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EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVII

Viernes, 1 Mayo 2009

¿Esto es la madurez?

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Belinda me quitó la copa de la mano. Parecía que ya me hablaba otra vez con normalidad. Nada como que la gente piense que estás tan al límite como para suicidarse para que todos empiecen a tratarte como un ser humano con sentimientos. Pero no terminaba de aprobar que hubiera secuestrado a un camarero en una esquina y me hubiera bebido la mitad de las copas que llevaba en la bandeja. Necesitaba ánimos. La teoría era fácil, sólo tenía que decir: “mamá, esta boda queda suspendida, he descubierto que tu prometido es un gigoló profesional”. Pero la práctica era bien distinta: era mi madre a la que tenía que chafarle la boda. Si lo hacía cabían dos posibilidades, que le rompiera el corazón, cosa aceptable y que se tenía merecido por ir con hombres tan jóvenes, o que ella me sacara el mío con sus propias manos porque aún no había nacido el que le estropeara los planes. 

–Beber no soluciona nada –me recrimina Belinda.

–No, pero para cuando despierte de la borrachera, con un poco de suerte, todo habrá terminado.

–Habla con ella –me dice empujándome hacia donde está mi madre–, no puedes dejar que se case con un cazafortunas.

–Ven conmigo –le imploro.

–Ni loca.

–Bel, te lo pido por favor, ven conmigo. 

Acepta de mala gana y pone cara de “¡lo que hay que hacer por amor!”. Nos acercamos a donde la anfitriona es el centro de atención. Hago una pequeña broma y pido disculpas por secuestrar a ‘la novia’.  

–Antes que nada quiero presentarte a Belinda, mi novia –al instante siento un pisotón demoledor, pero ya es tarde, lo he soltado y es oficial.

–Encantada, querida, me alegro mucho por los dos, hacéis muy buena pareja. ¿Cómo se lo ha tomado Puppy? 

–Puppy y yo hace ya tiempo que no salimos, somos sólo amigos.

–¿Entonces por qué te la has traído? ¿Qué es esto, una de esas relaciones modernas?

–No la he traído, ha venido ella sola porque tú la invitaste.

–Da igual, ella siempre da color a las fiestas, pero no puedo dejar que se acerque a Ivana porque esta chica tiene tendencia a hablar sobre operaciones de estéticas e Ivana está muy sensible últimamente con el tema. Creo –nos dice en voz baja– que su cirujano le ha dicho que como le siga estirando la piel se terminará volviendo transparente. 

Se ríe ante su maldad y no cae en que ella ya empieza a ‘trasparentar’ por lagunas zonas. 

–Es un placer conocerla, Señora Ridao –le dice Bel.

–Por poco tiempo, querida. La verdad es que estoy desolada, porque han sido muchos años con ese apellido.

–Pues se te ve muy sonriente para estar desolada.

–No seas tonto, eso es el Botox. Tuve un pequeño problema en la última infiltración y voy a tener esta sonrisa tan tensa durante un tiempo.

–Te sienta bien.

–Lo sé, por eso no he demandado a la clínica. ¿Te estás divirtiendo? –me pregunta cambiando de tercio.

–La verdad es que no me apasiona que papá esté aquí. Lo cierto es que me ha conmocionado. Pensaba que estabais en plena guerra por el reparto de bienes.

–Bueno, sí –dice haciéndome un gesto con la mano queriendo decir que es una nadería–, ya sabes como es tu padre. De ser un cabrito de cuidado pasa a ser el hombre más conciliador del mundo sin previo aviso. Estamos llegando a un acuerdo bastante generoso de su parte. Así que me dije, “¿por qué no?”, y lo invité a la boda. Creo que por fin hemos comprendido que nuestra felicidad no estaba en el matrimonio y el qué dirán ya no es lo que era.

–Hablando del qué dirán… Quería contarte algo vital, algo muy delicado, algo que hará que te replantees este matrimonio.

–Rafael, me asustas.

–El que debería asustarte es tu prometido. Ahí va, sin anestesia: Xavier es un gigoló profesional. 

Me mira con los ojos abiertos al máximo. Por un momento pienso que es el pavor y el espanto, la decepción y el dolor. Después me doy cuenta que no, que es también el Botox, y que simplemente está esperando a que termine. Así que se lo repito lentamente para que reaccione. 

–Xavier es un gigoló.

–Pues claro que sí, Rafael, ¡pero qué tonto eres!, por un momento me habías asustado.

–¡¿Lo sabes?!

–Por supuesto, ¿cómo crees que lo conocí? No recuerdo quién me pasó su contacto, pero llevo años usando sus servicios.

–¡Lo sabes!

–Creo que eso ha quedado claro –me dice Bel entre dientes.

–Y sin embargo te casa, ¡¿por qué?!

–Porque es lo que tengo que hacer. Llega un momento en la vida en que debes pensar con la cabeza y buscar la solución más satisfactoria pasando de lo que los demás piensen. El tiempo, al final, te pone en tu sitio. Y esta boda es lo más conveniente para mí en este momento. Confía en mí. 

Me da un cachetito y me sonríe afectuosamente (no, no, es el Botox). Se va y me quedo allí, petrificado, intentando digerirlo. Belinda me coge de la mano y me pregunta que qué voy a hacer. “Asistir a la boda de mi madre” le digo, y le explico que si ella no tiene ningún problema quién soy yo para oponerme. Es más, qué poder de veto real a la boda tengo. Tengo mi derecho al berrinche pero no voy a adelantar nada con ello, sólo pasar un mal rato. Si mi madre está convencida de que es lo que quiere hacer, pues buena suerte. Hay un momento en la vida que los hijos nos convertimos en padres de nuestros padres, y tenemos que tutelarlos y protegerlos, pero mamá está a años luz de ese momento. Sigue siendo una mujer fuerte y poderosa. Sabrá salir de este lío igual que se ha metido en él. Bel me besa y me dice que está muy orgullosa, que estoy siendo muy maduro. Si ‘ser maduro’ es resignarse, ya me lo podrían haber dicho antes y hubiera dejado de hacer el Quijote. 

*** 

En vez de hacerle regalo de bodas a mamá, ella me lo hace a mí. Nos compra billetes de primera para que hagamos la vuelta a Nueva York con todas las comodidades. No la veo especialmente feliz después de haberse casado, pero teniendo en cuenta que ha pasado tantos años terriblemente crispada en el matrimonio con mi padre, la nueva situación apática es un progreso. 

–¿Qué te dijo tu padre? –me pregunta Warren aprovechando que las chicas se han colocado los cascos para ver una película.

–Que quiere enmendar algunos errores que ha cometido. 

Antes de irnos me senté como una persona madura a conversar con mi padre. Ahora que no dependo de él, que ni siquiera busco su aprobación como ser humano, lo miro desde otra perspectiva. Allí estaba, sentado en un sillón de orejas frente a mí, y yo sólo podía pensar que no lo envidiaba. Tiene aspecto de hombre cansado. Siempre en tensión, siempre con la guardia alta. Siempre envidié su éxito en los negocios, esa capacidad de crear y dirigir un imperio financiero y estar continuamente preparado para cualquier contingencia. Creía que era algo que llevaba yo en los genes, pero me equivocaba. No soy como él y ahora no estoy tan seguro de querer llegar a serlo. Pensé por un momento que quizás era él el que debiera de tenerme un poco de envidia por mi manera inconsciente y despreocupada de discurrir por la vida. 

–Rafael, hijo, ya ves que he llegado a un entendimiento con tu madre. La semana que viene nos encontraremos en Nueva York, antes de que ella se vaya de luna de miel y yo vuelva a España, y firmaremos un acuerdo de divorcio con el que todos saldremos ganando. Este cambio de rumbo me ha hecho recapacitar y he pesando que quizás no haya sido justo contigo tampoco –¡¿quizás?!–. Por eso he pensado que debo asumir el compromiso que tengo como padre y me parece que la mejor manera de hacerlo, la única que se me ocurre por ahora, es pasándote una pensión. Algo que te ayude a mantener el nivel de vida que te mereces como hijo mío. He pensado que quizás 3000 dólares al mes es una cifra lo suficientemente justa como para que te despreocupes del día a día y puedas dedicarte a sacarle jugo a tu vida, haciendo lo que realmente te motive y no te veas limitado por tener que subsistir. ¿Qué te parecer?

–No sé que decir –¿qué tal “pellízcame”?, no me podía creer que mi padre se hubiera vuelto tan… paternal, de pronto–. Me parece un gesto muy bonito. En serio, gracias papá.

–No se hable más. La semana que viene nos reunimos y firmamos los papeles que sean convenientes…

–No hace falta, papá, basta con que me ingreses el dinero, confío en ti.

–Rafael, las cosas se han de hacer bien. Me gusta hacer las cosas bien, ya me conoces.

–Si insistes. 

***

–¡Ay! –grito sujetándome el brazo de dolor–, ¿qué demonios haces, Warren?

