacer un hueco para mí. ¿Qué fue de aquello de “¿comemos hoy?, espera que despeje la agenda”? El martes me encontré con Courtney, un capitoste de una firma de inversiones, que salía de almorzar en un restaurante cercano al MET. Con él he comido, jugado al padel, salido de noche, le he presentado a modelos, e incluso llevado a su casa en un estado  cercano a un coma etílico a base de Dry Martines: se podría decir que era un amigo, ¿no? Su coche estaba a apenas tres metros de la puerta del restaurante y yo al principio de la manzana, a unos 12 metros. Pues salió poniéndose el abrigo, giró la cabeza y me vio, ¡¡me vio!!, yo lo saludé con la mano entusiasmado pensando que por fin podía hablar con uno de mis “amigos” sin que hubiera una secretaria infranqueable de por medio, él me sonrió… y aceleró el paso para meterse en la berlina de su empresa. Y allí me quedé yo, helado, como un pasmarote, pensando… “¡será cabrón!” 

De pronto me siento como esos críticos de moda amados y temidos, agasajados hasta la saciedad, alabados y mimados, que un buen día son despedidos de su medio de comunicación y nunca más son tenidos en cuenta, y ven como todas las atenciones que les dispensaban pasan a su sustituto. La moda es cruel… y las finanzas no te digo ya.  

No tengo ni un centavo. Pero no quiero abandonar mi costumbre de comer en buenos restaurantes. Estaré fuera del mercado laboral, pero la vida social me niego a abandonarla. Eso sí, tengo que confiar en la generosidad de los habituales. Mi técnica es: 

Entro en el restaurante y realizo un escaneo visual. Al momento se acerca el maître, que me conoce de sobra sea cual sea el restaurante, y me pregunta como si fuera un indigente que se ha colado en el restaurante (Warren dice que es paranoia mía) si tengo mesa reservada. Para entonces ya he localizado a alguien conocido, así que le digo que he quedado con tal o cual cliente y paso sin esperar a ser invitado, raudo y veloz, y saludo efusivamente a mi víctima almorzatoria, le digo que había quedado a comer con alguien que no está en su círculo de amistades para que no pueda comprobarlo y espero a que me invite a sentarme. Sólo es cuestión de ser ágil y cuando ves que la velada empieza a languidecer te levantas antes de los postres, te disculpas, y te largas con tu carisma intacto (no te hacen pagar si no has tomado postre). 

*** 

–Hola, Elizabeth –Elizabeth es una importante editora de una revista pseudopolítica–, te he visto y no quería irme sin saludarte. 

Está sola. Me mira seductoramente. No es mi tipo en absoluto, ni leo nunca su revista, pero es la única cara conocida del restaurante. Creo que hoy he llegado demasiado pronto. 

–Había quedado con… Clark Olympiakos, de Fisher Lynch –¡Joder! Esta tipa conoce a todo el mundo, así que me he tenido que inventar un nombre ficticio. No soy muy rápido echando embustes así que lo primero que se me ha ocurrido es mezclar la identidad secreta de Superman con el nombre del equipo de fútbol.

–¿Olympiakos? No me suena.

–Será porque es de la sucursal de la costa oeste. Está aquí por unos días y… –hasta ahí llego, mi imaginación se ha agotado–, bueno, que justo entrando me llama y anula la cita por no sé qué. Y te he visto y me he dicho “tengo que saludar a Elizabeth”, pero ya me iba.

No me invita a sentarme. ¿Por qué no me invita a sentarme? ¿Por qué demonios sólo me mira sonriendo y dice que sí con la cabeza? Joder, invítame a sentarme. Veo pasar un camarero a medio metro de mi espalda.

–¡Uy, perdona! –finjo que le estorbo, aunque es evidente que no, y me siento como para quitarme del paso–. Por cierto, la última portada de tu revista con Obama es realmente impactante –la he visto por casualidad en un kiosco.

Llega el camarero y sin que nadie me haya invitado pido Vol–au–Vent de setas de temporada, ensalada de ricotta y trufa a la vinagreta. 

*** 

Después de una primera semana odiando a todo el mundo he aprendido que el odio indiscriminado no te lleva a ninguna parte, es mejor concentrarlo en unos pocos. Quitando a mi padre, a la persona que más odio en estos momentos es a Robert, mi secretarucho traidor. Así que en vez de odiarlo en la distancia decidí hacerle una visita en su nuevo puesto, en la oficina ‘verdadera’ de Ridao-Blackman Global Investors. Me hacen esperar en recepción a que salga. 

–Rafael, me alegra verte.

–Vaya, ya no hay ‘usted’ de por medio. Veo cómo se trepa en esta empresa –permanece en un silencio inexpresivo–. ¿No tienes nada que decir?

–Que lo siento por ti.

–Traidor. Has dejado que haga el ridículo desde el primer día. Porque tú lo sabías…

–¿Oficialmente? No. Pero no había más que leer los informes que dejaba sobre tu mesa a diario para darse cuenta que la toma de decisiones venía desde esta oficina.

–¿Informes? ¿Qué informes?

–Una pila de documentos con el sello de la empresa que siempre has tenido sobre la esquina exterior derecha de tu escritorio –no tengo ni idea de lo que me habla–. ¿No te suena? Todas las mañanas te colocaba el informe del día encima de los periódicos y las revistas.

–¡Ah! Eso –los papeles que apartaba para coger el WWD.

–Sí, eso, ¿los has leído alguna vez? –mi cara me delata: no– No había que ser muy lis…Se interrumpe dándose cuenta que está profiriendo un posible insulto.

–Eso es lo que pensáis todos, ¿no? Que soy un subnormal autista.

–Borderline.

–¿Cómo?

–Que tu padre te llama subnormal borderline. Conste que yo nunca he pensado tal cosa, sólo que te dispersas y no prestas atención a lo importante. Quizás sea esta una buena oportunidad para reinventarte. Tienes talento Rafael… pero quizás no como financiero. 

Y se marcha dejándome plantado boquiabierto. No me lo puedo creer. Sin mi cargo hasta un secretarucho de tercera me puede soltar a la cara lo que piensa. 

*** 

Elizabeth se levanta porque no tiene buena cobertura para atender a la llamada que ha recibido al móvil. Pasan unos diez minutos. Se acerca el camarero y me pregunta qué postre voy a pedir y le respondo que esperaré a que vuelva la señora. Veo como el camarero habla con el maître. ¿Dónde está Elizabeth? Se acerca de nuevo el camarero con una tarjeta en la mano. 

“Rafael, me tengo que ir urgentemente. Una pequeña hecatombe editorial me reclama. Siento no despedirme, te debo un almuerzo. Llámame” 

¡La muy zorra se ha ido sin pagar! Quizás mi ‘treta’ ya no es tan secreta y se ha adelantado

*** 

Estar dos horas sentado en el hall del restaurante esperando a que Warren llegue para pagar la cuenta y rescatarme no es de las mejores experiencias que he tenido en mi vida. Mi amigo llega y sin dirigirse a mí conversa con el maître, le alarga la tarjeta de crédito, bromean (aunque no los llego a entender), le da una propina, y sale sin dirigirse a mí. 

Lo sigo. 

–Esto no es…

–No digas nada –me corta fríamente.

–Yo cómo iba a esperar…

–Ese es el problema, Rafael, que no esperas, no piensas, no prevés. A ver: ¿Cuándo prevés dejar de vivir en mi sofá? –no sé qué responder–. Ya veo. ¿Te has planteado trabajar?

–He estado buscando…

–No, Rafael, no. Lo que tú buscas no lo vas a encontrar. Nadie te va a pagar por no hacer nada como hacía tu padre. Y no es un buen momento para ser exquisito, ¿sabes? ¿Fuiste a clase cuando explicaron el término “crisis”?Se acerca a un kiosco, compra un periódico y me lo estrella contra el pecho.

–Mira, esto es un periódico real, no habla de moda ni de quién deja a su marido para irse con su socio. Un periódico real, con noticias reales, con una sección para los que buscan trabajo real.

