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Para todos los gustos

Viernes, 21 Agosto 2009

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A veces queremos ser más papistas que el Papa y pasa lo que pasa, que o todo es  blanco o todo es negro y no vemos los grises. Nos creamos una coraza de estilo (o lo que creemos que es nuestro estilo personal) en la que no sólo estamos seguros, sino también quedamos prisioneros. Nos colocamos una etiqueta y ya no nos desprendemos de ella. Esto es especialmente pronunciado en el ego masculino. Las mujeres saben reinventarse a cada paso: por la mañana pueden ir de amas de casa preppy al estilo Perfect Housekeeper americana, por la tarde se pueden convertir unas Madonnas ochenteras y por la noche pueden transmutarse en unas diablesas Helmutnewtonianas. Los hombres no, si eres un clásico vas de clásico 24/7 los 365 días del año, y si eres un moderno ejerces de moderno hasta cuando vas al váter (¿por qué me salen estas ordinarieces?, deberían haberme dado una educación de colegio concertado).

Esto es para las chicas que leen este blog: ¿Habéis intentado que vuestro chico pruebe cosas nuevas al vestir?, ¿os suena la frase “hazlo por mí, nene, ponte esto”? Seguro que sí. Y habréis logrado que se comprara esa camisa molona tan de moda… para terminar colgada para siempre jamás en el armario. Los peores son los integristas, los que tienen manías irreductibles y asociaciones de ideas irracionales. Yo tengo un cuñado integrista. Mi cuñado, mi hermana y el Demonio me han dado dos sobrinos, a los que de vez en cuando se le ha comprado algo de ropa. Pues bien, comprarle una prenda a alguno de los dos y echarme a temblar era la misma cosa. “¿Le gustará al padre?”, “¿montará una escena?”. Delante de mí nunca montó una escena, claro, porque es un tipo educado y muy de hermandad cofrade. Pero en cuando uno volvía la espalda daba su mitin. Una vez pisoteo un pantaloncito corto rojo que se le compró al chico cuando tenía unos 3 añitos porque decía que en su casa eran todos béticos y que no entraba ninguna prenda sevillista. Otra vez tiró un polo rosa sin estrenar a la basura porque era “color de maricones”, como si el color fuera a arrastrar a su tierno hijo de cinco años a tener prácticas sodomitas en el patio del colegio. Bueno, los integrismos es lo que tienen, que no se pueden racionalizar.

Las firmas de moda tienen un comportamiento más inteligente, porque aunque al principio buscan un posicionamiento claro dentro del mercado, después no tienen miedo a abrir su target a nuevos consumidores con nuevos gustos. No se trata de elegir, sino de crear una oferta para cada uno. Ejemplos claros son la firma Brooks Brothers, bastión de la elegancia clásica y ‘rancia’ (bien entendida) donde las haya, que viendo que se les escapaba una tajada del pastel cada vez más jugosa, la de los vanguardistas, decidió lanzar Black Fleece, una línea actualizada pensada para ellos y creadas por Thom Browne de la que hemos hablado en otras ocasiones.

Y así llego a la firma que ha inspirado este post: echando un ojo a la web de Neo2 (la revista donde empecé en esta profesión y que siempre siempre consideraré ‘mi casa’ aunque me ausente de vez en cuando largas temporadas) descubro una reseña de Woolrich Mills, la línea de Woolrich más cool para hombre. 180 años creando ropa confortable para entornos rurales y en 2006 se les ocurre ir a la conquista de un público más urbanita sin abandonar la esencia de la casa. El resultado es una colección que puede ser llevada tanto por los clientes de siempre como por una nueva generación más fashion conscious… a mí me encanta.

Creo firmemente que cuando nos aferramos a nuestro estilo de forma obstinada y desdeñamos todo lo que no entre en él no es una cuestión de tener muy claro lo que se es y lo que se quiere, sino todo lo contrario, es simplemente miedo. ¡Juguemos a reinventarnos!

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