–Me has dicho que te pellizque.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVI

Viernes, 24 Abril 2009

Un ataque de pánico 

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Los escucho a través de la puerta. Ellos creen que no, pero los escucho. Me repiten una y otra vez que abra, que deje de ser infantil, que no cometa una locura. Pues yo ya estoy harto de que me digan qué es lo que tengo que hacer y qué no puedo hacer, estoy harto de que me exijan madurez, ¡pero quiénes se han creído ellos!, y a lo mejor hacer una locura es lo que me hace falta en estos momentos. Pero no una locura irreversible. Una locura en plan dejar el complejo de Tortuga Bay sin una gota de alcohol y olvidarme de todo y todos. Me piden que les hable, pero no quiero. Sólo quiero estar aquí, en esta enorme bañera, sumergido, ajeno, ¡y que me olviden! Y que dejen de darme la tabarra a través de la puerta.  

Belinda intenta hacerme responder: “¿estás bien?”, me pregunta, “queremos ayudarte”. Suena a psicólogo barato que no tiene ni idea si el loco que tiene delante se va a tirar por el balcón o lanzarse a desgarrarle la yugular a mordiscos. Ya no escucho a Warren. Al menos mi rabieta ha servido para que Bel y él se vuelvan a hablar como seres civilizados. En cuanto me encerré y comprobó que no pensaba dirigirle la palabra, Belinda fue hasta su habitación y lo trajo para que me hiciera entrar en razón. Pero ha desistido, ya no lo oigo, ¡que se vaya al diablo, ha intentado tirarse a mi novia! Si no fuera porque soy el culpable de que perdiera su trabajo no le volvería a mirar a la cara. Tú intentas tirarte mi chica, yo te hago perder el trabajo, pues estamos en paz, pero no me siento obligado a ser agradable con él. 

Escucho a Mr. Chow, ya sabía yo que Puppy no tardaría en dar señales de vida. Debería ser más empático y tranquilizarlos, decirles que no pienso suicidarme ni nada de eso. Pero si soy “tan infantil” como todos insisten en reprocharme, pues que se jodan. ¿Qué es eso? Alguien golpea la ventana con celosía de madera que hay justo sobre la bañera. Debe ser algún mono, en los sitios caribeños como este siempre hay monos y bichos incordiantes. 

¡Ay! Alguien ha reventado la ventana y me ha caído uno de los batientes sobre la cabeza. Enseguida aparece la cabeza de Warren por el hueco reventado. Efectivamente, se trataba de un primate. 

–¡Tío, eres gilipollas! ¡Nos has dado un susto de muerte! –me dice mientras se cuela trabajosamente por el hueco. 

Ese es el problema de este tipo de bungalow, que la seguridad es nula. Un simple cajón apoyado contra la pared y ya tienes el modo de alcanzar la ventana. En menos de un minuto se ha colado en el baño y está dentro de la bañera conmigo, donde ha caído de cabeza. En cuanto se rehace abre la puerta del baño y entran en estampida Belinda, Puppy y Mr. Chow. Bel me coge la cara para ver si tengo los ojos vidriosos y busca señales de cortes en las venas, mientras Puppy busca frascos de barbitúricos vacíos sobre el lavabo y Warren lucha por apartar de él a Mr. Chow, que tiene verdadera obsesión por olisquearle la bragueta. Cuando se dan cuenta de que estoy bien, y que lo único que quería era un rato de privacidad sumergido en un baño de agua caliente pasan por varios estados de ánimo: primero la perplejidad (¿cómo has podido darnos este susto tan gratuito?) para pasar al enfado (¡eres idiota!, ¿cómo has podido darnos este susto?) y terminar en un atisbo de comprensión. 

–Bueno, tampoco es para ponerse así –me dice Warren, aunque a quien mira es a Bel–, ha aparecido tu padre, el padre que te despidió y te dejó en la calle, en la boda de tu madre, la madre que desapareció durante semanas reapareciendo con un pretendiente que seguramente vaya por su dinero. ¿Y qué? Pasa en las mejores familias… Bueno, en verdad no. ¡Quita chucho!

–¿Pero qué quiere ahora? –pregunta Puppy.

–Dice que quiere hablar con él –responde Belinda, y me empieza a fastidiar que todos hablen como si yo no estuviera presente.

–¿Hablar? ¿Hablar de qué? No quiso hablar cuando lo dejó en la miseria y lo tuve que recoger de la calle. ¡Y haz algo con tu perro, Puppy!

–Ven aquí, Mr. Chow, no lamas eso, chiquitín, caca. Yo lo que digo es que debe ser más…

–¡No voy a ser más maduro! No te atrevas a darme lecciones de madurez. ¡Tú, no, Puppy!

–Lo de la madurez está sobrevalorado. Lo que tienes que ser es más cerebral. ¿No te ha dicho tu padre que quiere hablar contigo? Pues escúchalo. ¿Qué tienes que perder? Ya no te puede despedir, ni cortar el grifo. Ya no dependes de él.

–Es cierto, Rafe, ¿no tienes curiosidad por saber qué tiene que decirte? Después de todo, si tu madre puede ser tan civilizada de invitar a su boda a su ex-marido, con el que está en plena gresca legal por cerrar un acuerdo de divorcio, y tu padre es tan flemático como para venir hasta Punta Cana para ver casarse a su ex-mujer, a la que odia, al menos tienes que sentir curiosidad por saber de qué va toda esta historia grotesca.

–¡Está bien! Si a todo el mundo le parece esto de lo más normal no seré yo quién agüe la fiesta. Escucharé a Papá, a ese hijo de perra que me hundió en la miseria.

–¡Rafe! –me recrimina Warren.

–He dicho que lo escucharé, no que lo perdone. Y la boda de mi madre… eso es otra historia que tengo que resolver –digo levantándome de la bañera–. Por cierto, ¿de verdad os parece de lo más normal está reunión en el baño?, ¿alguien más a parte de mí ha notado que estoy desnudo? 

*** 

Mamá ha organizado una despedida de soltera muy sui generis. En un salón ha reunido al medio centenar de íntimos invitados a la boda y se dedica a ejercer de gran anfitriona. Algún diseñador bronceado, algo de aristocracia europea a la que sólo le queda el título, una actriz que no hace películas y solo posa para portadas, el comisario de la última exposición del MET, Bono de U2… ¡¿Bono de U2?!  

Papá conversa amenamente con otros financieros invitados a la boda. Reconozco al menos dos caras que han tenido que comparecer últimamente ante el Senado de los EEUU por su dudosa gestión. Pero ahí los tienes, fumando puros, tan ricamente, riendo y dándose palmaditas en la espalda. Me dan asco. Me acabo de dar cuenta que ya no soy uno de ellos, aunque bien es cierto que nunca lo fui, pero creí serlo. 

–¿Quién es el novio? –me pregunta Puppy, que se ha cogido a mi brazo dejando en un segundo término a Belinda. Las heridas vuelven a abrirse.

–Es aquel –le digo señalando al cada vez más bronceado Xavier, prometido de mi madre.

–Venga, en serio, ¿quién es?

–Ya, lo sé, te choca, ¿qué edad puede tener?, ¿treinta y cinco?, ¿cuarenta a lo sumo?

–No lo digo por la edad, lo digo porque ese es Xavier.

–¿Lo conoces? Pues ese es el novio de mi madre.

–Todos conocemos a Xavier. Es un ‘buen’ acompañante, muy popular entre las señoras de la edad de tu madre. Solemos verlo colgado de sus brazos a juego con sus bolsos de Louis Vuitton.

–¡¿Me estás diciendo que es un gigoló profesional?¡

–Te estoy diciendo que él es el gigoló por excelencia. 

Ya tengo el dato justo que me va hacer posible desbaratar esta locura. Cuando mamá sepa que es un ‘profesional’ anulará la boda ipso facto.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XV

Viernes, 23 Enero 2009

Una de zombies 

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He de confesar que entré en la funeraria con cierta aprensión. Mi relación con la muerte ha sido ciertamente distante, y prefiero que así siga siendo. ¿Grandes pérdidas? No, no he tenido grandes pérdidas a lo largo de mi vida. Básicamente se reducen a un centenar de peces de colores cuyas muertes no me afectaron de pequeño porque Baba, la nanny rusa que me cuidaba, se ocupaba de ir reemplazándolos conforme aparecía panza arriba en la pecera. “Esstá durrmiendo, señorríto” me decía, “vayasse a la cama y verrá como maniana esstá nadiando como de cosstumbrre”. Y así acontecía, por la mañana el pez volvía a “nadiar” con soltura y viveza. Siempre había una buena excusa para los cambios de tamaño vagamente perceptibles, pero que yo señalaba, o los ligeros cambios de color, o las manchas que repentinamente aparecían y desaparecían (curiosamente a la mañana siguiente de haberlos encontrado “durrmiendo”). El caso es que me pasé media vida pensando que los peces de colores eran tan longevos como Matusalén. Salí de ese error justo al mes de que Baba fuera despedida tras cumplir yo los 15 (ya era muy mayor para nannies). Una vez faltó Baba, el pez cayó en uno de sus letargos y a la mañana siguiente seguía flotando boca arriba, con muy mal color, incluso para tratarse de un pez. Jamás volví a tener mascotas porque mamá decía que ya tenía bastante con los “conejitos” de papá, así que me pasé los siguiente tres años intentando colarme en el prohibidísimo despacho de papá a ver si descubría a dónde criaba a esos conejitos. Evidentemente, y ahora lo sé, mi madre hablaba de otros “conejitos” que disfrutaban de un apartamento en el centro sufragado por papá. 

