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Diario de un aristócrata II. Una propuesta muy proletaria.

Domingo, 11 Diciembre 2011

Ayer me hicieron unas fotos para una revista de gentlemanes y el insolente fotógrafo me preguntó cuál era mi lado bueno. ¡¡¡Mi lado bueno!!! Le aclaré que una persona de mi alcurnia tiene todos los lados buenos, más si por parte paterna tienes sangre de los Ripalda de Medinaceli y por parte materna sangre de los Suavia. Acto seguido lo abofetee por su insolencia.

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Me dirijo en coche al estudio de un fotógrafo que va a realizar un encargo de la revista PG, Perfect Gentleman. Quieren que pose para la potada de abril. Van a realizar un portfolio con lo más granado de la nueva generación de la aristocracia patria. Según el mail que me mandó el director vamos a hacer una portada coral, “los cinco jóvenes aristócratas con más proyección del momento“: Cayetano, Luís, Luís Alfonso, Borja y yo. Debo confesar que al saber los nombres me pensé unos días el dar el sí, porque si quitamos los que no encajan en lo de “jóvenes”, a los arribistas, a los deslegitimados y a los que no tienen ni un euro… bueno, quedaría sólo yo, y una portada coral necesita más de un protagonista. Así que he sido indulgente y he dado mi sí. Eso sí, he exigido que me fotografíen en solitario y que después lo monten con Photoshop, no quiero coincidir con los otros, que me parecen insoportables.

Mi chofer se detiene ante lo que parece una nave industrial a las afueras de Madrid. Darwin se baja y abre mi puerta.

–Cierra la puerta ahora mismo –le ordeno áspero– y ve a notificar al equipo mi llegada.

Darwin cierra perplejo el coche y se dirige a la puerta metálica de la nave donde busca con ahínco un timbre al que llamar. Yo esperaba que al menos tuvieran la vergüenza plebeya de haber preparado una pequeña comitiva de bienvenida que estuviera esperándome, no creo que esta chusma proletaria tenga muchas oportunidades de tratar con la aristocracia, así que les perdonaré el agravio.

Darwin vuelve dubitativo y me comunica que ya ha notificado mi llegada, que todos se han congratulado y que ¡¡siguen esperando dentro!!

–Darwin, inútil –le espeto–, es obvio que no te has explicado correctamente. Vuelve ahí dentro y les dice que estoy aquí, dentro del coche, en este instante, y que espero el comité de bienvenida protocolario. ¡Ve!

Unos diez minutos más tarde sale a recibirme Armando López de Vinuesa, el director de PG, con su sonrisa más cálida. Lo acompañan Enka Lookenen, la directora de moda y estilista de la sesión fotográfica, una sueca de Valladolid loca por Tom Ford; el fotógrafo, al que me presentan como Ernesto Campillo (¿nacional?, yo esperaba un artista al menos británico, como Lord Snowdown); y una chica de pelo indescriptiblemente verde de nombre perfectamente prescindible por vulgar que se supone me va a hacer unas preguntillas a modo de entrevista. Cuatro en total, una comitiva más bien pobre, pero tolerable.

Entramos en la nave y todo me parece tan pintoresco e ¡industrial! Les comento que mi bisabuelo tuvo una fábrica en Santander a finales del s. XIX y que era modélica pues solo murieron en ella 134 trabajadores, todo un logro social teniendo en cuenta la molesta costumbre que tenían en aquella época de morir en el tajo. Se quedan muy sorprendidos por mis conocimientos de la historia familiar, pero hay que tener en cuenta que La Baronesa nos puso un tutor en casa cuando pequeños que nos hacía estudiar nuestro árbol genealógico y millones de datos como este. El tutor ponía especial acento en el puesto que ocupábamos en las distintas líneas sucesorias a los tronos europeos, por si algún día llegaba nuestro momento.

En seguida nos ponemos manos a la obra. La estilista me pasa un traje de Vuitton y unos zapatos de Hermès. Así también soy estilista yo, recurriendo a valores seguros. Pero a pesar de ser prendas exquisitas está claro que no leyeron el mail que mi relaciones públicas les hizo llegar con mis exigencias.

