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EL CRACK (el serial) - Capítulo XXXI

Viernes, 29 Mayo 2009

¿Así que soy rico?   

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Pues sí, sin duda era rico. Habíamos analizado los papeles de arriba abajo, de delante a atrás, la letra grande y la pequeña… y sin lugar a dudas no se trataba de una broma o error. ¡Era rico! Los documentos que debía firmar eran ciertamente el compromiso de mi padre de pasarme una pensión vitalicia, sí, pero (ahí estaba la sorpresa) a cambio de toda una serie de acciones, participaciones y propiedades que en algún momento de mi vida habían sido transferidas a mi patrimonio particular (que yo creía inexistente). Todos me preguntaban que en qué momento había recibido todo aquello y se negaban a creer que no tuviera ni la más pajolera idea.

Sobre las cuatro de la mañana empecé a tener pequeños flashbacks. Comencé a recordar cómo en cada visita que papá hacía a mi sucursal traía una pila de documentos que me hacía firmar en su presencia, como si fuera algo rutinario. Nunca leí ningún papel, me limitaba a estampar mi rubrica. ¡Era mi padre, no iba a querer mi mal! (Y ciertamente no me hizo ningún mal, sólo me enriqueció sustancialmente mientras yo lo ignoraba). Y tal como me había dado todo aquello ahora pretendía quitármelo. ¡Por eso había tantos abogados en la reunión que insistían que firmara en aquel preciso momento y que no me llevara los papeles! No querían que los leyera. Todos esos abogados del Club Yale no estaban allí por el acuerdo de divorcio de mi madre, o al menos no sólo por eso, ¡estaban por mí!

—¿De veras que no sabías nada? —me preguntaba incrédula Belinda.

—Ni idea.

—Pero al pagar los impuestos…

—Nunca me he ocupado de eso, Bel. Todos mis asuntos burocráticos los llevaban desde la empresa. Jamás he visto una declaración de renta, por lo que a mí se refiere no sé siquiera si he pagado alguna en mi vida.

—No lo entiendo —apostilló Warren—, si intentaban colártela ¿cómo es que han dejado que te traigas los papeles y no te han hecho firmarlos allí mismo?

¡Ahí está la cuestión! Los abogados estaban dispuestos a matar si era preciso con tal de que los documentos no salieran de sus manos. Fue mi padre el que les ordenó que dejaran que me los llevara porque estaba seguro de que no los leería. Me cree tan descerebrado y perezoso como para no repasar los papeles antes de firmarlos. Y lo más triste es que estaba en lo cierto. Si no hubiera dejado a Puppy sola con los documentos durante horas yo nunca los hubiera leído.

—¿Pero para qué cederte todo este patrimonio para después simplemente quitártelo? —dijo Bel.

¿Para qué? Piensa, ¿qué no encaja de esta historia? ¡Ajá!

—¿Dónde vas, Rafe? Son las cuatro de la mañana —escuché a Warren gritarme mientras salía corriendo de mi apartamento.   

***

Eran las seis de la mañana cuando regresé. Todos estaban dormidos en el sofá, unos encima de otros. Estaba agotado y cabreado, aletargado por el continuo estrés de las últimas veinticuatro horas. Me puse a hacer café, necesitaba despejarme, desafortunadamente no tenía ni idea de cómo funcionaba aquel cacharro. Estaba a punto de estrellarlo cuando las manos de Bel me quitaron la cafetera de las manos. La desenroscó y la cargó de café molido.

—¿Tienes café y no sabes usar la cafetera? —me dijo con una sonrisa tierna.

—No es mío. Ni la cafetera ni el café, no sé ni siquiera si está caducado o no. Todo estaba ya aquí cuando alquilé el apartamento.

—¿Qué vas a hacer? —me dijo tras una pausa tensa.

—No lo sé.

—No te puedes quedar con todo eso, no te pertenece.

—Legalmente sí. En España hay un refrán que dice que “el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Mi padre me ha manipulado, quizás debería recibir un poco de su propia medicina.

—El rencor no es buen consejero.

—¿Tanto te defraudaría que me quedara con todo eso?

—Me defraudaría que fueras avaricioso y codicioso, porque no es ese el hombre del que me enamoré.

Respiré hondo. En mi vida jamás había tenido claro qué era aquello de ‘hacer lo correcto’. Siempre me había dejado llevar por mis impulsos y había satisfecho mis deseos sin preocuparme de las implicaciones. Ahora me debatía moralmente y eso era síntoma de que no era el mismo Rafael Ridao de hace meses, algo había cambiado en mí. Me moría de ganas de desplumar a mi padre y quedarme con todo, vivir como un maharajá y sentir mis ansias de venganza saciadas. Pero por otro lado se había despertado en mí cierta necesidad constructiva, de hacer algo útil, y sobre todo ser mejor persona.

—He tomado una decisión —le dije a Bel—, y necesito que confíes en mí.

Cerro los ojos como enfrentándose a un gran sacrificio y asintió con la cabeza. En mi fuero interno yo sabía que era una confianza provisional, a la espera de ver el signo de mi decisión, pero estaba seguro de que no la defraudaría a pesar de no ser la decisión más ética tomada en mi vida. Enseguida pegué un grito que despertó a toda la casa y le ordené a Warren que se espabilara, que teníamos mucho que hacer antes de la reunión con mi padre.   

*** 

Vi llegar el coche de papá desde la ventana. Lo había llamado bien temprano y lo había citado a primera hora de la tarde para darle los papeles. No entendía por qué le había citado en un edificio de oficinas de la séptima avenida. Era un espacio diáfano, de paredes blancas y grandes ventanales. Elegante y minimalista pero con cierto sabor retro. Me encantaba. Suelo de parquet. Escuchaba mis propios pasos mientras deambulaba esperando la llegada de papá, y allí estaba ya, subiendo el ascensor.

Llegó con su cara de “no me hagas perder el tiempo” pero yo estaba preparado. Lo había ensayado mil veces en mi cabeza.

—¿Por qué me has citado aquí? —me soltó a bocajarro, ni “hola, hijo”, ni ningún otro formalismo.

—Estoy viendo oficinas y quería tu opinión. ¿Qué te parece?

—Oficinas para qué —me dijo suspicaz.

—Creo que voy a montar un negocio. No, no te preocupes, no voy a volver a las finanzas, ya tengo claro que no es lo mío. Últimamente he descubierto que se me dan bien las relaciones públicas y la organización de eventos. He pensado que ahora que mi amigo Warren está sin empleo quizá podríamos establecernos por nuestra cuenta. ¿Qué te parece?

