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EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIX

Viernes, 15 Mayo 2009

¿Será que no me quiere?   

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He superado el ‘Sushigate’. Puede parecer una nimiedad, pero cambiar las costillas de cerdo en el jardín por sushi en una galería de arte puede significar una hecatombe cuando ya has cerrado todos los flecos, pagado adelantos, llevado invitaciones a imprenta… y perdido unos Ferragamo por el camino. La clienta para la que preparábamos la fiesta había tenido un cambio de humor radical y ya no quería una agradable soirée de jardín, sino que quería algo totalmente distinto, lo que para nosotros, los organizadores, significaban simplemente ‘pérdidas’. Yo sé tratar a estas socialités bipolares, me he criado entre ellas, así que sabía que la cuestión, la clave, estaba en averiguar de dónde partía ese cambio de opinión repentino. Como un experimentado loquero de la Gran Manzana, a los que he recurrido con asiduidad para mantener mi equilibrio emocional, empecé a aplicarle la terapia explorativa para llegar a la génesis del problema sin preguntar directamente. Después de media hora divagando por teléfono me comentó de pasada que una tal Roberta, amiga de la susodicha, le había contado que había estado en una presentación de una cruise collection de un joven diseñador de moda en una galería del SoHo, y que le había parecido fantástico, “con ese delicioso sushi”. ¡Ahí estaba la clave! Un comentario chic solo se contrarresta con una opinión ultrachic, así que le propuse tomar una copa para cerrar los detalles. Acordamos vernos en el Underbar del W Union Square. En cuanto colgué llamé a Puppy, le expliqué mi problema y me dijo que se dirigía ya hacia allá.

La clienta me esperaba en un sensual vestido rojo de Jason Wu, todas vestían Jason Wu desde Michelle Obama, aunque fueran republicanas. No se la veía nada mal a pesar de sus cincuenta y tantos años. Warren y yo nunca hablamos de la edad real de las damas, sino de la que aparentan dependiendo de quién es su cirujano plástico. Usábamos frases como “Christina está fantástica, no le echo más de 35 años-Suffolk”, o lo que era lo mismo, que el Dr. Suffolk hacía que una cincuentona nos pareciera apetecible como una treintañera. Cuando apareció Puppy simulando que era una casualidad me sentí aliviado, porque no dudaba de que mi plan funcionaría y porque la señora en cuestión no dejaba de sobarme mi pierna con sus Manolo Blahnick cual gata en celo.

—¿Qué tal, Puppy?, ¿conoces a Annette?

—Claro, ¿cómo estás, querida?, ¿qué hacéis aquí?, ¿conspirando?

—No estás muy alejada —le dije—, concretamente planificamos su próxima fiesta.

—¡Fiestas!, ¡me encantan las fiestas! —“lo sabemos Puppy, ve al grano y no sobreactues”, me dieron ganas de decirle—, ¿sabes?, estuve hace poco en una de esas deliciosas fiestas de jardín, ¡tan super! Y lo mejor fue que a la anfitriona se le ocurrió deleitarnos con maravillosas costillistas de cerdo en salsa. ¡Fue tan brutal!

—Chic —le dije alarmado por la palabra ‘brutal’ que no estaba en el guión planificado.

—Eso, chic, esa es la palabra que busco. ¡Fue tan chic!

Annette la miraba con la boca abierta, pero desde donde yo estaba no podía ver si se había tragado el anzuelo. Hasta que dijo…

—¡Dios! ¡Es justo lo que yo voy a hacer! Tienes que venir a mi fiesta, Puppy, mis costillitas serán mil veces mejores, ¿verdad, Rafael?

¡Bingo!   

*** 

Para cuando dejamos el bar eran las once, estaba molido. Lo había conseguido, había salvado la crisis, pero mis energías se habían ido en el intento. Puppy me acompañó a casa, a mi modesto apartamento que pronto dejaría en cuanto firmara los papeles de la pensión que papá iba a pasarme. En dos ocasiones me detuve en medio de la calle por una horrible sensación de sentirme observado. Puppy me tranquilizó, ella también pasó una época con manía persecutoria, allá por el 2007 que estaba muy de moda entre los asiduos al psicoanalista, pero se solucionó a bases de pastillas. Ahora estaba de moda los comportamientos TOC (trastorno obsesivo-compulsivo) desde que se sabe que Justin Timberlake los sufre, Puppy me enseñó sus pastis para su TOC.

La luz del contestador chispeaba. El mensaje era claro: “¡cabrito!”. Era Bel, le había dado plantón, pero seguro que comprendería que había sido por causa de fuerza mayor. La llamé.

—Bel, cariño. He tenido un día horrible.

—Siempre tienes un día horrible, Rafael. Y desde que salgo contigo también los tengo yo, por tu culpa. Estoy harta.

—¿No vas a escucharme siquiera?, me han atracado en Harlem, me han robado los zapatos —no dice nada, es buena señal, está dándome una oportunidad para explicarle—. Después llegué tarde a la cita con mi padre, pero había problemas con la fiesta que te dije que estaba organizando y tuve que irme volando. He estado luchando hasta ahora con la clienta para que no cambie los planes.

—¿Lo has conseguido?

—Sí, al final seguimos con el plan inicial, hubiera sido desastroso…

—¿Estos papeluchos qué son? —pregunta Puppy con los documentos que me ha dado papá en la mano.

—Bien, dile buenas noches de mi parte a Puppy —me dice Bel muy tranquila—, ahora me voy a trabajar, he cambiado el turno para no tener que pensar en el gilipollas egoísta que piensa que soy tan estúpida como para tragarme que ha tenido un mal día mientras está en su apartamento con su ex-novia. Lo malo es que casi lo consigues. Por favor, quema mi número de teléfono y olvida mi dirección, ¡te odio!

Me ha colgado. ¿Qué he hecho en mis vidas anteriores para que todo me salga mal en esta? Le haré caso, no la llamaré ni iré a su casa, pero no me ha dicho que me olvide de dónde trabaja, es un café público, no puede echarme, me tiene que escuchar.

—¿Dónde vas? —me dice Puppy cuando me ve coger la chaqueta.

—A salvar mi relación.

—Warren tiene razón, te has vuelto monotemático, siempre con tus crisis de pareja desde que está con esa camarera. Conmigo no tenías crisis.

—Contigo no tenía nada a lo que llamar ‘relación’.

—Tenías sexo.

—Qué superficial eres, Puppy.

—Sexo del bueno. ¿Te importa que me quede aquí?

—Haz lo que quieras, siempre lo haces —le digo saliendo a todo correr.

Definitivamente debo estar loco, no por pensar que puedo hacer que Bel se crea que todo ha sido de lo más inocente, sino porque sigo con esa sensación persecutoria. Un motivo más para reanudar mis sesiones con el psicólogo. Bel ha llegado antes que yo al café, se ha puesto su uniforme y está anotando pedidos. Cuando me ve no hace ni una mueca, simplemente me ignora.

—Bel, cariño, todo tiene una explicación —no responde—. Sé que siempre estoy con excusas y justificaciones, pero te prometo que si Puppy estaba conmigo es por una buena causa, era una pieza fundamental en el plan para capear la crisis con la clienta. No me he acostado con ella, ¡te lo juro! —sigue callada, ni siquiera me mira, va de un lado a otro repartiendo café y yo la sigo como un perrillo faldero—. Si no eres capaz de comprender que en este mundo no hay ninguna mujer que me interese, sólo tú, entonces no sé para qué me molesto.

—Eso digo yo —ha hablado—, ¿para qué te molestas?, ¿para estar siempre con esta tensión?, siempre disculpándote. ¡Si ni siquiera sabes por qué estoy enfadada!