–Querida, ¿qué color es este? –le pregunto cogiendo la chaqueta como si fuera una bolsa de basura rezumante.

–Gris –me responde perpleja.

–¡Qué simple eres, querida! ¡Gris! Hay miles de grises. Decir que esto es gris es una generalidad, como si le dijeras a un esquimal que la nieve es blanca. Yo diría que este traje es ‘gris nieve sucia que has cogido de debajo de un Land Rover’. Odio ese gris concreto. Si hubiera sido ‘gris cielo de enero previo a un chaparrón’ o ‘gris perla iluminada por una bombilla azul de 220 W’ lo mismo lo hubiera tolerado, pero este gris es inadmisible.

Me dice que tiene alternativas. Me enseña un traje negro de corte sepulturero propio para un presentador de gala de cine español; un traje marrón… ¡inadmisible, en la familia no ha habido nadie tan mediocre como para vestir de marrón!; un traje azul marino…

–¡Basta! –le grito–, ahórrame la tortura de constatar tu minusvalía cromática. Afortunadamente me he permitido hacer una selección personal en Armani.

Darwin aparece con un portatrajes que alberga una exquisita pieza ‘gris aristócrata paseando por los Campos Elíseos’ que hace enmudecer a todos con una variante del Síndrome de Stendhal, a pesar de que la díscola estilista insiste en comparar el primer traje con el que yo aporto repitiendo “es igual, es igual”. Pobrecita, deberían darle una paguita por su minusvalía, debe ser terrible vivir sin la capacidad de distinguir matices cromáticos.

Me visto y el fotógrafo insiste en sentarme en una silla de diseño que voy a tolerar porque es de Philippe Starck… “Cruza las piernas” (me tutea, insólito), “levanta la barbilla”, “pon otro foco allí”…

–Ya casi estamos –me dice porque mi impaciencia es evidente–, solo tenemos que coger postura y… ¿cuál es tu lado bueno?

Me levanto ipso facto y me acerco a él amenazante:

–¡Insolente! ¡¿Mi lado bueno?! ¡¡¡¡Mi lado bueno!!!! Entérese, petimetre, que alguien de mi alcurnia no tiene lado malo. Sepa usted, fotógrafo de pacotilla, que por mis venas corre sangre de los Ripalda de Medinaceli vía paterna y de los Suavia por la rama materna.

Y le planto una sonora bofetada en su cachete derecho, que a partir de entonces ya tenemos seguro que no es “su lado bueno” de lo rojo e hinchado que se le pone. Todo se pone muy tenso y amenaza con llamar a la policía. “¡Hazlo!” le grito mientras  el director trata de reconducir la situación a aguas más calmas.

Armando se disculpa en nombre del fotógrafo y realizamos las fotos. Es buen amigo y no quiero fastidiarle la portada con mi ausencia. Sin mí sería un ‘especial sangre azul’ bastante plebeyo. Es más, me hace una propuesta desconcertante.

–Te quiero en mi revista –me dice, y yo le repito que deje ya de hacerme la pelota, que ya me he hecho las fotos–. No, me refiero como firma. Una columna mensual. ¡No, una página… incluso un par de páginas para ti!

–¿Estás loco? ¿Qué tendría yo que aportar?

–¡Mucho! Lo veo, lo veo… Entrevistas inusuales por un personaje inusual: El Duque de Trastavilla. Entrevistas irreverentes, incluso impertinentes.

¿Impertinentes? Ummmm, no creo que yo pueda ser impertinente dada la educación inglesa que he recibido. Pero debo confesar que me intriga la propuesta. Ya no por el hecho de hacer entrevistas, sino por el trabajar en sí, algo que jamás se ha hecho en la familia. Puede ser una experiencia curiosa. Por supuesto mamá pondrá el grito en el cielo. “¡Antes muerta que un hijo mío proletario!” dirá.

–Me tienta tu propuesta, Armando, debo confesarlo.

–Pues ni lo pienses. Mira, esta semana teníamos programada una entrevista a Tacho El Cipote, el actor porno.

–¿“Tacho El Cipote”? ¿Qué clase de nombre es ese? –pregunto horrorizado.

