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EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIX

Viernes, 15 Mayo 2009

¿Será que no me quiere?   

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He superado el ‘Sushigate’. Puede parecer una nimiedad, pero cambiar las costillas de cerdo en el jardín por sushi en una galería de arte puede significar una hecatombe cuando ya has cerrado todos los flecos, pagado adelantos, llevado invitaciones a imprenta… y perdido unos Ferragamo por el camino. La clienta para la que preparábamos la fiesta había tenido un cambio de humor radical y ya no quería una agradable soirée de jardín, sino que quería algo totalmente distinto, lo que para nosotros, los organizadores, significaban simplemente ‘pérdidas’. Yo sé tratar a estas socialités bipolares, me he criado entre ellas, así que sabía que la cuestión, la clave, estaba en averiguar de dónde partía ese cambio de opinión repentino. Como un experimentado loquero de la Gran Manzana, a los que he recurrido con asiduidad para mantener mi equilibrio emocional, empecé a aplicarle la terapia explorativa para llegar a la génesis del problema sin preguntar directamente. Después de media hora divagando por teléfono me comentó de pasada que una tal Roberta, amiga de la susodicha, le había contado que había estado en una presentación de una cruise collection de un joven diseñador de moda en una galería del SoHo, y que le había parecido fantástico, “con ese delicioso sushi”. ¡Ahí estaba la clave! Un comentario chic solo se contrarresta con una opinión ultrachic, así que le propuse tomar una copa para cerrar los detalles. Acordamos vernos en el Underbar del W Union Square. En cuanto colgué llamé a Puppy, le expliqué mi problema y me dijo que se dirigía ya hacia allá.

La clienta me esperaba en un sensual vestido rojo de Jason Wu, todas vestían Jason Wu desde Michelle Obama, aunque fueran republicanas. No se la veía nada mal a pesar de sus cincuenta y tantos años. Warren y yo nunca hablamos de la edad real de las damas, sino de la que aparentan dependiendo de quién es su cirujano plástico. Usábamos frases como “Christina está fantástica, no le echo más de 35 años-Suffolk”, o lo que era lo mismo, que el Dr. Suffolk hacía que una cincuentona nos pareciera apetecible como una treintañera. Cuando apareció Puppy simulando que era una casualidad me sentí aliviado, porque no dudaba de que mi plan funcionaría y porque la señora en cuestión no dejaba de sobarme mi pierna con sus Manolo Blahnick cual gata en celo.

—¿Qué tal, Puppy?, ¿conoces a Annette?

—Claro, ¿cómo estás, querida?, ¿qué hacéis aquí?, ¿conspirando?

—No estás muy alejada —le dije—, concretamente planificamos su próxima fiesta.

—¡Fiestas!, ¡me encantan las fiestas! —“lo sabemos Puppy, ve al grano y no sobreactues”, me dieron ganas de decirle—, ¿sabes?, estuve hace poco en una de esas deliciosas fiestas de jardín, ¡tan super! Y lo mejor fue que a la anfitriona se le ocurrió deleitarnos con maravillosas costillistas de cerdo en salsa. ¡Fue tan brutal!

—Chic —le dije alarmado por la palabra ‘brutal’ que no estaba en el guión planificado.

—Eso, chic, esa es la palabra que busco. ¡Fue tan chic!

Annette la miraba con la boca abierta, pero desde donde yo estaba no podía ver si se había tragado el anzuelo. Hasta que dijo…

—¡Dios! ¡Es justo lo que yo voy a hacer! Tienes que venir a mi fiesta, Puppy, mis costillitas serán mil veces mejores, ¿verdad, Rafael?

¡Bingo!   

*** 

Para cuando dejamos el bar eran las once, estaba molido. Lo había conseguido, había salvado la crisis, pero mis energías se habían ido en el intento. Puppy me acompañó a casa, a mi modesto apartamento que pronto dejaría en cuanto firmara los papeles de la pensión que papá iba a pasarme. En dos ocasiones me detuve en medio de la calle por una horrible sensación de sentirme observado. Puppy me tranquilizó, ella también pasó una época con manía persecutoria, allá por el 2007 que estaba muy de moda entre los asiduos al psicoanalista, pero se solucionó a bases de pastillas. Ahora estaba de moda los comportamientos TOC (trastorno obsesivo-compulsivo) desde que se sabe que Justin Timberlake los sufre, Puppy me enseñó sus pastis para su TOC.

La luz del contestador chispeaba. El mensaje era claro: “¡cabrito!”. Era Bel, le había dado plantón, pero seguro que comprendería que había sido por causa de fuerza mayor. La llamé.

—Bel, cariño. He tenido un día horrible.

—Siempre tienes un día horrible, Rafael. Y desde que salgo contigo también los tengo yo, por tu culpa. Estoy harta.

—¿No vas a escucharme siquiera?, me han atracado en Harlem, me han robado los zapatos —no dice nada, es buena señal, está dándome una oportunidad para explicarle—. Después llegué tarde a la cita con mi padre, pero había problemas con la fiesta que te dije que estaba organizando y tuve que irme volando. He estado luchando hasta ahora con la clienta para que no cambie los planes.