—Bien, bien…

—Tendremos que pedir un préstamo para ponerlo en marcha, ¿pero para qué tiene uno a un padre banquero, no?, no creo que haya problemas en pedirte un préstamo, ¿verdad?—Claro, claro, lo estudiaremos… ¿Y los papeles? Tengo un poco de prisa.

—En la ventana —le señalé el alfeizar de uno de los ventanales. La oficina estaba vacía, lista para alquilar, totalmente desamueblada, el poyete de la venta era el único sitio donde había podido dejar la carpeta. Mi padre dio dos zancadas y se hizo con la carpeta.

—No están firmados.

—¿No? —dije con sorpresa fingida—, espera, qué torpe, tienes un boli.Claro que tenía un boli. Me lo extendió e hice el amago de firmar pero me detuve en el último momento.

—¿Sabes? Acabo de recordar que no había firmado los papeles… porque no pienso firmarlos.

—¡¿Qué?! —su cara se descompuso.

—Es que da la casualidad que los he leído y he llegado a la conclusión de que 3000 dólares al mes es mucho menos de lo que renta todo este patrimonio que quieres que te traspase.

—Chantaje —me espetó rechinando los dientes.

—Que palabra más fea. Pero la prefiero a estafa, evasión de capitales, o más concretamente… ¿cómo es el término que se usa en España?, levantamiento de bienes.

—¿Qué quieres? —por fin salió a flote el mítico Rafael Ridao, hombre de negocios ante todo. En su rostro se veía que estaba calculando como minimizar daños.

—No te preocupes papá, no quiero quedarme con todo lo que me habías “regalado”. Digamos que vamos a firmar un acuerdo que he redactado yo. Tómatelo por un juego. Podrás recuperar tu patrimonio poco a poco pero con mis reglas.

—¿Y si no estoy dispuesto?

—Entonces tendré que quedarme con todo y tomar las riendas de tu maravilloso imperio financiero.

—No tienes acciones suficientes para tomar decisiones, nunca podrías arrebatarme el control.

—¿Yo sólo?, claro que no, pero no estoy sólo.

No puedo decir que fuera una entrada magistral improvisada, porque lo habíamos ensayado hasta la extenuación. Unos tacones sonaron en el umbral de la oficina y una silueta forrada de Chanel entró en escena.

—Mamá, pasa. Precisamente estaba hablando de ti. Le estaba diciendo a papá que con las acciones que te corresponden por el divorcio más las que él tan generosamente me ha cedido podríamos quedarnos con el control de todo.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXX

Viernes, 22 Mayo 2009

Dispara, sí, pero no manches   

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—¡Imagina, tío! —le digo a Warren con todo el entusiasmo que mi adrenalina me proporciona—, allí estaba yo, encañonado directamente entre ojo y ojo, firme como el acero, desafiante.

—¡Ejem! —tose Bel detrás de mí—, perdona, un segundo, a ver… O cuentas las cosas de forma medianamente creíble o tendré que contarlo yo, ¿recuerdas?, yo también estaba allí.   

***

Nunca en mi vida había experimentado nada igual, mi cuerpo me pedía desmayarme, pero el terror me hacía permanecer inmovilizado. El loco de Robert (con pinta de desquiciado), por alguna razón achacaba su despido y caída en desgracia a mí. Capital Investors se habían encargado no sólo de ponerlo de patitas en la calle sino de que no consiguiera trabajo tras la debacle de la fiesta en el American Museum of Natural History. Bueno, sí, fui yo el que lo preparé todo para que Robert provocara por accidente el apagón, pero el incendio posterior fue un daño colateral no planificado. Además se lo merecía por déspota, trepa y traidor. Aunque no podía exponerle mi punto de vista mientras tuviera un arma con que apuntarme a la cabeza, ya que tengo la mala costumbre de no discutir con gente armada.

—Me has arruinado la vida —me escupió—, me has hundido, no te bastó con tenerme pisoteado mientras eras mi jefe, mientras que yo me afanaba por cubrir tus errores, sacarte de los líos en que te metías…

—Eres un trepa —ahí me envalentoné— y un envidioso. A ver, ¿cuándo me has sacado de un lío?

—¿Aquella vez que conseguí que te soltaran de los calabozos de madrugada por agredir a la seguridad del aeropuerto?

—¡Ya sabía yo que ibas a salir con eso! ¡Tú sabías que era un directivo fantasma, que no pintaba nada, y me mantuviste en el engaño!

—Te preparaba todas las mañanas la mesa para que te pusieras al corriente, pero preferías pasar cada día del club a los almuerzos con starlettes descerebradas y modelos autistas. Te prometo que no te hubiera sido muy difícil darte cuenta de la situación con que hubieras trabajado de verdad un solo día de tu vida. Cubría tu incompetencia, excusaba todas las citas de trabajo a las que no comparecías, rellenaba memorandos que se suponía tenías que redactar tú y que pasaban días en la bandeja de entrada de tu ordenador sin que ni siquiera abrieras la cuenta de correo. ¡¿Y qué recibo a cambio?! El encono de un  psicópata que no ha parado hasta que me han despedido e introducido en no-sé-qué lista negra que me cierra todas las puertas. ¡Estoy desesperado!

—No, estás loco —le respondo flemático. He comprendido rápidamente que si viniera a matarme ya lo hubiera hecho, no me hubiera soltado el discurso.

—Los locos hacen locuras.

—Y los tontos tonterías, ¿quién era tu madre, la madre de Forrest Gump? ¡Qué suerte tener dos hijos subnormales!

—Tío, tienes pelotas —escucho a mis espaldas decir a un cliente del café.

—Tengo las que les falta a este —respondo sin perder de vista a Robert, la pistola sigue estando ahí después de todo.

Una sombra de desconcierto cruza su rostro. ¿Qué pretendía?, ¿verme de rodillas suplicando por mi vida? Pues no le había salido el plan bien, ¿y ahora qué?, ¿me tendría que matar?, ¿era ese su plan B? Era obvio que esa alternativa no había cruzado por su mente. Pero algo tenía que hacer. Estoy seguro que estaba pensando “esto hay que rematarlo de alguna manera o quedaré como un auténtico idiota”. Así que optó por una solución digna pero absolutamente estúpida y predecible: se metió el cañón del revolver en la boca. Bel soltó un grito, lo que me molestó en extremo ya que mientras que mi vida era la amenazada había permanecido absolutamente callada, pero cuando Robert amagó con el suicidio se descompuso. “¡Haz algo, Rafe!” me dijo. Así que hice lo único que podía hacer para que ese loco no esparciera sus sesos por toda la cafetería, me fui hacia él, lo cogí del brazo y lo arrastré hasta la calle. Lo lancé a medio de la acera de un empujón y cerré la puerta del local tras de mí. La gente aplaudió, se levantaron del suelo y siguieron disfrutando de su pedido, algunos clientes se quejaron de que el café se había enfriado. ¿Qué quieren? ¡Esto es Nueva York!

