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Mi encuentro con Loulou

Lunes, 7 Noviembre 2011

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Este sábado llegó la luctuosa noticia. La que fuera gran musa de Yves Saint Laurent, Loulou de la Falaise, había muerto con solo 63 años tras “una larga enfermedad”, tal y como más tarde anunciaba un comunicado lanzado por la Fundación Pierre Bergé-Yves Saint Laurent. Podría hablaros de cómo Loulou odiaba que se la tildara de ‘musa’, porque ella lo entendía con connotaciones pasivas y ella era todo lo contrario, muy activa; podría hablaros de cómo su influencia sobre Yves marcó todo el allure bohemio y hippy que impregnó buena parte de su carrera; o podría hablaros de su trabajo como diseñadora de joyas y bisutería, de prensas u objetos para el hogar… Pero todo eso ya estará dicho a estas alturas en los obituarios que se habrán publicado en estos dos últimos días.

Yo lo que puedo aportaros desde este humilde blog es mi percepción personal de esta figura esencial del diseño del siglo XX, y puedo así mismo compartir con vosotros mi experiencia, de aquella vez que me la presentaron y yo creí estar tocando el cielo.

Estaba en París en pleno transcurrir de las presentaciones de Alta Costura (¿esto fue en enero de 2005 o 2006?) cuando mi buena amiga Elisabetta, por aquel entonces redactora en una revista parisina muy chic e independiente que ya pasó a mejor vida, me dice que ha ligado con un fotógrafo australiano con pinta de neandertal y que da por terminada su jornada laboral para salir de copas y tratar de llevarse al huerto al australiano con pinta de jugador de rugby. Saca entonces de su boso un tarjetón y me pregunta si quiero ir en su lugar a la fiesta que daba Loulou de la Falaise.

Ahora que lo recuerdo sí que era 2005 porque esto ocurrió a la salida del desfile de Christian Lacroix y había trascendido que LVMH acababa de vender o tenía la pretensión de vender la firma a unos californianos, a Falic Group. Lacroix estaba enfadado y lanzando pullazos a Arnault, así que fue una semana muy movidita.

A lo que íbamos. Allí estaba yo con una invitación para una fiesta en una mano y unos pies destrozados en… bueno, en los pies, ¿dónde los iba a tener? La decisión era coger el metro para refugiarme en el hotel hasta la mañana siguiente o echar el resto y presentarme en una fiesta en la que no conocería a nadie y donde todos serían más chic, elegantes, divertidos, carismáticos y delgados que yo. Una vez más decidí ser la nota discordante y me encaminé a la rue Cambon, a la boutique que Loulou inauguraba esa noche, que estaba muy muy cerca de Chanel.

Cuando llegué ya abandonaba el sarao un espectro enlutado de moño altísimo, la mismísima Diana Pernet (este mes editora invitada en Neo2). Hacía un frío terrorífico pero previendo que la tiendecita se quedaría pequeña para tanta concurrencia habilitaron ¿setas se llaman?, ya sabéis, esas estufas de exteriores como la de las terrazas de los bares, para que la gente pudiera charlar en la calle más cómodamente y dejaran sitio a los que iban llegando.

La boutique la habían decorado en rojo lacado y había espejos por todas partes, por lo que parecía que no solo era cuatro veces más grande, sino que había cuatro veces más gente, sin contar con lo que abultaban aquellas señoras que habían sacado todas las pieles para la ocasión, era un poco claustrofóbico. Yo husmeaba por todas partes y hacía fotografías mentales a cada una de las piezas de joyería que Loulou exponía en aquellas delicadas vitrinas art decó. No sé cómo establecí conversación con una deliciosa criatura de pelo ensortijado que se mostró de lo más amable con este españolito aturdido y desubicado. Le enseñé un número de Neo2 que llevaba como tarjeta de visita (en aquel momento trabajaba mucho con ellos) y le fascinó, así que sin pensárselo dos veces requirió la atención de su madre (aunque no supe que era su madre hasta más tarde porque la llamó Loulou y no mamá en aquel momento). Me presentó a la protagonista, a uno de mis mitos, y a mí me flaquearon las piernas. ¿Era realmente yo el que estaba dándole la mano a Loulou de la Falaise? Tuvimos una conversación breve, la anfitriona debía circular, pero recuerdo que elogió un alfiler que llevaba en la solapa, dijo que le encantaba la revista, que España le fascinaba, en concreto Barcelona y toda la arquitectura de Gaudí… Entonces la reclamaron y yo continué allí, inmóvil, aún preguntándome si aquello había ocurrido en realidad.