—¿No? —¿no lo sé?—, ¿por qué estás enfadada?

—Precisamente por eso, porque no sabes nunca por qué estoy enfadada.

—Espera, eso no tiene sentido, eso es uno de esos trabalenguas femeninos que enmascaran un sinsentido. Estás enfada porque no sé por qué estás enfadada, pero en ese caso no hay razón para que estés enfadada, porque tu enfado es posterior a mi incomprensión a un enfado que se debe producir después mi incomprensión.

—¡¿Qué dices?!

—¡¡¡Que no lo entiendo!!!

—No hay nada que entender, Rafael. Porque no se puede entender que esto sea una relación a cuatro con Warren y Puppy de por medio. No se puede entender que pases más tiempo con tu ex que conmigo. No se puede entender que tu primer pensamiento ante una crisis sea llamarla a ella y olvidarte de llamarme a mí para anular la cita.

—Pero, Bel…

—¡No hay nada que comprender! Además estoy harta de jugar a ser tu conciencia, de atarte al lado bueno, quitarte esas locuras horribles que de pronto surgen en tu cabeza (y cuando no te las sugiere Warren), estoy harta de tener que evitar que desates tu maldad con los que te rodean.

—Bel, no digas eso, yo no soy mala persona, un poco alocado sí, pero nunca he hecho daño a nadie.

—Perdone, señor —me dice un señor gordo que está sentado justo detrás de donde estoy de pie discutiendo con Belinda.

—¡¡¿Qué?!! —le respondo bastante groseramente.

—¿Puede echarse un poco para allá?

—¿Le molesta que intente que la mujer maravillosa del mundo me perdone? ¿Le molestan nuestros gritos? ¿Le molesta que no me dé por vencido? ¿Es eso lo que le incomoda?

—No, es el caballero que le está apuntando con una pistola lo que me pone un poco nervioso.

De pronto me doy cuenta: todo el mundo en el café está escondido bajo la mesa, salvo Bel y yo que nos hemos aislado del mundo en nuestra discusión y el señor gordo que seguramente ve bastante difícil arrojarse al suelo dado su volumen. Vuelvo la cara y me enfrento a la realidad, el cañón de un revolver me apunta directamente a la cabeza. En situaciones así es difícil ver la cara que hay tras el revolver, y más si el personaje van tan desarrapado y lamentable como este. Con barba de una semana, la ropa sucia, el pelo desaliñado y mirada de loco. Enseguida reconozco a…

—Robert, ¿qué coño estás haciendo?

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVIII

Viernes, 8 Mayo 2009

¡Por fin pensionista! 

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Los taxis de Nueva York huelen mal. Huelen a étnico. Huelen a yerbas exóticas. Los taxis son como los restaurantes, los hay paquistaníes, italianos, latinos, hindúes… Y cada uno tiene su olor característico que te impregna hasta el tuétano. Otra cosa que comparten con los restaurantes es el nivel de limpieza. Los hay que pueden pasar cualquier inspección de sanidad y los que tienen que tener preparado ‘el sobre’ para que el inspector no se fije en los rincones de mugre. Cuando llevas un carísimo traje italiano y un halo de Egoïste de Chanel, subirte a un taxi es bastante traumático, pero siempre mejor que bajar al averno del metro. Y los taxistas son como las cartas de los restaurantes, las hay inteligibles, con una buena traducción a un idioma reconocible, y las que representan todo un reto porque pides un plato que tiene una sonoridad bonita y resulta que son criadillas de buey. Con tanta reflexión me ha entrado hambre.

Tengo una agenda extremadamente fácil para hoy. Cruzar la ciudad hasta Harlem, encargar un catering a un indocumentado, salir pitando de allí y reunirme con papá en el Yale Club, almorzar y firmar los papeles de mi pensión (¡me encanta!). El taxista me dice que estamos a tres manzanas de la dirección que le he dado, pero que no piensa adentrarse más en el barrio. Le digo que eso me lo tendría que haber dicho cuando le di la dirección, y no ahora, que no pienso pagarle. En seguida cambio de parecer cuando saca, no sé de dónde, un bate de béisbol. Pago y saco mi “puto culo blanco” (palabras del taxista) del mugriento taxi. Bueno, son tres manzanas, ¿qué puede pasar en tres manzanas?

Los edificios tienen por ventanas huecos de hormigón, sin cristales, sin carpintería metálica, sin nada… aunque en algún momento debió de haber algo que rellenaran los vanos. Son como cuencas de ojos vacías. Poco a poco voy cobrando consciencia de cómo desentona mi traje de Armani en este escenario. Seguro que a GQ se le ha ocurrido hacer algún editorial de moda en este barrio con modelos vestidos con carísimos trajes como el mío. La única diferencia está en que si un equipo de GQ estuvo aquí, seguro que lo hizo escoltado por media docena de coches patrulla. Es difícil saber cuál es el bloque al que voy porque no hay números visibles que sirvan de referencia.

—¡Ey, papito!, ¿buscas algo? —me espeta un hispano con acento puertorriqueño vestido con una chaqueta de béisbol, ¡por Dios, qué cliché!—, ¡ey, blanquito, te hablo a ti!

—Gracias, caballero —no me queda otra que responder—, estoy buscando a Mr. Cole, el de las costillas de cerdo en salsa.

—¿Y pa’ qué quieres a ese gordo sebón, blanquito? —me dice una voz a mi espalda que resulta ser un negro de dos metros que se acerca con unos cuantos amigos más de aspecto muy pandillero.

—Pues la verdad es que una clienta… ¡Ejém!, me dedico a organizar eventos —le extiendo una tarjeta, no sé muy bien por qué.

Coge la tarjeta y la tira sin ni siquiera mirarla, y se sigue acercando a mí, invadiendo mi espacio vital. No puedo retroceder, uno de sus colegas está justo a mi espalda.

—Como le decía, una clienta me ha pedido que contrate sus costillas para un catering y como no he podido encontrar el teléfono de Mr. Cole en la guía me he acercado…

—A nuestro barrio.

—Si fueran tan amables de indicarme… —me tienen emparedado.

—Me gustan tus zapatos —me dice el gigante negro.

—Uh, gracias, italianos, Ferragamo —me mira inexpresivamente.

—Me-gustan-tus-zapatos —¡oh, Dios, me están robando los zapatos!, me acabo de dar cuenta.

Me quito los zapatos y se los extiendo. Los recoge uno de los ‘colegas’ mientras otro registra mi chaqueta. Soy incapaz de oponer resistencia, estoy demasiado concentrado en no hacerme mis necesidades encima. Estoy tentado de dejar que la naturaleza siga su curso, al menos así no tendrán la tentación de violarme.       

Tal como todo empezó, termina. Se dan media vuelta muy flemática y desaparecen. Quizás porque ya no tienen nada más que robarme. Quizás porque no han querido tentar la suerte y ver cómo me harto y les planto cara. O quizás simplemente se debe a que un coche patrulla se aproxima.

—¿Se encuentra bien? —me dice el agente sin bajar del coche.

—¡No, no lo estoy! ¡Me han robado! —me miran dándome a entender que es obvio, no llevo zapatos. No creen que llevar un caro traje italiano sin zapatos sea la última moda.

—¿Va a presentar la denuncia?