—¡¿Pero qué has hecho?! —no comprendía por qué me gritaba ahora Belinda.

—Pues sacarlo de local, evitar que se suicidara aquí, ¿no es lo que querías?

—¡Quería que evitaras que se suicidara!… Aquí, afuera o donde sea. No que lo sacaras del local y le dejaras el arma para que cometa una locura en la esquina.

—Si lo hace en la esquina ya no es asunto nuestro, eso ya es problema de… del departamento de policía, de salud pública o el departamento de limpieza, ¡yo que sé qué organismo es responsable de la gente que esparce sus sesos en la calle!

—Eres el ser más insensible que conozco, Rafael Ridao. No sólo le causas la ruina a ese pobre hombre por un extraño sentido del agravio que te has montado en su cabeza, sino que eres capaz de dejar que se suicide sin levantar un dedo por evitarlo. Cuando entró estabas diciendo que no habías hecho nunca daño a nadie, pues yo creo que eres un ser malvado.

Empezaba a estar furioso. Apreté los puños, me giré y salí del restaurante. En menos de dos minutos estaba de vuelta. Le tendí la pistola de Robert a Belinda y le dije:

—¡Ya está! Ya no puede suicidarse. Estaba ahí fuera todavía, con la pistola en la boca. Si hubiera querido suicidarse de veras lo hubiera hecho hace rato. Pero si te quedas más tranquila aquí tienes. Sin pistola no hay suicidio.

Belinda hizo un gesto de desesperación y salió ella misma del restaurante en busca del suicida que no terminaba de suicidarse. No comprendo a las mujeres, ¡qué más le da a ella que ese tío se tire bajo un coche o se arroje de un rascacielos! El móvil de Puppy, que yo había cogido porque había perdido el mío, empezó a zumbar dentro de mi chaqueta, era Warren.

—Rafe, ¡menos mal! He llamado a tu casa y Puppy me ha dicho que llevabas su móvil. Voy camino de tu casa, vete para allá y no te muevas de allí, Robert te está buscando para matarte —¡a buenas horas viene con el aviso!—, está mañana apareció en mi apartamento para preguntar dónde vives, me hice el loco, le dije que habías cambiado de domicilio un centenar de veces en las últimas semanas. Así que me hizo decirle dónde trabajabas.

—Y se lo dijiste —así que esa sensación de constante vigilancia de las últimas horas había sido Robert siguiéndome por toda la ciudad.

—¡Tío, tenía una pistola!

—Gracias, Warren, muchas gracias, de veras, ¿con amigos como tú quién necesita enemigos? Un momento, ¿cuándo dices que apareció en tu apartamento?

—Esta mañana, a eso de las siete y cuarto —miré mi reloj, eran casi las doce y media de la noche.

—¿No crees que me lo podrías haber dicho antes?

—Es que hoy he estado muy liado y no me he acordado hasta ahora.

Es increíble. Es absolutamente increíble que olvidara que andaba buscándome un psicópata homicida… ¡Quince horas! ¡Quince horas para recordar algo tan vital!   

*** 

Y así es como hemos terminado todos en mi apartamento. Bel ha insistido en traer a Robert y meterlo en mi cama para que descanse después del episodio homicida. Dice que es lo menos que puedo hacer por haber arruinado la vida de ese hombre ¡No es para tanto!

Warren llegó al apartamento poco antes que nosotros, Puppy ya le había abierto la puerta. No hemos comentado aún su desliz y redefinido el concepto de amistad que nos une. Belinda está agotada por el estrés de la noche y parece haber olvidado que me había dejado, ¡bien! Puppy no ha abierto el pico durante todo el relato, y no porque estuviera cautivada con la historia, de hecho parece no haber escuchado nada, está absorta en el legajo de papeluchos que mi padre me dio para firmar para lo de la pensión. Debe resultarle fascinante porque incluso lleva puesta las gafas de leer que no usa nunca, ni a solas, sólo las saca para ojear el Vogue París. Dice que todavía no se ha escrito nada lo suficientemente sublime que justifique que se la vea con gafas. Pues parece que los papeles la han cautivado. 

—¿Tú qué dices, Puppy? —le pregunto.

—Que no lo entiendo.

—No hay nada que entender, Robert está loco y punto.

—¿Quién es Robert?

—¿Entonces qué no entiendes?

—¿Por qué te obstinas en vivir es este apestoso apartamento cuando eres inmensamente rico?

—Otra vez se te ha subido la laca de uñas de Yves Saint Laurent al cerebro, querida. ¿No recuerdas que papá me cortó el grifo hace meses? Perdonadla —digo condescendiente a los otros— pero está un poco senil.

—Idiota. No hablo de la fortuna de tu padre, sino de la tuya.

—Yo no tengo nada, querida.

—¡Anda que no!

—¿Eso quién lo dice?

—Pues lo dice aquí, y bien clarito, rico, rico, rico, pero que muy rico —y me enseña los papeles de papá.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIII

Viernes, 27 Marzo 2009

El fin del paraiso 

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¡Qué maravilla es no ser más un fugitivo de la ley! Mentiría si dijera que no echo de menos las playas salvajes de Sibaúma, los masajes tailandeses, las maravillosas ostras, la espléndida carta de almohadas del resort… pero el ser un fugitivo estresa. Sobre todo cuando Puppy está alrededor y decide montar una fiesta. ¿Qué diferencia hay entre una fiesta para millonarios de Puppy y la más salvaje y descontrolada fiesta universitaria en casa de los ausentes padres de un novato de la fraternidad? Que en la fiesta de Puppy los invitados llegan en helicóptero, por lo demás es exactamente igual. Al principio planeaba celebrarla en la piscina pero los no-invitados, y sin embargo asistentes, se habían multiplicado exponencialmente, así que la idea se trasladó a la playa. 

Intenté convencer a Warren para que se uniera a la fiesta: 

–¡Pero estás loco! ¡Mira toda esa gente! ¡Todos me conocen! –me gritaba histérico– ¿Cuánto crees que tardarían en delatarme? La mitad de ellos son financieros con potenciales escándalos que están deseando tener algo con lo que negociar con la justicia cuando los pillen. Delatar a un fugitivo sería perfecto para rebajar sus condenas y no entrar en la cárcel.

–No seas paranoico –está al borde de la locura, creo que es el momento de decirle que la justicia americana no lo busca.

–¡Qué no sea paranoico, dice!