Me siento como a un niño pequeño al que le han echado la bronca de su vida. Mi cara es muy explícita al respecto y Warren se ablanda.

Madura, Rafael. Te digo esto porque soy tu amigo –me dice.

Pues menos mal.

EL CRACK (el serial) - Capítulo VIII

Viernes, 5 Diciembre 2008

¡OH OH! 

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Ayer. 

–¿Qué es esto? –le pregunto al enano gruñón que afirma ser mi casero y que no he visto en mi vida.

–El importe de su alquiler.

–¿Se supone que tengo que pagarlo yo?

–¿Quién si no?

–Esto debe ser un error, voy llamar a mi asisten… ¡oh, oh! 

*** 

Tres semanas antes.

Llego a la oficina y la mesa de Robert está vacía. Creo que era la primera vez en lo que llevo en esta empresa que ello pasa. Si hay alguien diligente en su trabajo ese es mi asistente. Así que cuando me doy cuenta de que todo está inusualmente tranquilo (la actividad vertiginosa nunca había sido la principal cualidad de nuestra oficina… cosa que me explico ahora que sé que era una oficina fantasma o ficticia) me digo a mi mismo “¡oh, oh!” 

Una chica morena ala cuervo en un ceñido Michael Kors me intercepta antes de que entre en mi despacho y me indica que papá está en la sala de reuniones. Allí me dirijo orgulloso del informe deliciosamente diseñado (aunque un poco falto de contenido, todo sea dicho) que acabo de recoger de Baron & Baron. También llevo un pendrive con una presentación interactiva on-line (bueno, no es on–line, pero hoy lo on-line es cool) con la que epatar a papá. “¿Qué ha pasado con la calefacción?” me pregunto cuando por el pasillo veo mi vaho cristalizar en el gélido ambiente. 

Papá está sentado en una de las dos únicas sillas que quedan en la sala. ¿Qué ha pasado con el resto? Me hace un gesto de que espere mientras termina de hablar con uno de sus abogados al que da instrucciones de que “esa arpía” no ponga sus zarpas en las obras de arte. Cuando cuelga, y sin siquiera mirarme, me pregunta: 

–¿Y bien?

–Aquí tienes un detallado informe –le extiendo el maravilloso documento encuadernado con lomo, en papel satinado de gramaje 160, con portadas de 250 y ligera textura textil. Todo un lujo.

–Por favor, las ideas básicas –me dice mientras aparta sin mirar el documento. 

Recurro al pendrive. Juraría que teníamos un portátil en la sala de reuniones, y una pantalla para proyectar… ¡Y un proyector! ¿Dónde está todo? ¿Cómo muestro la elaborada presentación? 

–Voy a mi despacho por el ordenador…

–No, no, quédate. Simplemente necesito las ideas, las líneas generales.

–Bueno, las ideas son…  

De pronto el plan B, que era impresionarlo con la presentación se ha venido abajo. El plan A, que era impresionarlo con buenas ideas, jamás tuvo viabilidad. Y no hay plan C. Por un momento retomo aquel flash de presentarle el plan con marionetas, por aquello de ser original, pero si llego saberlo me hubiera puesto calcetines graciosos para improvisar un guiñol. 

–¿Y Bien? –¡pero qué pesado con el “y bien”! Me está obligado a recurrir al plan Omega, que es el último recurso pero demoledor.

–Bueno, la idea es –improviso– que si el problema radica en que hay activos perniciosos dentro de nuestras inversiones, lo más rápido y efectivo es… eh… deshacernos de ellos. 

Mi padre suelta su pluma y me mira fijamente. Sin expresión. Quizás espera más desarrollo. Como yo no estoy dispuesto a continuar él me da un empujoncito. 

–¿Y eso cómo lo hacemos? –silencio por mi parte–. No te ha dado tiempo a desarrollar las estrategias, ¿no? –percibo un poco de sarcasmo–. ¿Ha sido por falta de tiempo? ¿Necesitas un poco más de tiempo, hijo?

–Pues la verdad es que…

–¡Eres el más inútil pusilánime que he conocido en toda mi vida! –ya ha empezado a gritarme–. Eres sólo bueno para señalar obviedades. ¿Sabes cuánto me costó tu educación? ¿Qué aprendiste en esa jodida universidad de pijos? Ser economista exige capacidad de análisis, ser capaz de interconectar realidades, un poco de clarividencia, y sobre todo creatividad en las soluciones. Y me temo, Rafael, que tu creatividad se limita a conjugar una corbata de cuadros con un traje de rayas. 

Y lo dice como si fuera malo. Está decidido. Plan Omega en marcha

*** 

Hace tres semanas, al medio día, tras la reunión con mi padre. 

–Señor, me temo que tenemos un problema con su tarjeta –me dice muy amablemente el camarero de Le Cirque–, quizás con otra…

–Sí por supuesto. 

Le doy otra seleccionada al azar de mi tarjetero. Warren se ofrece a pagar, pero el sofocón pasado con papá y una banda magnética rayada no me va a despojar de mi famosa cortesía a la hora de pagar en el restaurante. 

*** 

–Creo que estás siendo muy injusto conmigo, papá. Nunca me has apoyado, ni confiado en mí. Si no fuera por mamá…

–Si no fuera por tu madre serías un hombre de verdad.

–Estoy seguro que a ella le gustará conocer esa opinión y cómo me estás tratando –ahí va el plan Omega: mamá. En cuanto se la pase al teléfono papá se va a cagar y suplicarme de rodillas que lo perdone.

–Pues llámala. 

¡Oh, oh! Esa no era la actitud que esperaba de él ante la amenaza, ¿O acaso es un farol? 

*** 

–Señor, estamos desolados, pero tampoco se acepta esta tarjeta.

–¡Pero qué diablos!

–Ya pago yo, Rafe –se ofrece Warren

–De eso nada. 

Me levanto con mi billetero en la mano y acompaño al camarero a la caja. Una por una todas mis tarjeta pasan por la máquina y ninguna es aceptada. ¡Oh, oh! 

*** 

–Hola, mamá. Estoy con pa… Sí, es que… ¿Cuándo?… Vaya. ¿Pero y yo?…  

Mi padre me mira arrellanado en el sillón. Mi perplejidad es su mejor divertimento. Un divorcio no entraba en mis planes. La arpía de la que hablaba papá con su abogado era ella. Mi plan Omega al garete. ¡Oh, oh! 

*** 

Hace una semana. 

–…y me despide, así, sin más. Me dice que tengo edad de buscarme las habichuelas por mi cuenta. Que si quiero volverme a España que puedo hacerlo con él, en el avión privado de la compañía. Y le dije, “vete al cuerno, viejo”, bueno, no con esas palabras. ¿Pero qué esperaba papá que hiciera? ¿Coger la maleta y dejar la vida que me he montado aquí? Aquí tengo mis amigos, mi estatus, mi novia… Bueno, a decir verdad en esta última semana, después que se publicara en el Wall Street Journal mi cese, no he recibido ninguna invitación social, y Puppy no me coge las llamadas desde entonces. A lo importante: Mi padre nunca me dio una oportunidad. Antes de que le presentara mi plan de choque ya estaba desmontando mi oficina, tenía decido despedirme. A Robert lo había transferido a la sede central, a la verdadera. Creo que se ha separado de mamá sólo para que no pudiera pedirle ayuda a ella. Lo más duro fue cuando me di cuenta de que todas mis cuentas asociadas a la empresa habían sido canceladas en cuanto salí de la reunión con mi padre. Warren, mi amigo, ¿se acuerda de él?, el de las tendencias sadomasoquistas aquel del que le hablé, va y me pregunta si no tenía ninguna cuenta de emergencia. ¡Pero si gastaba más que ganaba! ¡Qué cuenta de emergencia voy a tener!

–¿Cómo se siente por ello? –me pregunta mecánicamente mi psicoanalista.

–Hundido en la puta miseria, ¿usted qué dice, doctor?

–Que le agradecería que me pagara esta sesión en efectivo. 