Aquello me dio confianza y emprendí otras conversaciones con asistentes con los que coincidía admirando una vitrina o un maniquí, y a lo largo de la noche pude ver llegar a Olivier Theyskens, a Gianbatista Valli, a la modelo del momento Audrey Marnay, a Christian Louboutin, a Marisa Berenson, y cuando ya me iba, justo cuando franqueaba la puerta, casi me desmayo de nuevo porque arribaba el maestro, Yves.

Aún hoy recuerdo a Loulou, con su mirada lánguida y su sonrisa cómplice, su voz cascada pero aguda, con un acento peculiar en su inglés sesgado por el francés, y cómo saboreó mi nombre sílaba a sílaba y me dijo que tenía un nombre muy puissant. Yo le respondí que el suyo era realmente divino y me pidió que ‘le guardara un secreto’, que en realidad se llamaba Louise Vava Lucia Henriette Le Bailly de La Falaise (no debía de ser tan secreto pues para recordarlo he recurrido a la Wikipedia).

Esto es todo lo que puedo decir… os doy lo más precioso que tengo, lo que me regaló Loulou: un gran recuerdo.

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Hasta las narices de las musas anglosajonas

Lunes, 12 Abril 2010

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Hay una cosa que me revienta de la moda española: la falta de referencias culturales o estéticas patrias de la que hacen gala. Es más fácil encontrar un homenaje a David Hockney que a Zurbarán, es más fácil que en una nota de prensa se nombre la influencia de Dior que de Manuel Piña, y si nos remitimos a las musas que inspiran las colecciones… De Peggy Guggenheim a Diana Vreeland, de Greta Garbo a Virginia Wolf, etc… ¿Y las españolas? ¿Qué dices, que no hay mujeres interesantes y que sentaron cátedra de estilo? ¡¡Qué ignorancia!! Lo que pasa es que aquí siempre esperamos que vengan de afuera para descubrirnos nuestros iconos y somos incapaces de bucear en nuestra historia para dar con ellos. Es más fácil que venga Christian Dior y nos redescubra a  Zuloaga o Velázquez en sus colecciones, ¿para qué vamos a hacer el esfuerzo de gozar de nuestro patrimonio si ya estamos obsesionados con los iconos anglosajones?

Aquí en España también ha habido mujeres muy interesantes dignas de estudiar y reinterpretar en clave de moda. A bote pronto, a ver qué se me ocurre: ¡La Bella Otero! Espero que su nombre suene, porque si no es como para cortarse las venas, ya que a finales del s. XIX fue un equivalente (a nivel celebridad) a lo que hoy es Penélope Cruz. Nacida en España, esta bailarina hizo su carrera en Francia y fue uno de los personajes más destacados de la Belle Époque, figura imprescindible en los círculos artísticos y la vida galante de París.

Su biografía no tiene desperdicio. Fue hija de madre soltera, huyó de su casa en A Ponte de Valga con solo 10 años tras sufrir una agresión sexual y se enroló en una compañía de cómicos ambulantes portugueses. De bailarina de baja estofa y prostituta llegó a ser una bailarina conocida en toda Francia como La Bella Otero, que sonaba muy exótico para los franchutes, por eso fomentó ese lado ‘español’ y llegó a inventar que era andaluza y de origen gitano. Conquistó el mundo con giras internacionales que la llevaron de Nueva York a Moscú donde conoció al mismísimo Rasputín. Y fue amante de Guillermo II de Alemania, Nicolás II de Rusia, Leopoldo II de Bélgica, Alfonso XIII de España, Eduardo VII de Inglaterra… Como cortesana de lujo amasó una gran fortuna que tiraba en los grandes casinos de la época por culpa de su ludopatía, así es que al final de sus días subsistió con una pensión que le pasaba el Casino de Montecarlo en agradecimiento por los millones que se dejara en sus mesas de juego.

Fue gran estrella de Folies Bergère (eso mucho antes de que Norma Duval se hiciera la reina de aquel escenario) y como gran artista su estilo iba siempre en consonancia. Si John Galliano la descubriera estoy seguro que le dedicaría una colección de Alta Costura, porque si miráis las fotos… ¿a que hay imágenes muy Dior?

PD. Este tipo de research creativo que yo he plasmado someramente en este post es lo que Amanda Harlech hacía para Galliano y ahora hace para Lagerfeld, así que si hay algún diseñador que quiera convertirme en su ‘asesor creativo’ con un sueldo inmoral que deje la ficha de Cristiano Ronaldo en pañales lo podemos negociar.

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