–Waren…

–¡¿Qué?! ¡¡¿Qué?!! ¡¡¡¡¿Qué?!!!!

–Nada. 

Eran las cinco de la mañana cuando volví a la habitación. Era el vivo retrato de un desquiciado, con los ojos inyectados en sangre, mirando tras las persianas, con un cenicero lleno de colillas a sus pies. Aquello no era sano. Lo convencí para bajar un rato, respirar aire fresco y sentir el contacto humano. El argumento que lo convenció es que era de madrugada y todos los gatos eran pardos a esas horas, y aunque estuviera el sol en su plenitud, ya todos estaban tan borrachos que les costaba distinguir entre Scarlett Johansson y Mick Jagger (ambos asistentes a la fiesta). 

*** 

–¿No ves cómo yo tenía razón? 

Estábamos sentados en la playa con el suave aroma del mar azotando nuestros rostros y observando el plácido vaivén de las olas que se extendía tras un chaco de vómitos etílicos que había a nuestros pies. Warren parecía más humano, más relajado, nadie lo iba a recono… 

–¡Ey, Warren! ¿Dónde te has metido esta última semana? –¡Oh, Dios!, ¿quién es este ahora? A Warren le estaba empezando a dar un ataque de ansiedad al encontrarte con alguien conocido–. Jo, tío, vaya la que tenéis liada en tu empresa. Seguro que os quitan las primas de este año por culpa del cabrón ese que ha defraudado…

–Lo siento, tío –le digo al desconocido (para mí)–, pero ya nos íbamos.

–¿Quién ha defraudado? –le pregunta Warren deteniéndome en mi intento de ponerme de pie.

–¿Quién a va a ser? El tío ese que ha aparecido en todos los periódicos, el jefe contable, ¿cómo se llama? No pongas esa cara, tío, con la movida que habéis tenido en la empresa. Menos mal que se ha recuperado casi todo el dinero. Venga, confiesa, cabroncete, seguro que había algún otro jefazo implicado y le han cargado todo el muerto al de contabilidad.

–No tengo ni idea de lo que me hablas –le dice muy despacito mientras me mira a mí pidiendo una explicación.

–Vale, vale, ya veo. Pacto de silencio en la empresa. Pero, tío, yo soy colega, y de aquí no va a salir. Además ya se ha cerrado la investigación, ¿qué más da?

–¿Qué se ha cerrado la investigación? ¿Y dices que ha salido en todos los periódicos? Rafe, amigo mío, ¿es posible que a los periódicos que me subías a la habitación le faltaran páginas por casualidad?

–Bueno… esto… es que no quería amargarte las vacaciones con noticias del trabajo. Pero mañana nos volvíamos a Nueva York, ¿no te lo había dicho?, tengo los billetes, y te lo iba a contar todo…

–¿Concretamente cuándo me lo ibas a contar? ¿Cuándo estuviera subido en el avión o cuando estuviese ingresado en el manicomio? 

‘Ironía’, eso está bien, la ironía es un arma inteligente de gente no agresiva. 

*** 

Reunión en la sede Capital Investors, antes Riado-Blackman, actual feudo de mi archi-traidor-ex-asistente Robert. 

–Señor Ridao, lo esperan en… –la secretaria está entrenada para no decir nada, pero en su mirada le veo las ganas de preguntar–. Le esperan en la sala de reuniones. 

Las miradas me siguen mientras atravieso la oficina. “Debe mirarse eso” me dice un gilipollas que se me cruza, ¡como si no me lo hubiera visto ya en el espejo esta mañana! Entro sin llamar a la sala de reuniones, me niego a pedirle permiso al sátrapa traidor de Robert. 

De todas formas no estaba. Mientras llega me sirvo una taza de café. 

–Buenos días, Rafael, perdo… ¡Vaya ojo! ¿Te lo ha mirado el médico?

–Uno, no me caes bien, por lo que cíñete a lo profesional, traidor. Dos, al próximo que haga un comentario sobre mi ojo morado le arranco la cabeza. Y tres, el café de esta empresa es una mierda –digo escupiéndolo en el suelo, así marco el territorio y dejo claro que no estoy allí por placer. 

Evidentemente Warren no se conformó con la ironía a la hora de constatar que no le había sentado bien que lo tuviera engañado una semana pensando que la espada de Damocles de la justicia pendía sobre su cabeza sólo porque yo quería pasar unas vacaciones de lujo a costa de Puppy. Después de que el médico del complejo turístico me atendiera, trate de explicarle a Warren que no era mi intención torturarlo, que lo llevé allí con toda mi buena intención, para ayudarlo, aunque después se complicaran las cosas. A lo que respondió: 

–Claro que sé que lo hiciste con buena intención, ¿por qué crees que sólo tienes un ojo morado, una patada en los testículos y sólo una costilla rota? 

*** 

A Robert no le agradó la idea que le presenté para la presentación del fondo de inversión de valores ecológicos. Mi idea era fletar un avión y llevarnos a los posibles suscriptores a una aldea de aborígenes en medio del Amazonas. 

–Eso dispara el presupuesto, Rafael.

–La idea es que conozcan esas comunidades que viven en el primitivismo, los que más se benefician por las actuaciones ecologistas.

–Pero fletar aviones no es viable. ¿No tienes algo más… cercano?

–¿Aborígenes más cercanos? Claro –dije irónico– siempre podemos hacer la presentación en una comunidad Amish, allí no conocen ni el Internet.

–Me refiero a otro enfoque. Algo más convencional. Fiesta elegante, con clase, con el presidente dando su discurso de presentación. Ya sabes, lo normal.

–Para montar “lo normal” no me necesitáis. Está bien, a ver esto: una fiesta en el Museo de Historia Natural. El mensaje sería, si el hombre primitivo hubiera invertido en este fondo ecológico los dinosaurios no hubieran desaparecido.

–A parte de que el homo sapiens no coincidió con los dinosaurios y que el hombre primitivo no tenía sistema financiero ni fondos de inversión, no creo que sea mala idea. Adelante.

–Está bien, me pongo en marcha y hago un presupuesto. Y por favor, Robert –le digo en plan condescendiente–, no vayas por ahí diciendo memeces porque te pones en evidencia, claro que el hombre prehistórico coincidió con los dinosaurios, ¿no has visto las películas? 

¡Bien, mi primera fiesta profesional para seres humanos vivos!

