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Diario de un aristócrata II. Una propuesta muy proletaria.

Domingo, 11 Diciembre 2011

Ayer me hicieron unas fotos para una revista de gentlemanes y el insolente fotógrafo me preguntó cuál era mi lado bueno. ¡¡¡Mi lado bueno!!! Le aclaré que una persona de mi alcurnia tiene todos los lados buenos, más si por parte paterna tienes sangre de los Ripalda de Medinaceli y por parte materna sangre de los Suavia. Acto seguido lo abofetee por su insolencia.

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Me dirijo en coche al estudio de un fotógrafo que va a realizar un encargo de la revista PG, Perfect Gentleman. Quieren que pose para la potada de abril. Van a realizar un portfolio con lo más granado de la nueva generación de la aristocracia patria. Según el mail que me mandó el director vamos a hacer una portada coral, “los cinco jóvenes aristócratas con más proyección del momento“: Cayetano, Luís, Luís Alfonso, Borja y yo. Debo confesar que al saber los nombres me pensé unos días el dar el sí, porque si quitamos los que no encajan en lo de “jóvenes”, a los arribistas, a los deslegitimados y a los que no tienen ni un euro… bueno, quedaría sólo yo, y una portada coral necesita más de un protagonista. Así que he sido indulgente y he dado mi sí. Eso sí, he exigido que me fotografíen en solitario y que después lo monten con Photoshop, no quiero coincidir con los otros, que me parecen insoportables.

Mi chofer se detiene ante lo que parece una nave industrial a las afueras de Madrid. Darwin se baja y abre mi puerta.

–Cierra la puerta ahora mismo –le ordeno áspero– y ve a notificar al equipo mi llegada.

Darwin cierra perplejo el coche y se dirige a la puerta metálica de la nave donde busca con ahínco un timbre al que llamar. Yo esperaba que al menos tuvieran la vergüenza plebeya de haber preparado una pequeña comitiva de bienvenida que estuviera esperándome, no creo que esta chusma proletaria tenga muchas oportunidades de tratar con la aristocracia, así que les perdonaré el agravio.

Darwin vuelve dubitativo y me comunica que ya ha notificado mi llegada, que todos se han congratulado y que ¡¡siguen esperando dentro!!

–Darwin, inútil –le espeto–, es obvio que no te has explicado correctamente. Vuelve ahí dentro y les dice que estoy aquí, dentro del coche, en este instante, y que espero el comité de bienvenida protocolario. ¡Ve!

Unos diez minutos más tarde sale a recibirme Armando López de Vinuesa, el director de PG, con su sonrisa más cálida. Lo acompañan Enka Lookenen, la directora de moda y estilista de la sesión fotográfica, una sueca de Valladolid loca por Tom Ford; el fotógrafo, al que me presentan como Ernesto Campillo (¿nacional?, yo esperaba un artista al menos británico, como Lord Snowdown); y una chica de pelo indescriptiblemente verde de nombre perfectamente prescindible por vulgar que se supone me va a hacer unas preguntillas a modo de entrevista. Cuatro en total, una comitiva más bien pobre, pero tolerable.

Entramos en la nave y todo me parece tan pintoresco e ¡industrial! Les comento que mi bisabuelo tuvo una fábrica en Santander a finales del s. XIX y que era modélica pues solo murieron en ella 134 trabajadores, todo un logro social teniendo en cuenta la molesta costumbre que tenían en aquella época de morir en el tajo. Se quedan muy sorprendidos por mis conocimientos de la historia familiar, pero hay que tener en cuenta que La Baronesa nos puso un tutor en casa cuando pequeños que nos hacía estudiar nuestro árbol genealógico y millones de datos como este. El tutor ponía especial acento en el puesto que ocupábamos en las distintas líneas sucesorias a los tronos europeos, por si algún día llegaba nuestro momento.

En seguida nos ponemos manos a la obra. La estilista me pasa un traje de Vuitton y unos zapatos de Hermès. Así también soy estilista yo, recurriendo a valores seguros. Pero a pesar de ser prendas exquisitas está claro que no leyeron el mail que mi relaciones públicas les hizo llegar con mis exigencias.

–Querida, ¿qué color es este? –le pregunto cogiendo la chaqueta como si fuera una bolsa de basura rezumante.

–Gris –me responde perpleja.

–¡Qué simple eres, querida! ¡Gris! Hay miles de grises. Decir que esto es gris es una generalidad, como si le dijeras a un esquimal que la nieve es blanca. Yo diría que este traje es ‘gris nieve sucia que has cogido de debajo de un Land Rover’. Odio ese gris concreto. Si hubiera sido ‘gris cielo de enero previo a un chaparrón’ o ‘gris perla iluminada por una bombilla azul de 220 W’ lo mismo lo hubiera tolerado, pero este gris es inadmisible.

Me dice que tiene alternativas. Me enseña un traje negro de corte sepulturero propio para un presentador de gala de cine español; un traje marrón… ¡inadmisible, en la familia no ha habido nadie tan mediocre como para vestir de marrón!; un traje azul marino…

–¡Basta! –le grito–, ahórrame la tortura de constatar tu minusvalía cromática. Afortunadamente me he permitido hacer una selección personal en Armani.

Darwin aparece con un portatrajes que alberga una exquisita pieza ‘gris aristócrata paseando por los Campos Elíseos’ que hace enmudecer a todos con una variante del Síndrome de Stendhal, a pesar de que la díscola estilista insiste en comparar el primer traje con el que yo aporto repitiendo “es igual, es igual”. Pobrecita, deberían darle una paguita por su minusvalía, debe ser terrible vivir sin la capacidad de distinguir matices cromáticos.

Me visto y el fotógrafo insiste en sentarme en una silla de diseño que voy a tolerar porque es de Philippe Starck… “Cruza las piernas” (me tutea, insólito), “levanta la barbilla”, “pon otro foco allí”…

–Ya casi estamos –me dice porque mi impaciencia es evidente–, solo tenemos que coger postura y… ¿cuál es tu lado bueno?

Me levanto ipso facto y me acerco a él amenazante:

–¡Insolente! ¡¿Mi lado bueno?! ¡¡¡¡Mi lado bueno!!!! Entérese, petimetre, que alguien de mi alcurnia no tiene lado malo. Sepa usted, fotógrafo de pacotilla, que por mis venas corre sangre de los Ripalda de Medinaceli vía paterna y de los Suavia por la rama materna.

Y le planto una sonora bofetada en su cachete derecho, que a partir de entonces ya tenemos seguro que no es “su lado bueno” de lo rojo e hinchado que se le pone. Todo se pone muy tenso y amenaza con llamar a la policía. “¡Hazlo!” le grito mientras  el director trata de reconducir la situación a aguas más calmas.

Armando se disculpa en nombre del fotógrafo y realizamos las fotos. Es buen amigo y no quiero fastidiarle la portada con mi ausencia. Sin mí sería un ‘especial sangre azul’ bastante plebeyo. Es más, me hace una propuesta desconcertante.

–Te quiero en mi revista –me dice, y yo le repito que deje ya de hacerme la pelota, que ya me he hecho las fotos–. No, me refiero como firma. Una columna mensual. ¡No, una página… incluso un par de páginas para ti!