Mi relación con las parcas se ha visto reavivada el último mes en el que continuas visiones de terribles muertes para papá inundaban continuamente mi imaginación. Ya han empezado a remitir un poco, ya sólo lo imagino mutilado o totalmente incapacitado. Pero una cosa es que la muerte estimule tu imaginación, y otra bien distinta es que se convierta en un ente real.  

Qué yuyu me daba la funeraria, aunque estuviera completamente vacía. La referencia mortuoria se limita al pedestal donde se coloca el féretro para que los allegados les muestren sus respetos. Por lo demás se trata de un salón señorial, adornado de bonitas alfombras y elegantes jarrones colocados sobre columnas dóricas en las esquinas. Un centenar de sillas se encuentran colocadas como en un auditorio. La iluminación es tenue y cálida. Pero no es nada lúgubre, por lo que no entiendo el por qué tengo el vello de punta.

Espero un par de minutos a que aparezca alguien, pero no se ve a nadie, siquiera se escucha un ruido. Pronuncio un tímido “¿hola?” con una aprensión inusitada que me sorprende. Suelto una sonrisa y me digo a mi mismo “no seas idiota, Rafe, ¿qué crees, que van a empezar a salir zombis por doquier a lo George A. Romero?”. Sí, me burlo de mi miedo, pero también me resulta extraño el absoluto mutismo del lugar. 

Decido explorar por mi cuenta, en algún lado debe haber una oficina donde trabaje el que dirige este cotarro. Hay algunos pequeños salones contiguos igual de desérticos que el principal, al que vuelvo un tanto extrañado. Casi he decidido largarme de allí cuando veo una pequeña puerta en el lateral derecho de la sala, justo detrás de donde se coloca el féretro. No he reparado antes porque está semicubierta por una cortina brocada. Giro el pomo y está abierta. Da a otra habitación en penumbra que, deduzco, es donde preparan los cadáveres. Al fondo de ella hay otra puerta semiencajada que da a algún sitio con mucha luz, donde debe estar el Sr. Traill, a quien debo presentarme. Cuando penetro en la estancia me queda claro que tiene la función que había imaginado, porque en un ángulo que antes permanecía fuera de mi vista hay un ataúd abierto. Casi estoy ya a la altura de la otra puerta cuando el morbo me hace dedicarle una última mirada al ataúd. Espera. ¿Qué es aquello? ¡Ay, Dios mío! Que me parece que no es un ataúd vacío. Que me parece que este ya está adjudicado. Creo que veo como un par de manos cruzadas sobresalir del horizonte de madera oscura. No sé por qué, debe ser que tengo un ramalazo de meningitis, pero me da por comprobarlo de cerca. ¡¿Y qué coño me importa a mí?!, me digo mientras mis pies me llevan cada vez más cerca del ataúd. 

Efectivamente. El ataúd está ocupado. Un pobre hombre de mediana edad, pequeño y pelirrojo, descansa en el sueño de los justos. Me persigno (mi educación católica es un resorte automático a pesar de que llevo más de un decenio violando la mayoría de los Diez Mandamientos) y me fijo en aquel desgraciado que ha debido morir de algo terrible por cómo se le ha quedado la cara  de deformada. ¡Un momento! ¿Esa aleta de la nariz ha temblado? Lo de los espasmos postmorten siempre me ha parecido de lo más desagradable. Aún así fijo bien la atención. ¡Otra vez! Me acerco al muerto… que huele a muerto. Me fijo con atención y… 

…abre los ojos y me dice “¿qué deseaba?”. 

[FUNDIDO EN NEGRO] 

Cuando recupero la conciencia tengo un fuerte dolor en el costado. Un hombre de uno 50 años, amplia barriga y mofletes caídos está dándome aíre con un trozo de cartón. Le dice a alguien que queda a su espalda que no hace falta que avise a la ambulancia, que ya me recupero. Me gustaría creerle. Todo me da vueltas. Y el dolor del costado persiste. Más tarde me explicarán que al desmayarme me he clavado el pico de una silla en la espalda. 

–¡Está vivo!, ¡está vivo! –le grito asiéndolo por el chaleco de lana que lleva puesto.

–Tranquilícese, ya sabemos que está vivo, todo ha sido un terrible malentendido.

–No hace falta que lo jure, imagínese que entierran a ese pobre hombre estado vi… 

El “pobre hombre” está sentado en una silla al otro lado de la habitación, con la cabeza entre las manos balanceándose y tarareando desaforado. El Sr. Traill, me deja en manos de una mujer joven entradita en carnes que no hace más que tocarme la frente a ver si tengo fiebre (se ve que está más acostumbrada a tratar con fiambres que con seres vivos que se quejan). Se llama Anita y me explica que es la maquilladora. “¿Maquilladora de qué?” le voy a preguntar, pero caigo en la cuenta que allí sólo hay una cosa que maquillar. 

El Sr. Traill me explica que Jerome, el cadáver, es empleado de la funeraria, el más antiguo, desde chico ha estado allí, pero que tiene ciertos problemillas que han causado la infortunada casualidad de que me lo encuentre en un ataúd. 

–Padece de ataques agorafóbicos y necesita recluirse en espacios pequeños –me explica el Sr. Traill–, lo dejamos que se meta en un ataúd, no hace daño a nadie. Ha sido culpa mía, que lo mandé a comprar el periódico porque se me olvidó esta mañana, y ha vuelto muy agitado y a punto de sufrir un colapso.

–¿Y por qué está ahora sujetándose la cabeza y tarareando sin cesar?

–Eso es la epilepsia –responde Anita.

–Epilepsia musical, ya sabe –asiente con la cabeza resignado, como si fuera simplemente una pequeña manía–. Pero, Sr. Ridao, no le he dicho cuánto me alegro de conocerlo. Cuando el Sr. Pickcock [ese es Warren] me dijo que tenía la persona que yo necesitaba me alegré mucho. Buscaba alguien como usted.

–¿Cómo yo?

–Sí, alguien que supiera organizar eventos con clase, queremos darle una nueva dimensión a esta funeraria, un toque…

–Elitista –terminó Anita.

–Pero estoy seguro de que Jerome sabrá darle ese giro –dije deseando salir de allí.

–No, no, Jerome no trata con el público. Con el vivo, se entiende. Los desconocidos le provocan ataques de ansiedad que derivan en afasia.

–¿Afasia?

–Sí, se queda sin habla, y como comprenderá, en este negocio, no tenemos clientes fijos. Así que para él cada día de trabajo significa el tenerse que enfrentar con extraños, y pierde el habla, y no puede atender a los clientes. Lo tenemos para otros menesteres. Hasta ahora, del trato con el público me ocupaba yo, pero me temo que no tengo la experiencia para dar ese giro…

–Elitista –volvió apostillar Anita.

–…elitista que buscamos. No tengo su clase, eso es obvio. Sólo hay que verlo. Es usted un hombre de mundo, ¿verdad, Anita?

–De mucho mundo, sin duda –¿me había guiñado un ojo?

–¿Y dice que Jerome no habla con extraños? Pues a mí bien que me ha hablado, y vaya susto que me ha dado.

–Es porque estaba saliendo del ataque de pánico agorafóbico, hablarse ha sido un acto reflejo. Cuando sale de los ataque es como si reiniciara el ordenador de su cabeza, y por unos segundos, hasta que se vuelven a ‘cargar’ sus pequeñas rarezas, es una persona completamente normal.

–Una persona completamente normal dentro de un ataúd –murmuro yo. 

En ese momento Jerome da un alarido que me hace saltar de la silla. 

–Oiga, ¿no será peligroso?

–¿Jerome?, ¡qué tontería! Ha gritado porque está saliendo del ataque de epilepsia musical. ¿Violento dice? No, en absoluto, no es nada violento.

–Sólo cuando ve tortugas –apostilla ella.

–Sólo cuando ve tortugas –asiente el sr. Traill resignado con la cabeza– pero por aquí no hemos visto nunca ninguna, descuide.

–Miré –le digo poniéndome bien la ropa–, no creo que este trabajo sea justo lo que buscaba.

–Ya lo entiendo, Sr. Ridao, un hombre de su mundo, acostumbrado a otra clase de eventos de alto standing… Por eso había pensado en hacerle una generosa oferta.

–¿“Generosa oferta”? –tampoco hay que cerrarse, ¿no?– ¿Cómo de generosa?

–Había pensado en 800 dólares semanales más comisiones?