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXII

Viernes, 20 Marzo 2009

Prófugos desprofugados 

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Puppy se ha montado una corte en toda regla. No creo que ni Maria Antonieta ni Catalina de Aragón tuvieran nunca tanto séquito a su alrededor como esta pobre niña rica de Park Avenue: masajista, monitor de fitness, pedicura, manicura, dermatólogo, asistente personal, gigoló… bueno, en verdad son relaciones públicas del hotel, dos, que se van turnando para tenerla entretenida y que gaste, gaste y gaste… en España teníamos algo parecido en las pelis de Alfredo Landa y Lina Morgan, las chicas de whiskería que iban al descorche pero que después eran muy decentes como para acostarse con los clientes. Pero aquí en Brasil no sé qué palabra hay en portugués para ‘decencia’, ni creo que los ‘relaciones públicas’ encomendados a Puppy conozcan el concepto, porque van en micro speedo, totalmente bronceados, con dientes que parecen blanqueados mediante láser y no creo que estén programados para negarle NADA a una clienta tipo “Ms. Manirrota”. 

–Esto no es ser discreto –me dice Warren mirando a Puppy en la piscina desde la ventana de su habitación. 

Lleva encerrado en su suite desde que llegamos y me preocupa. Tiene manía persecutoria. Sí, vale, seguramente le busque el Gobierno de los Estados Unidos para enchironarlo, pero no es para que te obsesiones con una cosa así. ¡Por Dios, que estamos en un paraíso paradisíaco! (Espera, eso es redundante). Ya sé que Puppy ha convertido el resort en su harén particular, pero llamar la atención tampoco es tan malo. ¿No dicen que el mejor sitio para ocultar algo es a simple vista? ¿Quién se va a imaginas que hay un prófugo de la justicia en medio de este aquelarre de lujo, masajes y baños de sol? 

–Tío, deberías bajar a la piscina, tomar un poco el sol, no es sano enclaustrarte en la habitación, por muy de lujo que sea, y pasarte el día oteando por la ventana como Steve McQueen en la Ventana Indiscreta de Kubrick.

–James Stewart.

–¿Qué?

–Que la Ventana Indiscreta es de James Stewart.

–¿James Stewart dirigía películas?

–No, el director era Hitchcock, Stewart la protagonizó.

–¡Ah, sí, de Kubrick era la Ventana Mecánica!

–¡¡La Naranja Mecánica, memo!!

–Pues a mí me gustó más la versión de McQueen que la de James Stewart. 

Warren me ha echado de su habitación. Esto no está resultando tan divertido como cuando me imaginé fugándome de la justicia con él. Yo esperaba algo más como dos solteros atractivos en una playa de Rio tomando el sol, con bigotes falsos para despistar, y rodeado de brasileñas de culitos prietos. Tener a un paranoico parapetado en una habitación de un resort de lujo y una ninfomaníaca millonaria acaparando a todo el servicio del hotel no es mi idea de un entorno ideal.  

Llamo a Belinda por teléfono pero no hay nadie en su apartamento. Me siento triste. Llamo a Ayako a ver cómo se la maneja sin mí y me contesta un tal Clive que afirma ser su asistente. ¿Para qué necesitará mi asistente un asisten…? ¡Un momento! ¡Pequeña bruja traidora! Le ha faltado poco tiempo a la pérfida asiática para hacerse con mi puesto. Empiezo a pensar que me precipité en mi fuga del país. Debería haberme quedado a defender el fuerte. ¡Ay, Dios, cómo me jode! No, no puedo decirlo…. Pero “mamá tenía razón”. Le dedico una llamada a Ron Akran para saber si sigue en pie mi colaboración como freelance en su firma de organización de eventos. 

–¡Hombre, Ron! ¿Qué tal?… Yo muy bien, pasando unos días de relax fuera del país. Precisamente te llamaba para saber qué día tenía que reunirme con los de Capital Investors para planifi… ¿Cómo? ¿Qué te hizo pensar que no estaba interesado?… No, no, creo que ha habido un error, Ron, en España, de donde yo soy, “que se metan su puto encargo por el culo” es una expresión de júbilo, de estar muy contento… Sí, ha sido un error, a veces mis raíces latinas me juegan malas pasadas con el lenguaje… Que sí, que sí, estoy interesadísimo, me tienes a tu disposición… Ya me ocupo yo de cerrarlo, no te preocupes. 

Trabajar codo con codo con Robert (mi ex-asistente) está en mi lista de prioridades justo debajo de que me extirpen un testículo usando un boli BIC como bisturí, y por encima de verme otra vez en la indigencia más absoluta. Como no puedo soltar este tren laboral que he cogido, y puesto que si vuelvo al negocio mortuorio tendré primero que matar a Ayako, no me queda otra que apechugar y ser profesional y tragar con Robert. ¿Por qué tengo tan mala suerte con mis asistentes? ¡Todos me traicionan! ¡Con lo bien que los trato! Les doy trabajo, una identidad… estamos de acuerdo, no les pago y les exijo demasiado, pero es por su bien. (Nota: A Ayako la mataré de todas formas, por simple placer, no puedo con las traidoras, dejé vivo a Robert y he sentado un mal precedente.) 

Llamo a Robert (con desdén) y cierro una cita para empezar a planificar el evento de Capital Investors y quedamos en vernos a principio de la próxima semana. Me duele mucho tener que abandonar a Warren en su desgracia, pero la vida real continúa y yo tengo que volver a Nueva York, mientras tanto disfrutaré de la maravillosa vida de prófugo que nos está brindando el fondo fiduciario de Puppy.  

Puppy ha montado una pequeña fiesta para la que va a venir un selecto grupo de gente desde Nueva York este fin de semana, unos cien invitados. En la cara del director del resort se ve el símbolo del dólar marcado, está encantado con Puppy, así que le ha puesto otro PR/gigoló más a su disposición. Compro algunas revistas y periódicos, porque no todo va a ser tomar el sol y beber cóctel tras cóctel. Las revistas me las quedo, los periódicos se los voy a subir a Warren, pero se me caen al suelo y el destino quiere que se desprenda la página en la que hablan del escándalo de la compañía de Warren. Lo ojeo por encima. ¡Oh, Dios mío! 

*** 

Por fin logro hablar con Belinda: le digo que la quiero, que la quiero, que lo estoy pasando muy mal (mientras una guapa mulata me sirve otra copa) y que la echo de menos. Pero vayamos al grano: ¿qué está pasando con el caso Warren?, el periódico era muy escueto. 

–Han detenido al director de la firma, que era el que estaba desviando fondos y maquillándolo con la contabilidad.

–¿Entonces Warren no está siendo buscado?

–¿Por qué?

–Por desfalco.

–Que yo sepa, no, la estafa está en la cúpula de la organización. 