¿Para qué? Me encojo de hombre. ¿Qué he perdido? Unos zapatos, 75 dólares y mi carnet de identidad. No tengo tarjetas de crédito desde que caí en desgracia, el banco me las retiró. Presentar un denuncia no servirá de nada, sólo para complicar más el día. Les pido que, por favor, me lleven hasta el restaurante de Mr. Cole para no tener que ir descalzo, pero me indican con la cabeza que lo tengo justo detrás. Y allí está, sin luminoso ni cartel indicativo. ¡Lo he tenido tan cerca!, si tan sólo hubiera echado a correr diez metros seguro que aún tendría mis zapatos.

El sitio es un verdadero antro de mesas con manteles a cuadros rojos y blancos y fotografías de boxeadores por las paredes. Mr. Cole es un orondo negro de al menos doscientos kilos (ahora comprendo por que lo llaman ‘el rey de las costillas de cerdo en salsa’, ha debido de comérselas todas) con el pelo blanco y largas patillas. Le explico que preparo un evento para una clienta, una pequeña fiesta en el jardín de la casa familiar de esta señora (me abstengo de comentarle que es uno de esos eventos informales de trasfondo político y color Republicano). Esta clienta tiene una amiga que ha leído en alguna revista que las mejores costillas de la ciudad son las de Mr. Cole (escrito probablemente por algún crítico en un acto supremo de esnobismo), y allá que Rafael Ridao se ha tenido que internar en el Harlem de las noticias de sucesos para dar con ese orondo señor que no tiene a bien tener teléfono en su restaurante y que por ello no aparece en el listín. Echo de menos a Ayako, este tipo de visita se la hubiera encargado a ella.

Cerramos el trato. Mr. Cole pondrá sus costillas para la fiesta, pero tendré que darle un adelanto en esta semana y mandarlas a buscar yo una vez cocinadas, el no envía los pedidos a domicilio. Cuando voy a salir a la calle reparo en que voy descalzo. Le pido a Mr. Cole si es tan amable de prestarme unos zapatos y darme dinero para un taxi, pero en esta parte de la ciudad la confianza en el prójimo brilla por su ausencia, así que me facilita unas chanclas mugrientas (y apostaría que con hongos) y me extiende un par de dólares.

—Mr. Cole, los taxis suelen ser un poco más caros.

—Ya lo sé, hijo —me dice—, pero es que aquí no va a poder coger un taxi, por esta zona no pasan. Lo que sí puede coger es el autobús, que para a un par de manzanas.

¡¿Autobús?!   

*** 

Sin zapatos y sin chaqueta. La he dejado en el autobús y no ha sido ningún descuido. Un adolescente me ha vomitado encima. Su madre se ha disculpado de manera muy sincera, sí, pero si hubiera llevado zapatos y dignidad, y no hubiera sido la única cara blanca en el bus, le hubiera exigido que me pagara el tinte. La verdad es que de todas formas no hubiera llevado esa chaqueta conmigo más tiempo en las circunstancias que ha quedado, ¡qué asco! He sacrificado a Armani muy gustosamente.

Llego en hora al Yale Club, en la esquina de la 45 con Vanderbilt Avenue. Saludo con la cabeza al portero pero se interpone en mi camino.

—¿Qué desea, señor? —llevo viniendo aquí desde que llegué a Nueva York, el portero me conoce, esto es inaudito.

—Tengo una reunión. Una importante reunión.

—Me temo que no puedo dejarlo pasar, señor, la casa exige un código en el vestir.

—¿Pero qué…? —vaya, es verdad, no me acordaba, llevo chanclas y voy sin chaqueta—. Pero usted me conoce, ¿verdad? Seguro que puede hacer una excepción.

—Lo lamento, señor, son las reglas.

—Seguro que tratándose de un caso tan especial… —¡maldición!, me he llevado mano a la cartera para sacar un billetito para facilitar su comprensión, pero mi cartera está con mis zapatos.

—Señor, me despedirían si cualquier socio viera que le dejo pasar.

—Pero no tienen por qué verme. Usted me dice donde está mi padre y entraré furtivamente, seré invisible.

—Lo siento.

Odio esa ‘gran dignidad’ de la que hacen gala los porteros. ¿Cómo puede alguien disfrazado de alférez levantar la barbilla y mirarme por encima del hombro de manera tan condescendiente? Se creen ‘la autoridad’ por llevar botones dorados. Me resigno, voy a llamar a papá por el móvil y que salga a solucionarlo… ¡Joder! ¡¿También me han robado el móvil?! ¿En qué momento? Vaya, sí, debe estar en la chaqueta… en el autobús.

—Mire usted. No voy a insistir —le digo al portero—, pero le voy a pedir que por favor entre ahí y avise al Mr. Ridao. Le dice que su hijo está esperándolo en la puerta sin zapatos ni chaqueta porque lo han atracado —me mira con recelo—. Le prometo que no intentaré colarme, le esperaré justo aquí, en la puerta.

—De hecho preferiría que no se quedara en la puerta —y me señala un espacio a cinco o seis metros de la entrada.

Esto es indignante y humillante, pero he conseguido que el mameluco del portero entre a avisar a papá. Al poco sale un joven con traje de raya diplomática que afirma ser enviado por mi padre. Le explico lo sucedido y me acompaña hasta una boutique cercana donde compramos un par de zapatos y una chaqueta nueva a cuenta de papá.

Por fin logro franquear la puerta. Sigo al lacayo elegante de papá hasta una de las salas de reuniones. No entiendo por qué papá insiste en cerrar lo de mi pensión mediante un acuerdo escrito, a mí me basta su palabra… bueno, me basta que me ingrese el dinero. Pero al final me he convencido de que está bien eso de tenerlo todo firmado por si en uno de sus cambios de humor se echa para atrás. Antes de entrar a la reunión hago una llamada a mi jefe para decirle que he cerrado lo de las costillas y me encuentro que algún tipo de crisis se ha desatado: la clienta amenaza con cambiar todos los planes y hay que convencerla de que la planificación original es lo más chic que se puede hacer en fiesta, y que nada nada puede superarlo. Sobre todo porque está todo contratado y tendríamos unas pérdidas colosales. Las palabras de mi jefe son cristalinas: me quiere en las oficinas en menos de diez minutos. Le digo que haré lo que pueda y cuelgo.

Sigo al secuaz de papá hasta la sala donde me espera. Y allí está él, sentado, con una copa de brandy en la mano, y siete tipos más que lo rodean. Enseguida los reconozco, son la plana mayor del departamento legal del banco familiar. Los cancerberos. Profesionales capaces de convencer a cualquier tribunal que matar con escopeta a niños de menos de tres años puede ser considerado una práctica deportiva. Hacen con las leyes lo que quieren, más si son fiscales y societarias.

—¿Todo esto por mí? —le digo a mi padre sorprendido por el conclave legal que ha montado.

—No seas tonto, Rafael, acabamos de firmar el acuerdo de divorcio pero ya se iban —pero no se van, sino que están todos allí, de pie, observándome—. Bueno, vamos allá.

Mi padre hace un gesto a uno de sus abogados y este saca de una cartera una carpetilla con un taco de documentos. Lo abre y me indica que firme al pie de cada página. Algo no me cuadra. Yo esperaba un papelillo en plan “Yo, Rafael Ridao me comprometo a pasarle 3000 dólares a mi hijo Rabel Ridao…”, pero no creo que para eso se necesiten, ¿cuántos folios tiene esto?, ¿cien?, ¿ciento cincuenta?

Llaman al teléfono del salón de reuniones. Todos nos quedamos un poco extrañados. Uno de los abogados coge la llamada, intercambia unas palabras, cuelga y me hace un gesto indicando que era para mí y que han colgado ya.

—¿Quién era? —pregunto.

—No se ha identificado, sólo ha dicho “siete minutos” y ha colgado.