¡Oh, oh! 

*** 

Hoy. 

Me he acomodado en el sillón de Warren. Le he prometido que en pocos días encontraré un nuevo trabajo, y un apartamento, y que me afeitaré, y me buscaré una nueva novia que no sea tan superficial como Puppy y su Mr. Chow, y un nuevo psicoanalista que no sea tan materialista como el cabrón que ya no me da cita hasta que no pague la última sesión que adeudo, y volveré a tener estatus social… Seré cual ave Fénix, como en los X-Men, donde esa tía buenorra pelirroja vuelve de la muerte una y otra vez. Después de todo no tiene que ser difícil para alguien como yo, que soy un financiero de prestigio, ¿o no?   

EL CRACK (el serial) - Capítulo VII

Viernes, 28 Noviembre 2008

Mr. Importante y Helen Hunt: algo así como Mejor Imposible 

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–¿Se encuentra bien? –me pregunta la guapa y rubia camarera.

–Perfectamente, ¿por qué?, ¿le parezco que tenga algún problema?

–¿Quitando que lleva diez minutos golpeándose la cabeza contra la mesa, que en breve va a tener un chichón de aúpa, y que todo el restaurante le está mirando?… Aparte de eso no creo que tenga ningún problema. 

Sarcástica. En cuanto sales del circuito de restaurantes de lujo y chic que sueles frecuentar las camareras se vuelven impertinentes, sarcásticas y listillas. Cuanto más al Bowery te vayas más ‘enteradillas’ te las encuentras. No sé que pasa con las malditas camareras de esta ciudad. Después de Mejor Imposible todas quieres ser Helen Hunt y encontrar un psicópata-maniático que las saque de servir mesas.  

*** 

En un primer momento pensé en tirar la toalla. Estaba claro que papá no confiaba, ni nunca había confiado, en mis dotes como financiero. Me había creado una oficina de juguete, me había dado un puesto florero, atribuciones ficticias… todo para mantenerme entretenido mientras sus operaciones americanas estaban a salvo de mis torpes zarpas. ¿Por qué razón iba a querer ahora un plan de choque anticrisis? Estaba seguro de que era un encargo fantasma. Sin embargo algo tuvo que pasar mientras me debatía en la inconsciencia del colapso etílico, que cuando desperté (en mi apartamento, en la cama y desnudo… ¿Warren?) tenía el firme propósito de emplearme a fondo para sorprender a mi padre y ponerlo en evidencia, que se arrepintiera de nunca haberme dado una oportunidad real. 

Así que me metí en la web de la Reserva Federal y me descargué los últimos discursos de Bernanke. Llamé a Warren y le pedí que me pasara sus apuntes de la universidad (que al fin y al cabo eran los míos, yo se lo fotocopiaba todo porque no iba a clase apenas), pero me dijo que los apuntes habían pasado a mejor vida el día después de nuestra graduación (¡“coño –pensé– si los quemamos juntos en una pira que montamos en el campus, qué cabeza la mía!”), así que se ofreció para pasarme varios de los informes ultraconfidenciales y altamente secretos de su firma de inversiones. Al principio no quería, pero después recapacitó y dijo que qué diablos, que si habíamos compartido habitación, apuntes, chicas y gafas del cerca, no importaba compartir también los informes ultrasecretos. Pillé un diccionario de términos económicos en la oficina (le había echado por encima un ojo a los informes y no me enteraba de nada) y me dispuse a buscar un lugar tranquilo para trabajar. Un lugar lejos de Wall Street, no quería ponerme a trabajar pensando en que he sido el hazmerreír de la calle durante todo este tiempo, así que la oficina quedó descartada, como también descarté la Biblioteca Pública por ser domingo (y por ser persona non grata tras el desgraciado incidente que protagonicé en su hall con Amanda Lepore, David Lachapelle y un orangután tras una noche de desbarre).  

Me encaminé rumbo sur hacia el Bowery, casi casi en el límite de Chinatown donde ya se podía percibir el pestazo de pescado seco de sus calles,  en busca de un pequeño restaurante con cartel de “abierto 24 horas”. El lugar perfecto para trabajar todo el día (consumiendo continuamente para que no me echaran, lo que no es ningún problema para mí, mi cartera y mi metabolismo) sin que nadie te importune. Claro está, no conté con la camarera Helen Hunt. 

*** 

–¿Necesita algo?

–Café, más café.

–No ha tocado el café que le he traído hace tres minutos.

–Se ha enfriado.

–Apuesto a que ni siquiera le gusta el café y que sólo lo pide para poder seguir sentado en la mesa golpeándose una y otra vez sin razón aparente.

–Pues te equivocas, sí me gusta el café –no me gusta en absoluto– y sí tengo una buena razón para golpearme la cabeza.

–¿Y es…?

–No creo que una camarera pueda entender complejos razonamientos económicos que estoy dirimiendo en estos instantes –tenía que haberle contestado “¡¿Y a ti qué te importa?!”, pero debe ser verdad eso del ‘efecto psicólogo’ de los camareros y barmans porque me moría por contárselo todo.

–Ajá –responde ella estudiando mi situación– supongo que esos complejos razonamientos económicos responden a esos complicados diagramas económicos que está usted dibujando es ese cuaderno de Hello Kitty y que a una pobre e inculta camarera como yo sólo le parece un muñequito ahorcado, asesinado con puñales, estrangulado… ¿Y qué es eso? ¿Con pinzas de la ropa por todo el cuerpo? 

Eran pirañas. De hecho eran las 1001 formas atroces que había imaginado para la muerte de mi padre. Las pirañas asesinas no eran las que más me motivaban. Me sonrojé al ser acusado de escribir un complejo informe económico en un cuaderno Hello Kitty, pero había tenido que improvisar por el camino porque había olvidado coger papel y boli y lo había tenido que comprar en una librería infantil que estaba abierta en domingo (escondí el lápiz de Barbie para que Helen Hunt no tuviera más carnaza). Me miró con las cejas levantadas esperando que yo dijera algo. Cosa que no hice porque no se me ocurría nada ingenioso a su altura. 

–¿Me traes el café que te he pedido? –le dije enfurruñado como un niño. Ella suspiró y se dio media vuelta. 

*** 

Puppy me ha llamado una docena de veces para preguntarme dónde estoy, que quiere sexo. Las ricas herederas it-girls de Internet son así, no se molestan con los convencionalismos sociales, te sueltan a bocajarro que tienen las mismas o más necesidades biológicas que los hombres y se quedan tan panchas. No se preocupan sobre si les vas a perder el respeto por ser tan ‘directas’. Si se lo pierdes compran uno nuevo con su inabarcable fortuna en forma de fondo fiduciario. Le he dicho que no estoy de humor para sexo (palabras realmente inauditas en mi boca) y que pase de mí hasta el martes. Antes de colgar le he preguntado, para que me levante la moral, si seguiría siendo novia mía si yo no fuera financiero y me hundiera en la pobreza. “Por supuesto que no” me dijo antes de colgar tras mandarme besitos de Mr.Chow. 

Convencer a mi padre de que soy un financiero cojonudo se acababa de convertir en una necesidad vital. Si perdía mi estatus podía quedar reducido a un ente asexual, es decir, un ente con el que ninguna chica de las que merecen la pena en Nueva York quisiera revolcarse conmigo. Podría terminar mis días teniéndome que conformar con Helen Hunts, como la impertinente que volvía a acercarse sin ser solicitada. 

*** 

–¿Has resuelto los problemas del mundo ya, vaquero?

–¿Desde cuándo me tuteas, Helen Hunt?

–Desde que terminó mi turno –miró el reloj– hace tres minutos. Llevas aquí desde que entré a trabajar, ¿piensas quedarte toda la vida? ¿Mandamos a recoger tus cosas a tu apartamento?

–Si pretendes echarme lo llevas claro, porque seguiré pidiendo café hasta que me parezca necesario. Mi tarjeta de crédito está lo bastante saneada como para estar aquí hasta que tus nietos se jubilen, Helen Hunt.