¡Uy, empiezo a pensar que me precipité al sugerir una fuga del país! La culpa es de Warren por dejarse llevar por el pánico y hacerme caso, sabiendo que mis ideas no suelen ser muy sensatas. Pero me alegro mucho, cuando sepa que no está acusado ni buscado dejará de ser el zombi que es ahora. El miedo lo está consumiendo, es una sombra del hombre que era. ¡¡Quién iba a imaginar que decía la verdad cuando afirmaba su inocencia!! De todas formas no se lo diré hasta después de la fiesta de Puppy porque seguro que se quiere volver enseguida a los EEUU y me chafaría la diversión. 

EL CRACK (el serial) - Capítulo XVIII

Viernes, 13 Febrero 2009

De nuevo en la cresta de la ola 

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Soy la nueva estrella de la ciudad. El ‘It Boy’ del momento, como me va a definir Vogue en su edición de abril. Vuelvo a brillar más que nunca. Si antes era un prometedor financiero que alternaba con bellas modelos y ricas socialités, ahora soy un “brillante organizador de eventos que le ha dado al negocio funerario un nuevo halo de exclusividad y buen gusto”. Es la enésima vez que releo la frase esta de la reseña que el WWD me dedica hoy. Tomo un sorbo de mi café, sentado en la mejor mesa de Chez Le Chef, y releo una vez más el artículo que me han dedicado, y donde salgo enfundado en un rayado traje oscuro de Dior Homme diseñado por Kris Van Assche (el último que pude comprar con la tarjeta de la empresa antes de que papá me despidiera) tomando una copa con una imponente Wendi Murdoch (esposa de Rupert, que me preguntaba si estaría dispuesto a organizar el próximo año su 41 cumpleaños). Si no fuera por el texto nadie diría que se trata de un funeral. Una belleza rubia sentada dos mesas más allá no me pierde ojo. La he pillado y le he dedicado una de mis sonrisas patentadas. Cuando pido la cuenta se decide y se acerca a mi mesa. “Me preguntaba si me pudiera usted dar un autógrafo” me dice tendiéndome un ejemplar del WWD como el que llevo leyendo toda la mañana. Decididamente soy la nueva sensación de la ciudad. 

*** 

Puppy hizo perfectamente su papel. Todo Park Avenue se había congregado en el funeral de Edgard de Falco. El nombre se nos había ocurrido en un brainstorming de última de hora. Yo quería un toque latino, de ahí lo de ‘de Falco’ que sonaba como a italiano y a rancia nobleza, mientras que Warren apostaba por un toque British y así surgió lo de ‘Edgard’. Ayako propuso nombres orientales, pero 1) el fiambre tenía de oriental lo que yo de padre de familia de suburbio barato que compra su ropa en tiendas de superdescuentos, o sea, nada, y 2) nadie de Park Avenue iría al funeral de un asiático a menos que fuera acreditadamente millonario y tuviera fuertes lazos comerciales con los esposos de las Parkavenuettes (incluso si es así siempre buscan excusas creíbles para no ir a eventos de asiáticos, hispanos o irlandeses). 

Ayako y yo íbamos pertrechados por intercomunicadores con Bluetooth para estar siempre enlazados. Ella se ocupaba de ir situando a la gente en sus asientos: prensa a la derecha, personalidades a la izquierda, celebridades en el frontrow… Puppy ejercía de anfitriona y recibía el pésame de los invitados, ya que nadie tenía realmente certeza de quién era el tal De Falco ni qué familiares del difunto estaban presentes. Lo único cierto es que el rumor de que un potentado había muerto y que su funeral era el sitio justo donde dejarse ver se había extendido como la pólvora. Puppy es experta en eso. Basta con que diga que tal peluquero hace las mejores mechas de la ciudad para que su libro de reservas se cope hasta 2021.  

A todo el mundo le encantó la somera ceremonia de adiós, las concisas y sentidas palabras de Puppy en su Balenciaga de estreno, y lo rápidamente que dejamos el desagradable ritual funerario para pasar al salón contiguo donde un ágape chic estaba dispuesto al son de un ameno, pero respetuoso, cuarteto de cuerda que estimulaba que los invitados se mezclasen y se divirtieran (moderadamente… era un funeral). 

Mr. Traill regresó cuando la fiesta estaba en su apogeo. Llegó temprano como de costumbre pero no le dejé entrar. Me dijo que cómo me atrevía a negarle la entrada a su negocio, a lo que le respondí que podía ser su negocio, sí, pero que a un evento mío no entraba nadie con un traje de poliéster. Le sugerí que se acercara a Lord & Taylor y se hiciera con un buen traje de Hart Schaffner Marx, que no eran especialmente caros y se habían puesto muy de moda gracias al nuevo Presidente. Viendo mi determinación a no dejarle pasar, y siempre refunfuñando, decidió hacerme caso. Cuando volvió se quedó helado de ver la enorme convocatoria que habíamos tenido. Disfrutó unos instantes de la animación y se retiró a su despacho. 

Lo más curioso era el escuchar lo que la gente decía cuando se acercaba al féretro. “Pobre Eddy, si parece que fue ayer cuando lo vimos tan lleno de vida” exclamó una señora ultradelgada cuyo marido ha cobrado un jugoso dividendo mientras el banco que dirige ha tenido que ser rescatado por el Gobierno. Warren y yo nos miramos y pusimos cara de perplejidad. Aquello empezaba a ser una experiencia de histeria colectiva. Todo el mundo parecía conocer a De Falco muy de cerca, y no precisamente de haberlo visto rebuscando en la basura rodeado de gatos, que era lo más probable que hubiera hecho en los últimos años de su vida. Una editora de moda se acercó a mí, me felicitó por la organización y señaló cuán original le parecía haberle puesto guantes al cadáver. “Un toque muy chic” me dijo. No le parecería tan chic su supiera que era para disimular la falta de parte de los dedos comidos por los gatos. 

Una voz a mis espaldas dijo.  

–No tiene nada de buen aspecto. 

Me volví y descubrí a una terrible amazona de pómulos marcados y enorme casco de peluquería enfundada en unas carísimas pieles de chinchilla. ¡Era mamá! No sé cómo me había localizado. La sorpresa inicial no evitó que notara pequeñas variaciones en su rostro: las bolsas de los ojos habían disminuido drásticamente, el óvalo de la cara estaba reafirmado y el descolgamiento de la papada corregido (una lipectomia submental clara). Empiezo a sospechar que su retiro no ha sido precisamente para esquiar. Le di dos besos con más sorpresa que entusiasmo y me repitió señalando el cadáver: 

–Digan lo que digan yo le veo muy mala cara.

–Será porque está muerto, ¿no? –le respondo fastidiado por sus ansias de estropear mi éxito–. ¿Qué haces aquí?

–Quería visitarte y ver si te hacía falta algo.

