Blogs

Entradas con etiqueta ‘dependiente’

Vejado en la zapatería

Mircoles, 11 Noviembre 2009

vejado-en-la-zapateria.jpg

Ayer salí de compras. Sólo salgo de compras de pura necesidad, no soy un adicto al shopping. Es más, soy tacaño hasta la médula, por lo que gastar dinero me causa urticaria. Necesitaba unos zapatos negros nuevos porque tengo una serie de eventos formales y mis zapatos negros ya están un poco… ¿cómo decirlo?… ¡están destrozados! Destrozados de una manera tan feroz que el betún ya no disimula las marcas de tropezones de la puntera y la suela se desprende por todos lados. No son tan viejos, no, es que yo ando con la misma elegancia que Chiquito de la Calzada y tropiezo con todo. Así que ante la más pura necesidad me pertreché para una tarde de compras (cosa que odio).

Cogí el autobús (yo soy de trasporte de masas, porque Sevilla no está últimamente para pillar taxis con tanta obra del Plan Ñ y tanto atasco sádico) y me planté en el centro, donde se concentra gran parte de la actividad comercial de la ciudad. Para coger fuerzas para esta hercúlea misión me compré una palmera de chocolate pero sólo le pude dar un mordisco antes de que una abuelita en bicicleta (esa es otra, Sevilla está de lo más ecológica, con tanto carril bici que invade las aceras) me diera en el codo y me la tirara al suelo. ¿Y qué ibas a hacer? ¿Vas a insultar a la temeraria abuelita? No es políticamente correcto. Así que recogí la palmera y la tiré a una papelera pensando que existe algún tipo de justicia cósmica que vigila mi ingesta de calorías. Ya iba pues de mal humor.

Me fui directamente a los grandes almacenes que todos conocemos y subí a la planta de caballeros. Tal como salgo de la escalera mecánica encuentro lo que busco: zapatos negros talla 43 de corte clásico, lisos y de cordones. Todo un comodín por su simplicidad. Los cojo sin ni siquiera probármelos y me encamino a pagarlos. Me encanta que los dependientes me ignoren, es lo que más me gusta en esta vida (estoy siendo irónico), me encanta que pases media hora detrás de un tipo que está atendiendo a una persona que ES EVIDENTE que no va a comprar nada. Cuando te armas de valor y le preguntas si no hay nadie más que te pueda atender, el buen señor gira la cabeza y te dice que esperes, que está atendiendo a una clienta. ¿Pero qué crees que he estado haciendo desde hace veinte minutos? Esperar y esperar. Mientras me he empapado de la conversación que mantiene con ella, que evidentemente es una conocida porque le está hablando de los niños y de Matalascañas. Me irrito (fase previa al cabreo) y le tiro los zapatos sobre la caja de cobro y me voy, y aún detecto la mirada del tipo a mis espaldas que piensa que soy un cretino impaciente.

Mejor probar con una zapatería de toda la vida, de esas pequeñas que abundan en calles especializadas en calzado. Allí, pienso, seguro que el dependiente no pasa de mí. Pero a la postre constato que un exceso de atención es quizás peor que te ignoren.  Según lo que me pasó me he dado cuenta que lo que más nos perjudica como consumidores no es ni más ni menos que la educación, que no te permite decir lo que quieres decir en el momento en que lo quieres decir. A continuación reproduzco la escena que viví:

-Buenos días –le espeto a un dependiente larguirucho de avanzada edad que quita el polvo a las cajas de zapatos apiladas con un plumero.

-Buenos días, ¿qué desea?

-Tengo algo muy concreto en mente. Zapatos negros, sin ningún tipo de adorno, de cordones. Del 43.

Me mira meditabundo y da media vuelta y coge un par de cajas de una pila. Saca uno, le quita los papeles que lo rellenan y me pasa el zapato en cuestión.

-No, no, quiero zapatos de vestir de cordones, no mocasines.

-Los mocasines quedan muy elegantes para vestir.

-Pero no tienen cordones.

-¿Y lo quiere con cordones? –como dando a entender que he tomado una decisión incorrecta.

-Sí, con cordones.

Entonces me pasa unos semi-brogue, de esos que tienen adornos perforados.

-No, los quiero liso. Negro y lisos.

-Estos van muy bien para vestir.

-Sí, sí, me encanta…

-Pruébeselo –le quita el relleno, abre los cordones y me lo pasa.

Yo me los pruebo con esa cara de “uy, que bueno” que pones cuando te dan a probar una comida horrible pero no quieres herir los sentimientos del cocinero.

-Están muy bien, pero prefiero algo liso.