–¿Estás loco? ¿Qué tendría yo que aportar?

–¡Mucho! Lo veo, lo veo… Entrevistas inusuales por un personaje inusual: El Duque de Trastavilla. Entrevistas irreverentes, incluso impertinentes.

¿Impertinentes? Ummmm, no creo que yo pueda ser impertinente dada la educación inglesa que he recibido. Pero debo confesar que me intriga la propuesta. Ya no por el hecho de hacer entrevistas, sino por el trabajar en sí, algo que jamás se ha hecho en la familia. Puede ser una experiencia curiosa. Por supuesto mamá pondrá el grito en el cielo. “¡Antes muerta que un hijo mío proletario!” dirá.

–Me tienta tu propuesta, Armando, debo confesarlo.

–Pues ni lo pienses. Mira, esta semana teníamos programada una entrevista a Tacho El Cipote, el actor porno.

–¿“Tacho El Cipote”? ¿Qué clase de nombre es ese? –pregunto horrorizado.

–No hagas caso, es solo un nombre artístico.

–Ah, ya, como Naty Abascal Duquesa de Feria o Belén Esteban Princesa del Pueblo.

–¡Justo! Pensaba encargarle la entrevista a una periodista de altura como Cristina Tárrega o Beatriz Trapote, pero ahora  mismo en mi cabeza lo veo con otro enfoque: el aristócrata y el actor porno. ¡Demoledor!

En el coche de vuelta a palacio tengo la sensación de que me he precipitado, mi entusiasmo bohemio me traiciona.  No dejo de darle vueltas a qué podría preguntarle a tal Tacho El Cipote. No sé. Si pregunto algo como “qué es lo más duro de su trabajo” me arriesgo a que me conteste con un miembro anatómico en vez de con un concepto abstracto. Esto puede ser muy complicado. Creo que lo mejor es que contrate a un negro que me confeccione un cuestionario. ¿Estará libre Mercedes Milá? Si ha presentado ese horror de bajos fondos llamado Gran Hermano seguro que no le importa hacerme de negro, es mucho más digno, al menos trabajaría para la nobleza. ¡Qué duro es ser aristócrata!

Nuevo serial: Diario de un aristócrata

Domingo, 4 Diciembre 2011

A partir de hoy los domingos podréis disfrutar (o sufrir) un nuevo serial como el que ya publiqué tiempo atrás bajo el título El Crack. En esta ocasión vuelvo con un personaje igualmente inefable que nació en Facebook. Durante un tiempo utilicé el ‘estado’ de mi página de Facebook para diariamente dejar un micro relato bajo el título de Diario de un Aristócrata. Fueron muchos los seguidores de sus micro aventuras y desde que dejé de hacerlo también han sido muchos los que me han pedido que vuelva. Pues aquí está, solo que los micro relatos se convierten ahora en capítulos semanales. Espero que mantenga la frescura del proyecto original y que sus seguidores vean colmadas sus expectativas. La única pretensión de Diario de un Aristócrata es divertir, nada más. No os privéis y hacedme llegar vuestras impresiones.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVII

Viernes, 1 Mayo 2009

¿Esto es la madurez?

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Belinda me quitó la copa de la mano. Parecía que ya me hablaba otra vez con normalidad. Nada como que la gente piense que estás tan al límite como para suicidarse para que todos empiecen a tratarte como un ser humano con sentimientos. Pero no terminaba de aprobar que hubiera secuestrado a un camarero en una esquina y me hubiera bebido la mitad de las copas que llevaba en la bandeja. Necesitaba ánimos. La teoría era fácil, sólo tenía que decir: “mamá, esta boda queda suspendida, he descubierto que tu prometido es un gigoló profesional”. Pero la práctica era bien distinta: era mi madre a la que tenía que chafarle la boda. Si lo hacía cabían dos posibilidades, que le rompiera el corazón, cosa aceptable y que se tenía merecido por ir con hombres tan jóvenes, o que ella me sacara el mío con sus propias manos porque aún no había nacido el que le estropeara los planes. 

–Beber no soluciona nada –me recrimina Belinda.

–No, pero para cuando despierte de la borrachera, con un poco de suerte, todo habrá terminado.

–Habla con ella –me dice empujándome hacia donde está mi madre–, no puedes dejar que se case con un cazafortunas.

–Ven conmigo –le imploro.

–Ni loca.

–Bel, te lo pido por favor, ven conmigo. 

Acepta de mala gana y pone cara de “¡lo que hay que hacer por amor!”. Nos acercamos a donde la anfitriona es el centro de atención. Hago una pequeña broma y pido disculpas por secuestrar a ‘la novia’.  

–Antes que nada quiero presentarte a Belinda, mi novia –al instante siento un pisotón demoledor, pero ya es tarde, lo he soltado y es oficial.

–Encantada, querida, me alegro mucho por los dos, hacéis muy buena pareja. ¿Cómo se lo ha tomado Puppy? 

–Puppy y yo hace ya tiempo que no salimos, somos sólo amigos.

–¿Entonces por qué te la has traído? ¿Qué es esto, una de esas relaciones modernas?

–No la he traído, ha venido ella sola porque tú la invitaste.

–Da igual, ella siempre da color a las fiestas, pero no puedo dejar que se acerque a Ivana porque esta chica tiene tendencia a hablar sobre operaciones de estéticas e Ivana está muy sensible últimamente con el tema. Creo –nos dice en voz baja– que su cirujano le ha dicho que como le siga estirando la piel se terminará volviendo transparente. 

Se ríe ante su maldad y no cae en que ella ya empieza a ‘trasparentar’ por lagunas zonas. 

–Es un placer conocerla, Señora Ridao –le dice Bel.

–Por poco tiempo, querida. La verdad es que estoy desolada, porque han sido muchos años con ese apellido.

–Pues se te ve muy sonriente para estar desolada.

–No seas tonto, eso es el Botox. Tuve un pequeño problema en la última infiltración y voy a tener esta sonrisa tan tensa durante un tiempo.

–Te sienta bien.

–Lo sé, por eso no he demandado a la clínica. ¿Te estás divirtiendo? –me pregunta cambiando de tercio.

–La verdad es que no me apasiona que papá esté aquí. Lo cierto es que me ha conmocionado. Pensaba que estabais en plena guerra por el reparto de bienes.

–Bueno, sí –dice haciéndome un gesto con la mano queriendo decir que es una nadería–, ya sabes como es tu padre. De ser un cabrito de cuidado pasa a ser el hombre más conciliador del mundo sin previo aviso. Estamos llegando a un acuerdo bastante generoso de su parte. Así que me dije, “¿por qué no?”, y lo invité a la boda. Creo que por fin hemos comprendido que nuestra felicidad no estaba en el matrimonio y el qué dirán ya no es lo que era.

–Hablando del qué dirán… Quería contarte algo vital, algo muy delicado, algo que hará que te replantees este matrimonio.

–Rafael, me asustas.

–El que debería asustarte es tu prometido. Ahí va, sin anestesia: Xavier es un gigoló profesional. 