–Un poco tarde, ¿no crees? Esta visita la hubiera necesitado cuando papá me despidió y me dejó en la insolvencia. ¡En la calle!

–Querido, yo tampoco estaba pasando mi mejor momento.

–¿A qué has venido, mamá?

–A verte, claro. A ver cómo está mi niño y qué necesita.

–¿A qué has venido, mamá?

–¿Pero a qué voy a venir?

–¿Entonces no piensas ir a los desfiles de la Semana de la Moda?

–Bueno… Ya que estoy aquí… 

Pillada total. Sólo ha venido por los desfiles. Así que muy dignamente la acomodo en una de las últimas filas, pero sin saber cómo, en cuanto me doy la vuelta, se pertecha en primera fila. Como no quiero un enfrentamiento directo mando a Ayako para que la devuelva a su sitio asignado. A los tres minutos recibo una llamada por el intercomunicador: “tenemos un problema”. 

–Mamá, ese sitio está ocupado –le digo tras acercarme.

–Yo no veo a nadie en él.

–Porque todavía no ha llegado, es para una editora de Vogue.

–Estás loco si piensas que una editora de Vogue va a venir a esto.

–No me gusta nada ese tonito que usas en el “esto”. ¿Si te parece tan cutre por qué no te sientas donde te he asignado?

–No ha nacido aún quién me quite un fontrow -me responde rechinando los dientes.

–¡Mira, haz lo que te de la gana! 

La dejo por imposible y decido ignorarla en lo que resta. Por todo lo demás todo sale a pedir de boca. 

*** 

Son las 13:15 cuando llego al trabajo. Empiezo a recuperar mis hábitos laborales, entre los que está dedicar las mañanas a las relaciones públicas fuera de la oficina. Cuando arribo me informan que Mr. Traill ha preguntado por mí desde primera hora y que está que echa chispas. Anita me explica que esta mañana empezó a revisar facturas y que tubo que tomarse medio bote de pastillas para el corazón. Dice que dijo “lo que no ha conseguido mi ex-mujer, lo va conseguir este chico, llevarme a la tumba o la ruina”, y por lo visto debe ser algo terrible, porque según me cuenta Anita gracias a su ex terminó en la UCI con un ataque al corazón y en la calle sin nada tras el divorcio. Me advierte que vaya con cuidado, que guarda un arma en el escritorio y tiene el ánimo propicio para usarla.  Entro un poco atemorizado en el despacho.

Y para mi sorpresa… ¡Mr. Traill me abraza! Por lo visto en el tiempo que va desde que revisó las facturas a primera hora a cuando yo he llegado, ha recibido una llamada para encargar un funeral de un industrial muy conocido, una agencia de alto standing quiere cerrar un acuerdo de subcontrata para que nos hagamos cargo de los sepelios de sus clientes, y una niña pija con un fondo fiduciario de un millón de dólares quiere que organicemos el adiós a su chiguagua. Ha hecho cuentas y cree que mi pequeño funeral-presentación ha sido la mejor inversión de su vida. 

Salgo de la oficina muy orgulloso. Por fin alguien reconoce mi talento. Siempre le estaré agradecido a Mr. Traill por haber confiado en mí. Me suena el móvil. 

–Buenos días, ¿Rafael Ridao?

–El mismo.

–Soy Catherine Maxwell de Maxwell Logistic –¡Dios, la empresa de organización de eventos de élite más importante de Nueva York!–. Estaría interesada en reunirme con usted, creo que tengo una oferta que le va a interesar. 

¡Gracias Mr. Traill por haber confiado en mí! Pero los negocios son los negocios.

 

El Crack (el serial) - Capítulo V

Viernes, 14 Noviembre 2008

La gráfica traicionera 

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Sonó el radio-despertador y la voz de Lesley Gore empezó a cantar ‘Sunshines, Lollipops and Rainbows’. Me alivió saber que había otro cretino en Nueva York (el programador de la emisora) que no era consciente de la crisis. Parecía inmoral despertar con una canción alegre en medio de tanta ‘consternación’. Me sentía ‘consternado’ por la falta de delicadeza de esa emisora anclada en el optimismo de los 50. Tanta desfachatez era ¿‘consternante’? [Consternación era una palabra que estaba ensayando para impresionar a papá en la reunión de las 9:30h… a.m.

No había dormido casi nada, a penas hora y media. Ni siquiera me había desnudado. No estaba en condiciones de mantener una conversación locuaz y coherente con papá. No era capaz de hacerlo en pleno uso de mis facultades y mucho menos tras dormir menos de dos horas tras haber sido noqueado por una descarga de taser. Pero lo último que podía darle a papá eran excusas, no después de lo que me costó que confiara en mí para este puesto. 

*** 

Madrid. 2003. Yo estaba recién vuelto de Georgetown. Papá estaba en negociaciones con una pequeña firma de inversiones americana para insuflarle capital, hacerse con en control, y penetrar en Estados Unidos. Mamá acababa de volver de París tras fundirse el equivalente al PIB de un pequeño país centroafricano. Esos ‘pequeños’ dispendios con nombres glamurosos (Dior, Chanel, Cartier…) eran lo que ella llamaba ‘el fondo de compensación’. “¿Compensación por qué?” le pregunté una vez. “Por aguantar a tu padre”. Mi familia era una ‘red de aguante’. Ella aguantaba a papá, él me aguantaba a mí, y yo aguantaba los reproches de papá. Era una constante ‘consternación’ familiar. 

Por aquél entonces, corría el més de octubre, yo estaba muy sumido en mis deberes sociales que me impedían afrontar un inmediato futuro profesional. Una mañana, a eso de las doce, el teléfono sonó. El servicio estaba con los preparativos de una soirée que mamá organizaba en el jardín esa noche y nadie descolgaba el maldito teléfono que me estaba destrozando los nervios. Así que me decidí a salir de la cama y atender yo mismo la llamada con la voz de ultratumba de recién levantado. 

–¿Quién habla? –me espetó la voz de mi padre un tanto desconcertado (y un tanto ‘consternado’) desde el otro lado de la línea.

–Soy yo, papá.

–¿’Yo’ quién? –el que lo llamara ‘papá’, y siendo hijo único, no le dio suficientes pistas.

–Yo, tu hijo, Rafe.

–¿Qué haces ahí? ¿Hoy no trabajas?

–Bueno… La verdad es qué… –¿cómo decírselo? – Yo no trabajo, papá. 

Y me colgó. 

Aquella misma noche me llamó a su estudio de casa. Se sentó cejijunto y ‘consternado’ frente a mí y me soltó a bocajarro: 

–Rafael, tienes 29 años, y que yo sepa aún no has hecho nada productivo en tu vida. He dicho productivo –me dijo cortando mi tentativa de justificarme–, deberías buscar la palabra en el diccionario. Así que he decidido darte un empujoncito para que encuentres el camino.  

