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Mi idilio con Inès

Viernes, 9 Octubre 2009

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A raíz del post anterior y de que hay gente  “pa tó”, incluso para defender la estética de Keyra Knightley (es broma, ya sé que son muchísimos los que sienten adoración por ella, a mí me gusta mucho su cara, en serio), se me planteó un debate interno peliagudo: ¿por qué no me apasionan las modelos de hoy?, ¿por qué soy incapaz de quedarme con sus nombres? La respuesta es simple, porque tengo claro que no pasarán a la posteridad. Con la invasión de las clónicas del Este, todas rubias, todas delgadas, todas producto con caducidad de dos o tres años… con la llegada de este perfil de modelos low cost a las pasarelas se perdió gran parte del glamour. La era de las supermodelos no se distingue por la imagen sana de las chicas (que sí), ni por el poder que emanaban sus cuerpos (que también), sino porque todas tenían el factor ‘singularidad’, no les hacía falta ni apellidos: Cindy, Claudia, Linda, Elle, Carla, Naomi, Stephanie, Christy… Niki Taylor, Shalom Harlow, Amber Valletta, Kirsty Hume, Yasmin Le Bon, Yasmeen Ghauri, etc. La lista es inabarcable, hasta que un día la pubescente chica del Este homogeneizó la pasarela. Ya no había historias de cómo habían sido descubiertas, ni cómo un corte de pelo las lanzó a la fama… No, eran traídas en manada, cual ganado vacuno, de pasarela en pasarela, vendidas por lotes por las agencias.

Nos decía nuestro amigo Grelinno referente a Keyra que “Keyra Knightley me encanta y me encanta por su imperfección porque su belleza no me parece fría, por su atractivo, por su extraña nariz, por su boca, por todos y cada uno de los defectos que tiene y, sobre todo (sí, me vas a matar) por esa publicidad de Chanel, por ser su Mademoiselle”. No, no te mato, pero sí creo que para ser Mademoiselle Coco hay que tener encanto francés (ojú, ya estoy yo xenófobo). Me explico. Los anuncios de Chanel que yo más venero son aquellos donde se reproduce el chic francés que caracterizó a Coco, y explicar qué es eso es muy difícil, porque es algo que no tiene traducción en palabras, sino en sensaciones.

El mejor ejemplo es el de Inès de la Fressange (Inès Marie Lætitia Églantine Isabelle de Seignard de la Fressange). Conquistó al mundo con su nombre de infanta y unos padres que mezclan lo más rancio y lo más moderno de la época, un marqués (André de Seignard de La Fressange) y una modelo argentina (Cecilia Sanchez-Cirez), y una abuela heredera de la fortuna bancaria de Lazard, Simone Jacquinot. Pero sobre todo su éxito radicaba en su estilo, en un cuerpo desgarbado pero con compostura aristocrática, de chica de internado que no sabe que los genes son los genes y está destinada a ser cisne.

Fue descubierta a principios de los 80 (Gilles Bensimon se adjudica el mérito y las primeras fotos hechas para Elle) y coincidió con que una resucitada casa Chanel, con un joven Lagerfeld al frente, quería relanzar el mercado de los perfumes y dejar de vivir el clásico Nº 5. En 1983 se preparaba el lanzamiento de Coco y buscaban desesperadamente la cara que reflejara la esencia de la modista. De pronto se dan cuenta que Inès no sólo tiene el chic de Mademoiselle Chanel, sino que hasta se le parece en las fotos. El mundo se postró a los pies de esta joven modelo que obtuvo un jugoso contrato en exclusiva con la casa, cosa no tan común en la época. Pero tal y como se convirtió en la musa oficial de Lagerfeld y representó ese nuevo aire que se quería dar a la casa (esas chicas con jeans y chaquetas cuatro bolsillos clásicas de Chanel de paseo por la Rve Gauche), con la misma rapidez llegó el adiós en 1989/1990.

Se dice que fue porque Lagerfeld no aprobó su decisión de prestar su imagen para un busto de Marianne, el símbolo máximo de la representación de la República Francesa, cosa que han hecho otras modelos posteriores como Laetitia Casta. Lo cierto es que el idilio acaba por celos, un desamor nacido del amor, del encontrado por la modelo en Luigi d’Urso con el que se acaba casando. Lagerfeld ve como Inès empieza a valorar su vida privada, ya no está dispuesta a hacer sesiones de pruebas a altas horas de la noche, que tiene prisa para volver con su amado… y Karl la quiere en cuerpo y alma para él. Así termina todo. Así comienza la historia de la otra Inès diseñadora, empresaria y consultora creativa para Gaultier.

Perdonadme si me agarro a la idea de que no habrá otra Coco más que la auténtica y Mademoiselle de la Fressange (ni Vanessa Paradis, ni Kate Moss, ni Shalom Harlow, Manon von Gerkan, ni Anouck Lepere, ni ninguna otra).

Pero para gusto los colores.

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