Me mira con los ojos abiertos al máximo. Por un momento pienso que es el pavor y el espanto, la decepción y el dolor. Después me doy cuenta que no, que es también el Botox, y que simplemente está esperando a que termine. Así que se lo repito lentamente para que reaccione. 

–Xavier es un gigoló.

–Pues claro que sí, Rafael, ¡pero qué tonto eres!, por un momento me habías asustado.

–¡¿Lo sabes?!

–Por supuesto, ¿cómo crees que lo conocí? No recuerdo quién me pasó su contacto, pero llevo años usando sus servicios.

–¡Lo sabes!

–Creo que eso ha quedado claro –me dice Bel entre dientes.

–Y sin embargo te casa, ¡¿por qué?!

–Porque es lo que tengo que hacer. Llega un momento en la vida en que debes pensar con la cabeza y buscar la solución más satisfactoria pasando de lo que los demás piensen. El tiempo, al final, te pone en tu sitio. Y esta boda es lo más conveniente para mí en este momento. Confía en mí. 

Me da un cachetito y me sonríe afectuosamente (no, no, es el Botox). Se va y me quedo allí, petrificado, intentando digerirlo. Belinda me coge de la mano y me pregunta que qué voy a hacer. “Asistir a la boda de mi madre” le digo, y le explico que si ella no tiene ningún problema quién soy yo para oponerme. Es más, qué poder de veto real a la boda tengo. Tengo mi derecho al berrinche pero no voy a adelantar nada con ello, sólo pasar un mal rato. Si mi madre está convencida de que es lo que quiere hacer, pues buena suerte. Hay un momento en la vida que los hijos nos convertimos en padres de nuestros padres, y tenemos que tutelarlos y protegerlos, pero mamá está a años luz de ese momento. Sigue siendo una mujer fuerte y poderosa. Sabrá salir de este lío igual que se ha metido en él. Bel me besa y me dice que está muy orgullosa, que estoy siendo muy maduro. Si ‘ser maduro’ es resignarse, ya me lo podrían haber dicho antes y hubiera dejado de hacer el Quijote. 

*** 

En vez de hacerle regalo de bodas a mamá, ella me lo hace a mí. Nos compra billetes de primera para que hagamos la vuelta a Nueva York con todas las comodidades. No la veo especialmente feliz después de haberse casado, pero teniendo en cuenta que ha pasado tantos años terriblemente crispada en el matrimonio con mi padre, la nueva situación apática es un progreso. 

–¿Qué te dijo tu padre? –me pregunta Warren aprovechando que las chicas se han colocado los cascos para ver una película.

–Que quiere enmendar algunos errores que ha cometido. 

Antes de irnos me senté como una persona madura a conversar con mi padre. Ahora que no dependo de él, que ni siquiera busco su aprobación como ser humano, lo miro desde otra perspectiva. Allí estaba, sentado en un sillón de orejas frente a mí, y yo sólo podía pensar que no lo envidiaba. Tiene aspecto de hombre cansado. Siempre en tensión, siempre con la guardia alta. Siempre envidié su éxito en los negocios, esa capacidad de crear y dirigir un imperio financiero y estar continuamente preparado para cualquier contingencia. Creía que era algo que llevaba yo en los genes, pero me equivocaba. No soy como él y ahora no estoy tan seguro de querer llegar a serlo. Pensé por un momento que quizás era él el que debiera de tenerme un poco de envidia por mi manera inconsciente y despreocupada de discurrir por la vida. 

–Rafael, hijo, ya ves que he llegado a un entendimiento con tu madre. La semana que viene nos encontraremos en Nueva York, antes de que ella se vaya de luna de miel y yo vuelva a España, y firmaremos un acuerdo de divorcio con el que todos saldremos ganando. Este cambio de rumbo me ha hecho recapacitar y he pesando que quizás no haya sido justo contigo tampoco –¡¿quizás?!–. Por eso he pensado que debo asumir el compromiso que tengo como padre y me parece que la mejor manera de hacerlo, la única que se me ocurre por ahora, es pasándote una pensión. Algo que te ayude a mantener el nivel de vida que te mereces como hijo mío. He pensado que quizás 3000 dólares al mes es una cifra lo suficientemente justa como para que te despreocupes del día a día y puedas dedicarte a sacarle jugo a tu vida, haciendo lo que realmente te motive y no te veas limitado por tener que subsistir. ¿Qué te parecer?

–No sé que decir –¿qué tal “pellízcame”?, no me podía creer que mi padre se hubiera vuelto tan… paternal, de pronto–. Me parece un gesto muy bonito. En serio, gracias papá.

–No se hable más. La semana que viene nos reunimos y firmamos los papeles que sean convenientes…

–No hace falta, papá, basta con que me ingreses el dinero, confío en ti.

–Rafael, las cosas se han de hacer bien. Me gusta hacer las cosas bien, ya me conoces.

–Si insistes. 

***

–¡Ay! –grito sujetándome el brazo de dolor–, ¿qué demonios haces, Warren?

–Me has dicho que te pellizque.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVI

Viernes, 24 Abril 2009

Un ataque de pánico 

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Los escucho a través de la puerta. Ellos creen que no, pero los escucho. Me repiten una y otra vez que abra, que deje de ser infantil, que no cometa una locura. Pues yo ya estoy harto de que me digan qué es lo que tengo que hacer y qué no puedo hacer, estoy harto de que me exijan madurez, ¡pero quiénes se han creído ellos!, y a lo mejor hacer una locura es lo que me hace falta en estos momentos. Pero no una locura irreversible. Una locura en plan dejar el complejo de Tortuga Bay sin una gota de alcohol y olvidarme de todo y todos. Me piden que les hable, pero no quiero. Sólo quiero estar aquí, en esta enorme bañera, sumergido, ajeno, ¡y que me olviden! Y que dejen de darme la tabarra a través de la puerta.  

Belinda intenta hacerme responder: “¿estás bien?”, me pregunta, “queremos ayudarte”. Suena a psicólogo barato que no tiene ni idea si el loco que tiene delante se va a tirar por el balcón o lanzarse a desgarrarle la yugular a mordiscos. Ya no escucho a Warren. Al menos mi rabieta ha servido para que Bel y él se vuelvan a hablar como seres civilizados. En cuanto me encerré y comprobó que no pensaba dirigirle la palabra, Belinda fue hasta su habitación y lo trajo para que me hiciera entrar en razón. Pero ha desistido, ya no lo oigo, ¡que se vaya al diablo, ha intentado tirarse a mi novia! Si no fuera porque soy el culpable de que perdiera su trabajo no le volvería a mirar a la cara. Tú intentas tirarte mi chica, yo te hago perder el trabajo, pues estamos en paz, pero no me siento obligado a ser agradable con él. 

Escucho a Mr. Chow, ya sabía yo que Puppy no tardaría en dar señales de vida. Debería ser más empático y tranquilizarlos, decirles que no pienso suicidarme ni nada de eso. Pero si soy “tan infantil” como todos insisten en reprocharme, pues que se jodan. ¿Qué es eso? Alguien golpea la ventana con celosía de madera que hay justo sobre la bañera. Debe ser algún mono, en los sitios caribeños como este siempre hay monos y bichos incordiantes. 