—¿Lo has conseguido?

—Sí, al final seguimos con el plan inicial, hubiera sido desastroso…

—¿Estos papeluchos qué son? —pregunta Puppy con los documentos que me ha dado papá en la mano.

—Bien, dile buenas noches de mi parte a Puppy —me dice Bel muy tranquila—, ahora me voy a trabajar, he cambiado el turno para no tener que pensar en el gilipollas egoísta que piensa que soy tan estúpida como para tragarme que ha tenido un mal día mientras está en su apartamento con su ex-novia. Lo malo es que casi lo consigues. Por favor, quema mi número de teléfono y olvida mi dirección, ¡te odio!

Me ha colgado. ¿Qué he hecho en mis vidas anteriores para que todo me salga mal en esta? Le haré caso, no la llamaré ni iré a su casa, pero no me ha dicho que me olvide de dónde trabaja, es un café público, no puede echarme, me tiene que escuchar.

—¿Dónde vas? —me dice Puppy cuando me ve coger la chaqueta.

—A salvar mi relación.

—Warren tiene razón, te has vuelto monotemático, siempre con tus crisis de pareja desde que está con esa camarera. Conmigo no tenías crisis.

—Contigo no tenía nada a lo que llamar ‘relación’.

—Tenías sexo.

—Qué superficial eres, Puppy.

—Sexo del bueno. ¿Te importa que me quede aquí?

—Haz lo que quieras, siempre lo haces —le digo saliendo a todo correr.

Definitivamente debo estar loco, no por pensar que puedo hacer que Bel se crea que todo ha sido de lo más inocente, sino porque sigo con esa sensación persecutoria. Un motivo más para reanudar mis sesiones con el psicólogo. Bel ha llegado antes que yo al café, se ha puesto su uniforme y está anotando pedidos. Cuando me ve no hace ni una mueca, simplemente me ignora.

—Bel, cariño, todo tiene una explicación —no responde—. Sé que siempre estoy con excusas y justificaciones, pero te prometo que si Puppy estaba conmigo es por una buena causa, era una pieza fundamental en el plan para capear la crisis con la clienta. No me he acostado con ella, ¡te lo juro! —sigue callada, ni siquiera me mira, va de un lado a otro repartiendo café y yo la sigo como un perrillo faldero—. Si no eres capaz de comprender que en este mundo no hay ninguna mujer que me interese, sólo tú, entonces no sé para qué me molesto.

—Eso digo yo —ha hablado—, ¿para qué te molestas?, ¿para estar siempre con esta tensión?, siempre disculpándote. ¡Si ni siquiera sabes por qué estoy enfadada!

—¿No? —¿no lo sé?—, ¿por qué estás enfadada?

—Precisamente por eso, porque no sabes nunca por qué estoy enfadada.

—Espera, eso no tiene sentido, eso es uno de esos trabalenguas femeninos que enmascaran un sinsentido. Estás enfada porque no sé por qué estás enfadada, pero en ese caso no hay razón para que estés enfadada, porque tu enfado es posterior a mi incomprensión a un enfado que se debe producir después mi incomprensión.

—¡¿Qué dices?!

—¡¡¡Que no lo entiendo!!!

—No hay nada que entender, Rafael. Porque no se puede entender que esto sea una relación a cuatro con Warren y Puppy de por medio. No se puede entender que pases más tiempo con tu ex que conmigo. No se puede entender que tu primer pensamiento ante una crisis sea llamarla a ella y olvidarte de llamarme a mí para anular la cita.

—Pero, Bel…

—¡No hay nada que comprender! Además estoy harta de jugar a ser tu conciencia, de atarte al lado bueno, quitarte esas locuras horribles que de pronto surgen en tu cabeza (y cuando no te las sugiere Warren), estoy harta de tener que evitar que desates tu maldad con los que te rodean.

—Bel, no digas eso, yo no soy mala persona, un poco alocado sí, pero nunca he hecho daño a nadie.

—Perdone, señor —me dice un señor gordo que está sentado justo detrás de donde estoy de pie discutiendo con Belinda.

—¡¡¿Qué?!! —le respondo bastante groseramente.

—¿Puede echarse un poco para allá?

—¿Le molesta que intente que la mujer maravillosa del mundo me perdone? ¿Le molestan nuestros gritos? ¿Le molesta que no me dé por vencido? ¿Es eso lo que le incomoda?

—No, es el caballero que le está apuntando con una pistola lo que me pone un poco nervioso.

De pronto me doy cuenta: todo el mundo en el café está escondido bajo la mesa, salvo Bel y yo que nos hemos aislado del mundo en nuestra discusión y el señor gordo que seguramente ve bastante difícil arrojarse al suelo dado su volumen. Vuelvo la cara y me enfrento a la realidad, el cañón de un revolver me apunta directamente a la cabeza. En situaciones así es difícil ver la cara que hay tras el revolver, y más si el personaje van tan desarrapado y lamentable como este. Con barba de una semana, la ropa sucia, el pelo desaliñado y mirada de loco. Enseguida reconozco a…

—Robert, ¿qué coño estás haciendo?