A renglón seguido se levantó y me hizo señas de que lo siguiera. Nos paramos frente la puerta de entrada y la abrió. Con un gesto gentil me pidió que mirara fuera, y cuando asomé la cabeza… ¡Me empujó!, y cerró tras de mí. Eso era lo que él entendía por “darme un empujoncito” para que buscara mi camino. Afortunadamente llevaba mi móvil encima y llamé a mamá, que salió a abrirme. Me encerré en mi cuarto a cal y canto, por un momento me había visto desamparado en el mundo real. Bueno, mundo real… en verdad era la entrada de una mansión de lujo con servicio de seguridad dirigido por un ex-agente del CSI, del CNI o de la CNN, yo qué sé. Pero hacía frío y yo estaba en mangas de camisa, fue una experiencia muy desagradable. 

A la mañana siguiente acompañé a mi madre a visitar a papá en su banco. Se encerró en su despacho mientras yo esperaba fuera. La secretaria hacía como que no se escuchaban los gritos, pero eran totalmente nítidos a través de los gruesos muros supuestamente insonorizados. Después de media hora de batalla en que se oían frases de mamá como “sabes que puedo hacer tu vida miserable” y respuestas de papá como “ya lo hiciste al quedarte embarazada”. Salieron del despacho con aplomo, allure y prestancia de alta sociedad. Yo estaba ‘consternado’. Mamá sonreía como si nada, pero papá, si hubiera sido un dibujo animado, hubiera tenido un nubarrón con un rayo dibujados sobre su cabeza. 

–Rafé, tu padre te quiere decir algo… Adelanté.

–Rafael, sabes que vamos a empezar a operar en el mercado americano y… No puedo, no puedo –la mirada de mamá fue lo suficientemente explícita para hacerlo continuar–. ¿Te gustaría ser el director de la nueva oficina en Nueva York? 

Sabía que sólo era cuestión de tiempo que papá confiara en mis dotes financieras. Me encantaba la idea. Aún así evité que la alegría se tradujera en mi rostro, me froté la barbilla y le dije: “me lo pensaré”. Así conseguí mi primer trabajo, el que ahora peligraba. 

*** 

Cuando llegué a mi despacho, Robert, mi secretario, sentado diligentemente en su mesa, con ojeras hasta los pies, me dijo con ‘consternación’ indisimulada “el presidente le espera en la sala de juntas”. De pronto que mi padre el nuevo pez gordo de la oficina. El rey ha muerto, viva el rey. 

Al entrar estaba acompañado de dos tipos que no había visto en mi vida pero que se suponía que eran altos puestos, asesores, de MI compañía, pero que no había visto en MI vida (nota mental: acabar con el absentismo laboral). Se hizo un silencio incómodo, como si esperara que yo comenzara, pero yo, a mi vez, esperaba que él me dijera qué quería de mí. Los asesores y mi padre cruzaron significativas miradas de ‘consternación’. 

–Rafael, sabes que en este momento somos muchas las entidades que nos estamos viendo afectado por la crisis de las subprimes. Me gustaría me hicieras un balance de nuestra posición dentro del contexto actual. 

Me aclaré la garganta y saqué una gran cartulina con un gráfico bien bonito que me había prestado mi amigo Warren. Busqué un atril, o algo, para colocarlo, pero no encontré ninguno, así que lo sostuve yo mismo (luego me enteraría que hacía siglos que no se utilizaban ese tipo de recursos físicos, que se hacían por ordenador todas las presentaciones). Señalando claramente los altibajos de la gráfica empecé mi exposición. 

Estoy realmente ‘consternado’ por nuestra posición. Como verán, señores, la situación de la economía de los últimos años ha sido alcistas por el incremento del consumo propiciado por los bajos tipos de interés –eso lo había leído en el último número de Elle– que nos ha llevado a consumir y consumir hasta niveles realmente preocupantes. Eh… Por eso, y como vemos en la gráfica, el nivel de endeudamiento de las familias…

–¿En qué parte de la gráfica? –interrumpió papá.

–¿Cómo?

–Que dónde se ve eso en la gráfica.

–Bueno, eh… –miré con atención la tablilla que le estaba mostrando– Es evidente que eso se refleja en esta línea roja… No, la azul… No, no, la roja.

–¿Qué índice refleja la roja?

–¿Eh? –busqué en mis notas–. La roja es el nivel de impagos y moros.

–¿Moros?

–Sí… –la verdad es que no sonaba muy bien lo de ‘moros’, pero eso decía en mis notas, lo mismo tenía algo que ver con los atentados de las Torres Gemelas y Bin Laden–. Espera, no, no, quería decir morosos.

–¿Y?

–Que al crecer el riesgo de impagos en el último año…

–¿Último año?

–Sí, en el último año –señalé el último tramo de la gráfica (¿hacía calor allí?, ¿por qué estaba sudando?)– ha crecido el…

–¿Y por qué la gráfica es descendente si dices que ha crecido?

–Por… –¡ahivá, la gráfica caía estrepitosamente!– Porque… el índice es un índice inverso que muestra las… fluctuaciones… contrarias a la tendencia natural…

–¡Basta ya! –exclamó papá dando un golpe en la mesa– Te voy a decir yo por qué cae esa gráfica: porque muestra la evolución de tu sentido común y evidencia que lo que crece en esta sala no es ningún riesgo de demora, sino tu memez, incompetencia e insensatez. ¡¡Tienes el gráfico al revés!! ¡Y ni siquiera te has preguntado por qué las leyendas hay que leerlas poniéndose bocabajo! ¡Memo! 

Sacó una pastilla y se la tomó entre temblores.  

–Papá…

–¡No me llames ‘papá’!

–Señor presidente, estoy ‘consternado’.

–¡Y deja de repetir que estás consternado! ¿Qué es? ¿La palabra que te ha tocado estudiar hoy? –efectivamente lo era– Rafael Ridao Blancahermosa. No te despido en el acto porque tendría que soportar que tu madre diera señales de vida de nuevo sólo para volver a atormentarme. Sólo por eso, te doy tres días: sábado, domingo y lunes. El martes a esta misma hora quiero un plan de actuación que nos salve de ser arrastrados a la quiebra. No quiero que me expliques a qué se debe la crisis actual, ni cómo ha evolucionado el endeudamiento de las familias, ni cómo se llevan los bajos de los pantalones… Un plan de actuación, ¿entendido?

–Eh…

–Sí, ya lo sé, estás consternado –no me dejó hablar.

Así era.