–Bueno, pues espero que tu cash esté igualmente saneado, porque aquí no aceptamos tarjetas –me señala un gran cartel sobre la caja registradora, ¡mierda!– y segundo, me llamo Belinda, no Helen Hunt. Y como mi encargado, Karim, ha empezado a emparanoiarse con que eres un poli de inmigración, ¿por qué no me cuentas tú problema y vemos si existe una solución civilizada en la que no intervengan armas de fuego ni sierras mecánicas –señala los dibujitos de mi cuaderno– para que puedas irte a tu casa? 

Mi cabeza me dice que la mande a paseo, pero de pronto me sorprendo contándoselo todo, con pelos y señales, confesándole lo humillado que me he sentido y lo asustado que estoy con la reunión del martes. Le confieso que no tengo ni idea de cómo redactar un “plan de choque” y que las ideas me escasean, que he picado de aquí y allá, recogido un poco de un informe, un poco de otro… pero que todo lo que tengo entra en media carilla de una de las hojas del cuaderno Hello Kitty. 

–Peliagudo, sí señor –me dice poniendo cara de pensadora profunda–. Quizá tengas un enfoque erróneo. Quizá tu padre no tenga expectativas sobre qué le vas a presentar, sino cómo lo vas a hacer.

–¿Qué quieres decir?

–A ver. Cuando no tienes dinero y tienes que hacer un regalo importante, ¿qué sueles hacer?

–¿Sin dinero? –me pongo a pensar bloqueado.

–Vale, vale, lo pillo, el no tener dinero es un escenario no experimentado ni imaginado. Así que te lo voy a decir yo. Cuando no tienes dinero compras cualquier tontería que entre en tu presupuesto y lo envuelves como si fuera el regalo más espectacular del mundo. El efecto visual bloquea el efecto “falta de valor real”. Es como si de entrada te explotara el flash de una cámara fotográfica en los ojos y te cegara, así que todo lo que venga después no importa.

–Insinúas que lo que debiera hacer es coger la mierda de ideas que tengo y “empaquetarlas” de forma espectacular –vaya, es lo mismo que hicieron con las subprimes.

–Sí, de manera ingeniosa –¿“ingeniosa”? Por un momento pienso en marionetas. En una presentación donde Mr. Calzeto (mi mano metida en un calcetín rosa, como cuando era pequeño) cuente las bondades de mi exiguo plan anticrisis. Descarto la idea radicalmente.

–Pero ingeniosa, ¿cómo?, ¿con mucho diseño?, ¿con nuevas tecnologías?

–Eso es.

–¡Eso es! 

El lunes a primera hora me plantaré en Baron & Baron, mi agencia de diseño de cabecera, y pagaré lo que sea para que me hagan una presentación en papel, y otra digital-interactiva, y todo con mucho diseño, de las que hacen épocas y después sale en libros recopilatorios de Taschen. Papá se va a caer de espaldas. 

Helen Hunt se levanta y se cuelga su mochila. Yo me busco en los bolsillos y encuentro un billete de 20. La cuenta asciende a 35 dólares. ¡Maldita mi suerte! ¡¿Por qué existen aún sitios donde las tarjetas de crédito son ciencia ficción?! Ella me coge el billete y me dice que está bien, que me lo dejan a deber, pero que vuelva y pague lo que falta, que confía en mí, y se saca quince dólares del bolsillo de las propinas y lo une a mi billete. Me sonríe tal y como haría la verdadera Helen Hunt. 

Salgo apresuradamente del local, pero me detengo en seco y vuelvo a entrar, y le digo: 

–Ey, Belinda, tu serías mi novia a pesar de que fuera pobre y no tuviera trajes caros.

–Me temo que no salgo con tíos que me deben pasta, en caso de que me estés pidiendo una cita. Pero lo de ser pobre nunca ha sido un impedimento para que me cuelgue de un tío. Si vieras al último con que salí, era aspirante a actor, no te digo más, insolvente total. Y no era ni la mitad de guapo que tú. Así que sí, sí sería tu novia en caso de que fueras pobre, no me debieras dinero y no fueras tan infantil como mi sobrino de cinco años. 

Ahora soy yo quien le sonrío a ella. Era justo lo que necesitaba oír.

EL CRACK (el serial) - Capítulo VI

Viernes, 21 Noviembre 2008

¿Quién soy yo? 

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La cuenta atrás ha empezado. Un “plan de actuación”. Eso es lo que me pidió papá. ¿Pero qué demonios en un plan de actuación? He googleado el término a ver si tengo suerte y me lo explican en la Wikipedia o encuentro alguna web que tenga alguna plantilla que me ayude a redactar uno. En Georgetown nos mandaban a hacer este tipo de cosas, ‘casos prácticos’ lo llamaban, debería recordar de qué iban. Lo malo es que por orden de apellido siempre me tocaba hacer estos trabajos con Elijah Rockefeller, todo un cerebrito que no me dejaba participar en nada. Decía que era más rápido que lo hiciera él todo y que yo sólo pusiera mi nombre, porque si me tenía que ir explicando todo a cada paso no terminaríamos nunca.  

Nada, dos horas y veinte minutos afanándome en Google y no encuentro nada que pueda plagiar con dignidad. Le pido a Robert que entre en el despacho, este chico es una máquina buscando en la red. 

–¿Quería?

–¿Si tuvieras que buscar un ‘plan de actuación’ en Internet dónde…?

–¿Un plan de actuación? ¿A qué se refiere? 

Decido ser franco y contarle lo que necesito. Confesando mi ignorancia ahorraremos el tiempo de tratar de salir con dignidad del trance. 

–…por eso necesito encontrar un ‘plan de actuación’ en la red. Algo como uno de esos currículum estándares que uno rellena con sus datos.

–Me temo que no encontrará nada por el estilo –lo dice con ese gesto de condescendencia que ponen los camareros de los restaurantes franceses cuando les pides que te traduzcan la carta.

–¿Y eso por qué? –le pregunto un tanto cabreado ya.

–Primero porque lo que usted llama “plan de actuación” responde a circunstancias muy concretas de la realidad de una empresa y es imposible que se redacten en términos “estándar”. Y segundo, porque ese tipo de documentación suele ser interna, confidencial y básicamente secreta, por lo que no suele circular por la web. 

También son secretos los informes del ejército sobre los avistamientos de ovnis y sin embargo la red está plagada de ellos. Pero prefiero no discutir con un subordinado sobre temas importantes y le pido que me indique dónde está el despacho de nuestro COO, el tal Coleridge de las narices. Seguro que él puede serme de utilidad. En vez de decirme simplemente en qué planta está me garabatea algo en un post–it y sale del despacho. 

Cuando leo la nota me quedo pasmado, ha escrito una dirección, a unas cuatro manzanas de nuestro edificio. ¡Qué extraño! ¿Por qué no estamos todos en el mismo edificio si este pertenece a papá? Cojo mi chaqueta dispuesto a poner un poco de luz en este enigma. 

***

 Wall Street es realmente asombrosa. Una calle con un pulso muy singular. Pero en estos días todo es especialmente intenso. Aún hay ex–trabajadores de Lehman Brothers pidiendo trabajo con carteles colgados del pecho. ¡Qué indigno! Hombres hechos y derechos, con carreras universitarias, pidiendo ser ‘adoptados’ como perritos de una perra promiscua e irresponsable. Incluso en la adversidad hay que comportarse con dignidad. 

Batman pasa por mi lado. Esto es Nueva York, nadie lo mira dos veces. Alguien me echa el brazo por encima de los hombros sin previo aviso. Es Warren, salido de LA NADA, es decir, de sus oficinas. Llamamos a sus empresas LA NADA porque se dedican a especular con sinergias: gestionan fondos de inversión de empresas interrelacionadas que crean sinergias ente si. Que me maten si sé qué es concretamente lo que venden. Warren llama a esta ‘filosofía’ inversionista “gestión creativa”. Hay tantos gestores de fondos en Wall Street que más que rentabilidad han terminado vendiendo conceptos: fondos ‘green’ (de valores ecológicos), como los Fondos Ventus de Climate Change Capital que invierte en energía limpia, transporte limpio, eficiencia energética y recuperación de residuos. ¿Qué será lo próximo? ¿El fondo Torrebruno que reúna los principales valores de empresas dirigidas por ejecutivos de menos de 1’50m.? 