–¿Comisiones por qué? ¿Por muerto que traiga?

–Jajajajaja, ¡qué sentido del humor, Sr. Ridao! Comisiones por los “extras” que contraten las familias. Ya sé que no es habitual, pero con su habilidad para relacionarse con la gente de dinero es posible que saque un mínimo de 1600 dólares semanales. 

Eso significaría independencia. Tener una base económica para renacer. Un apartamento. Significaría mandar a la mierda a Warren y sus grandes ideas al buscarme trabajo. Significaría tener dinero para llevar mi ropa al tinte. Creo que no me mataría probar en este empleo. Después de todo organizando fiestas soy lo más, de la última que di salieron casi todos zombis y cuatro casi cadáver. Aquí los cadáveres ya lo pone la empresa, así que el éxito está asegurado. ¡Trato hecho! (A pesar de Jerome).

EL CRACK (el serial) - Capítulo XIV

Viernes, 16 Enero 2009

Propósito de enmienda 

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Señor, me arrepiento de… 

…haber dejado la tienda de cómics de la forma en que lo hice. Fue muy poco elegante el gesto que les hice cuando recibí mi último cheque. Fue una crueldad llamar a Kurt, mi compi, disfuncional y friki. Fue innecesario, sí, pero no falté a la verdad. Como tampoco era preciso introducir una chocolatina relamida entre las páginas del Giant–Size nº 1 de X–Men que tienen en un expositor de “imposible tocar”. ¡Fue tan fácil mangarles las llaves a Kurt, desprecintar la bolsita de plástico que custodia la joya literaria comiquera, y volverlo a dejar todo tal y como estaba! Me imagino dentro de treinta o cuarenta años cuando un anormal de esos que a los 34 años todavía reciben paga semanal de papá y mamá consiga reunir el dinero para comprar ese cómic. Imagino la cara de todos cuando lo desplieguen y encuentren una chocolatina fosilizada incrustada en los poros del papel… ¡Ha sido un gesto tan gratuito! Pero no hacerlo no hubiera sido propio de mí. Tampoco fue bonito que me bajara el pantalón y le hiciera un calvo al encargado cuando me preguntó que si quería referencias. De verdad que me arrepiento. 

Qué bien me sentía pensando que ya había tocado fondo y que de ahí en adelante todo iría a mejor. 

Señor, me arrepiento de… 

…haber sido tan poco humilde cuando rechacé el trabajo en Oppenheimer. La semana antes había respondido a un anuncio del Wall Street Journal que me había llevado a su web y en su web encontré el mail de recursos humanos. Mandé mi currículo y concertaron una cita en sus oficinas del 125 de Broad Street, en esa zona donde ya se pierde la maraña de rascacielos y ves cielo azul porque estás casi al borde del rio. He de reconocer que desde que Warren me había conseguido un trabajo “infinitamente mejor” (palabras textuales) a la tienda de cómics, había perdido un poco el interés en Oppenheimer, pero aún así acudí.  

Me recibió un caballero de unos mal llevados cincuenta años, con arrugas y entradas, claro síntoma de no haber aprovechado las oportunidades que Manhattan ofrece en cuanto a cuidado personal (los mejores expertos y las técnicas más avanzadas en belleza masculina del mundo). Yo me había vestido con un impecable traje de Yves Saint Laurent gris oscuro y raya azul, camisa blanca y corbata malva. Era consciente que intimidaba al anodino señor de recursos humanos de traje de saldo. Se mostró impresionado con mi currículo y me pidió permiso para pedir referencias si era preciso. Le dije despreocupadamente que lo hiciera, es más se lo pedía encarecidamente. Obviamente yo sabía que no lo iba a hacer, es un truco muy viejo de recursos humanos, sólo quieren ver tu cara cuando te dicen que van a pedir referencias.  

–Y el pues es concretamente… –pregunté yo con mi sonrisa de “estoy por encima de todo”.

–Financial Advisor. Lo ponía en el anuncio del periódico.

–¿Qué anuncio? –jamás admitiría que había respondido a un anunció en un periódico, mi fama en el mundo financiero estaba por encima de ello.

–El que usted contestó. En el mail con que nos remitió su curriculum ponía la referencia del anuncio.

–¡Qué extraño! ¿Un mail dice? Eso debe haber sido mi secretaria. Estaba un poco aburrido ya de este tiempo sabático que me he tomado y le pedí que prospectara a mis colegas sobre posibles puestos libres y debió tomarse la libertad de contestar un anuncio –la regla número uno al buscar trabajo es que se note que no lo quieres, es como pedir un préstamo al banco, basta con que acredites que no lo necesitas–. Bueno, ya que estamos aquí no pierdo nada con conocer las condiciones del puesto. 

El sueldo base no estaba mal. Tenía complementos, primas de productividad… 

–¿Y el horario? –pregunté y pareció sorprenderle a mi entrevistador.

–Oficialmente de 8 a 6, pero ya sabes que en este negocio las horas realmente no son algo que se respeten.

–Sí, mejor, porque a mi me sería imposible empezar a las 8, tengo primero que pasar por el gimnasio…

–Me refiero a que se echan muchas más horas.

–¿Eh?  

¿Pero qué estaba diciendo ese insensato?, yo jamás en la vida he trabajado tantas horas seguidas… también es verdad que era un trabajo “ficticio”, por lo visto, pero no podía creer que el mundo real fuera tan esclavista. Estoy seguro de que estaba intentando aprovecharse de mí y de pronto pensé en el trabajo que me había conseguido Warren: “infinitamente mejor” decía, y “con clientes que jamás se quejan”. No iba yo agarrarme a un trabajo de mierda con horario de esclavo y clientes que te agobian para que rentabilices su dinero a toda costa, con grandes beneficios y sin tretas ilegales (como si eso fuera posible). 

–Me temo –le dije al de Oppenheimer– que este trabajo no es realmente algo a mi altura. Necesito tener cierta ‘flexibilidad’ para hacer relaciones públicas y cuidar mi imagen, y sinceramente no creo que esta empresa valore esos principios. Sólo hay que verle a usted. No se ofenda, pero he conocido a limpiabotas con trajes de más calidad que el suyo. Y esa barriga, ¡por favor!, los gimnasios se inventaron ya en el siglo… hace mucho tiempo. 

Ahí concluyó esa entrevista. Y me arrepiento. 

Señor, me arrepiento de… 

…haberle contestado a Puppy tan mal cuando me llamó por enésima vez (basta que le diga que no me interesa para que ella se emperre en acostarse conmigo, se parece un poco a Madonna en eso). El decirle “prefiero retozar con un cadáver en su sarcófago antes de volver a liarme contigo” no fue muy elegante, pero a mí me gusta ser claro en mis negativas. Creo que mi situación actual es un castigo divino a esas palabras. 

Señor, me arrepiento de… 

…ser amigo de Warren. Quiero decir ex-amigo. No, es decir, ahora soy ex-amigo aunque siga viviendo en su sofá.  

Regresó a casa ayer lunes por la noche tostadito a lo caribeño y con cara de ‘qué pasado de rosca he estado esta última semana’. Yo estaba impaciente porque me contara sobre el trabajo que me había conseguido y en el que se suponía comenzaba al día siguiente, es decir, hoy. Necesitaba saber algo al menos para saber qué ponerme. Había barajado cientos de looks en los últimos días, pero todo dependía del trabajo en sí. 

Intenté dejarle margen pero una vez que entró en la habitación se quedó frito sin siquiera desnudarse. Se tomó muy mal que lo despertara para preguntar sobre el trabajo y se limitó a garabatear sobre un papel “352 E, 87th St. esquina con la 1st Ave.” Y volvió a caer en las profundidades de los sueños post-etílicos-y-más-cosas mientras me decía que me presentara a las 8. ¡¿Qué demonios pasaba?! ¿Ya no quedaba en Nueva York un trabajo que no empezara su horario laboral después de las 8? Bueno, no tenía otra salida que ir. Quizás fuera un horario terrible, pero las perspectivas laborales lo compensarían. 

Señor, me arrepiento de… 

…haber cogido aquel maldito taxi.  

–Oiga, oiga, taxista, debe haberse confundido.

–No, amigo, este es el 352 E de la 87.

–No, no, oiga, esto no son las oficinas de…

–Amigo, esta es la dirección.

–No, usted no comprende…

–Lo único que comprendo es que o me paga la carrera y baja del taxi o nos vamos a otro lado, lo que usted prefiera. 

Pagué y me quedé de pié como un pasmarote frente a aquel edificio de ladrillo rojo con una marquesina en la puerta y que no tenía ventanas, más bien, respiraderos. No podía ser. “Es un trabajo para gente que sepa organizar eventos”. Yo esperaba un puesto como director de relaciones públicas de alguna firma. “Ambiente relajado”. Yo esperaba una oficina bonita y zen. “Se necesita empatía a la hora de tratar con la gente”. Yo me imaginaba desplegando mis encantos de relaciones públicas. “Los clientes nunca se quejan”. Me veía en una empresa en que su prestigio y solvencia era suficiente aval para todo lo que emprendiera. 