Ese es mi jefe, no sé cómo ha conseguido que pasen la llamada al salón privado. Empiezo a tener un ataque de pánico, creo que será mejor que me vaya a la oficina antes de que empiece de nuevo una eterna búsqueda de trabajo. Me disculpo y le digo a papá que me voy a llevar los documentos a casa, que no tengo tiempo en ese instante, que mañana sin falta le llevo el tocho firmado. Cuando voy a recoger la carpetilla uno de los abogados me coge de la muñeca y me lo impide.

—Creo, Rafael, que es mejor que lo firmes ahora y lo zanjemos sin más, no te llevará mucho —me dice el picapleitos extendiéndome una pluma Cartier.

El ambiente se ha tensado. Todos me miran con fijeza, como impulsándome a firmar con el pensamiento. ¿Pero qué es esto? ¿Por qué esta hostilidad ambiental?       

—Papá, lo siento mucho, pero es que de verdad, de verdad, me tengo que marchar ahora mismo. Yo me llevo los papeles, los firmo esta noche, y mañana a primer ahora te los llevo al hotel.

—No puede ser —repite otro abogado—, tiene que ser ahora.

—¿A qué tanta insistencia? —me están cabreando.

—Rafael, ¿no quieres que cerremos lo de la pensión?, este tipo de cosas no hay que dejarlas pasar —me dice el letrado más veterano.

—Firma —me ordena el que me tiene cogida la muñeca.

En ese punto, mi padre, que ha permanecido hermético, levanta una mano y cesan los murmullos de su gabinete legal. “Llévatelos” dice desautorizando a sus abogados. El más viejo le pregunta si es sensato.

—Si mi hijo dice que mañana me trae los papeles firmados, mañana los traerá, ¿verdad Rafael?

Asiento con la cabeza confuso por la escenita. El abogaducho me suelta el brazo, recojo los papeles de la mesa, y salgo de allí pitando no sin preguntarme qué diablos ha pasado.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVI

Viernes, 24 Abril 2009

Un ataque de pánico 

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Los escucho a través de la puerta. Ellos creen que no, pero los escucho. Me repiten una y otra vez que abra, que deje de ser infantil, que no cometa una locura. Pues yo ya estoy harto de que me digan qué es lo que tengo que hacer y qué no puedo hacer, estoy harto de que me exijan madurez, ¡pero quiénes se han creído ellos!, y a lo mejor hacer una locura es lo que me hace falta en estos momentos. Pero no una locura irreversible. Una locura en plan dejar el complejo de Tortuga Bay sin una gota de alcohol y olvidarme de todo y todos. Me piden que les hable, pero no quiero. Sólo quiero estar aquí, en esta enorme bañera, sumergido, ajeno, ¡y que me olviden! Y que dejen de darme la tabarra a través de la puerta.  

Belinda intenta hacerme responder: “¿estás bien?”, me pregunta, “queremos ayudarte”. Suena a psicólogo barato que no tiene ni idea si el loco que tiene delante se va a tirar por el balcón o lanzarse a desgarrarle la yugular a mordiscos. Ya no escucho a Warren. Al menos mi rabieta ha servido para que Bel y él se vuelvan a hablar como seres civilizados. En cuanto me encerré y comprobó que no pensaba dirigirle la palabra, Belinda fue hasta su habitación y lo trajo para que me hiciera entrar en razón. Pero ha desistido, ya no lo oigo, ¡que se vaya al diablo, ha intentado tirarse a mi novia! Si no fuera porque soy el culpable de que perdiera su trabajo no le volvería a mirar a la cara. Tú intentas tirarte mi chica, yo te hago perder el trabajo, pues estamos en paz, pero no me siento obligado a ser agradable con él. 

Escucho a Mr. Chow, ya sabía yo que Puppy no tardaría en dar señales de vida. Debería ser más empático y tranquilizarlos, decirles que no pienso suicidarme ni nada de eso. Pero si soy “tan infantil” como todos insisten en reprocharme, pues que se jodan. ¿Qué es eso? Alguien golpea la ventana con celosía de madera que hay justo sobre la bañera. Debe ser algún mono, en los sitios caribeños como este siempre hay monos y bichos incordiantes. 

¡Ay! Alguien ha reventado la ventana y me ha caído uno de los batientes sobre la cabeza. Enseguida aparece la cabeza de Warren por el hueco reventado. Efectivamente, se trataba de un primate. 

–¡Tío, eres gilipollas! ¡Nos has dado un susto de muerte! –me dice mientras se cuela trabajosamente por el hueco. 

Ese es el problema de este tipo de bungalow, que la seguridad es nula. Un simple cajón apoyado contra la pared y ya tienes el modo de alcanzar la ventana. En menos de un minuto se ha colado en el baño y está dentro de la bañera conmigo, donde ha caído de cabeza. En cuanto se rehace abre la puerta del baño y entran en estampida Belinda, Puppy y Mr. Chow. Bel me coge la cara para ver si tengo los ojos vidriosos y busca señales de cortes en las venas, mientras Puppy busca frascos de barbitúricos vacíos sobre el lavabo y Warren lucha por apartar de él a Mr. Chow, que tiene verdadera obsesión por olisquearle la bragueta. Cuando se dan cuenta de que estoy bien, y que lo único que quería era un rato de privacidad sumergido en un baño de agua caliente pasan por varios estados de ánimo: primero la perplejidad (¿cómo has podido darnos este susto tan gratuito?) para pasar al enfado (¡eres idiota!, ¿cómo has podido darnos este susto?) y terminar en un atisbo de comprensión. 

–Bueno, tampoco es para ponerse así –me dice Warren, aunque a quien mira es a Bel–, ha aparecido tu padre, el padre que te despidió y te dejó en la calle, en la boda de tu madre, la madre que desapareció durante semanas reapareciendo con un pretendiente que seguramente vaya por su dinero. ¿Y qué? Pasa en las mejores familias… Bueno, en verdad no. ¡Quita chucho!

–¿Pero qué quiere ahora? –pregunta Puppy.

–Dice que quiere hablar con él –responde Belinda, y me empieza a fastidiar que todos hablen como si yo no estuviera presente.

–¿Hablar? ¿Hablar de qué? No quiso hablar cuando lo dejó en la miseria y lo tuve que recoger de la calle. ¡Y haz algo con tu perro, Puppy!

–Ven aquí, Mr. Chow, no lamas eso, chiquitín, caca. Yo lo que digo es que debe ser más…

–¡No voy a ser más maduro! No te atrevas a darme lecciones de madurez. ¡Tú, no, Puppy!

–Lo de la madurez está sobrevalorado. Lo que tienes que ser es más cerebral. ¿No te ha dicho tu padre que quiere hablar contigo? Pues escúchalo. ¿Qué tienes que perder? Ya no te puede despedir, ni cortar el grifo. Ya no dependes de él.

–Es cierto, Rafe, ¿no tienes curiosidad por saber qué tiene que decirte? Después de todo, si tu madre puede ser tan civilizada de invitar a su boda a su ex-marido, con el que está en plena gresca legal por cerrar un acuerdo de divorcio, y tu padre es tan flemático como para venir hasta Punta Cana para ver casarse a su ex-mujer, a la que odia, al menos tienes que sentir curiosidad por saber de qué va toda esta historia grotesca.

–¡Está bien! Si a todo el mundo le parece esto de lo más normal no seré yo quién agüe la fiesta. Escucharé a Papá, a ese hijo de perra que me hundió en la miseria.

–¡Rafe! –me recrimina Warren.

–He dicho que lo escucharé, no que lo perdone. Y la boda de mi madre… eso es otra historia que tengo que resolver –digo levantándome de la bañera–. Por cierto, ¿de verdad os parece de lo más normal está reunión en el baño?, ¿alguien más a parte de mí ha notado que estoy desnudo? 