–¡Ey, tío! ¿Has visto a ese tipo disfrazado? Wall Street no es territorio de Batman. Quizás de La Liga de la Justicia de América o de Los Vengadores, pero Batman está desubicado.

–Vendrá a ver qué pasa con las inversiones de Bruce Wayne –como si estas cosas necesitaran tener una explicación racional en Nueva York.

–¿Y tú dónde vas?

–A conocer las otras oficinas de Ridao-Blackman Global Investors.

–¿Tenéis nuevas oficinas?

–No, son las… –lo menos que me apetece en estos momentos es verbalizar todas mis dudas y el mal rollo que tengo encima, pero si no lo suelto reviento– No, son ‘las oficinas’ de siempre, sólo que yo desconocía que existieran. Donde tú me visitas, me acabo de enterar, sólo estamos mi asistente y yo, mientras que el resto del personal está en otro edificio. ¡Y yo no lo sabía! 

Warren suelta un silbido que me suena a “jo, tío, qué putada” y yo asiento con la cabeza sin decir el “y qué lo digas” que se me viene a la boca. Decide acompañarme en mi expedición no sé si por solidaridad o por morbo.  

Llegamos a una mole de piedra y cristal de los de antes del 29 en cuyo vestíbulo luce esplendorosamente una gran placa de Ridao-Blackman. Piso 14, 15 y 16 indica. Al salir del ascensor nos topamos con una recepcionista sacada de Vogue pero con cara de “soy guapa, delgada, tengo un pelo maravilloso, pero no me toques los cojones”.  

–Buenos días, ¿Coleridge, por favor? –le dedico una de mis sonrisas patentadas de seducción asegurada (quizás pueda matar dos pájaros de un tiro… mejor dicho, un pájaro y una pájara).

–¿Tiene cita?

–No hace falta, sólo dígame dónde puedo encontrarlo.

–Señor, me temo que sin cita. Dígame su nombre, por favor, y veré si…

–Rafael Ridao –le suelto esperando que de pronto se le cambie la cara y se arrodille ante mí suplicando que no la despida. Sin embargo…

–¿De qué empresa? –esta tía es boba.

–Soy el CEO, señorita.

–¿De qué empresa? –insiste. Por el rabillo del ojo veo como Warren aguanta la risa.

–De Ridao barra Blackman. 

Espero que sea ya suficiente pero la tipa incompetente arquea las cejas y resopla. 

–Señor Ridao, el CEO de Ridao “barra” Blackman es Mr. Depsey.

–¿Depsey?

–Patrick Depsey.

–¿El de Anatomía de Grey?

–Ese es Dempsey –interviene Warren.

–¿Entonces quién es Patrick Depsey?

–El CEO de Ridao-Blackman, se lo estoy diciendo, caballero –responde la secretarucha de cejas arqueables.

–No, no, no, se equivoca. El CEO de Ridao-Blackman soy yo. Es obvio. Rafael Ridao de Ridao-Blackman. Mi nombre es Ridao como la compañía…

–Eso dice usted, claro –me responde la impertinente después de contenerse unos segundos. 

El ascensor se abre y aparece un rubicundo caballero con pinta de inglés de la campiña. Al percatarse del pequeño altercado que estamos protagonizando en recepción detiene su caminar y se acerca a la rubia. 

–¿Algún problema, Clarice?

–No, el caballero ya se iba, Mr. Coleridge.

–¡Ajá! ¡Coleridge! –le señalo con el dedo como un poseso, la rubia me tiene fuera de mis casillas.

–Clarice, llame a seguridad –mis encuentros con ‘seguridad’ empiezan a convertirse en una mala costumbre.

–Rafe, ¿por qué no nos vamos, te calmas y luego…? –intercede Warren.

–¡Como que me llamo Rafael Ridao que esta tipeja va a la puta calle! –esto dicho en castellano, en ciertos niveles de excitación olvido el bilingüismo.

–¿Ridao? –me pregunta Coleridge sosteniendo la mano de la recepcionista que busca el teléfono para avisar a seguridad–, ¿Rafael Ridao? Perdone el malentendido. Por favor, pase, creo que todo tiene una explicación.

–De eso nada –respondo aún gritando–, antes déjele claro a la rubia quién es el CEO de esta empresa.

–Mr. Ridao, creo que debiera hablar con su padre al respecto. Pero, por favor, pase a mi despacho. 

*** 

Hemos encontrado una tabernucha oscura y mugrienta en el Greenwich. Nos ha costado un poco dar con un sitio así, no suele estar en nuestra agenda ningún local que no sea o aspire a estrella Michelín o parezca en la guía Zagat. Pero para hundirme en la miseria me apetecía un sitio mísero. Nuestra mesa atestigua las tres horas de copa tras copa que llevamos aquí. En los últimos 25 minutos ninguno de los dos, ni Warren ni yo, hemos abierto el pico.  

–Bueno, tampoco es una tragedia, ¿no? –rompe el silencio mi amigo–. Eso de ser “hombre de paja” no está mal, te han estado pagando por no hacer nada, está de lujo.

–No soy un hombre de paja, un hombre de paja es un testaferro, ¿es qué no te enseñaron nada en la Faculta de Economía?

–Bueno, me enseñaron la diferencia entre trabajar y no hacer nada –me dice ofendido, pero enseguida se viene abajo–. ¿Pero de verdad no te diste cuenta de que no tenías ninguna función real?

–¡Y yo que sé! Era mi primer trabajo, no tenía puntos de referencia. Yo creía que ser financiero era eso. ¿Quién iba a pensar que mi padre me había montado un despachito y dado un puesto ficticio para tenerme lejos y calladito?

–Bueno, ¿entonces para qué te ha pedido un plan de choque frente la crisis? ¿No se encarga de eso el ‘otro’ Director General de la firma? ¿Qué espera realmente de ti? 

Buena pregunta.

El Crack (el serial) - Capítulo V

Viernes, 14 Noviembre 2008

La gráfica traicionera 

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Sonó el radio-despertador y la voz de Lesley Gore empezó a cantar ‘Sunshines, Lollipops and Rainbows’. Me alivió saber que había otro cretino en Nueva York (el programador de la emisora) que no era consciente de la crisis. Parecía inmoral despertar con una canción alegre en medio de tanta ‘consternación’. Me sentía ‘consternado’ por la falta de delicadeza de esa emisora anclada en el optimismo de los 50. Tanta desfachatez era ¿‘consternante’? [Consternación era una palabra que estaba ensayando para impresionar a papá en la reunión de las 9:30h… a.m.

No había dormido casi nada, a penas hora y media. Ni siquiera me había desnudado. No estaba en condiciones de mantener una conversación locuaz y coherente con papá. No era capaz de hacerlo en pleno uso de mis facultades y mucho menos tras dormir menos de dos horas tras haber sido noqueado por una descarga de taser. Pero lo último que podía darle a papá eran excusas, no después de lo que me costó que confiara en mí para este puesto. 

*** 

Madrid. 2003. Yo estaba recién vuelto de Georgetown. Papá estaba en negociaciones con una pequeña firma de inversiones americana para insuflarle capital, hacerse con en control, y penetrar en Estados Unidos. Mamá acababa de volver de París tras fundirse el equivalente al PIB de un pequeño país centroafricano. Esos ‘pequeños’ dispendios con nombres glamurosos (Dior, Chanel, Cartier…) eran lo que ella llamaba ‘el fondo de compensación’. “¿Compensación por qué?” le pregunté una vez. “Por aguantar a tu padre”. Mi familia era una ‘red de aguante’. Ella aguantaba a papá, él me aguantaba a mí, y yo aguantaba los reproches de papá. Era una constante ‘consternación’ familiar. 