–No hagas caso, es solo un nombre artístico.

–Ah, ya, como Naty Abascal Duquesa de Feria o Belén Esteban Princesa del Pueblo.

–¡Justo! Pensaba encargarle la entrevista a una periodista de altura como Cristina Tárrega o Beatriz Trapote, pero ahora  mismo en mi cabeza lo veo con otro enfoque: el aristócrata y el actor porno. ¡Demoledor!

En el coche de vuelta a palacio tengo la sensación de que me he precipitado, mi entusiasmo bohemio me traiciona.  No dejo de darle vueltas a qué podría preguntarle a tal Tacho El Cipote. No sé. Si pregunto algo como “qué es lo más duro de su trabajo” me arriesgo a que me conteste con un miembro anatómico en vez de con un concepto abstracto. Esto puede ser muy complicado. Creo que lo mejor es que contrate a un negro que me confeccione un cuestionario. ¿Estará libre Mercedes Milá? Si ha presentado ese horror de bajos fondos llamado Gran Hermano seguro que no le importa hacerme de negro, es mucho más digno, al menos trabajaría para la nobleza. ¡Qué duro es ser aristócrata!

Diario de un aristócrata I. El campo se me subleva.

Domingo, 4 Diciembre 2011

Se me han rebelado los jornaleros en mi latifundio. Exigen salarios dignos y agua potable para beber, entre otras insólitas reivindicaciones como no-sé-qué de estar dados de alta en no-sé-qué de la seguridad social. No entiendo el idioma de la chusma.

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Alguien llama a la puerta de mis aposentos y me saca de un agradable sueño erótico donde aparecen las principales estrellas del catálogo de Victoria’s Secret. Voy a degollar a alguien por despertarme a esta hora tan inmoral. Llamo a voces a Estebaneo, mi ayuda de cámara, mientras aporreo el timbre del servicio. Como sea él quien ha osado llamar a mi puerta que vaya preparando su hatillo porque lo pongo de patitas en la calle con los pertinente veinte azotes de fusta de finiquito.

La puerta se abre y asoma la cabeza un lacayo sin librea (estamos perdiendo las formas y el decoro en este maldito siglo XXI que ya no respeta ni las costumbres más primitivas) y tartamudeando me notifica que la señora Baronesa, o sea, mamá, requiere mi presencia en su gabinete. En ese momento aparece Estebaneo con la cara descompuesta al descubrir que alguien ha perturbado mi descanso a esta hora tan imprudente. Estirado como si un sable le atravesara el organismo del ano a la epiglotis recrimina al lacayo el haber llamado a mi puerta en vez de haberlo buscado a él.

–Está bien, está bien, el chico se puso nervioso por el apercibimiento de la baronesa, cundió el pánico –digo magnánimo–. Abofetéalo y que se vaya a sus quehaceres.

No entiendo la cara de asombro de los dos, ya sabían cuando entraron a trabajar en la casa que aquí prima la disciplina inglesa.

–¿Yo, señor? –me pregunta Estebaneo incrédulo.

–Sí, tú, no pretenderás que salga de la cama solo para abofetear al mozalbete. ¡Ya está bien de tener que hacerlo yo todo! ¡Venga! Con un par de bofetadas resolvemos el expediente disciplinario.

¡Plaf, plaf! Como decía mi abuelo el Duque de Baranqueta, “una mejilla colorada, antes que una servidumbre alborotada”. ¡Qué sabios hemos sido siempre por la rama de los Suabia, la de mamá! Los Ripalda de Medinaceli, la rama paterna, siempre han sido muy avispados para los negocios, ya que su sangre está mezclada con la de la alta burguesía catalana, pero muy lerdos para tratar con el servicio. Hay historias que estremecen a ese respecto en el linaje de papá, como aquello que se cuenta de que mi abuelo le dio trescientas pesetas de la época a la viuda de un lacayo que murió en una cacería con el Generalísimo (por un disparo hecho por mi abuelo). ¡Trescientas pesetas! ¿Qué es lo siguiente, reconocerles una pensión de viudedad? O lo de mi tío Gregorio, que hace tres años reformó toda la mansión familiar y también incluyó en las obras el ala de servicio. ¡Como si alguien fuera nunca al ala de servicio! Lo preocupante es que ese no-se-qué pusilánime en el tratar con el servicio ha llegado hasta esta misma casa. Mi hermana sin ir más lejos… Bueno, mejor no hablar de mi hermana.

