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¿Estos son los calzoncillos que he comprado?

Mircoles, 16 Julio 2008

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El hombre está sometido a la dictadura de la imagen y a nadie parece importarle lo más mínimo. No podemos competir con las fantasías publicitarias, y más cuando siempre están proclamando aquello de la “nueva masculinidad” cada vez que aparece un nuevo modelo de cuerpo apolíneo poco de andar por casa. El hombre real está sometido a una constante presión por conseguir estar a la altura de los clichés de los anuncios, ¿cuántos hemos pagado la cuota de inscripción al gimnasio y después hemos ido sólo la primera semana? Y aún no he visto que ninguna de aquellas feministas que protestaban por la dignidad de la mujer en los medios de comunicación y la igualdad de sexos, levante su igualitaria voz para quejarse de las campañas publicitarias de la ropa interior masculina de firmas como Giorgio Armani o Calvin Klein.  

Y es que esta dictadura de la imagen imposible no es nada nuevo, puesto que es algo que han sufrido las mujeres desde antaño. El error, según me apunta un buen amigo, radica en que “en vez de copiar lo bueno de cada sexo, estamos copiando lo peor de cada uno para cumplir con el igualitarismo“, y eso nos lleva a ser iguales, sí, pero en un roll que no nos hace felices.

La campaña de otoño de Calvin Klein viene firmada por el fotógrafo Bruce Weber, legendario creador de imágenes de túrgidos post-adolescentes de erotismo indisimulado, y tiene como protagonista al modelo Garrett Neff (americano, 22 añitos, sin más preocupación que mimar su cuerpo). Mientras que Giorgio Armani repite con David Beckham (británico, 33 años, deportista profesional desde 1992) como cara (y cuerpo… más cuerpo que cara) de su campaña de ropa interior firmada por los fotógrafos del momento Mert Alas y Marcus Piggott. Definitivamente dos ejemplos claros de ¿hombres de nuestro tiempo? 

¿Los creativos no caen en la cuenta de que cuando desembolsemos lo que cuestan estos caros calzoncillos y nos miremos al espejo nos sentiremos verdaderamente defraudados?: “¿Dónde están los abdominales de la foto de la caja?”, “¿y las musculadas piernas que asoman de los calzoncillos del anuncio?”, “¡esto no es lo que yo he comprado!”… Eso si somos los hombres los que nos hemos ocupado de renovar nuestros calzoncillos, porque el daño es mucho mayor cuando quien se encarga de nuestra ropa interior es nuestra pareja. ¿Qué debe pasar por sus cabezas cuando nos ven con los slips puestos y en vez de los oblicuos mayores del abdomen bien definidos de la foto ven ese incipiente ‘flotador’ cárnico que rodea a nuestra cintura, que en muchos (el que escribe, el primero) ya más que flotador es una balsa neumática de rafting? Por mucho que se diga, el amor no es “ciego”, en todo caso conformista y tonto. 

Yo propongo, que cuando nos desengañemos de que los calzoncillos no son “democráticos”, es decir, que el resultado final que proponen las firmas en sus anuncios es inalcanzable para el hombre de la calle, cojamos la prenda, la guardemos en su cajita, y vayamos a la oficina del defensor del consumidor para presentar una denuncia por estafa moral, con el anuncio pertinente arrancado de la revista correspondiente, como aconsejan cuando el hotel de tus vacaciones no cumple los estándares que promete el folleto de la agencia de viajes. “Mire usted, no estoy conforme, no quiero que me devuelvan el dinero, sólo quiero lucir como me han prometido en la publicidad, así que me den una solución, y ahora”. 

¡Ah, por cierto! ¿¿¿Dónde está la “práctica” apertura delantera de los calzoncillos??? ¡¿Dónde vamos a llegar?!

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