¡Ay! Alguien ha reventado la ventana y me ha caído uno de los batientes sobre la cabeza. Enseguida aparece la cabeza de Warren por el hueco reventado. Efectivamente, se trataba de un primate. 

–¡Tío, eres gilipollas! ¡Nos has dado un susto de muerte! –me dice mientras se cuela trabajosamente por el hueco. 

Ese es el problema de este tipo de bungalow, que la seguridad es nula. Un simple cajón apoyado contra la pared y ya tienes el modo de alcanzar la ventana. En menos de un minuto se ha colado en el baño y está dentro de la bañera conmigo, donde ha caído de cabeza. En cuanto se rehace abre la puerta del baño y entran en estampida Belinda, Puppy y Mr. Chow. Bel me coge la cara para ver si tengo los ojos vidriosos y busca señales de cortes en las venas, mientras Puppy busca frascos de barbitúricos vacíos sobre el lavabo y Warren lucha por apartar de él a Mr. Chow, que tiene verdadera obsesión por olisquearle la bragueta. Cuando se dan cuenta de que estoy bien, y que lo único que quería era un rato de privacidad sumergido en un baño de agua caliente pasan por varios estados de ánimo: primero la perplejidad (¿cómo has podido darnos este susto tan gratuito?) para pasar al enfado (¡eres idiota!, ¿cómo has podido darnos este susto?) y terminar en un atisbo de comprensión. 

–Bueno, tampoco es para ponerse así –me dice Warren, aunque a quien mira es a Bel–, ha aparecido tu padre, el padre que te despidió y te dejó en la calle, en la boda de tu madre, la madre que desapareció durante semanas reapareciendo con un pretendiente que seguramente vaya por su dinero. ¿Y qué? Pasa en las mejores familias… Bueno, en verdad no. ¡Quita chucho!

–¿Pero qué quiere ahora? –pregunta Puppy.

–Dice que quiere hablar con él –responde Belinda, y me empieza a fastidiar que todos hablen como si yo no estuviera presente.

–¿Hablar? ¿Hablar de qué? No quiso hablar cuando lo dejó en la miseria y lo tuve que recoger de la calle. ¡Y haz algo con tu perro, Puppy!

–Ven aquí, Mr. Chow, no lamas eso, chiquitín, caca. Yo lo que digo es que debe ser más…

–¡No voy a ser más maduro! No te atrevas a darme lecciones de madurez. ¡Tú, no, Puppy!

–Lo de la madurez está sobrevalorado. Lo que tienes que ser es más cerebral. ¿No te ha dicho tu padre que quiere hablar contigo? Pues escúchalo. ¿Qué tienes que perder? Ya no te puede despedir, ni cortar el grifo. Ya no dependes de él.

–Es cierto, Rafe, ¿no tienes curiosidad por saber qué tiene que decirte? Después de todo, si tu madre puede ser tan civilizada de invitar a su boda a su ex-marido, con el que está en plena gresca legal por cerrar un acuerdo de divorcio, y tu padre es tan flemático como para venir hasta Punta Cana para ver casarse a su ex-mujer, a la que odia, al menos tienes que sentir curiosidad por saber de qué va toda esta historia grotesca.

–¡Está bien! Si a todo el mundo le parece esto de lo más normal no seré yo quién agüe la fiesta. Escucharé a Papá, a ese hijo de perra que me hundió en la miseria.

–¡Rafe! –me recrimina Warren.

–He dicho que lo escucharé, no que lo perdone. Y la boda de mi madre… eso es otra historia que tengo que resolver –digo levantándome de la bañera–. Por cierto, ¿de verdad os parece de lo más normal está reunión en el baño?, ¿alguien más a parte de mí ha notado que estoy desnudo? 

*** 

Mamá ha organizado una despedida de soltera muy sui generis. En un salón ha reunido al medio centenar de íntimos invitados a la boda y se dedica a ejercer de gran anfitriona. Algún diseñador bronceado, algo de aristocracia europea a la que sólo le queda el título, una actriz que no hace películas y solo posa para portadas, el comisario de la última exposición del MET, Bono de U2… ¡¿Bono de U2?!  

Papá conversa amenamente con otros financieros invitados a la boda. Reconozco al menos dos caras que han tenido que comparecer últimamente ante el Senado de los EEUU por su dudosa gestión. Pero ahí los tienes, fumando puros, tan ricamente, riendo y dándose palmaditas en la espalda. Me dan asco. Me acabo de dar cuenta que ya no soy uno de ellos, aunque bien es cierto que nunca lo fui, pero creí serlo. 

–¿Quién es el novio? –me pregunta Puppy, que se ha cogido a mi brazo dejando en un segundo término a Belinda. Las heridas vuelven a abrirse.

–Es aquel –le digo señalando al cada vez más bronceado Xavier, prometido de mi madre.

–Venga, en serio, ¿quién es?

–Ya, lo sé, te choca, ¿qué edad puede tener?, ¿treinta y cinco?, ¿cuarenta a lo sumo?

–No lo digo por la edad, lo digo porque ese es Xavier.

–¿Lo conoces? Pues ese es el novio de mi madre.

–Todos conocemos a Xavier. Es un ‘buen’ acompañante, muy popular entre las señoras de la edad de tu madre. Solemos verlo colgado de sus brazos a juego con sus bolsos de Louis Vuitton.

–¡¿Me estás diciendo que es un gigoló profesional?¡

–Te estoy diciendo que él es el gigoló por excelencia. 

Ya tengo el dato justo que me va hacer posible desbaratar esta locura. Cuando mamá sepa que es un ‘profesional’ anulará la boda ipso facto.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIV

Viernes, 3 Abril 2009

Un temperamento incendiario 

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Entré en la sala de reuniones. Medio centenar de ejecutivos contiene la respiración. Saben que soy el que manejo el cotarro, que sus puestos penden de mi estado de ánimo. Me siento a la cabecera de la larga mesa de reuniones, abro el dossier y veo el expediente de OPA a la gran entidad de mi padre. Echo un vistazo, cierro la carpeta y digo “a por él”. Un murmullo de aprobación recorre la sala. Me fijo en Robert, mi ex-asistente, que vuelve a estar a mi servicio, en el puesto que le corresponde. Toma notas y lo interrumpo pidiéndole un café. Nada de ‘por favor’, sólo un expeditivo “¡café!” que lo hace saltar al instante. Se acerca a la mesa donde está la cafetera y allí está mi madre, desnuda, con unos senos turgentes apuntándole directamente a los ojos. Lo besa apasionadamente y él le hace el amor sobre la mesa… ¡Un momento! Esto es un sueño. Soy consciente de ello incluso antes de despertar porque en mis sueños los senos son siempre turgentes, incluso los del lagarto reseco de mi madre. ¡¡Las diez y cuarto!! ¡Me he quedado sobado! Hacía tres cuartos de hora que debía estar en el otro extremo de la ciudad para coordinar mi primer gran trabajo (para vivos). Nota: retomar las citas con mi psicólogo, no me gusta nada el tema de tener a mamá desnuda (y con pechos turgentes) en mis sueños.  