*** 

Mamá ha organizado una despedida de soltera muy sui generis. En un salón ha reunido al medio centenar de íntimos invitados a la boda y se dedica a ejercer de gran anfitriona. Algún diseñador bronceado, algo de aristocracia europea a la que sólo le queda el título, una actriz que no hace películas y solo posa para portadas, el comisario de la última exposición del MET, Bono de U2… ¡¿Bono de U2?!  

Papá conversa amenamente con otros financieros invitados a la boda. Reconozco al menos dos caras que han tenido que comparecer últimamente ante el Senado de los EEUU por su dudosa gestión. Pero ahí los tienes, fumando puros, tan ricamente, riendo y dándose palmaditas en la espalda. Me dan asco. Me acabo de dar cuenta que ya no soy uno de ellos, aunque bien es cierto que nunca lo fui, pero creí serlo. 

–¿Quién es el novio? –me pregunta Puppy, que se ha cogido a mi brazo dejando en un segundo término a Belinda. Las heridas vuelven a abrirse.

–Es aquel –le digo señalando al cada vez más bronceado Xavier, prometido de mi madre.

–Venga, en serio, ¿quién es?

–Ya, lo sé, te choca, ¿qué edad puede tener?, ¿treinta y cinco?, ¿cuarenta a lo sumo?

–No lo digo por la edad, lo digo porque ese es Xavier.

–¿Lo conoces? Pues ese es el novio de mi madre.

–Todos conocemos a Xavier. Es un ‘buen’ acompañante, muy popular entre las señoras de la edad de tu madre. Solemos verlo colgado de sus brazos a juego con sus bolsos de Louis Vuitton.

–¡¿Me estás diciendo que es un gigoló profesional?¡

–Te estoy diciendo que él es el gigoló por excelencia. 

Ya tengo el dato justo que me va hacer posible desbaratar esta locura. Cuando mamá sepa que es un ‘profesional’ anulará la boda ipso facto.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XVIII

Viernes, 13 Febrero 2009

De nuevo en la cresta de la ola 

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Soy la nueva estrella de la ciudad. El ‘It Boy’ del momento, como me va a definir Vogue en su edición de abril. Vuelvo a brillar más que nunca. Si antes era un prometedor financiero que alternaba con bellas modelos y ricas socialités, ahora soy un “brillante organizador de eventos que le ha dado al negocio funerario un nuevo halo de exclusividad y buen gusto”. Es la enésima vez que releo la frase esta de la reseña que el WWD me dedica hoy. Tomo un sorbo de mi café, sentado en la mejor mesa de Chez Le Chef, y releo una vez más el artículo que me han dedicado, y donde salgo enfundado en un rayado traje oscuro de Dior Homme diseñado por Kris Van Assche (el último que pude comprar con la tarjeta de la empresa antes de que papá me despidiera) tomando una copa con una imponente Wendi Murdoch (esposa de Rupert, que me preguntaba si estaría dispuesto a organizar el próximo año su 41 cumpleaños). Si no fuera por el texto nadie diría que se trata de un funeral. Una belleza rubia sentada dos mesas más allá no me pierde ojo. La he pillado y le he dedicado una de mis sonrisas patentadas. Cuando pido la cuenta se decide y se acerca a mi mesa. “Me preguntaba si me pudiera usted dar un autógrafo” me dice tendiéndome un ejemplar del WWD como el que llevo leyendo toda la mañana. Decididamente soy la nueva sensación de la ciudad. 

*** 

Puppy hizo perfectamente su papel. Todo Park Avenue se había congregado en el funeral de Edgard de Falco. El nombre se nos había ocurrido en un brainstorming de última de hora. Yo quería un toque latino, de ahí lo de ‘de Falco’ que sonaba como a italiano y a rancia nobleza, mientras que Warren apostaba por un toque British y así surgió lo de ‘Edgard’. Ayako propuso nombres orientales, pero 1) el fiambre tenía de oriental lo que yo de padre de familia de suburbio barato que compra su ropa en tiendas de superdescuentos, o sea, nada, y 2) nadie de Park Avenue iría al funeral de un asiático a menos que fuera acreditadamente millonario y tuviera fuertes lazos comerciales con los esposos de las Parkavenuettes (incluso si es así siempre buscan excusas creíbles para no ir a eventos de asiáticos, hispanos o irlandeses). 

Ayako y yo íbamos pertrechados por intercomunicadores con Bluetooth para estar siempre enlazados. Ella se ocupaba de ir situando a la gente en sus asientos: prensa a la derecha, personalidades a la izquierda, celebridades en el frontrow… Puppy ejercía de anfitriona y recibía el pésame de los invitados, ya que nadie tenía realmente certeza de quién era el tal De Falco ni qué familiares del difunto estaban presentes. Lo único cierto es que el rumor de que un potentado había muerto y que su funeral era el sitio justo donde dejarse ver se había extendido como la pólvora. Puppy es experta en eso. Basta con que diga que tal peluquero hace las mejores mechas de la ciudad para que su libro de reservas se cope hasta 2021.  

A todo el mundo le encantó la somera ceremonia de adiós, las concisas y sentidas palabras de Puppy en su Balenciaga de estreno, y lo rápidamente que dejamos el desagradable ritual funerario para pasar al salón contiguo donde un ágape chic estaba dispuesto al son de un ameno, pero respetuoso, cuarteto de cuerda que estimulaba que los invitados se mezclasen y se divirtieran (moderadamente… era un funeral). 

Mr. Traill regresó cuando la fiesta estaba en su apogeo. Llegó temprano como de costumbre pero no le dejé entrar. Me dijo que cómo me atrevía a negarle la entrada a su negocio, a lo que le respondí que podía ser su negocio, sí, pero que a un evento mío no entraba nadie con un traje de poliéster. Le sugerí que se acercara a Lord & Taylor y se hiciera con un buen traje de Hart Schaffner Marx, que no eran especialmente caros y se habían puesto muy de moda gracias al nuevo Presidente. Viendo mi determinación a no dejarle pasar, y siempre refunfuñando, decidió hacerme caso. Cuando volvió se quedó helado de ver la enorme convocatoria que habíamos tenido. Disfrutó unos instantes de la animación y se retiró a su despacho. 

Lo más curioso era el escuchar lo que la gente decía cuando se acercaba al féretro. “Pobre Eddy, si parece que fue ayer cuando lo vimos tan lleno de vida” exclamó una señora ultradelgada cuyo marido ha cobrado un jugoso dividendo mientras el banco que dirige ha tenido que ser rescatado por el Gobierno. Warren y yo nos miramos y pusimos cara de perplejidad. Aquello empezaba a ser una experiencia de histeria colectiva. Todo el mundo parecía conocer a De Falco muy de cerca, y no precisamente de haberlo visto rebuscando en la basura rodeado de gatos, que era lo más probable que hubiera hecho en los últimos años de su vida. Una editora de moda se acercó a mí, me felicitó por la organización y señaló cuán original le parecía haberle puesto guantes al cadáver. “Un toque muy chic” me dijo. No le parecería tan chic su supiera que era para disimular la falta de parte de los dedos comidos por los gatos. 

Una voz a mis espaldas dijo.  

–No tiene nada de buen aspecto. 