Por aquél entonces, corría el més de octubre, yo estaba muy sumido en mis deberes sociales que me impedían afrontar un inmediato futuro profesional. Una mañana, a eso de las doce, el teléfono sonó. El servicio estaba con los preparativos de una soirée que mamá organizaba en el jardín esa noche y nadie descolgaba el maldito teléfono que me estaba destrozando los nervios. Así que me decidí a salir de la cama y atender yo mismo la llamada con la voz de ultratumba de recién levantado. 

–¿Quién habla? –me espetó la voz de mi padre un tanto desconcertado (y un tanto ‘consternado’) desde el otro lado de la línea.

–Soy yo, papá.

–¿’Yo’ quién? –el que lo llamara ‘papá’, y siendo hijo único, no le dio suficientes pistas.

–Yo, tu hijo, Rafe.

–¿Qué haces ahí? ¿Hoy no trabajas?

–Bueno… La verdad es qué… –¿cómo decírselo? – Yo no trabajo, papá. 

Y me colgó. 

Aquella misma noche me llamó a su estudio de casa. Se sentó cejijunto y ‘consternado’ frente a mí y me soltó a bocajarro: 

–Rafael, tienes 29 años, y que yo sepa aún no has hecho nada productivo en tu vida. He dicho productivo –me dijo cortando mi tentativa de justificarme–, deberías buscar la palabra en el diccionario. Así que he decidido darte un empujoncito para que encuentres el camino.  

A renglón seguido se levantó y me hizo señas de que lo siguiera. Nos paramos frente la puerta de entrada y la abrió. Con un gesto gentil me pidió que mirara fuera, y cuando asomé la cabeza… ¡Me empujó!, y cerró tras de mí. Eso era lo que él entendía por “darme un empujoncito” para que buscara mi camino. Afortunadamente llevaba mi móvil encima y llamé a mamá, que salió a abrirme. Me encerré en mi cuarto a cal y canto, por un momento me había visto desamparado en el mundo real. Bueno, mundo real… en verdad era la entrada de una mansión de lujo con servicio de seguridad dirigido por un ex-agente del CSI, del CNI o de la CNN, yo qué sé. Pero hacía frío y yo estaba en mangas de camisa, fue una experiencia muy desagradable. 

A la mañana siguiente acompañé a mi madre a visitar a papá en su banco. Se encerró en su despacho mientras yo esperaba fuera. La secretaria hacía como que no se escuchaban los gritos, pero eran totalmente nítidos a través de los gruesos muros supuestamente insonorizados. Después de media hora de batalla en que se oían frases de mamá como “sabes que puedo hacer tu vida miserable” y respuestas de papá como “ya lo hiciste al quedarte embarazada”. Salieron del despacho con aplomo, allure y prestancia de alta sociedad. Yo estaba ‘consternado’. Mamá sonreía como si nada, pero papá, si hubiera sido un dibujo animado, hubiera tenido un nubarrón con un rayo dibujados sobre su cabeza. 

–Rafé, tu padre te quiere decir algo… Adelanté.

–Rafael, sabes que vamos a empezar a operar en el mercado americano y… No puedo, no puedo –la mirada de mamá fue lo suficientemente explícita para hacerlo continuar–. ¿Te gustaría ser el director de la nueva oficina en Nueva York? 

Sabía que sólo era cuestión de tiempo que papá confiara en mis dotes financieras. Me encantaba la idea. Aún así evité que la alegría se tradujera en mi rostro, me froté la barbilla y le dije: “me lo pensaré”. Así conseguí mi primer trabajo, el que ahora peligraba. 

*** 

Cuando llegué a mi despacho, Robert, mi secretario, sentado diligentemente en su mesa, con ojeras hasta los pies, me dijo con ‘consternación’ indisimulada “el presidente le espera en la sala de juntas”. De pronto que mi padre el nuevo pez gordo de la oficina. El rey ha muerto, viva el rey. 

Al entrar estaba acompañado de dos tipos que no había visto en mi vida pero que se suponía que eran altos puestos, asesores, de MI compañía, pero que no había visto en MI vida (nota mental: acabar con el absentismo laboral). Se hizo un silencio incómodo, como si esperara que yo comenzara, pero yo, a mi vez, esperaba que él me dijera qué quería de mí. Los asesores y mi padre cruzaron significativas miradas de ‘consternación’. 

–Rafael, sabes que en este momento somos muchas las entidades que nos estamos viendo afectado por la crisis de las subprimes. Me gustaría me hicieras un balance de nuestra posición dentro del contexto actual. 

Me aclaré la garganta y saqué una gran cartulina con un gráfico bien bonito que me había prestado mi amigo Warren. Busqué un atril, o algo, para colocarlo, pero no encontré ninguno, así que lo sostuve yo mismo (luego me enteraría que hacía siglos que no se utilizaban ese tipo de recursos físicos, que se hacían por ordenador todas las presentaciones). Señalando claramente los altibajos de la gráfica empecé mi exposición. 

Estoy realmente ‘consternado’ por nuestra posición. Como verán, señores, la situación de la economía de los últimos años ha sido alcistas por el incremento del consumo propiciado por los bajos tipos de interés –eso lo había leído en el último número de Elle– que nos ha llevado a consumir y consumir hasta niveles realmente preocupantes. Eh… Por eso, y como vemos en la gráfica, el nivel de endeudamiento de las familias…

–¿En qué parte de la gráfica? –interrumpió papá.

–¿Cómo?

–Que dónde se ve eso en la gráfica.

–Bueno, eh… –miré con atención la tablilla que le estaba mostrando– Es evidente que eso se refleja en esta línea roja… No, la azul… No, no, la roja.

–¿Qué índice refleja la roja?

–¿Eh? –busqué en mis notas–. La roja es el nivel de impagos y moros.

–¿Moros?

–Sí… –la verdad es que no sonaba muy bien lo de ‘moros’, pero eso decía en mis notas, lo mismo tenía algo que ver con los atentados de las Torres Gemelas y Bin Laden–. Espera, no, no, quería decir morosos.

–¿Y?

–Que al crecer el riesgo de impagos en el último año…

–¿Último año?

–Sí, en el último año –señalé el último tramo de la gráfica (¿hacía calor allí?, ¿por qué estaba sudando?)– ha crecido el…

–¿Y por qué la gráfica es descendente si dices que ha crecido?

–Por… –¡ahivá, la gráfica caía estrepitosamente!– Porque… el índice es un índice inverso que muestra las… fluctuaciones… contrarias a la tendencia natural…

–¡Basta ya! –exclamó papá dando un golpe en la mesa– Te voy a decir yo por qué cae esa gráfica: porque muestra la evolución de tu sentido común y evidencia que lo que crece en esta sala no es ningún riesgo de demora, sino tu memez, incompetencia e insensatez. ¡¡Tienes el gráfico al revés!! ¡Y ni siquiera te has preguntado por qué las leyendas hay que leerlas poniéndose bocabajo! ¡Memo! 

Sacó una pastilla y se la tomó entre temblores.  

–Papá…

–¡No me llames ‘papá’!

–Señor presidente, estoy ‘consternado’.

–¡Y deja de repetir que estás consternado! ¿Qué es? ¿La palabra que te ha tocado estudiar hoy? –efectivamente lo era– Rafael Ridao Blancahermosa. No te despido en el acto porque tendría que soportar que tu madre diera señales de vida de nuevo sólo para volver a atormentarme. Sólo por eso, te doy tres días: sábado, domingo y lunes. El martes a esta misma hora quiero un plan de actuación que nos salve de ser arrastrados a la quiebra. No quiero que me expliques a qué se debe la crisis actual, ni cómo ha evolucionado el endeudamiento de las familias, ni cómo se llevan los bajos de los pantalones… Un plan de actuación, ¿entendido?

–Eh…

–Sí, ya lo sé, estás consternado –no me dejó hablar.

Así era.

El Crack (el serial) - Capítulo IV

Viernes, 7 Noviembre 2008

¡Que llega el presidente! ¡A sus pies señor presidente!

