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Un dandi es un dandi, y no otra cosa

Lunes, 13 Abril 2015

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El siglo XX y su podredumbre intelectual, macerada en la cultura del mass market, han hecho que vivamos un momento donde es común la desnaturalización de los términos y una continua, flagrante y malintencionada prostitución de la lengua al servicio de la mercadotecnia. No, esto no es un encendido alegato en contra del consumismo y el capitalismo, allá cada cual con su vida. Esto es una muestra de indignación frente a la trivialización y vulgarización de un término tan mágico como es ‘dandismo’. Los medios no ayudamos en demasía a poner en su sitio la figura y el concepto del dandi, ya que se usa como sinónimo de elegante (aburridamente elegante, diría yo) con tal frecuencia que hemos diluido en las aguas del olvido su razón de ser.

Va hecho un dandi” le dirán con cierta facilidad si va bien arreglado. Incluso en ello apoya la RAE a los ignorantes, ya que lo define como “hombre que se distingue por su extremada elegancia y buen tono”. Supongo que los académicos deben haberse bajado a la semántica de a pie de calle y olvidan el espíritu, que quizás encontremos en una enciclopedia mejor que en el diccionario. Si le dicen aquello que abría este párrafo mírese al espejo. ¿Qué le hace pensar que es usted un dandi?, ¿ese impecable pero aburrido traje gris?, ¿la impoluta pero anodina camisa blanca?, ¿esa falta de espíritu y ambiciones intelectuales que se adivina en el rictus de su semblante? Quizás sea usted elegante, o quizás sea un gentleman, o quizás, con suerte, llegue a ser ese caballero de “Fina estampa” de la canción… Pero un dandi, lo que se dice un dandi, le digo yo que no.

Me enfrentaba al reto de delimitaros el concepto y de pronto cae en mis manos un libro muy interesante que puede ser más ilustrativo que cualquier pobre intento de retórica de un servidor. ‘El gran libro del dandismo’ (Editorial Mardulce) que recoge textos de tres grandes autores que vivieron y analizaron el fenómeno del siglo XIX que se denominó dandismo, y esa gran figura estética que fue el dandi. Tres extraordinarios textos como son ‘Tratado de la vida elegante’, de Honoré de Balzac, ‘El pintor de la vida moderna’, de Charles Baudelaire, y ‘Del dandismo y de George Brummell’, de J.A. Barbey d’Aurevilly.

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Decidimos recopilar estos textos por varias razones” me explica el editor de las colecciones Ensayo y Ficción de Mardulce, Damián Tabarovsky. “La primera y fundamental es que los textos que reúne el libro son divertidísimos, agudos, ingeniosos, pero a la vez son formidables piezas de crítica literaria y cultural. Luego, el libro integra nuestra colección Ensayo, dedicada al ensayo literario, y en ese sentido va al corazón de nuestro gusto: nos interesa publicar libros que hablan sobre libros, es decir, publicar textos que reflexionen críticamente sobre el estado de la lengua”. Queda claro que el dandismo fue algo más que una corriente estética, fue toda una filosofía, y la pregunta que cabe hacerse es qué tiene de vigencia en este siglo XXI. “Textos como El pintor de la vida moderna de Baudelaire -incluido en el libro- por dar solo un ejemplo, son fundadores de toda una sensibilidad estética, que atraviesa tanto a las vanguardias de comienzos de siglo XX, como a Walter Benjamin, luego al pop de los ’60, para desembocar en los artistas contemporáneos que vinculan urbanismo y política. Podríamos dar muchos más ejemplos. Dicho de otro modo: el dandismo se opone a la moda. La moda se mueve en el nivel de la generalidad, de lo masivo (no puede haber moda si no es masiva), mientras que el dandismo se piensa como sustracción, como una subjetividad que elimina ese componente de uniformidad. Es la particularidad de la particularidad. El arte actual todavía piensa en esos términos”.

Precisamente esa característica la deja muy clara J.A.Barbey d’Aurevilly en el ensayo ‘Del dandismo y de George Brummell’, donde sentencia que “una de las consecuencias del dandismo, una de sus principales características –para ser exactos, su característica más general- es la de producir siempre lo imprevisto. Aquello que el espíritu acostumbrado al yugo de las reglas, por lógica, no pude prever”. Y lo resume de manera excepcional en la siguiente ley: “Un dandi que marca todo con su sello, que no existe fuera de cierta exquisita originalidad (Lord Byron), debe necesariamente odiar el uniforme”.

Por su parte Charles Baudelaire nos deja en ‘El pintor de la vida moderna’ algunas reflexiones sobre la dimensión filosófica del fenómeno. “El dandismo, que es una institución al margen de las leyes, tiene leyes rigurosas a las que están estrictamente sometidos todos sus súbditos, sean cuales fueran por lo demás la fogosidad y la independencia de carácter”. Y nos regala algunos axiomas: “Un dandi no puede ser nunca un hombre vulgar” o que “el carácter de belleza del dandi consiste sobre todo en el aire frío que proviene de la inquebrantable resolución de no emocionarse”, es decir, de estar de vuelta de todo.

Sin duda, a los lectores de este blog, el texto que más les llegue sea ‘Tratado de la vida elegante’ de Honoré de Balzac, donde este bon vivant despliega toda una serie de leyes para los aspirantes a dandi, que por otra parte es algo que se es o no se es, no se puede aprender. En Principios ecuménicos de la “toilette” nos dice que “el bruto se cubre, el rico o el fatuo se adorna, el hombre elegante se viste”, o que “la toilette es a la vez una ciencia, un arte, una costumbre, un sentimiento”, o que “la toilette no tanto consiste en el traje como en el modo de llevarlo”. Aunque personalmente me quedo con una frase que viene a corroborar mi filosofía personal: “Si la gente los mira con atención, no están bien vestidos; van demasiado recargados o afectados”.

Así que, por favor, dandis los justos y necesarios.