*** 

El operativo está en marcha. La gente de Ron Akran tiene toda la logística bajo control. Los decoradores han convertido la horrible sala dedicada a los bosques de Norteamérica de la primera planta en un exótico salón para una cena deliciosamente elegante. El American Museum of Natural History no quería alquilar la sala para la presentación, fue cuestión de extender un cheque. El conservador no permitía que usáramos un trozo de una enorme secuoya de más de 1300 años como fondo para la mesa presidencial, pero fue cuestión de extender otro cheque. En Nueva York todo es cuestión de cheques, y en este caso de prometer una y otra vez que no se va a tocar nada y que no se va fumar en la sala, ni usar velas, y un largo etcétera que espero alguien haya apuntado porque no le he prestado la más mínima atención. Si incurrimos en algún error ya lo solucionaremos a golpe de chequera. 

Cheque para el florista, cheque para el decorador, cheque para el iluminador, cheque para el catering (después de la cena, claro), cheque para la agencia de azafatas, cheque para el informático que ha preparado la presentación multimedia (no hay que olvidar que esto es una cena de negocios), cheque para la agencia que se ha encargado de poner a los personajes-show de la noche (muchas modelos, alguna cantante, algún actor, Michael Moore, por aquello de la conciencia ecológica… yo personalmente hubiera preferido a Al Gore, pero pagar su caché hace necesario cheques el doble de largos que me permitan colocar tantos ceros). La cena ha salido por un ojo de la cara porque no hemos podido amortizarla con el precio del cubierto como hacen las galas benéficas, pero tampoco ha sido demasiado descabellado el presupuesto de las semi-celebrities que hemos congregado porque hemos sido lo suficientemente ambiguos para que piensen que vienen a poyar una causa en plan ‘salvemos el Amazonas’ en vez de a una presentación de un fondo de inversión. 

El electricista discute con el conservador del museo. Por lo visto la instalación no es todo lo segura que debería, pero dada las limitaciones del espacio (¡es un museo!, no podemos taladrar, derribar nacer regolas para los cables, ¿qué más quiere?) ya es bastante lo que el pobre electricista ha hecho. Ha conseguido reunir todos los cables y disimularlos bajo la alfombra de la entrada y me advierte que no permita a la gente transitar por el lado derecho de la entrada, ¡muy importante!, si no queremos una catástrofe eléctrica. 

Ya me encargo, no se preocupe, señor electricista. 

*** 

Almuerzo con Bel, la voy a llevar a la cena, así podrá constatar cuán maravilloso profesional soy y podrá dejarse de tonterías y llamarme “su novio”.

–¿Cómo llevas trabajar para tú ex-asistente? –me pregunta.

–No trabajo “para” él, sino “con” él. Pero por lo demás bien, bien, sin rencores, exceptuando esas ganas de arrancarle la cabeza cada vez que lo veo.

–¿Estoy a tiempo de no ir? La verdad es que no me gustan las escenas sangrientas en público.

–Tengo controlado mis impulsos homicidas… en público. Oye, Bel, me voy a poner serio –me mira desconcertada como si no fuera posible–, me gustaría saber hacia dónde vamos.

–Pues primero a mi casa, me cambio y vamos a la tuya para que te cambies tú.

–No, me refiero como pareja.

–¿Eso no es una pregunta de chica? ¿No tendría que ser yo la que la hiciera?–Evidentemente, pero como no la haces, pues…

–Rafael, no creo que me estés preguntando eso en serio. Nos conocemos hace muy poco, apenas desde Navidades, tenemos una relación muy irregular, desapareces durante días sin dar señales de vida, reapareces para decirme que vas a fugarte con un amigo a México…

–Brasil.

–Da lo mismo. ¿De verdad crees que yo me puedo plantear hacia dónde va esta relación más allá de un horizonte temporal de un par de horas?

–Ya sé que no soy un novio convencional, nada parecido a lo que hayas tenido con anterioridad.

–Cierto, la mayoría tenían una edad mental superior a los cinco años.

–Tampoco serían tan increíblemente guapos como yo.

–¡Y tú qué sabes!

–Lo sé.

–Vale, te lo concedo, pero no sólo en la belleza se basa una relación.

–Por eso he querido que vengas esta noche a ver mi trabajo, para que veas cuán maduro soy.

–Ver para creer.

–Lo verás… lo verás. 

*** 

El chorreo de limusinas va dejando a los invitados a las puertas del museo, suben las escalinatas y son recibidos por los anfitriones de la cena ¡a la derecha de la entrada! Juro que he tratado que me escuchen, pero desde que ha llegado, Robert ha estado insufrible. Desde que ha asomado el director general de Capital Investors ha empezado a darse aires de organizador, cuando realmente no ha hecho nada. Pero soy maduro, no me afecta, soy profesional, no voy a matarlo… porque Bel me está observando. Cuando he sugerido que ocupen la parte izquierda de la entrada me ha desautorizado, no me ha dado oportunidad de explicar el por qué, y ha tomado las riendas del protocolo. Me ha dejado en un segundo plano y soy lo suficientemente maduro para no matarlo, aunque ganas no me faltan, pero Bel me observa. Un novio con antecedentes penales por asesinato o en el Corredor de la Muerte no es un buen novio, Rafael, contente. Robert sabe que es un impostor, yo conozco a todos los invitados mejor que él, yo soy parte de la vida social de esta ciudad y sería un anfitrión mucho más adecuado. Pero soy maduro, no me va a afectar. 

Veo cómo se acercan peligrosamente al rollo de cables contra el que me han advertido. Me acerco a la comitiva de recepción para advertirles, pero ante la primera palabra Robert me coge del brazo y me aparta.

–Rafael, ni se te ocurra molestar al director general, yo soy tu interlocutor. Si quieres hacer carrera en esto debes saber cuál es tu sitio –me dice con aires de superjefazo–, ya no tienes el estatus para dirigirte directamente a los jefes.

Lo siento, Bel, te has quedado sin un novio maduro. Me contengo, agacho la cabeza, y lo acompaño hasta su puesto al lado de la comitiva de recepción. Cuando está distraído coloco el cable problemático por encima de su pie usando la puntera de mi zapato. Vuelve la cabeza y me pregunta si no tengo nada mejor que hacer que pegarme a él. Está claro que quiere el protagonismo… pues lo tendrá. 

Me disculpo y salgo de la sala llevándome conmigo a Bel. Cuando estamos ya en la calle saco el móvil y llamo a Robert: 

–Tenemos un problema, Robert, Donald Trump se ha caído por las escaleras. Sal aquí corriendo. 

Cuelgo. Uno, dos, tres… apagón en el museo. 

*** 

El caos reina en la entrada el museo. Los bomberos han desalojado todas las salas. Robert no sólo ha provocado un apagón al llevarse por delante los cables, sino que ha conseguido que al arrancarlos del cuadro eléctrico este provoque un incendio.  