Una vez resuelto el asunto del lacayo-despertador, Estebaneo me pregunta qué voy a querer ponerme esta mañana. Yo miro el reloj, y la verdad es que no sé qué contestar. Jamás me había levantado de la cama antes de las doce y media y no sé cuál es el protocolo a seguir a estas intempestivas horas de las diez y cuarto. Mi lógica me dicta que lo mejor será vestirme con una de mis batas de recibir. Tengo batas de estar por casa y batas de recibir, más elegantes y suntuosas, pensadas para atender a visitas de confianza que recibo en el saloncito de mis habitaciones mientras tomo el desayuno.

Dada la urgencia del mensaje de mamá me dirijo sin dilación a sus aposentos. Veo en la cara de los criados gesto de asombro. Sí, yo también me asombro de que pueda mantenerme de pie a esta hora. Debo confesar que me desoriento un poco en el ala oeste del palacio y siempre termino en las más inverosímiles estancias ideadas por la febril y ociosa imaginación de mamá. En 1984 convirtió la sala rosa en un completísimo gimnasio con una gigantesca pantalla de televisión para seguir las sesiones de aerobic de Eva Nasarre solo porque la Marquesa Kiki de Montforte llegó un día asegurando que su nuevo tipín se debía a su afición de ponerse frente al televisor y hacer la garrapata coja tratando de emular a la tal Nasarre. El gimnasio quedó en desuso tras descubrir que la nueva silueta atribuida al aerobic de la de Montforte coincidía con una visita de esta al Dr. Butcher, un nuevo artista plástico (de la cirugía plástica) recién instalado en la ciudad. El gimnasio se convirtió en salón de yoga allá por 1992. Mejor no profundizar en el tema, fue lamentable. Hoy he descubierto por casualidad que en esa estancia tenemos instalado un salón de juegos presidido por una Wii. La imagen mental de mamá usando la Wii me acompañará hasta la tumba.

Llamo a su puerta y espero que me grazne un ‘pasen’ poco cordial. Allí está, sentada en su sillón Regencia favorito frente a su mesita de café con su lector personal leyéndole el periódico con entonación teatral. La Baronesa se niega a leer el periódico por ella misma. Antes muerta que con gafas bifocales, y también le repele el contacto del papel en los dedos a menos que sea papel couché. Dice que mientras haya licenciados en filología a los que esclavizar como lectores por un sueldo ínfimo, ella se niega a mancillar sus ojos con esa mierda amarillista de los periódicos anarquistas y republicanos, ¡incluido La Razón y ABC, que según ella son muy poco críticos con la situación de desorden moral en que vivimos! Al verme pone cara de sorpresa y le digo “hola, mamá” para que me ubique.

–¡Siéntate! ¡Sit! ¡Sit! –mamá trata a todo el mundo como a sus perros Pupito y Eduardo, cree que ‘sit’ es una palabra mágica que funciona también con los humanos.

–¿Querías verme? –le pregunto siguiendo su orden perruna.

–¡Calla y escucha! ¡Sit! –y me golpea en la cabeza con un ¡Hola! enrollado–. ¡Léele!

Y el filólogo empieza a leer una noticia sobre no-sé-qué denuncia a un latifundista malvado que aplasta los derechos de los trabajadores y jornaleros de La Parrala, finca de labor sita en La Algaba (Sevilla). La denuncia, apoyada por el defensor del pueblo y el portavoz de no-sé-qué sindicato del campo, pone de manifiesto que los jornaleros son hacinados en barracones sin las más mínimas condiciones de higiene y que no tienen suministro de agua potable. Una reciente inspección de trabajo sacó a la luz que sólo dos de cada diez trabajadores cuentan con contrato de trabajo. Y que se les adeuda medio año de jornales como mínimo.