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No sé qué ha pasado con todo el mundo, se han vuelto locos. Ayer salía con un colega de la oficina para ir a almorzar, cuando una señora que debía rozar el siglo, nos arreó con el paraguas y nos maldijo por traer el Apocalipsis a la Tierra Elegida. Lo que más me molestó es que mi colega se disculpó con ella mientras se palpaba la coronilla para ver si en vez de almorzar tenía que ir a que le tomaran puntos de sutura. ¡¡¡¿Pero el mundo está loco o qué?!!! Desde cuándo somos nosotros, los financieros, los culpables de que todo el mundo quisiera una casa a cualquier precio y que después no pudieran pagarlas. Nosotros no los obligamos a ir a los bancos a firmar esas hipotecas. Nosotros no fuimos los que dijimos “podremos pagar” cuando sabíamos que no lo haríamos. Nosotros no empaquetamos esas hipotecas basuras y las hicimos circular por el sistema finan… ¡Oh! Eso sí. 

El caso es que hasta hace una semana ser financiero en Nueva York era lo más, ‘beyond’, la hostia. Y hoy nos pegan las viejas por la calle con total impunidad. El ser un financiero te abría las puertas para disfrutar de lo mejor que la vida moderna puede ofrecer, por ejemplo, someterte a un peeling a manos del Dr. Max, la última sensación dermatológica de la ciudad con lista de espera hasta 2010. Quien diga que la invención de la rueda fue el gran logro de la humanidad es porque no ha pasado por la consulta del Dr. Max. El ser financiero te permitía hacer grandes cosas en la vida, como salir en Men’s Vogue, quizás no en la portada, que está reservada para deportistas, actores y miscelánea como Tony Blair, pero sí figurar en páginas interiores, que no es moco de pavo. Yo he salido un par de veces en GQ y una en Esquire, y en un top ten de los solteros más deseados de la Gran Manzada que publicó New York Magazine, e incluso me dedicaron una entrevista en W dentro de un reportaje sobre los ejecutivos más prometedores. Fue una entrevista bien en profundidad en la que hablamos sobre cómo Bottega Veneta se ha hecho imprescindible en mi vida y cómo tomé la decisión vital de pasarme del pilates al yoga. 

Y ahora, sin previo aviso, soy un personaje denostado sumido en el miedo. Miedo a las señoras mayores con paraguas. Miedo a mi asistente y a que se entere de que mi dirección en estos años ha sido una pseudo-ficción, miedo a perder mi estatus…  y miedo, sobre todo, a mi padre, que llega mañana a las 8 según anunció. 

*** 

Suena el despertador. Es inusitadamente temprano, las 9:30 de la mañana, pero tengo que madrugar para prepararme ante la llegada de papá esta tarde, al que quiero ir a recoger al aeropuerto para demostrarle que estoy al mando de todo. Echaré de menos esa horita de sueño habitual de la que me he privado. Me espera una jornada intensa y llena de sorpresas. 

Primera sorpresa: Nueva York ya está funcionando a las 10 de la mañana cuando piso la calle. Me subo al Town Car que me espera y me dirijo directamente al gimnasio. Repaso mentalmente la agenda que me he programado (le consultaría a Robert, pero me dejé anoche el móvil en casa de Puppy, luego lo recojo camino del aeropuerto). He anulado todas mis citas del día, nada es tan importante como papá, mi presidente. Sólo me falta notificárselo a Robert para que se lo comunique a los ‘reunientes’ implicados. Da igual, ya se inventará alguna excusa sobre la marcha. Así que mi planning se ha reducido a lo realmente esencial: Primero tengo sesión con mi personal trainer en el Chelsea Piers, después almuerzo en Le Cirque con Warren que ha prometido dejarme unos gráficos que dejarán entusiasmado a papá (los estudiaré por encima camino del aeropuerto), a continuación recogeré el traje nuevo de Yves Saint Laurent que quiero llevar esta tarde (si voy pillado de tiempo me cambió en la boutique), después tengo que acudir a la consulta de mi dermatóloga para que me estimule el colágeno con un tratamiento de radiofrecuencia que se llama Thermage que me aconsejaron hace unos días en una fiesta, y tras pasar por casa de Puppy para recoger el maldito móvil, me voy directo al aeropuerto. Todo calculado al milímetro. 

*** 

19:00h. Todo como la seda, quitando el centenar de llamadas perdidas de Robert a mi móvil. Empezaba a creer que no pintaba nada en la empresa, pero el sin par número de llamadas testimonia que soy imprescindible y requerido, cada cinco minutos desde las 9 de la mañana (¿trabajamos a esa hora?). No importa, sobrevivirá hasta que llegue a la oficina mañana. Ahora lo único que importa es recoger a papá y acomodarlo, y que vea que soy diligente y que estoy comprometido con mi trabajo. 

Pero… ¡Uh-huh! Cuando llego al Aeropuerto Newark nadie sabe decirme dónde está el avión de papá. ¡Sales de Nueva York y nada funciona! “¿Dónde está mi padre?” le grito a un tipo con cara de hindú que por toda respuesta se encoge de hombros. ¡¿Para eso he venido hasta Nueva Jersey?! ¿Y si le ha pasado algo? Quizá estén buscando los restos de su avión en medio del Pacífico… quiero decir, del Atlántico (siempre me cofundo: Pacífico-izquierda, Atlántico-derecha). Me descubro gritándole a una impertinente “señorita” (por llamarla de alguna manera, porque debió de nacer antes de que Roosevelt llegara a la Casa Blanca) que me pide insistentemente que me calme y espere mi turno, lo que hace que suba automáticamente más si cabe el tono. “No tenemos constancia de tales hechos, nadie ha informado de la desaparición de un avión en aguas del Atlántico, señor” me dice con flema y acento británicos. Le estoy respondiendo que en tal caso, yo, en ese momento, le estoy “informando” del hecho… en lo que suena el teléfono. “Robert” anuncia la pantalla. 

—Ahora no, Robert. Estoy en medio de una crisis. El avión de mi padre se ha perdido en medio del océano y esta subnormal sólo sabe repetirme que no tienen noticias de tal hecho. Y si tengo que gritar para que me de una respuesta, pues grito —digo desgañitándome aunque bajo la voz cuando veo que dos policías se aproximan con tasers en la cintura—. ¿Tan difícil es comprender que yo sólo quiero saber…? ¡No me toque! Yo sólo quiero… ¡Le he dicho que no me toque, poli de mierda! Yo… Se está jugando una demanda millonaria, piense en empezar a empeñar la placa, ¡y no me toque! ¡Mi padre, yo sólo quiero saber donde está mi padre! ¡Que me suelte!

Está aquí —le oigo decir a Robert antes de que todo se funda en negro tras sentir una ‘poco recomendable’ descarga de taser. 

*** 

Siete horas después me reúno con Robert y mi abogado que han conseguido convencer a la policía de que todo fue efecto de unas medicinas caducadas. 

En el coche de mi abogado me siento morir, mareado, con el estomago revuelto. No sé si por la vergüenza o por el post-efecto del taser. Vomito. Le prometo comprarle unos zapatos nuevos a Robert y mandar a limpiar el coche de mi abogado. Ya un poco más sereno, cuando veo Nueva York al salir del Holland Tunnel, le pregunto a Robert: 

—¿Qué querías decir con que estaba allí?

—Llegó a las 9 de la mañana.

—Entonces las llamadas…

—Me hizo llamar cada cinco minutos para saber dónde estaba usted que no aparecía por su puesto de trabajo.

—Y tú le dijiste… 

Simplemente se encogió de hombros. “Traidor” pensé, sin darme cuenta que en breve amanecería y el pobre Robert aún no había pegado ojo por mi culpa. 

Papá había atendido a todas las citas que yo había abandonado por ir a recibirle. Se había puesto al día reuniéndose con todos los departamentos. ¿Y dónde estaba yo mientras? ¿Quién iba a suponer que llegaba a las 8 de la mañana? ¡¡¡De la mañana!!! ¡Si ni siquiera creía que funcionaran los aeropuertos a esa hora! 