El director general de Capital Investors trata de apaciguar al director del museo. Me acerco por detrás y digo con cara de resignación que ha sido un terrible accidente, que aunque Robert me hubiera hecho caso y hubiera evitado colocar la comitiva a ese lado de la alfombra (cosa de la que todos fueron testigos) nadie hubiera creído que pudiera pasar algo así. Que no hay que culpar a Robert (recalco su nombre), que él evitó todas las recomendaciones de seguridad con su mejor intención, y que si fue tan patoso como para arrancar el cable y provocar un incendio, eso le puede pasar a cualquiera… a cualquiera que no hubiera ignorado a sabiendas las recomendaciones de seguridad que yo personalmente le deje bien claras.  

La cara del presidente me deja ver que tiene claro a quien va a culpar. Y yo tengo claro que nunca seré un novio maduro, solo me queda que Bel me acepte tal como soy.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XV

Viernes, 23 Enero 2009

Una de zombies 

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He de confesar que entré en la funeraria con cierta aprensión. Mi relación con la muerte ha sido ciertamente distante, y prefiero que así siga siendo. ¿Grandes pérdidas? No, no he tenido grandes pérdidas a lo largo de mi vida. Básicamente se reducen a un centenar de peces de colores cuyas muertes no me afectaron de pequeño porque Baba, la nanny rusa que me cuidaba, se ocupaba de ir reemplazándolos conforme aparecía panza arriba en la pecera. “Esstá durrmiendo, señorríto” me decía, “vayasse a la cama y verrá como maniana esstá nadiando como de cosstumbrre”. Y así acontecía, por la mañana el pez volvía a “nadiar” con soltura y viveza. Siempre había una buena excusa para los cambios de tamaño vagamente perceptibles, pero que yo señalaba, o los ligeros cambios de color, o las manchas que repentinamente aparecían y desaparecían (curiosamente a la mañana siguiente de haberlos encontrado “durrmiendo”). El caso es que me pasé media vida pensando que los peces de colores eran tan longevos como Matusalén. Salí de ese error justo al mes de que Baba fuera despedida tras cumplir yo los 15 (ya era muy mayor para nannies). Una vez faltó Baba, el pez cayó en uno de sus letargos y a la mañana siguiente seguía flotando boca arriba, con muy mal color, incluso para tratarse de un pez. Jamás volví a tener mascotas porque mamá decía que ya tenía bastante con los “conejitos” de papá, así que me pasé los siguiente tres años intentando colarme en el prohibidísimo despacho de papá a ver si descubría a dónde criaba a esos conejitos. Evidentemente, y ahora lo sé, mi madre hablaba de otros “conejitos” que disfrutaban de un apartamento en el centro sufragado por papá. 

Mi relación con las parcas se ha visto reavivada el último mes en el que continuas visiones de terribles muertes para papá inundaban continuamente mi imaginación. Ya han empezado a remitir un poco, ya sólo lo imagino mutilado o totalmente incapacitado. Pero una cosa es que la muerte estimule tu imaginación, y otra bien distinta es que se convierta en un ente real.  

Qué yuyu me daba la funeraria, aunque estuviera completamente vacía. La referencia mortuoria se limita al pedestal donde se coloca el féretro para que los allegados les muestren sus respetos. Por lo demás se trata de un salón señorial, adornado de bonitas alfombras y elegantes jarrones colocados sobre columnas dóricas en las esquinas. Un centenar de sillas se encuentran colocadas como en un auditorio. La iluminación es tenue y cálida. Pero no es nada lúgubre, por lo que no entiendo el por qué tengo el vello de punta.

Espero un par de minutos a que aparezca alguien, pero no se ve a nadie, siquiera se escucha un ruido. Pronuncio un tímido “¿hola?” con una aprensión inusitada que me sorprende. Suelto una sonrisa y me digo a mi mismo “no seas idiota, Rafe, ¿qué crees, que van a empezar a salir zombis por doquier a lo George A. Romero?”. Sí, me burlo de mi miedo, pero también me resulta extraño el absoluto mutismo del lugar. 

Decido explorar por mi cuenta, en algún lado debe haber una oficina donde trabaje el que dirige este cotarro. Hay algunos pequeños salones contiguos igual de desérticos que el principal, al que vuelvo un tanto extrañado. Casi he decidido largarme de allí cuando veo una pequeña puerta en el lateral derecho de la sala, justo detrás de donde se coloca el féretro. No he reparado antes porque está semicubierta por una cortina brocada. Giro el pomo y está abierta. Da a otra habitación en penumbra que, deduzco, es donde preparan los cadáveres. Al fondo de ella hay otra puerta semiencajada que da a algún sitio con mucha luz, donde debe estar el Sr. Traill, a quien debo presentarme. Cuando penetro en la estancia me queda claro que tiene la función que había imaginado, porque en un ángulo que antes permanecía fuera de mi vista hay un ataúd abierto. Casi estoy ya a la altura de la otra puerta cuando el morbo me hace dedicarle una última mirada al ataúd. Espera. ¿Qué es aquello? ¡Ay, Dios mío! Que me parece que no es un ataúd vacío. Que me parece que este ya está adjudicado. Creo que veo como un par de manos cruzadas sobresalir del horizonte de madera oscura. No sé por qué, debe ser que tengo un ramalazo de meningitis, pero me da por comprobarlo de cerca. ¡¿Y qué coño me importa a mí?!, me digo mientras mis pies me llevan cada vez más cerca del ataúd. 

Efectivamente. El ataúd está ocupado. Un pobre hombre de mediana edad, pequeño y pelirrojo, descansa en el sueño de los justos. Me persigno (mi educación católica es un resorte automático a pesar de que llevo más de un decenio violando la mayoría de los Diez Mandamientos) y me fijo en aquel desgraciado que ha debido morir de algo terrible por cómo se le ha quedado la cara  de deformada. ¡Un momento! ¿Esa aleta de la nariz ha temblado? Lo de los espasmos postmorten siempre me ha parecido de lo más desagradable. Aún así fijo bien la atención. ¡Otra vez! Me acerco al muerto… que huele a muerto. Me fijo con atención y… 

…abre los ojos y me dice “¿qué deseaba?”. 

[FUNDIDO EN NEGRO] 

Cuando recupero la conciencia tengo un fuerte dolor en el costado. Un hombre de uno 50 años, amplia barriga y mofletes caídos está dándome aíre con un trozo de cartón. Le dice a alguien que queda a su espalda que no hace falta que avise a la ambulancia, que ya me recupero. Me gustaría creerle. Todo me da vueltas. Y el dolor del costado persiste. Más tarde me explicarán que al desmayarme me he clavado el pico de una silla en la espalda. 

–¡Está vivo!, ¡está vivo! –le grito asiéndolo por el chaleco de lana que lleva puesto.

–Tranquilícese, ya sabemos que está vivo, todo ha sido un terrible malentendido.

–No hace falta que lo jure, imagínese que entierran a ese pobre hombre estado vi… 

El “pobre hombre” está sentado en una silla al otro lado de la habitación, con la cabeza entre las manos balanceándose y tarareando desaforado. El Sr. Traill, me deja en manos de una mujer joven entradita en carnes que no hace más que tocarme la frente a ver si tengo fiebre (se ve que está más acostumbrada a tratar con fiambres que con seres vivos que se quejan). Se llama Anita y me explica que es la maquilladora. “¿Maquilladora de qué?” le voy a preguntar, pero caigo en la cuenta que allí sólo hay una cosa que maquillar. 