–¿Hay que pagarle a los jornaleros? –pregunto sorprendido pues nunca me había planteado que los trabajadores del campo cobraran, siempre me los había imaginado comiendo coles recién recolectadas y haciendo su ropa con sus propias manos. ¡¿Pero han visto la ropa que llevan los campesinos?!

–¡Calla! ¡Sit! –me grita mama. Y coge a Pupito, su perro carlino baboso, gruñón y diabético al que siempre le doy terrones de azúcar cuando la baronesa no mira. Perro más feo no he visto jamás. ¿No podía tener un animal de una raza más aristocrática como el shih tzu de la prima Cayetana o los corgis de la prima Isabel?– ¿Y bien?

–¿Hablas conmigo o con Pupito? –su mirada asesina me deja claro que habla conmigo–. ¿Y bien de qué?

–¡¿Es que no has escuchado lo que este sirviente filológico ha leído?!

–Bueno, ¿qué quieres que te diga? Que cada cual con su problema. Si al pobre desgraciado de esa finca se le ha sublevado el vulgar campesinado algo habrá hecho mal. Si hubiera tenido mano firme como tú, madre, seguro que nada de esto le hubiera ocurrido.

–A ver, querido y lerdo hijo, ¿qué título te fue otorgado a la mayoría de edad?

–Marqués de La Algaba –digo después de pensármelo, porque el título que más uso es el de Duque de Trastavilla que mamá me concedió cuando terminé mis estudios de ciencias políticas en Georgetown. Mamá tiene títulos para dar y regalar y siempre ha obsequiado a sus hijos con ellos en momentos especiales de nuestra vida. Un título siempre ha sido un buen regalo según mamá, no solo porque lleva pareja una serie de propiedades y rentas, sino que, y es lo más importante, a ella le ahorra el dolor de cabeza de buscar un presente que se ajuste a nuestros estrambóticos gustos. [Lo de estrambóticos gustos lo dice sin duda por mis hermanos, yo soy de lo más simple en ese aspecto, basta con entrar en Cartier o Bvlgari para salir con algo que se ajuste a mi gusto].

–Pues, señor Marqués de la Algaba, ¿cómo se llama la finca que le da esas jugosas rentas que se reflejan cada mes en su cuenta corriente?

¡Ostras! ¿Soy yo el malvado latifundista? La verdad es que no me preocupo mucho de mis propiedades andaluzas, son un desastre, solo hay en ellas yerbajos comestibles y gente sudorosa. En fin, tendré que dar una rueda de prensa, echarle los muertos al administrador, prometer mejoras sociales (y recalco ‘prometer’, no ‘llevar a cabo’), regularizar a algunos trabajadores, despedir a la mayoría (menos mal que no tienen contrato), y buscar dinero para ponerme al día con los jornales (es posible que conceda una exclusiva). No quiero escándalos. Me pondré a rezar a San Edilgio Magno, antepasado mío que compró la santidad en el siglo XVI y desde entonces es el patrono familiar, para que esa chusma periodística no escarbe y saque a la luz lo de las ayudas de la Unión Europea de mi finca murciana que se han convertido en un pequeño resort privado. ¡Qué dura es la vida de un aristócrata!

Nuevo serial: Diario de un aristócrata

Domingo, 4 Diciembre 2011

A partir de hoy los domingos podréis disfrutar (o sufrir) un nuevo serial como el que ya publiqué tiempo atrás bajo el título El Crack. En esta ocasión vuelvo con un personaje igualmente inefable que nació en Facebook. Durante un tiempo utilicé el ‘estado’ de mi página de Facebook para diariamente dejar un micro relato bajo el título de Diario de un Aristócrata. Fueron muchos los seguidores de sus micro aventuras y desde que dejé de hacerlo también han sido muchos los que me han pedido que vuelva. Pues aquí está, solo que los micro relatos se convierten ahora en capítulos semanales. Espero que mantenga la frescura del proyecto original y que sus seguidores vean colmadas sus expectativas. La única pretensión de Diario de un Aristócrata es divertir, nada más. No os privéis y hacedme llegar vuestras impresiones.