-Comprendo -¡por fin!- usted quiere unos Oxford –no, ¡por fin! no.

-No, quiero unos zapatos lisos. Sin perforaciones, ni adornos, ni costuras… lisos.

-Esos no están de moda -¡a mí me va a decir esta momia lo que está de moda!

-La verdad es que no me interesa mucho la moda -le digo ciertamente enojado-, ¿tiene algo como lo que necesito?

Entra en la trastienda y saca un par de cajas. ¡Eureka! ¡El zapato buscado! Me pruebo el par que me tiende. Le pregunto si son el 43 y me asegura que sí. Pero me vienen estrechos, los dedos chocan con la puntera y me aprieta el juanete. Le digo que el necesito una talla más y me tiende el 44. ¡Anchos! El pie baila dentro del zapato. ¿Cómo puede haber tanta diferencia entre un 43 y un 44.

-¿Está seguro que esto es un 44? –me enseña la caja donde pone claramente que son un 44.

-¿Por qué no se prueba de nuevo los otros?

Me los vuelvo a poner y siguen siendo pequeños, no son imaginaciones mías. La piel del empeine del zapato se arruga por tener el pie embutido. De refilón veo la caja y me doy cuenta que ponen “42“.

-Oiga, estos son un 42.

-Sí, es que no tengo el 43 -¡acabáramos! ¿Entonces por qué me dice que son del 43?

-Es que yo tengo un 43.

-El 44 le está bien, basta con que lleve unos calcetines gruesos -¡no quiero calcetines gruesos!, ¡quiero un zapato de mi talla!- En el 43, en negro, solo tengo esos que le he enseñado antes –los troquelados- y estos otros –me saca unos Oxford.

Los Oxford no están mal del todo y no sé por qué me da cargo de conciencia levantarme e irme sin comprar nada después de llevar media hora probándome zapatos. Así que en contra de todos mis instintos que me dicen “vete de ahí ya” le pregunto el precio de los Oxford.

La cosa es que hay algo en estos zapatos que me da mala espina. Tienen lo que yo llamo “arrugas de expresión”, es decir, esas pequeñas arruguitas que se forman cuando el zapato ya ha sido puesto.

-Estos zapatos están usados –pienso en voz alta.

El tipo se me queda mirando como si le hubiera mentado a la madre. Trato de excusarme y le explico que la piel ya está maleada. Me afirma que será por las veces que la gente se lo ha probado. Así que saco el zapato del otro pie, el que se supone que la gente no se prueba y encuentro las mismas arruguitas. De pronto me da por mirar la suela. ¡¡¡Ni los de Phileas Fogg (Willy Fogg para los que sólo conocen la versión animada de la obra de Julio Verne)!!! Las suelas están sucias, pero sucias de haberse usado bien usado. Se lo muestro al dependiente que sigue en sus trece.

-La gente es así –me dice-, mire que se le pone una alfombrita para que pisen en ella, pues nada, todo el mundo pisa en el suelo.

-Mire, no, no me los llevo. Porque voy a irme a disgusto con ellos…

-¿Entonces se lleva los de 42 del modelo liso? La piel en cuanto le de el calor del pie se dilata y le viene como un guante.

-No, no…

-Ya, prefiere los del 44 para ponérselo con calcetines gruesos.

Yo sólo quería salir de allí, me sentía secuestrado física y moralmente. Al final, y bajo la presión, le digo que me llevo los semi-brogue, que son lo diametralmente opuesto a lo que deseo comprar.

Mientras me cobra me dice el buen hombre (por llamarlo de alguna manera):

-Es que los hombres no podemos ir de compras solos, nunca tenemos claro lo que queremos. Si no fuera por las mujeres compraríamos cualquier cosa con tal de salir del paso.

¡No lo sabes tú bien!” pensé. Era justo lo que acababa de hacer, salir del paso. Lo que no sabía el vendedor es que al día siguiente mandaría a mi madre con los zapatos para que los devolviera. Porque, seamos francos, las madres están para esas cosas: para hacer devoluciones, reclamaciones, conseguir descuentos y desquiciar a los dependientes que nos desquician a nosotros. Las madres son siempre ese as que nos guardamos en la manga, un arma de destrucción masiva biológica, un perro de presa que se tira a la yugular de los dependientes impertinentes… Compadezco al señor de los zapatos.

PD. El título de este post es un homenaje a mi buena amiga Antonia que mantiene que fue ‘vejada en Sfera’ a propósito de una publicidad de rebaja mal entendida. Para que vea que todos somos vejados en algún momento por un dependiente. ¡Va por ella!