Me volví y descubrí a una terrible amazona de pómulos marcados y enorme casco de peluquería enfundada en unas carísimas pieles de chinchilla. ¡Era mamá! No sé cómo me había localizado. La sorpresa inicial no evitó que notara pequeñas variaciones en su rostro: las bolsas de los ojos habían disminuido drásticamente, el óvalo de la cara estaba reafirmado y el descolgamiento de la papada corregido (una lipectomia submental clara). Empiezo a sospechar que su retiro no ha sido precisamente para esquiar. Le di dos besos con más sorpresa que entusiasmo y me repitió señalando el cadáver: 

–Digan lo que digan yo le veo muy mala cara.

–Será porque está muerto, ¿no? –le respondo fastidiado por sus ansias de estropear mi éxito–. ¿Qué haces aquí?

–Quería visitarte y ver si te hacía falta algo.

–Un poco tarde, ¿no crees? Esta visita la hubiera necesitado cuando papá me despidió y me dejó en la insolvencia. ¡En la calle!

–Querido, yo tampoco estaba pasando mi mejor momento.

–¿A qué has venido, mamá?

–A verte, claro. A ver cómo está mi niño y qué necesita.

–¿A qué has venido, mamá?

–¿Pero a qué voy a venir?

–¿Entonces no piensas ir a los desfiles de la Semana de la Moda?

–Bueno… Ya que estoy aquí… 

Pillada total. Sólo ha venido por los desfiles. Así que muy dignamente la acomodo en una de las últimas filas, pero sin saber cómo, en cuanto me doy la vuelta, se pertecha en primera fila. Como no quiero un enfrentamiento directo mando a Ayako para que la devuelva a su sitio asignado. A los tres minutos recibo una llamada por el intercomunicador: “tenemos un problema”. 

–Mamá, ese sitio está ocupado –le digo tras acercarme.

–Yo no veo a nadie en él.

–Porque todavía no ha llegado, es para una editora de Vogue.

–Estás loco si piensas que una editora de Vogue va a venir a esto.

–No me gusta nada ese tonito que usas en el “esto”. ¿Si te parece tan cutre por qué no te sientas donde te he asignado?

–No ha nacido aún quién me quite un fontrow -me responde rechinando los dientes.

–¡Mira, haz lo que te de la gana! 

La dejo por imposible y decido ignorarla en lo que resta. Por todo lo demás todo sale a pedir de boca. 

*** 

Son las 13:15 cuando llego al trabajo. Empiezo a recuperar mis hábitos laborales, entre los que está dedicar las mañanas a las relaciones públicas fuera de la oficina. Cuando arribo me informan que Mr. Traill ha preguntado por mí desde primera hora y que está que echa chispas. Anita me explica que esta mañana empezó a revisar facturas y que tubo que tomarse medio bote de pastillas para el corazón. Dice que dijo “lo que no ha conseguido mi ex-mujer, lo va conseguir este chico, llevarme a la tumba o la ruina”, y por lo visto debe ser algo terrible, porque según me cuenta Anita gracias a su ex terminó en la UCI con un ataque al corazón y en la calle sin nada tras el divorcio. Me advierte que vaya con cuidado, que guarda un arma en el escritorio y tiene el ánimo propicio para usarla.  Entro un poco atemorizado en el despacho.

Y para mi sorpresa… ¡Mr. Traill me abraza! Por lo visto en el tiempo que va desde que revisó las facturas a primera hora a cuando yo he llegado, ha recibido una llamada para encargar un funeral de un industrial muy conocido, una agencia de alto standing quiere cerrar un acuerdo de subcontrata para que nos hagamos cargo de los sepelios de sus clientes, y una niña pija con un fondo fiduciario de un millón de dólares quiere que organicemos el adiós a su chiguagua. Ha hecho cuentas y cree que mi pequeño funeral-presentación ha sido la mejor inversión de su vida. 

Salgo de la oficina muy orgulloso. Por fin alguien reconoce mi talento. Siempre le estaré agradecido a Mr. Traill por haber confiado en mí. Me suena el móvil. 

–Buenos días, ¿Rafael Ridao?

–El mismo.

–Soy Catherine Maxwell de Maxwell Logistic –¡Dios, la empresa de organización de eventos de élite más importante de Nueva York!–. Estaría interesada en reunirme con usted, creo que tengo una oferta que le va a interesar. 

¡Gracias Mr. Traill por haber confiado en mí! Pero los negocios son los negocios.

 

EL CRACK (el serial) - Capítulo XVI

Viernes, 30 Enero 2009

Todo lo que necesito es una buena idea 

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Mi primer día en Traill Funeral Home había llegado. Había transcurrido una semana después de que aceptara el trabajo. El Sr. Traill insistía en mi inmediata incorporación, pero para mí eso era inviable porque 1) no quería parecer ansioso por cobrar mi primer cheque funerario y 2) tenía muchas cosas que preparar antes de ‘revolucionar’ el sector con mis grandes ideas. Al principio, he de confesar, sólo acepté por el dinero. Haber pasado por la experiencia de la tienda de cómics me había hecho valorar el dólar con un nuevo cariño, respeto e veneración. Pero después empecé a imaginar todas las posibilidades de ese nuevo puesto que me ofrecían y que en principio me había parecido peor que mi etapa comiquera. Lo peor de trabajar en la tienda eran las preguntas de los clientes que te consultaban como si fueras un oráculo. Siempre me ganaba la bronca del encargado. “Tienes que estar al día de todo y sugerirles que compren los números exactos en donde se aclaren sus dudas”. Por lo visto era un sacrilegio no saber en qué número Batman descubre que tiene un hijo o en el que Superman se convierte en un ser de energía azul pura. Aún recuerdo el último día en la tienda, cuando se me acerca un chaval de unos trece años y me pregunta “me he perdido algunos números de Uncanny X–Men y ahora no sé por qué el equipo vive en San Francisco”. ¡Y yo que creía que todos los superhéroes vivían en Nueva York, el único sitio del universo en que se puede ir por la calle embutido completamente en Lycra sin que nadie te dedique una segunda mirada! Por una vez me sentí creativo y contesté a la pregunta sin titubear. “¿San Francisco? Ummmm, déjame pensar. Sí, eso es porque todos los X–Men han salido del armario, y si compras los últimos cinco números de la serie verás mogollón de sexo explícito entre el tío grande de metal y ese de las gafas rojas que lanza rayos”. Una vez que sigo las recomendaciones del encargado y  me gano una bronca de aúpa (a pesar de que vendí 5 cómics).  

En la funeraria va a ser todo diferente. Se me da de muerte, con perdón, organizar fiestas. Sólo tengo que hace los ajustes necesarios para que en vez de pasarlo bien la gente se pueda regodear en su tristeza, que es más o menos pasar a la fase de las fiestas en que todo el mundo está trompa y se lamenta de lo mal que le va la vida. Pero en el fondo es lo mismo, la gente lo que quiere es algo con buen gusto que la gente pueda decir después “el mejor funeral ha que he asistido es el de…” Mi único problema es que estas ‘fiestas’ no son planificables, la gente no te llama y te dice “hola, quiero que organices mi funeral para dentro de dos semanas”, es algo que deben prever mucho antes y sin fecha. No es problema, ya se me ocurrirá algo. 

En mi primer día como ¿funerario? (nota: tengo que buscar un nombre más glamoroso para lo que ahora hago) resplandece un sol de enero fantástico, buena señal. A las puertas de Traill Funeral Home hay una chica de unos 22 años. Bueno, no soy adivino, he visto su edad en su résumé, la he contratado yo. Ayako va a ser mi nueva asistente. Llamé a una vieja amiga que trabaja en una empresa de organización de eventos de moda para que me pasara algún curriculum vitae que me fuera útil. Cuando llego a su altura de la chica le echo un buen vistazo de arriba a abajo. 

–¿Ayako?

–Sí, Mr. Ridao. La vuelvo a mirar atentamente. 