El Sr. Traill me explica que Jerome, el cadáver, es empleado de la funeraria, el más antiguo, desde chico ha estado allí, pero que tiene ciertos problemillas que han causado la infortunada casualidad de que me lo encuentre en un ataúd. 

–Padece de ataques agorafóbicos y necesita recluirse en espacios pequeños –me explica el Sr. Traill–, lo dejamos que se meta en un ataúd, no hace daño a nadie. Ha sido culpa mía, que lo mandé a comprar el periódico porque se me olvidó esta mañana, y ha vuelto muy agitado y a punto de sufrir un colapso.

–¿Y por qué está ahora sujetándose la cabeza y tarareando sin cesar?

–Eso es la epilepsia –responde Anita.

–Epilepsia musical, ya sabe –asiente con la cabeza resignado, como si fuera simplemente una pequeña manía–. Pero, Sr. Ridao, no le he dicho cuánto me alegro de conocerlo. Cuando el Sr. Pickcock [ese es Warren] me dijo que tenía la persona que yo necesitaba me alegré mucho. Buscaba alguien como usted.

–¿Cómo yo?

–Sí, alguien que supiera organizar eventos con clase, queremos darle una nueva dimensión a esta funeraria, un toque…

–Elitista –terminó Anita.

–Pero estoy seguro de que Jerome sabrá darle ese giro –dije deseando salir de allí.

–No, no, Jerome no trata con el público. Con el vivo, se entiende. Los desconocidos le provocan ataques de ansiedad que derivan en afasia.

–¿Afasia?

–Sí, se queda sin habla, y como comprenderá, en este negocio, no tenemos clientes fijos. Así que para él cada día de trabajo significa el tenerse que enfrentar con extraños, y pierde el habla, y no puede atender a los clientes. Lo tenemos para otros menesteres. Hasta ahora, del trato con el público me ocupaba yo, pero me temo que no tengo la experiencia para dar ese giro…

–Elitista –volvió apostillar Anita.

–…elitista que buscamos. No tengo su clase, eso es obvio. Sólo hay que verlo. Es usted un hombre de mundo, ¿verdad, Anita?

–De mucho mundo, sin duda –¿me había guiñado un ojo?

–¿Y dice que Jerome no habla con extraños? Pues a mí bien que me ha hablado, y vaya susto que me ha dado.

–Es porque estaba saliendo del ataque de pánico agorafóbico, hablarse ha sido un acto reflejo. Cuando sale de los ataque es como si reiniciara el ordenador de su cabeza, y por unos segundos, hasta que se vuelven a ‘cargar’ sus pequeñas rarezas, es una persona completamente normal.

–Una persona completamente normal dentro de un ataúd –murmuro yo. 

En ese momento Jerome da un alarido que me hace saltar de la silla. 

–Oiga, ¿no será peligroso?

–¿Jerome?, ¡qué tontería! Ha gritado porque está saliendo del ataque de epilepsia musical. ¿Violento dice? No, en absoluto, no es nada violento.

–Sólo cuando ve tortugas –apostilla ella.

–Sólo cuando ve tortugas –asiente el sr. Traill resignado con la cabeza– pero por aquí no hemos visto nunca ninguna, descuide.

–Miré –le digo poniéndome bien la ropa–, no creo que este trabajo sea justo lo que buscaba.

–Ya lo entiendo, Sr. Ridao, un hombre de su mundo, acostumbrado a otra clase de eventos de alto standing… Por eso había pensado en hacerle una generosa oferta.

–¿“Generosa oferta”? –tampoco hay que cerrarse, ¿no?– ¿Cómo de generosa?

–Había pensado en 800 dólares semanales más comisiones?

–¿Comisiones por qué? ¿Por muerto que traiga?

–Jajajajaja, ¡qué sentido del humor, Sr. Ridao! Comisiones por los “extras” que contraten las familias. Ya sé que no es habitual, pero con su habilidad para relacionarse con la gente de dinero es posible que saque un mínimo de 1600 dólares semanales. 

Eso significaría independencia. Tener una base económica para renacer. Un apartamento. Significaría mandar a la mierda a Warren y sus grandes ideas al buscarme trabajo. Significaría tener dinero para llevar mi ropa al tinte. Creo que no me mataría probar en este empleo. Después de todo organizando fiestas soy lo más, de la última que di salieron casi todos zombis y cuatro casi cadáver. Aquí los cadáveres ya lo pone la empresa, así que el éxito está asegurado. ¡Trato hecho! (A pesar de Jerome).

EL CRACK (el serial) - Capítulo X

Viernes, 19 Diciembre 2008

Cuatro entrevistas y un funeral 

funeral-crack.JPG 

Pues va a ser verdad que hay crisis. En el periódico no viene ninguna oferta laboral de cuerdo a mis capacidades. ¿Cuáles son estas? No lo tengo claro, pero que se olviden de que voy aceptar nada que no implique aprovechar la experiencia adquirida en estos años al frente Ridao-Blackman Global Investors. Bueno, esa es la versión oficial, la verdad es que no pienso reparar cañerías, descargar cajas, o cualquier otra actividad física para lo que mis clases de Tai Chi no me han preparado. 

Empiezo mi búsqueda de trabajo con un periódico bien trabajado (subrayado, con anotaciones a los márgenes) bajo el brazo. Wall Street es inmenso, seguro que hay un hueco para mí. 

ENTREVISTA 1

Tipo de empresa: Firma de gestión de fondos.

Lunes – 9:43 h

Entrevistador: mujer, no llega a los 35, blanca, soltera (no anillo), que merece una psicópata para compartir piso, ¡zorra!

Tiempo aprox. de la entrevista: 13 minutos.

Impresiones: ¿Por qué preguntan cuánto quieres ganar? Yo creía que la sinceridad era un valor positivo. Yo creía que empezaríamos a regatear. No me llamarán, cuando yo le digo a una mujer que la voy a llamar nunca lo hago, por qué iba a ser diferente en este caso.Nota: Tengo hambre y 47 dólares en el bolsillo. 

ENTREVISTA 2

Tipo de empresa: Banco nacional.

Martes – 11:04 h

Entrevistador: hombre, unos 55 años, pinta de abuelete amable, en realidad es un capullo sádico.

Tiempo aprox. de la entrevista: 8 minutos.

Impresiones: El tipo sabía quién era yo (lo presiento). Me pidió que me sentara muy amablemente y al ver en su ficha mi nombre me preguntó que cuál eran mis responsabilidades en Riado–Blackman. “He sido el director de…” Y no me dejó terminar con un “¿perdona?” bastante capcioso. Me levanté y me fui. No estaba dispuesto a que me humillaran con mi pasado de ‘director ficticio’. Busco una empresa que me quiera por lo que soy, no por lo que he sido. Bueno, en verdad busco una empresa que no sepa ni quién soy ni quién he sido.