FUNERAL HOME, rezaba claramente el cartel de la entrada. Warren me había buscado un trabajo en una funeraria. Todavía no me explico por qué no salí pitando en el preciso instante en que me di cuenta de ello. Quizás porque había sido muy desagradable con mi antiguo jefe en la tienda de cómics. O quizás porque había menospreciado un excelente (ahora me lo parecía) trabajo en Oppenheimer. O quizás porque no debía haberle hecho aquel desagradable comentario necrofílico a Puppy. O porque simplemente debería haber aprendido a estas alturas a no confiar NUNCA JAMÁS en Warren.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XI

Viernes, 26 Diciembre 2008

Friki-universo paralelo 

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“Oh, jingle bells, jingle bells

Jingle all the way

Oh, what fun it is to ride

In a one horse open sleigh

Jingle bells, jingle bells

Jingle all the way

Oh, what fun it is to ride

In a one horse open sleigh” 

Como ponga una vez más la cancioncita se va a arrepentir. Estoy al borde del abismo. A punto de traspasar la fina línea entre la depresión y la psicopatía. Ya empiezo a imaginar a todos los presentes, que rebuscan cómics en las estanterías, muertos de mil formas horripilantes. Así que un “jingle bells” más y empiezo a decapitar a gente con el cutter. 

Kurt se acerca para darle de nuevo al play y escuchar de nuevo el CD de alegres cancioncillas navideñas compuestas con la insana intención de hacernos enloquecer a las personas normales que odiamos la Navidad, que detestamos a la gente de buena voluntad que sonríe y te desea felices fiestas, que le descerrajaríamos con gusto un tiro entre los ojos a Rudolph, y que mantendríamos la chimenea avivada con queroseno toda la noche con la sana ilusión de que Santa Claus terminara en el Monte Sinaí con quemaduras de primer grado. 

–Ni-se-te-ocurra –le advierto a Kurt con lentitud, lo suficientemente amenazador para que se piense dos veces el volver a poner el CD.

–Si prefieres tengo un CD con canciones de Navidad de George Michael.

–No-soy-gay.

–George Michael le gusta a todo el mundo, no sólo a los gays.

–He dicho que no-soy-gay.

–Pues a mí me gusta.

–Lo dicho: No-soy-gay.

–Yo no soy gay y me gusta George Michael… tengo novia. 

Mi mirada le deja bien claro que no voy a discutir más. No pienso rebajarme a discutir con un tío con bigotito a lo Clark Gable que se cree hetero porque se siente atraído por Xena y Barbra Streisand, y cuya novia (he investigado entre los compañeros de trabajo) nadie ha visto jamás. ¡¿Qué hago yo aquí con esta panda de frikis?! ¡Yo que soy licenciado en Economía y he pasado mis mejores años en la cresta ola de Wall Street! 

*** 

–Míralo por el lado positivo, Rafe.

–¿Qué lado positivo? –le grito a Warren fuera de mí– No hay lado positivo. No puede haber lado positivo. Dime, ¿qué lado positivo le ves tú?

–Es un trabajo en Wall Street.

–¡¡¿Un trabajo en Wall Street?!! ¿Qué entiendes tú por “un trabajo en Wall Street”?

–Vale, está en Maiden Lane, pero está a una manzana de la Reserva Federal y a cuatro de Wall Street. Eso técnicamente es un trabajo en Wall Street.

–¡Vete a la mierda! 

En ese momento me hubiera marchado con un gran portazo si tuviera donde ir pero a falta de la dignidad que confiere un buen portazo me conformé con lanzarle una terrible mirada de “te odio, te odio, te odio”. Lo peor es que no tenía opción. No, rectifico, no tenía dinero. En aquel momento no se me ocurría destino más bajo en la sociedad que ser dependiente en una tienda de cómics, ¡y en Navidad!, me harían llevar puesto aquel gorrito absurdo de Papá Noel. 

Warren me lo había dejado claro: no le importaba tenerme apalancado en su sofá un tiempo más, y le daba igual que le gorroneara el frigorífico, pero tenía que ponerme en marcha para poner fin a aquella situación. Al ir a almorzar había pasado por Maiden Lane y había visto un cartel que rezaba “Help Wanted” y decidió que aquel trabajo, fuera el que fuera, sería ideal para mí, que no tenía elección. No se paró a preguntarse si yo estaba cualificado para ello. No sé, a mí me formaron en la universidad para ser financiero, no me dieron ninguna formación específica para ser dependiente de cómics.  

Mi cabeza daba vueltas. No me imaginaba en aquel trabajo. ¿Cómo me afectaría psicológicamente? ¿Empezaría a interesarme la informática y los videojuegos? ¿Empezaría a sentir atractiva la idea de vestirme de Luke Skywalker e ir a convenciones de trekkies? ¿Cómo afectaría aquello a mi vida sexual? ¿Empezaría a sentirme sólo atraído por mujeres que me recordaran a Lynda Carter vestida de bandera americana o a Eartha Kid en plan gatita go-go? (Porque a los frikies nunca le ponen las versiones actuales como la Catwoman de Halle Berry o la Elektra de Jennifer Garner… los frikis son retro por naturaleza, una naturaleza terrible, cruel y desviada). 

–¡Está bien! ¡Una semana! Pruebo una semana, y si es demasiado humillante, que lo será, lo dejo.

–Vale –Warren estaba contento con mi flexibilidad.

–¿Cuánto ganaré?

–Eso no importa, Rafe, lo que cuenta es que un hombre con trabajo es un hombre con autoestima.

A mi autoestima le gusta vestir de Ferragamo.

–Tu autoestima va a tener que ser menos exigente. 

Qué mal suena eso. 

***

Nunca imaginé cuánta gente se gasta la pasta en cómics. Mi primer día de trabajo fue realmente un infierno. Primero por mi encargado, un tío de 34 años con acné y alopecia que se viste con camisetas de dibujos animados y que no debe pesar más de 23 kilos. Con cara de virgen. Las mujeres no se le habrán acercado en su vida, y no porque no de grima, que la da, y mucha, sino porque es el tipo sabelotodo pedante que filosofea en base al millón de cómics que ha leído en su vida. Que si los protones de antigravedad, que si el programa de control mental de la CIA Que si no te quites el gorro de Papá Noel, Rafael. Que si cómo quieres que te diga que no te quites el gorro, Rafael. Que si la próxima vez que te pille sin gorro te descuento del sueldo 20 dólares. ¡Viva el libremercado y la flexibilización del mercado laboral! 

Después está Kurt, el gay-no-gay, con su animosidad y su pluma-no-pluma (“es acento sureño, soy de Nueva Orleáns”). Habla el mismo idioma que los friki-clientes: 

–Eso lo dije yo cuando vi por primera vez a Hugh Jackman en el papel de Wolverine en los X-Men –discute con un cliente de 13 años–.  No es creíble. Wolverine tiene lo menos 100 años sólo que el factor de curación de sus superpoderes lo mantiene más joven de lo que es en realidad. Pero debería aparentar unos 47 o 48 años, en ningún caso sería como Hugh Jackman. ¿Y dónde está la musculatura? Wolverine siempre ha sido bajito y muy musculoso. 

O por ejemplo: 

–Ya quisiera Bush tener un The Autority para montar una fasci-dictadura.

–No hay que preocuparse, The Boys le patea el culo a The Authority con facilidad.

–De eso nada, listillo, porque The Boys son de la editorial Dynamite y The Authority son de Woldstorm, no hay puntos de contacto.

–Sí que los hay, porque The Boys nació primero en la editorial Worldstorm aunque después los compraron Dynamite.

–De todas formas –media un tercero– siempre pueden hacer un viaje dimensional para patearles el culo.

–¡Que te follen! ¿A ti quién te ha dado vela en este entierro? 

Es asombroso cómo confunden realidad y ficción. 

***

Es Navidad. Estoy sólo en el apartamento de Warren. Él se ha ido a las islas Boca del Toro, Panamá, para pasar las fiestas con unos amigos al sol. He llamado a mamá pero la mucama me informa que está en Courchevel fundiéndose un adelanto del divorcio con un “amigo”. Pensaba darle apoyo por si estaba muy afectada, pero veo que más que afectada está extasiada. Tanto como para no acordarse de que tiene un hijo en la más completa indigencia. Incluso, en mi desesperación, llamo a Puppy. El servicio me dice que está fuera del país, pero sé que es mentira, escuché ladrar a Mr. Chow y ella no va a ningún sitio sin él. 

¡Acabo de recordar que le debo pasta a una camarera del Bowery!

EL CRACK (el serial) - Capítulo X

Viernes, 19 Diciembre 2008

Cuatro entrevistas y un funeral 

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Pues va a ser verdad que hay crisis. En el periódico no viene ninguna oferta laboral de cuerdo a mis capacidades. ¿Cuáles son estas? No lo tengo claro, pero que se olviden de que voy aceptar nada que no implique aprovechar la experiencia adquirida en estos años al frente Ridao-Blackman Global Investors. Bueno, esa es la versión oficial, la verdad es que no pienso reparar cañerías, descargar cajas, o cualquier otra actividad física para lo que mis clases de Tai Chi no me han preparado. 