–Menos maquillaje, nada de pantalones, nada de rojo o amarillo, prohibido los maxi complementos, vetados Donna Karan y Armani, siempre tacón alto, medias sólo si aportan algo, no repito las cosas dos veces, no me gusta escuchar la voz de mis asistentes, no existe el horario laboral, cualquier hora es horario laboral. ¿Comprendes?

Hai, Mr Ridao. Me he permitido traerle un café para comenzar la mañana.

–No sabes cómo me gusta el café –le digo glacialmente.

Hai, por eso he traído de todo un poco –recoge una caja que tiene en el suelo a sus pies donde hay media docena de vasos cerrados de Starbucks con post-its sobre las tapaderas– para que elija.

–Café con leche, no muy cargado y azúcar moreno. 

La observo mientras saca uno de los cafés y lo adereza con azúcar que lleva en su bolso. Me gusta su estilo. No como el traidor de Richard, mi ex-asistente, que siempre me era útil a posteriori. Sí, me sacaba de comisaría, pero no evitaba que terminara allí. Sí, conseguía recuperar todo tipo de objetos y prendas que me iba dejando en casas de mujeres a las que no quería volver a ver, pero no evitaba que me dejara aquellas cosas olvidadas. Un buen asistente tiene que adelantarse siempre a las necesidades de su jefe. Ayako prometía. 

Entramos juntos en la funeraria. Jerome estaba barriendo. Ya me conocía así que no salió espantado a balancearse en plan autista mientras tarareaba si cesar sus melodías… hasta que reparó que iba acompañado por una cara desconocida y se descompuso en uno de sus ataques. Seguí adelante en busca de Traill. 

–Buenos días, Ridao.

–Buenos días, Traill.

–¿Quién es su amiga?

–No es mi amiga, es mi asistente. Va a ser mi mano derecha.

–Rafael, me temo que no podemos pagar otro sueldo –me dice el bueno de Mr. Traill con cara de preocupación–, ya hemos sido muy generosos con el suyo y no…

–No se preocupe, Traill, está en prácticas. A estas chicas no se les paga. Ellas están encantadas de trabajar gratis, es experiencia. Sobre todo para ella, que es japonesa. Ya sabe que los japoneses son muy trabajadores y poco conflictivos, quitando a la yakuza, claro. Además a estas chicas de práctica se las quema en seis meses y después pillas a otra, y ya está.

–¿Es sorda? –me pregunta Traill preocupado por mi franqueza justo delante de ella.

–No, sorda no, licenciada en periodismo y relaciones públicas. 

Ayako no pierde la sonrisa y le ofrece un café a Mr. Traill enumerándole los tipos que le quedan dentro de la caja. 

*** 

Llamo a Warren a media mañana. Quien me coge el teléfono me dice que no sabe dónde está, que debe haber subido al último piso a tirarse de una ventana o en los lavabos cortando las venas porque uno de los fondos que gestiona se ha quedado al 10% de su valor. Yo sé que Warren no haría algo tan frívolo como suicidarse… sin avisarme. Sabe que no le perdonaría que me dejara en la calle de esa manera, aún vivo en su apartamento.  

Por fin lo localizo en el móvil. Le suplico que coma conmigo y que anule su cita con no-sé-quién de la Comisión Reguladora de la Bolsa de Nueva York. Me dice que no puede, que lo están investigando, que puede ir a la cárcel, que con los tiempos que corren cualquier metedura de pata puede salir cara. Yo lo tranquilizo y lo convenzo de que anule la cita alegando que está enfermo y que coma conmigo en el Four Seasons, que es muy MUY urgente. 

Nos encontramos en la esquina de la 52 con Lexington. Ayako me acompaña siempre tres pasos por detrás de mí, es una costumbre japonesa que me parece muy bonito conservarla. Entramos en el restaurante y el maître nos pregunta si deseamos mesa para tres refiriéndose a Ayako como posible tercera comensal. 

–No, sólo para dos, ella esperará aquí fuera.  Warren señala que tengo un comportamiento “cruel” con mi asistente, pero no insiste porque va a ser él el que pague la langosta, y lo sabe. 

–A ver, ¿qué es eso tan importante como para anular una cita con la Comisión? –me dice frente a unos entrantes de carpaccio de atún.

–Tengo un problema, me he dado cuenta que mis clientes, en mi nuevo trabajo, están todos muertos –me mira no dando crédito a que me haya dado cuenta a estas alturas–. Lo que quiero decir es que cómo se le ofrece tus servicios a gente que ya no decide.

–A veces me sorprendes, Rafe. No me puedo creer que me hayas hecho venir para esto.  

Tira la servilleta realmente exasperado sobre la mesa. Pero mi cara de cachorrito huérfano que tan buen resultado da con las mujeres se revela también efectiva con él.  

–Rafe, no tienes que negociar con los muertos, sino con los vivos, ya sea antes de que se mueran o con los que quedan tras de él.

–Sí, lo sé, lo sé, pero esta mañana compré todos los periódicos para ver qué peces gordos habían caído hoy, pero descubrí que una vez que aparecen en el periódico ya tienen cerrado todos los flecos del funeral, es decir, que llego tarde.

–La cuestión es que tienes que cerrar el negocio antes de que se mueran.

–¡Pero yo cómo voy a  saber quién se va a morir! ¡¿Qué quieres, que me pase el día en los hospitales como los picapleitos busca-indemnizaciones?!

–A veces eres obtuso, Rafe. Este no es un negocio a corto plazo, sino a medio-largo. Piensa en los seguros. Lo que tienes que hacer es demostrar cómo son los funerales que tú organizas y extender la fama de que son los mejores de la ciudad. Los contactos ya los tienes…

–Esa idea no está nada mal. Lo que tengo que hacer es un evento promocional.

–¿Evento promocional?

–Sí, un funeral-degustación. Invito a todo el mundo y les muestro lo elegantes y lo amenos que son nuestros funerales.

–No era eso precisamente lo que yo… 

No lo dejo terminar. Le hago señas a Ayako para que entre en el comedor y tome nota de lo que se me va ocurriendo. 

–Apunta: Invitaciones. Pide cita para ver al decorador Jean-Hugues de Chatillon. Hazme una lista con los mejores floristas de la ciudad… No, olvídalo, contacta directamente con Raul Ávila. ¿Qué más? Sí, el catering… Consulta mi agenda, tengo docenas de empresas de catering puntuadas según su calidad. ¿Qué más me falta? ¿He dicho las invitaciones? Sí. Algo se me olvida, estoy seguro.

–Señor, ¿le traigo una silla a la señorita? –interviene un camarero que obviamente no le gusta que Ayako esté de pie en medio del restaurante.

–La señorita está bien de pie –le replico–. Olvido algo, ¿qué más me hace falta?

–Pero está incomodando al resto de la clientela.

–Está bien, tráigale una silla, pero no va a comer nada. ¿Qué más? ¿Qué más? ¡Ya! Apunta Ayako: un muerto, necesitamos un muerto.

El Crack (el serial) - Capítulo IV

Viernes, 7 Noviembre 2008

¡Que llega el presidente! ¡A sus pies señor presidente!