Nota: Tengo mucha hambre. La búsqueda de trabajo ha disparado mi metabolismo. Sólo me quedan 13,34 dólares y un caramelo de fresa que cogí en la recepción de la empresa donde me he entrevistado. 

ENTREVISTA 3

Tipo de empresa: ¿¿¿Por qué son tan ambiguos en los anuncios clasificados???

Martes – 13:20 h

Entrevistador: Por teléfono, una voz muy sensual.

Suena el teléfono.

Voz: Golden Boy, ¿dígame? [No me suena para nada esta empresa]

Yo: Buenas tardes, llamaba por el anuncio del periódico.

Voz: ¿Cuál de ellos, por favor? [¿Hay más de un puesto vacante?]

Yo: Por el que dice que buscan una persona con buena presencia, don de gentes, universitario…

Voz: Muy bien. ¿Cuánto mide? [¿Eh?]

Yo: 1’83.Voz: Ummm, alto, eso está bien. ¿Buena forma física? [¿¿Eh??]

Yo: Uh… bueno… sí, hago ejercicio regular.

Voz: Deberás pasarte por aquí y dejarnos tu book. ¿Experiencia? [¿¿¿Book???]

Yo: Eh… Sí, he sido…

Voz: La agencia trabaja con clientes de ambos sexos, ¿algún inconveniente?

Yo: Creo que no. [¿Por qué voy a tener inconvenientes de tratar con hombres y mujeres?]

Voz: ¿Sabes? Debería ver primero tu book, pero las Navidades son fechas terribles, la gente se siente sola y estamos desbordados. Tengo un cliente en el Upper East Side en estos momentos. Si me aseguras que eres guapo te mando para allá ahora mismo. [¿Guapo?]

Yo: Bueno… ¿Guapo?… Sí, creo… ¿Pero qué tengo qué hacer?

Voz: ¿No dices que tenías experiencia?

Yo: Sí, pero necesito saber un poco al menos sobre el perfil de la empresa y sus productos. No sé. No hemos hablado de qué puesto buscan cubrir, ni de remuneración.

Voz: El cliente es convencional, no quiere nada raro, son unos 350 dólares. Nosotros nos quedamos el 40% el resto es tuyo. Eso sí, si te pide algo raro me llamas y te doy tarifas. No pongas precios tú ni intentes quedarte con los extras, al final nos enteramos de todo.

Yo: ¡Oiga! Que soy un profesional serio.

Voz: Eso espero. Tienes que llevar los…

Impresiones: 1) Soy idiota y no me fijo en los encabezamientos de las secciones de los anuncios clasificados. 2) Los anuncios que buscan escorts profesionales están demasiado cerca de las ofertas de trabajo que no exigen llevar condones cuando visitas a un cliente. 3) Los anuncios que buscan escorts se redactan de forma muy muy ambigua. 4) Ahora comprendo el problema que suponía tener clientes de ambos sexos. 5) Me guardo el teléfono de la agencia para cuando se me acaben los 5,14 dólares que me quedan (el caramelo me lo he comido ya).

Nota: Tengo hambre. 

***

Miércoles – 8:15 h 

Se ha muerto Clifford Randsey III. Tenía 34 años. Iba al gimnasio, comía sano, no fumaba. Salía con las mismas chicas que yo. No me refiero al mismo ‘tipo’ de chicas, sino a las mismas chicas textualmente. En Nueva York habemos una especie de club secreto de solteros que van a los mismos locales nocturnos y se acuestan con las mismas chicas. Eso nos une mucho. Por eso he venido a su sepelio, a presentar mis respetos a uno de los nuestros. Podríamos haber sido cualquiera de nosotros. Ninguno estamos libres de sufrir un día, como Clifford, un colapso cardiaco mientras somos humillados en un sórdido cuarto de un hotelucho por una enana dominatrix y un travestí sesentón. Bueno, la escena tal cual puede que sea un poco irrepetible, pero la idea del colapso siempre es posible. 

El padre de Clifford, Clifford Randsey II, está muy afectado. Fin de la estirpe. En verdad tenía un hermano que se llama Jay y es cantautor en Tucson, trabaja en bares de carretera. Pero ya nunca habrá un Clifford Randsey III, porque el hermano no puede heredar el ‘III’ porque no se llama Clifford (es obvio) y el vástago superviviente de los Randsey nunca tendrá un hijo al que llamar Clifford Randsey III porque perdió los testículos en una accidente de caza en Europa. Se los voló su propio hermano en un episodio bastante escabroso que segó el interés de Jay por estudiar Derecho y continuar en el negocio de las finanzas internacionales como su padre, y antes de su padre su abuelo. Por el contrario la voz se le afinó y aprendió a componer. “Los caminos del Señor son inescrutable” decía el cura presbiteriano que daba sepultura al último Clifford Randsey. ¡Es comprensible el dolor que estaba viviendo su padre en aquellos momentos! 

Me acerco a darle el pésame. Nos miramos sin pronunciar palabra. Comprende que comparto su dolor. Nos abrazamos. 

–Era un hombre excepcional –le dijo y él asienta secándose el llanto–, como pocos. Un amigo de los que siempre estaba ahí –“tirándose a la tía que te gusta” pienso– y nunca te defraudaba. Y como Presidente de Randsey Co. no tenía parangón. ¡Qué ingenio! ¡Qué intuición! ¿Está pensando en alguien concreto para ocupar su puesto? Yo, casualmente, estoy buscando… 

***

ENTREVISTA 4

Tipo de empresa: Auditores financieros.

Jueves – 10:10 h

Entrevistador: Hombre, caucásico, en los 40, pinta de contable.

Tiempo aprox. de la entrevista: 3 minutos.

Buenos días, Sr. Ridao” me dice el cuatro ojos, “qué mal aspecto tiene ese ojo, ¿se lo ha visto un médico?”. Me levanto y lo mando al cuerno.

Nota: Aquél hombre estaría muy triste por lo de su hijo fallecido, pero no le importó en absoluto montar una escena dándome un puñetazo en todo el ojo. ¡Qué poco respeto por la memoria del muerto!

*** 

Llego a casa (bueno, a casa de Warren) y lo encuentro sentado en el sillón, de brazos cruzados, esperándome. Rezo porque no empiece otra vez con lo de que si oigo gemir en su cuarto no entre a ver qué pasa. Espero que se le haya pasado la crisis de falta de intimidad que atraviesa últimamente. Está serio, mirándome.

–¿Qué tal la entrevista? –me pregunta.

–Ufff, ni preguntes –me cojo la nariz como diciéndole “aquello apestaba, tío”, pero no el hace gracia.

Sigue serio. Veo junto a él un gorrito de Papá Noel. Es buena señal, el espíritu navideño ha llegado al apartamento y todo los malos rollos se irán por la chimenea (bueno, tenemos calefacción central).

–Ho, ho, ho –le digo imitando a Papá Noel.No se ríe.

Lo repito y le señalo el gorro. Sigue sin reírse.

–¿Y eso? –le pregunto con mi mejor sonrisa señalándole el gorro.

–Eso es tu nuevo uniforme de trabajo.

Ahora soy yo el que no se ríe.