Empiezo mi búsqueda de trabajo con un periódico bien trabajado (subrayado, con anotaciones a los márgenes) bajo el brazo. Wall Street es inmenso, seguro que hay un hueco para mí. 

ENTREVISTA 1

Tipo de empresa: Firma de gestión de fondos.

Lunes – 9:43 h

Entrevistador: mujer, no llega a los 35, blanca, soltera (no anillo), que merece una psicópata para compartir piso, ¡zorra!

Tiempo aprox. de la entrevista: 13 minutos.

Impresiones: ¿Por qué preguntan cuánto quieres ganar? Yo creía que la sinceridad era un valor positivo. Yo creía que empezaríamos a regatear. No me llamarán, cuando yo le digo a una mujer que la voy a llamar nunca lo hago, por qué iba a ser diferente en este caso.Nota: Tengo hambre y 47 dólares en el bolsillo. 

ENTREVISTA 2

Tipo de empresa: Banco nacional.

Martes – 11:04 h

Entrevistador: hombre, unos 55 años, pinta de abuelete amable, en realidad es un capullo sádico.

Tiempo aprox. de la entrevista: 8 minutos.

Impresiones: El tipo sabía quién era yo (lo presiento). Me pidió que me sentara muy amablemente y al ver en su ficha mi nombre me preguntó que cuál eran mis responsabilidades en Riado–Blackman. “He sido el director de…” Y no me dejó terminar con un “¿perdona?” bastante capcioso. Me levanté y me fui. No estaba dispuesto a que me humillaran con mi pasado de ‘director ficticio’. Busco una empresa que me quiera por lo que soy, no por lo que he sido. Bueno, en verdad busco una empresa que no sepa ni quién soy ni quién he sido.

Nota: Tengo mucha hambre. La búsqueda de trabajo ha disparado mi metabolismo. Sólo me quedan 13,34 dólares y un caramelo de fresa que cogí en la recepción de la empresa donde me he entrevistado. 

ENTREVISTA 3

Tipo de empresa: ¿¿¿Por qué son tan ambiguos en los anuncios clasificados???

Martes – 13:20 h

Entrevistador: Por teléfono, una voz muy sensual.

Suena el teléfono.

Voz: Golden Boy, ¿dígame? [No me suena para nada esta empresa]

Yo: Buenas tardes, llamaba por el anuncio del periódico.

Voz: ¿Cuál de ellos, por favor? [¿Hay más de un puesto vacante?]

Yo: Por el que dice que buscan una persona con buena presencia, don de gentes, universitario…

Voz: Muy bien. ¿Cuánto mide? [¿Eh?]

Yo: 1’83.Voz: Ummm, alto, eso está bien. ¿Buena forma física? [¿¿Eh??]

Yo: Uh… bueno… sí, hago ejercicio regular.

Voz: Deberás pasarte por aquí y dejarnos tu book. ¿Experiencia? [¿¿¿Book???]

Yo: Eh… Sí, he sido…

Voz: La agencia trabaja con clientes de ambos sexos, ¿algún inconveniente?

Yo: Creo que no. [¿Por qué voy a tener inconvenientes de tratar con hombres y mujeres?]

Voz: ¿Sabes? Debería ver primero tu book, pero las Navidades son fechas terribles, la gente se siente sola y estamos desbordados. Tengo un cliente en el Upper East Side en estos momentos. Si me aseguras que eres guapo te mando para allá ahora mismo. [¿Guapo?]

Yo: Bueno… ¿Guapo?… Sí, creo… ¿Pero qué tengo qué hacer?

Voz: ¿No dices que tenías experiencia?

Yo: Sí, pero necesito saber un poco al menos sobre el perfil de la empresa y sus productos. No sé. No hemos hablado de qué puesto buscan cubrir, ni de remuneración.

Voz: El cliente es convencional, no quiere nada raro, son unos 350 dólares. Nosotros nos quedamos el 40% el resto es tuyo. Eso sí, si te pide algo raro me llamas y te doy tarifas. No pongas precios tú ni intentes quedarte con los extras, al final nos enteramos de todo.

Yo: ¡Oiga! Que soy un profesional serio.

Voz: Eso espero. Tienes que llevar los…

Impresiones: 1) Soy idiota y no me fijo en los encabezamientos de las secciones de los anuncios clasificados. 2) Los anuncios que buscan escorts profesionales están demasiado cerca de las ofertas de trabajo que no exigen llevar condones cuando visitas a un cliente. 3) Los anuncios que buscan escorts se redactan de forma muy muy ambigua. 4) Ahora comprendo el problema que suponía tener clientes de ambos sexos. 5) Me guardo el teléfono de la agencia para cuando se me acaben los 5,14 dólares que me quedan (el caramelo me lo he comido ya).

Nota: Tengo hambre. 

***

Miércoles – 8:15 h 

Se ha muerto Clifford Randsey III. Tenía 34 años. Iba al gimnasio, comía sano, no fumaba. Salía con las mismas chicas que yo. No me refiero al mismo ‘tipo’ de chicas, sino a las mismas chicas textualmente. En Nueva York habemos una especie de club secreto de solteros que van a los mismos locales nocturnos y se acuestan con las mismas chicas. Eso nos une mucho. Por eso he venido a su sepelio, a presentar mis respetos a uno de los nuestros. Podríamos haber sido cualquiera de nosotros. Ninguno estamos libres de sufrir un día, como Clifford, un colapso cardiaco mientras somos humillados en un sórdido cuarto de un hotelucho por una enana dominatrix y un travestí sesentón. Bueno, la escena tal cual puede que sea un poco irrepetible, pero la idea del colapso siempre es posible. 

El padre de Clifford, Clifford Randsey II, está muy afectado. Fin de la estirpe. En verdad tenía un hermano que se llama Jay y es cantautor en Tucson, trabaja en bares de carretera. Pero ya nunca habrá un Clifford Randsey III, porque el hermano no puede heredar el ‘III’ porque no se llama Clifford (es obvio) y el vástago superviviente de los Randsey nunca tendrá un hijo al que llamar Clifford Randsey III porque perdió los testículos en una accidente de caza en Europa. Se los voló su propio hermano en un episodio bastante escabroso que segó el interés de Jay por estudiar Derecho y continuar en el negocio de las finanzas internacionales como su padre, y antes de su padre su abuelo. Por el contrario la voz se le afinó y aprendió a componer. “Los caminos del Señor son inescrutable” decía el cura presbiteriano que daba sepultura al último Clifford Randsey. ¡Es comprensible el dolor que estaba viviendo su padre en aquellos momentos! 

Me acerco a darle el pésame. Nos miramos sin pronunciar palabra. Comprende que comparto su dolor. Nos abrazamos. 

–Era un hombre excepcional –le dijo y él asienta secándose el llanto–, como pocos. Un amigo de los que siempre estaba ahí –“tirándose a la tía que te gusta” pienso– y nunca te defraudaba. Y como Presidente de Randsey Co. no tenía parangón. ¡Qué ingenio! ¡Qué intuición! ¿Está pensando en alguien concreto para ocupar su puesto? Yo, casualmente, estoy buscando… 

***

ENTREVISTA 4

Tipo de empresa: Auditores financieros.

Jueves – 10:10 h

Entrevistador: Hombre, caucásico, en los 40, pinta de contable.

Tiempo aprox. de la entrevista: 3 minutos.

Buenos días, Sr. Ridao” me dice el cuatro ojos, “qué mal aspecto tiene ese ojo, ¿se lo ha visto un médico?”. Me levanto y lo mando al cuerno.

Nota: Aquél hombre estaría muy triste por lo de su hijo fallecido, pero no le importó en absoluto montar una escena dándome un puñetazo en todo el ojo. ¡Qué poco respeto por la memoria del muerto!

*** 

Llego a casa (bueno, a casa de Warren) y lo encuentro sentado en el sillón, de brazos cruzados, esperándome. Rezo porque no empiece otra vez con lo de que si oigo gemir en su cuarto no entre a ver qué pasa. Espero que se le haya pasado la crisis de falta de intimidad que atraviesa últimamente. Está serio, mirándome.

–¿Qué tal la entrevista? –me pregunta.

–Ufff, ni preguntes –me cojo la nariz como diciéndole “aquello apestaba, tío”, pero no el hace gracia.

Sigue serio. Veo junto a él un gorrito de Papá Noel. Es buena señal, el espíritu navideño ha llegado al apartamento y todo los malos rollos se irán por la chimenea (bueno, tenemos calefacción central).

–Ho, ho, ho –le digo imitando a Papá Noel.No se ríe.

Lo repito y le señalo el gorro. Sigue sin reírse.

–¿Y eso? –le pregunto con mi mejor sonrisa señalándole el gorro.