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No sé qué ha pasado con todo el mundo, se han vuelto locos. Ayer salía con un colega de la oficina para ir a almorzar, cuando una señora que debía rozar el siglo, nos arreó con el paraguas y nos maldijo por traer el Apocalipsis a la Tierra Elegida. Lo que más me molestó es que mi colega se disculpó con ella mientras se palpaba la coronilla para ver si en vez de almorzar tenía que ir a que le tomaran puntos de sutura. ¡¡¡¿Pero el mundo está loco o qué?!!! Desde cuándo somos nosotros, los financieros, los culpables de que todo el mundo quisiera una casa a cualquier precio y que después no pudieran pagarlas. Nosotros no los obligamos a ir a los bancos a firmar esas hipotecas. Nosotros no fuimos los que dijimos “podremos pagar” cuando sabíamos que no lo haríamos. Nosotros no empaquetamos esas hipotecas basuras y las hicimos circular por el sistema finan… ¡Oh! Eso sí. 

El caso es que hasta hace una semana ser financiero en Nueva York era lo más, ‘beyond’, la hostia. Y hoy nos pegan las viejas por la calle con total impunidad. El ser un financiero te abría las puertas para disfrutar de lo mejor que la vida moderna puede ofrecer, por ejemplo, someterte a un peeling a manos del Dr. Max, la última sensación dermatológica de la ciudad con lista de espera hasta 2010. Quien diga que la invención de la rueda fue el gran logro de la humanidad es porque no ha pasado por la consulta del Dr. Max. El ser financiero te permitía hacer grandes cosas en la vida, como salir en Men’s Vogue, quizás no en la portada, que está reservada para deportistas, actores y miscelánea como Tony Blair, pero sí figurar en páginas interiores, que no es moco de pavo. Yo he salido un par de veces en GQ y una en Esquire, y en un top ten de los solteros más deseados de la Gran Manzada que publicó New York Magazine, e incluso me dedicaron una entrevista en W dentro de un reportaje sobre los ejecutivos más prometedores. Fue una entrevista bien en profundidad en la que hablamos sobre cómo Bottega Veneta se ha hecho imprescindible en mi vida y cómo tomé la decisión vital de pasarme del pilates al yoga. 

Y ahora, sin previo aviso, soy un personaje denostado sumido en el miedo. Miedo a las señoras mayores con paraguas. Miedo a mi asistente y a que se entere de que mi dirección en estos años ha sido una pseudo-ficción, miedo a perder mi estatus…  y miedo, sobre todo, a mi padre, que llega mañana a las 8 según anunció. 

*** 

Suena el despertador. Es inusitadamente temprano, las 9:30 de la mañana, pero tengo que madrugar para prepararme ante la llegada de papá esta tarde, al que quiero ir a recoger al aeropuerto para demostrarle que estoy al mando de todo. Echaré de menos esa horita de sueño habitual de la que me he privado. Me espera una jornada intensa y llena de sorpresas. 

Primera sorpresa: Nueva York ya está funcionando a las 10 de la mañana cuando piso la calle. Me subo al Town Car que me espera y me dirijo directamente al gimnasio. Repaso mentalmente la agenda que me he programado (le consultaría a Robert, pero me dejé anoche el móvil en casa de Puppy, luego lo recojo camino del aeropuerto). He anulado todas mis citas del día, nada es tan importante como papá, mi presidente. Sólo me falta notificárselo a Robert para que se lo comunique a los ‘reunientes’ implicados. Da igual, ya se inventará alguna excusa sobre la marcha. Así que mi planning se ha reducido a lo realmente esencial: Primero tengo sesión con mi personal trainer en el Chelsea Piers, después almuerzo en Le Cirque con Warren que ha prometido dejarme unos gráficos que dejarán entusiasmado a papá (los estudiaré por encima camino del aeropuerto), a continuación recogeré el traje nuevo de Yves Saint Laurent que quiero llevar esta tarde (si voy pillado de tiempo me cambió en la boutique), después tengo que acudir a la consulta de mi dermatóloga para que me estimule el colágeno con un tratamiento de radiofrecuencia que se llama Thermage que me aconsejaron hace unos días en una fiesta, y tras pasar por casa de Puppy para recoger el maldito móvil, me voy directo al aeropuerto. Todo calculado al milímetro. 

*** 

19:00h. Todo como la seda, quitando el centenar de llamadas perdidas de Robert a mi móvil. Empezaba a creer que no pintaba nada en la empresa, pero el sin par número de llamadas testimonia que soy imprescindible y requerido, cada cinco minutos desde las 9 de la mañana (¿trabajamos a esa hora?). No importa, sobrevivirá hasta que llegue a la oficina mañana. Ahora lo único que importa es recoger a papá y acomodarlo, y que vea que soy diligente y que estoy comprometido con mi trabajo. 

Pero… ¡Uh-huh! Cuando llego al Aeropuerto Newark nadie sabe decirme dónde está el avión de papá. ¡Sales de Nueva York y nada funciona! “¿Dónde está mi padre?” le grito a un tipo con cara de hindú que por toda respuesta se encoge de hombros. ¡¿Para eso he venido hasta Nueva Jersey?! ¿Y si le ha pasado algo? Quizá estén buscando los restos de su avión en medio del Pacífico… quiero decir, del Atlántico (siempre me cofundo: Pacífico-izquierda, Atlántico-derecha). Me descubro gritándole a una impertinente “señorita” (por llamarla de alguna manera, porque debió de nacer antes de que Roosevelt llegara a la Casa Blanca) que me pide insistentemente que me calme y espere mi turno, lo que hace que suba automáticamente más si cabe el tono. “No tenemos constancia de tales hechos, nadie ha informado de la desaparición de un avión en aguas del Atlántico, señor” me dice con flema y acento británicos. Le estoy respondiendo que en tal caso, yo, en ese momento, le estoy “informando” del hecho… en lo que suena el teléfono. “Robert” anuncia la pantalla. 

—Ahora no, Robert. Estoy en medio de una crisis. El avión de mi padre se ha perdido en medio del océano y esta subnormal sólo sabe repetirme que no tienen noticias de tal hecho. Y si tengo que gritar para que me de una respuesta, pues grito —digo desgañitándome aunque bajo la voz cuando veo que dos policías se aproximan con tasers en la cintura—. ¿Tan difícil es comprender que yo sólo quiero saber…? ¡No me toque! Yo sólo quiero… ¡Le he dicho que no me toque, poli de mierda! Yo… Se está jugando una demanda millonaria, piense en empezar a empeñar la placa, ¡y no me toque! ¡Mi padre, yo sólo quiero saber donde está mi padre! ¡Que me suelte!

Está aquí —le oigo decir a Robert antes de que todo se funda en negro tras sentir una ‘poco recomendable’ descarga de taser. 

*** 

Siete horas después me reúno con Robert y mi abogado que han conseguido convencer a la policía de que todo fue efecto de unas medicinas caducadas. 

En el coche de mi abogado me siento morir, mareado, con el estomago revuelto. No sé si por la vergüenza o por el post-efecto del taser. Vomito. Le prometo comprarle unos zapatos nuevos a Robert y mandar a limpiar el coche de mi abogado. Ya un poco más sereno, cuando veo Nueva York al salir del Holland Tunnel, le pregunto a Robert: 

—¿Qué querías decir con que estaba allí?

—Llegó a las 9 de la mañana.

—Entonces las llamadas…

—Me hizo llamar cada cinco minutos para saber dónde estaba usted que no aparecía por su puesto de trabajo.

—Y tú le dijiste… 

Simplemente se encogió de hombros. “Traidor” pensé, sin darme cuenta que en breve amanecería y el pobre Robert aún no había pegado ojo por mi culpa. 

Papá había atendido a todas las citas que yo había abandonado por ir a recibirle. Se había puesto al día reuniéndose con todos los departamentos. ¿Y dónde estaba yo mientras? ¿Quién iba a suponer que llegaba a las 8 de la mañana? ¡¡¡De la mañana!!! ¡Si ni siquiera creía que funcionaran los aeropuertos a esa hora!