El Crack (el serial) - Capítulo III

Viernes, 31 Octubre 2008

“Cuéntame a grandes rasgos la crisis” 

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Warren está sentado en la mesa más céntrica de Le Bernardin, flanqueado por dos jóvenes modelos rubias con menos edad que talla (o menos talla que edad). Son exuberantemente bellas, de estilo gélido y sofisticado, y un poco ausente. Suele ocurrir, este tipo de chicas siempre parecen ausentes porque tienden a salir con tipejos desagradables que solo saben hablar del Dow Jones. Conmigo nunca parecen ausentes porque les hablo en su idioma: Chanel, Cartier, Vuitton y Prada. Los otros tratan de hablarles en inglés y no se dan cuenta que sus agencias las han soltado en la ciudad sin el más mínimo conocimiento del idioma y sin ninguna protección dialéctica frente a tíos como Warren, que es lo que Candace Bushnell ha dado en llamar modelizares, es decir, mujeriegos especializados en modelos. Candace es la gran socióloga de nuestro tiempo, yo salgo en su libro Sex and the City, pero no con nombre y apellido real, claro.

En otras circunstancias me hubiera sentido feliz de que Warren hubiera buscado compañía para el almuerzo, pero aquello no pasaba por ser una discreta comida de trabajo confidencial, tal y como yo le había pedido mantener

*** 

Tenía que documentarme. Cuando regresé a la oficina después de hablar con papá en Brooks Brothers aún no se había producido la segunda llamada para gritarme y llamarme imbécil. ¿Por qué? Porque había decidido volver a llamar a mi asistente y dejarle un mensaje para el ‘imbécil’ de su hijo, o sea, yo. La mirada reprobatoria de Robert era muy explícita

—¿Qué ha dicho? —le pregunto esperando la peor de las respuestas.

—Que su perro vuela en satélite y que usted tiene no-se-qué en el horno. Juro que le he entendido algo de una felación.

Papá insiste en hablar en inglés a Robert a pesar de que mi asistente habla castellano como si fuera su lengua materna (que de hecho lo es, su madre era roteña y se casó con un militar de la base americana). Nadie se atreve a decirle a papá que su inglés es realmente nefasto… al menos nadie que necesite su trabajo.

—A continuación llamé a su secretaria —continuó Robert— y me aclaró que el mensaje no contenía ninguna ‘felación’… significativa.

—¿Y?

Que el jueves a primera hora lo tiene aquí.

Era cierto. Papá no hablaba de felaciones, sino de joder… de joderme a mí. Estaba claro. Pero tenía tres días para prepararme para su visita

***

Warren me saludó con la mano mientras me acercaba a la mesa. Le Bernardín estaba de bote en bote. Un tres estrellas michelín con un menú llamado City Harvest Menu, del que 5 dólares se dona a los pobres hambrientos de la ciudad. Nunca he tenido claro quiénes son realmente los hambrientos de Nueva York. No imagino a alguien más hambriento en esta ciudad que las modelos que la pueblan… como Ingrid y Katia, las dos chicas sentadas con Warren, de fuerte acento ruso y sendas ensaladas del chef, que se entretenían en revolverlas con el tenedor como si buscaran un premio oculto que nunca termina de aparecer (jamás se llevan el tenedor a la boca).

—Aquí me tienes —me dice Warren—, ¿para qué me querías?

Necesito que me expliques en líneas generales lo de la crisis.

—¿La crisis? —me dice perplejo. Por un momento pienso que no soy el único ser humano que no sabe que hay crisis. Pero no, su perplejidad responde a que no se cree que exista alguien, y más siendo un financiero neoyorquino como yo, que no sepa que estamos en crisis.

Le explico que papá llegará el jueves y que tengo que estar preparado para dar respuestas. Necesito las líneas básicas del por qué y el cómo de la situación que atravesamos.

—Rafe —me dice casi con apuro, él me llama Rafe—, no sé, nunca hemos hablado de esto… ¿Qué haces en Ridao-Blackman Global Investors?

—¿A qué te refieres?

—¿Cuál es tu puesto?

—Soy CEO —saco mi tarjetero y le enseño una de mis tarjetas diseñadas por Baron&Baron, los mismos que crearon la imagen corporativa de Calvin Klein (encargarle mis tarjetas fue mi primera decisión ejecutiva cuando aterricé en Nueva York).

—No, me refiero a cuáles son tus funciones.

—Pues…

Me excuso y me escapo al baño para llamar a Robert para que me explique, según su opinión, cuáles son mis funciones en la empresa. Me tranquiliza saber que soy una especie de controlador de operaciones, que lo supervisa todo, aunque de facto hago más de relaciones públicas porque el control de operaciones lo lleva Coleridge, el COO de la firma que mensualmente somete sus decisiones a mi aprobación. Hago como que conozco a Coleridge, no quiero que Robert se entere de que me he saltado esas reuniones los últimos seis años (o sea, siempre) porque coinciden con mis clases de yoga en el Drama Mitra Yoga Center. No me perdería las clases de mi yogi por nada del mundo, es lo único que me ayuda a vivir en una ciudad como Nueva York. Eso, y la tarjeta de crédito de la empresa.

Entonces vuelvo a la mesa y miento descaradamente a Warren atribuyéndome el control de transacciones e inversiones, lo que hace que aumente su perplejidad frente a mi total ignorancia sobre la crisis. Vuelvo a mentir y le digo que no es que no sepa nada, sino que  sólo quiero comparar notas por si se me ha pasado algo. No cuela. Warren sabe que prefiero leer el Page Six del New York Post antes que el soporífero Wall Street Journal. 

Empieza su lección: “Bla bla bla subprime bla bla insolventes bla bla bla hipotecas bla bla bla bla activo tóxico… ¿De qué te ríes? ¿Te parece graciosa la crisis? Porque yo no le veo la gracias por ningún lado”. Me ha pillado riéndome del término ‘activo tóxico’ porque es precisamente cómo muchas mujeres lo etiquetan a él. Le prometo seriedad y continúa.

Cuando termina tengo suficiente vocabulario asimilado como para superar una entrevista con papá. Lo que no tengo claro es cómo afecta eso a las inversiones de Ridao-Blackman. Espero que una reunión con el tal Coleridge me ilumine al respecto.

Aparece Puppy, la it-girl con la que salgo, acompañada de Mr. Chow. No sé cómo me localiza siempre. Seguro que tiene sobornado a Robert. Le suelta Mr. Chow a una camarera para que lo distraiga y pide una copa de Pellegrino. “Umm, qué buena pinta tiene la ensalada” le dice a Katia, ¿o es Ingrid? Llamo al camarero para pedirle una para ella, pero me frena aduciendo que “ya son bastantes calorías por hoy” señalando la copa de agua que tiene en la mano.

—Vivimos en un mudo vertiginoso, ¿recordáis cuando Evian era lo más? ¿Quién se acuerda de Evian ahora? —afirma contundentemente—, ¿de qué hablabais?

—De la crisis.

—Ummm, situación jodida. Lo peligroso es cuando se agrave la crisis de confianza en el sistema financiero. Las entidades van a empezar a caer como fichas de dominó. La Reserva Federal debería bajar los tipos de interés, pero el Gobierno no se puede quedar de brazos cruzado. Hace falta un plan de choque. Esta es la oportunidad de tito George para pasar a la historia como el salvador de la economía mundial.

Warren y yo nos quedamos estupefactos. Siempre habíamos pensado que  Puppy no se enteraba de nada y que solo estaba al tanto de coloración capilar, tratamientos dermatológicos y moda.

—¿Y qué es exactamente lo que sabes tú de la crisis? —le digo suspicaz.

—No demasiado, solo lo que cuenta el Wall Street Journal, porque al Financial Times no le hago gran caso, los ingleses no me caen bien, una sociedad que deja que sus mujeres vistan tan mal no merece gran crédito.

Estoy sopesando llevármela a mi reunión con papá.