–Eso es tu nuevo uniforme de trabajo.

Ahora soy yo el que no se ríe.

El Crack (el serial) - Capítulo V

Viernes, 14 Noviembre 2008

La gráfica traicionera 

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Sonó el radio-despertador y la voz de Lesley Gore empezó a cantar ‘Sunshines, Lollipops and Rainbows’. Me alivió saber que había otro cretino en Nueva York (el programador de la emisora) que no era consciente de la crisis. Parecía inmoral despertar con una canción alegre en medio de tanta ‘consternación’. Me sentía ‘consternado’ por la falta de delicadeza de esa emisora anclada en el optimismo de los 50. Tanta desfachatez era ¿‘consternante’? [Consternación era una palabra que estaba ensayando para impresionar a papá en la reunión de las 9:30h… a.m.

No había dormido casi nada, a penas hora y media. Ni siquiera me había desnudado. No estaba en condiciones de mantener una conversación locuaz y coherente con papá. No era capaz de hacerlo en pleno uso de mis facultades y mucho menos tras dormir menos de dos horas tras haber sido noqueado por una descarga de taser. Pero lo último que podía darle a papá eran excusas, no después de lo que me costó que confiara en mí para este puesto. 

*** 

Madrid. 2003. Yo estaba recién vuelto de Georgetown. Papá estaba en negociaciones con una pequeña firma de inversiones americana para insuflarle capital, hacerse con en control, y penetrar en Estados Unidos. Mamá acababa de volver de París tras fundirse el equivalente al PIB de un pequeño país centroafricano. Esos ‘pequeños’ dispendios con nombres glamurosos (Dior, Chanel, Cartier…) eran lo que ella llamaba ‘el fondo de compensación’. “¿Compensación por qué?” le pregunté una vez. “Por aguantar a tu padre”. Mi familia era una ‘red de aguante’. Ella aguantaba a papá, él me aguantaba a mí, y yo aguantaba los reproches de papá. Era una constante ‘consternación’ familiar. 

Por aquél entonces, corría el més de octubre, yo estaba muy sumido en mis deberes sociales que me impedían afrontar un inmediato futuro profesional. Una mañana, a eso de las doce, el teléfono sonó. El servicio estaba con los preparativos de una soirée que mamá organizaba en el jardín esa noche y nadie descolgaba el maldito teléfono que me estaba destrozando los nervios. Así que me decidí a salir de la cama y atender yo mismo la llamada con la voz de ultratumba de recién levantado. 

–¿Quién habla? –me espetó la voz de mi padre un tanto desconcertado (y un tanto ‘consternado’) desde el otro lado de la línea.

–Soy yo, papá.

–¿’Yo’ quién? –el que lo llamara ‘papá’, y siendo hijo único, no le dio suficientes pistas.

–Yo, tu hijo, Rafe.

–¿Qué haces ahí? ¿Hoy no trabajas?

–Bueno… La verdad es qué… –¿cómo decírselo? – Yo no trabajo, papá. 

Y me colgó. 

Aquella misma noche me llamó a su estudio de casa. Se sentó cejijunto y ‘consternado’ frente a mí y me soltó a bocajarro: 

–Rafael, tienes 29 años, y que yo sepa aún no has hecho nada productivo en tu vida. He dicho productivo –me dijo cortando mi tentativa de justificarme–, deberías buscar la palabra en el diccionario. Así que he decidido darte un empujoncito para que encuentres el camino.  

A renglón seguido se levantó y me hizo señas de que lo siguiera. Nos paramos frente la puerta de entrada y la abrió. Con un gesto gentil me pidió que mirara fuera, y cuando asomé la cabeza… ¡Me empujó!, y cerró tras de mí. Eso era lo que él entendía por “darme un empujoncito” para que buscara mi camino. Afortunadamente llevaba mi móvil encima y llamé a mamá, que salió a abrirme. Me encerré en mi cuarto a cal y canto, por un momento me había visto desamparado en el mundo real. Bueno, mundo real… en verdad era la entrada de una mansión de lujo con servicio de seguridad dirigido por un ex-agente del CSI, del CNI o de la CNN, yo qué sé. Pero hacía frío y yo estaba en mangas de camisa, fue una experiencia muy desagradable. 

A la mañana siguiente acompañé a mi madre a visitar a papá en su banco. Se encerró en su despacho mientras yo esperaba fuera. La secretaria hacía como que no se escuchaban los gritos, pero eran totalmente nítidos a través de los gruesos muros supuestamente insonorizados. Después de media hora de batalla en que se oían frases de mamá como “sabes que puedo hacer tu vida miserable” y respuestas de papá como “ya lo hiciste al quedarte embarazada”. Salieron del despacho con aplomo, allure y prestancia de alta sociedad. Yo estaba ‘consternado’. Mamá sonreía como si nada, pero papá, si hubiera sido un dibujo animado, hubiera tenido un nubarrón con un rayo dibujados sobre su cabeza. 

–Rafé, tu padre te quiere decir algo… Adelanté.

–Rafael, sabes que vamos a empezar a operar en el mercado americano y… No puedo, no puedo –la mirada de mamá fue lo suficientemente explícita para hacerlo continuar–. ¿Te gustaría ser el director de la nueva oficina en Nueva York? 

Sabía que sólo era cuestión de tiempo que papá confiara en mis dotes financieras. Me encantaba la idea. Aún así evité que la alegría se tradujera en mi rostro, me froté la barbilla y le dije: “me lo pensaré”. Así conseguí mi primer trabajo, el que ahora peligraba. 

*** 

Cuando llegué a mi despacho, Robert, mi secretario, sentado diligentemente en su mesa, con ojeras hasta los pies, me dijo con ‘consternación’ indisimulada “el presidente le espera en la sala de juntas”. De pronto que mi padre el nuevo pez gordo de la oficina. El rey ha muerto, viva el rey. 

Al entrar estaba acompañado de dos tipos que no había visto en mi vida pero que se suponía que eran altos puestos, asesores, de MI compañía, pero que no había visto en MI vida (nota mental: acabar con el absentismo laboral). Se hizo un silencio incómodo, como si esperara que yo comenzara, pero yo, a mi vez, esperaba que él me dijera qué quería de mí. Los asesores y mi padre cruzaron significativas miradas de ‘consternación’. 

–Rafael, sabes que en este momento somos muchas las entidades que nos estamos viendo afectado por la crisis de las subprimes. Me gustaría me hicieras un balance de nuestra posición dentro del contexto actual. 

Me aclaré la garganta y saqué una gran cartulina con un gráfico bien bonito que me había prestado mi amigo Warren. Busqué un atril, o algo, para colocarlo, pero no encontré ninguno, así que lo sostuve yo mismo (luego me enteraría que hacía siglos que no se utilizaban ese tipo de recursos físicos, que se hacían por ordenador todas las presentaciones). Señalando claramente los altibajos de la gráfica empecé mi exposición. 

Estoy realmente ‘consternado’ por nuestra posición. Como verán, señores, la situación de la economía de los últimos años ha sido alcistas por el incremento del consumo propiciado por los bajos tipos de interés –eso lo había leído en el último número de Elle– que nos ha llevado a consumir y consumir hasta niveles realmente preocupantes. Eh… Por eso, y como vemos en la gráfica, el nivel de endeudamiento de las familias…

–¿En qué parte de la gráfica? –interrumpió papá.

–¿Cómo?

–Que dónde se ve eso en la gráfica.

–Bueno, eh… –miré con atención la tablilla que le estaba mostrando– Es evidente que eso se refleja en esta línea roja… No, la azul… No, no, la roja.

–¿Qué índice refleja la roja?

–¿Eh? –busqué en mis notas–. La roja es el nivel de impagos y moros.

–¿Moros?

–Sí… –la verdad es que no sonaba muy bien lo de ‘moros’, pero eso decía en mis notas, lo mismo tenía algo que ver con los atentados de las Torres Gemelas y Bin Laden–. Espera, no, no, quería decir morosos.

–¿Y?

–Que al crecer el riesgo de impagos en el último año…

–¿Último año?

–Sí, en el último año –señalé el último tramo de la gráfica (¿hacía calor allí?, ¿por qué estaba sudando?)– ha crecido el…

–¿Y por qué la gráfica es descendente si dices que ha crecido?

–Por… –¡ahivá, la gráfica caía estrepitosamente!– Porque… el índice es un índice inverso que muestra las… fluctuaciones… contrarias a la tendencia natural…

–¡Basta ya! –exclamó papá dando un golpe en la mesa– Te voy a decir yo por qué cae esa gráfica: porque muestra la evolución de tu sentido común y evidencia que lo que crece en esta sala no es ningún riesgo de demora, sino tu memez, incompetencia e insensatez. ¡¡Tienes el gráfico al revés!! ¡Y ni siquiera te has preguntado por qué las leyendas hay que leerlas poniéndose bocabajo! ¡Memo! 

Sacó una pastilla y se la tomó entre temblores.  

–Papá…

–¡No me llames ‘papá’!

