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La moda… ¿una vida vacía de contenido?

Lunes, 1 Agosto 2011

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La nota de suicidio de McQueen rezaba: “Cuidad de mis perros. Lo siento. Os quiero“. Se me pone el vello de punta al reproducirlo. La mente humana es tan poderosa y tan frágil a la vez. McQueen es un excelente ejemplo. Una mente prodigiosa para crear e imaginar, pero decididamente vulnerable como para no superar la muerte de su madre. Según la autopsia, en el cuerpo del diseñador se encontraron rastros de cocaína, somníferos y tranquilizantes; y según su psiquiatra, Stephen Pereira, el genio se sentía tan presionado por su trabajo como para atravesar una dura depresión y tener dos sobredosis el año anterior.

Realmente es aterradora la cara oculta de la moda, esa gran desolación del backstage cuando se apagan las luces y el creador se queda solo con el eco de los aplausos.

La muerte de McQueen debiera haber sido un llamamiento para que nos replanteáramos el papel del diseñador dentro de la escena de la moda… y el de todos los sujetos que intervienen en la cara gloss de la moda: diseñadores, modelos, estilistas, directores de revistas, periodistas de moda… La industria propicia un endiosamiento artificial en todos los estratos donde los valores se trastocan de una forma terrible y donde el ser humano pasa a ser dependiente de factores artificiales y estéticos que al resto de la sociedad afectan de una manera ínfima: el fin de la belleza, el ocaso profesional, la inestabilidad de las relaciones… Cuando uno ha pasado media vida apoyado por los aplausos y la adoración, el que un día se despierte y descubra que esta “pasado de moda” puede ser terrible. Gente con un éxito abrumador en lo profesional puede sentirse machacada por un desengaño con su pareja hasta extremos inusitados. La realidad puede ser aplastante para gente que ha vivido en una burbuja artificial y que no recuerda la última vez que cogió el metro o que ha olvidado cómo se pide una pizza por teléfono sin encargárselo a su asistente.

Cuando me ‘enfrento’ profesionalmente a ciertos personajes de esta industria que se manejan por encima del bien y el mal no puedo menos que sentir una punzada de compasión a pesar de sus laureles y la riqueza que acumulan cuyos ceros no puedo ni manejar sin calculadora. Descubro en ocasiones minusválidos emocionales que se ocultan tras la careta del personaje. Son muchos los diseñadores que llegado el momento del adiós (si llegan al momento del adiós voluntario) se encuentran que no tienen nada a parte de sus carreras.

La semana pasada recibí el comunicado de una brillante diseñadora española que anunciaba que se tomaba un descanso hasta febrero para poder estar con su hija recién nacida. [Todos sabemos quién es y no la nombro porque me parece desagradable dar el nombre dado el cariz de este post]. Pensé “¡bravo!”, eso es priorizar y tener los pies en la tierra, y saber que no hay balance de beneficios que pueda equipararse con estar día a día con tu hija en los primeros meses de su vida.

McQueen quizás se dio cuenta cuando murió su madre que no tenía NADA, excepto 18 millones de euros (su herencia), y no tuvo las fuerzas necesarias para ponerse a construir algo que de verdad valiera la pena que no tuviera nada que ver con el trabajo y la moda. Esos 18 millones han ido a sus ONGs favoritas, a la fundación que creó para becar a estudiantes de la escuela de diseño Central St Martins y a su familia. Al matrimonio que cuidaba de su casa, Marlene y César García, les dejó por su “largo y fiel servicio” unos 57.000 euros. Pero lo más triste son los 57.000 euros que lega a sus perros, nombrados en su nota de suicidio.

¿No da que pensar?