–Señor presidente, estoy ‘consternado’.

–¡Y deja de repetir que estás consternado! ¿Qué es? ¿La palabra que te ha tocado estudiar hoy? –efectivamente lo era– Rafael Ridao Blancahermosa. No te despido en el acto porque tendría que soportar que tu madre diera señales de vida de nuevo sólo para volver a atormentarme. Sólo por eso, te doy tres días: sábado, domingo y lunes. El martes a esta misma hora quiero un plan de actuación que nos salve de ser arrastrados a la quiebra. No quiero que me expliques a qué se debe la crisis actual, ni cómo ha evolucionado el endeudamiento de las familias, ni cómo se llevan los bajos de los pantalones… Un plan de actuación, ¿entendido?

–Eh…

–Sí, ya lo sé, estás consternado –no me dejó hablar.

Así era.

El Crack (el serial) - Capítulo IV

Viernes, 7 Noviembre 2008

¡Que llega el presidente! ¡A sus pies señor presidente!

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No sé qué ha pasado con todo el mundo, se han vuelto locos. Ayer salía con un colega de la oficina para ir a almorzar, cuando una señora que debía rozar el siglo, nos arreó con el paraguas y nos maldijo por traer el Apocalipsis a la Tierra Elegida. Lo que más me molestó es que mi colega se disculpó con ella mientras se palpaba la coronilla para ver si en vez de almorzar tenía que ir a que le tomaran puntos de sutura. ¡¡¡¿Pero el mundo está loco o qué?!!! Desde cuándo somos nosotros, los financieros, los culpables de que todo el mundo quisiera una casa a cualquier precio y que después no pudieran pagarlas. Nosotros no los obligamos a ir a los bancos a firmar esas hipotecas. Nosotros no fuimos los que dijimos “podremos pagar” cuando sabíamos que no lo haríamos. Nosotros no empaquetamos esas hipotecas basuras y las hicimos circular por el sistema finan… ¡Oh! Eso sí. 

El caso es que hasta hace una semana ser financiero en Nueva York era lo más, ‘beyond’, la hostia. Y hoy nos pegan las viejas por la calle con total impunidad. El ser un financiero te abría las puertas para disfrutar de lo mejor que la vida moderna puede ofrecer, por ejemplo, someterte a un peeling a manos del Dr. Max, la última sensación dermatológica de la ciudad con lista de espera hasta 2010. Quien diga que la invención de la rueda fue el gran logro de la humanidad es porque no ha pasado por la consulta del Dr. Max. El ser financiero te permitía hacer grandes cosas en la vida, como salir en Men’s Vogue, quizás no en la portada, que está reservada para deportistas, actores y miscelánea como Tony Blair, pero sí figurar en páginas interiores, que no es moco de pavo. Yo he salido un par de veces en GQ y una en Esquire, y en un top ten de los solteros más deseados de la Gran Manzada que publicó New York Magazine, e incluso me dedicaron una entrevista en W dentro de un reportaje sobre los ejecutivos más prometedores. Fue una entrevista bien en profundidad en la que hablamos sobre cómo Bottega Veneta se ha hecho imprescindible en mi vida y cómo tomé la decisión vital de pasarme del pilates al yoga. 

Y ahora, sin previo aviso, soy un personaje denostado sumido en el miedo. Miedo a las señoras mayores con paraguas. Miedo a mi asistente y a que se entere de que mi dirección en estos años ha sido una pseudo-ficción, miedo a perder mi estatus…  y miedo, sobre todo, a mi padre, que llega mañana a las 8 según anunció. 

*** 

Suena el despertador. Es inusitadamente temprano, las 9:30 de la mañana, pero tengo que madrugar para prepararme ante la llegada de papá esta tarde, al que quiero ir a recoger al aeropuerto para demostrarle que estoy al mando de todo. Echaré de menos esa horita de sueño habitual de la que me he privado. Me espera una jornada intensa y llena de sorpresas. 

Primera sorpresa: Nueva York ya está funcionando a las 10 de la mañana cuando piso la calle. Me subo al Town Car que me espera y me dirijo directamente al gimnasio. Repaso mentalmente la agenda que me he programado (le consultaría a Robert, pero me dejé anoche el móvil en casa de Puppy, luego lo recojo camino del aeropuerto). He anulado todas mis citas del día, nada es tan importante como papá, mi presidente. Sólo me falta notificárselo a Robert para que se lo comunique a los ‘reunientes’ implicados. Da igual, ya se inventará alguna excusa sobre la marcha. Así que mi planning se ha reducido a lo realmente esencial: Primero tengo sesión con mi personal trainer en el Chelsea Piers, después almuerzo en Le Cirque con Warren que ha prometido dejarme unos gráficos que dejarán entusiasmado a papá (los estudiaré por encima camino del aeropuerto), a continuación recogeré el traje nuevo de Yves Saint Laurent que quiero llevar esta tarde (si voy pillado de tiempo me cambió en la boutique), después tengo que acudir a la consulta de mi dermatóloga para que me estimule el colágeno con un tratamiento de radiofrecuencia que se llama Thermage que me aconsejaron hace unos días en una fiesta, y tras pasar por casa de Puppy para recoger el maldito móvil, me voy directo al aeropuerto. Todo calculado al milímetro. 

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19:00h. Todo como la seda, quitando el centenar de llamadas perdidas de Robert a mi móvil. Empezaba a creer que no pintaba nada en la empresa, pero el sin par número de llamadas testimonia que soy imprescindible y requerido, cada cinco minutos desde las 9 de la mañana (¿trabajamos a esa hora?). No importa, sobrevivirá hasta que llegue a la oficina mañana. Ahora lo único que importa es recoger a papá y acomodarlo, y que vea que soy diligente y que estoy comprometido con mi trabajo. 

Pero… ¡Uh-huh! Cuando llego al Aeropuerto Newark nadie sabe decirme dónde está el avión de papá. ¡Sales de Nueva York y nada funciona! “¿Dónde está mi padre?” le grito a un tipo con cara de hindú que por toda respuesta se encoge de hombros. ¡¿Para eso he venido hasta Nueva Jersey?! ¿Y si le ha pasado algo? Quizá estén buscando los restos de su avión en medio del Pacífico… quiero decir, del Atlántico (siempre me cofundo: Pacífico-izquierda, Atlántico-derecha). Me descubro gritándole a una impertinente “señorita” (por llamarla de alguna manera, porque debió de nacer antes de que Roosevelt llegara a la Casa Blanca) que me pide insistentemente que me calme y espere mi turno, lo que hace que suba automáticamente más si cabe el tono. “No tenemos constancia de tales hechos, nadie ha informado de la desaparición de un avión en aguas del Atlántico, señor” me dice con flema y acento británicos. Le estoy respondiendo que en tal caso, yo, en ese momento, le estoy “informando” del hecho… en lo que suena el teléfono. “Robert” anuncia la pantalla. 

—Ahora no, Robert. Estoy en medio de una crisis. El avión de mi padre se ha perdido en medio del océano y esta subnormal sólo sabe repetirme que no tienen noticias de tal hecho. Y si tengo que gritar para que me de una respuesta, pues grito —digo desgañitándome aunque bajo la voz cuando veo que dos policías se aproximan con tasers en la cintura—. ¿Tan difícil es comprender que yo sólo quiero saber…? ¡No me toque! Yo sólo quiero… ¡Le he dicho que no me toque, poli de mierda! Yo… Se está jugando una demanda millonaria, piense en empezar a empeñar la placa, ¡y no me toque! ¡Mi padre, yo sólo quiero saber donde está mi padre! ¡Que me suelte!

Está aquí —le oigo decir a Robert antes de que todo se funda en negro tras sentir una ‘poco recomendable’ descarga de taser. 

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Siete horas después me reúno con Robert y mi abogado que han conseguido convencer a la policía de que todo fue efecto de unas medicinas caducadas. 

En el coche de mi abogado me siento morir, mareado, con el estomago revuelto. No sé si por la vergüenza o por el post-efecto del taser. Vomito. Le prometo comprarle unos zapatos nuevos a Robert y mandar a limpiar el coche de mi abogado. Ya un poco más sereno, cuando veo Nueva York al salir del Holland Tunnel, le pregunto a Robert: 

—¿Qué querías decir con que estaba allí?

—Llegó a las 9 de la mañana.

—Entonces las llamadas…

—Me hizo llamar cada cinco minutos para saber dónde estaba usted que no aparecía por su puesto de trabajo.

—Y tú le dijiste… 

Simplemente se encogió de hombros. “Traidor” pensé, sin darme cuenta que en breve amanecería y el pobre Robert aún no había pegado ojo por mi culpa. 

Papá había atendido a todas las citas que yo había abandonado por ir a recibirle. Se había puesto al día reuniéndose con todos los departamentos. ¿Y dónde estaba yo mientras? ¿Quién iba a suponer que llegaba a las 8 de la mañana? ¡¡¡De la mañana!!! ¡Si ni siquiera creía que funcionaran los aeropuertos a esa hora!