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Plan de 48 horas para organizar la comida de Navidad con los millones que te han tocado a la lotería

Jueves, 22 Diciembre 2011

Vale, no me ha tocado, otro año conformándome con tener salud como el 99% de los españoles. La Lotería de Navidad ha pasado de largo. Me queda el consuelo de que mi inversión en ella ha sido mínima. Pobrecitos los que se hayan gastado el oro y el moro en lotería y no tengan más que una triste pedrea. Lo más triste es que cuando te toca una suma ‘indecente’ te bloqueas y no tienes ‘indecencia’ para gastarla, que es como hay que despilfarrar ese tipo de dinero fácil: indecentemente. ¿Queréis que os diga qué  haría yo en 48 horas con ese dinero (con parte, claro)? A ver si doy alguna idea para los afortunados. Para compartir mi alegría me pondría manos a la obra para organizar una buena comida de Navidad para los míos y para ello…

Lo primero es pillar a uno de esos señores con traje que pululan por las administraciones de loterías que han dado premio y que van repartiendo tarjetas. Vale, me puedes custodiar mi décimo, pero quiero cash ¡ya! Con dinerito fresco en la cuenta me iría al aeropuerto. “Señorita, un billete para Londres en el primer vuelo que salga”, y si los pilotos están de huelga pues me compro uno y Santas Pascuas.

Primera parada: El 167 de New Bond Street. ¡Asprey! La tienda dedicada al lujo más exquisita de Londres. Allí encontrarás principalmente joyas. No te prives, súrtete, ¡te ha tocado la lotería! Pero básicamente mi visita allí es para proveerme de toda la utillería para la comida de Navidad: vajilla, cubertería, cristalería… ¡Todo! Si vas a dar una comida en condiciones no puedes usar una vajilla comprada de oferta en Lidl.

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Cogemos el primer avión hacia París, llegamos a tiempo para que  en el 24 de la rue Faubourg Saint Honoré los atentos empleados de Hermès nos franqueen el paso al paraíso de la exquisitez. Allí me proveo de mis galas para la comida y regalos varios para mis invitados. Siempre he dicho que personalmente podría vivir simplemente de Hermès, tienen todo lo que me podría hacer la vida un poco más agradable.

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Para cuando llego al aeropuerto ya tengo un vuelo nocturno que me llevé a Nueva York. Allí pasaré el día 23. Bueno, la ciudad en si no me importa, lo único que voy a ver de ella es Saks Fith Avenue. Allí compraré la comida. Sí, ya lo sé, comprar la comida en Nueva York es una excentricidad. ¡Pero estoy loco, me ha tocado la lotería! Y no te vas a ir a Mercadona a comprar la comida de Navidad teniendo la magnífica sección gourmet de Saks que no tiene parangón. De paso me hago un repaso integral en uno de los salones de belleza que hay dentro de estos department stores.

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Y vuelo nocturno a España. Cuando llego me doy cuenta que no estoy agotado porque ciertamente viajar en primerísima clase no es una experiencia comparable a mis otros viajes en los que he tenido que dormir en un incómodo sillón de turista con una raquítica almohada que siempre aparece al final del pasillo cuando despierto.

En la limusina alquilada que me lleva a casa repaso que no me falte nada: menaje de hogar, regalos, nuevo vestuario, comida… Y justo cuando la limusina aparca frente a la puerta de casa me doy cuenta de una cosa que no  había previsto. Reparo en que ni mi casa, ni mi familia, ni mis amigos, ni mi antigua vida en general, hace juego para nada con las nuevas chucherías  deluxe que he adquirido en los últimos dos días. Así que me planteo si debería cambiar de familia y amigos y buscar una más acorde con mi nuevo estatus. Gente más a mi nivel económico y excelente gusto. Un nuevo círculo de amistades en plan “hola, Piluca,  ¿qué tal?, tu hija salía monísima en el ¡Hola!, ¿vas a Saint Tropez estas vacaciones?”. ¿Pero y si yo no encajo con mis nuevas amistades? ¿Y si me hacen el vacio por considerarme un nuevo rico y un arribista loteril? Cuando quiera recurrir a mi antiguo círculo pueden que me den la espalda por haber sido un cretino creído. De pronto me entra pánico: ¿y si el dinero me cambia tanto que me quedo solo en la vida?

¡Uf, qué alivio, pero si no me ha tocado la lotería, qué demonios!

Une Frivolité no es una frivolidad, sino una necesidad

Mircoles, 16 Diciembre 2009

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Rollazo, rollazo, rollazo de los grandes, el tener que salir a comprar los regalos de Navidad. Porque aunque uno esté en contra del consumismo navideño y quisiera “regalar amor y abrazos”, la gente que lo rodea puede no pensar igual, y para qué ganarte el odio y desprecio de todo el mundo por ahorrarte unos euros en regalos. Lo que en sí me da pereza es el acto del shopping: tiendas abarrotadas, empujones y pisotones por la calle, la tortura de encontrar el regalo apropiado, dependientes impertinentes o desbordados… Me encantaría dar con el “regalo universal”, es decir, aquel que le gusta a todo el mundo, independientemente de sexo, raza, religión, edad y estado mental. Un regalo del que nunca se tenga suficiente. Un regalo del que yo pudiera comprar 300 unidades y guardarlas en casa y repartirlos todos los años en Navidades y todo el mundo fuera feliz… y que hubiera paz en el mundo, los políticos dijeran la verdad siempre, y Coyote terminara por coger de una vez al tocapelotas del Correcaminos. ¡Vaya utopía lo de un regalo universal!

En USA es relativamente frecuente que aquellos sin tiempo o ganas para hacer compras contraten a un personal shopper, pero eso no es una opción muy extendida por aquí ,ya que se sigue pensando que ir de compras es uno de esos pequeños placeres de la vida [pura mentalidad femenina, para que después digan que hombres y mujeres somos iguales]. Pero vamos, que haberlos haylos, y concretamente recuerdo una nueva empresa que se dedica a ello, Une Frivolité. Hablamos con su creadora, Silvia R. Coladas, sobre los servicios que ofrece: 

¿Cómo surge la idea de Une Frivolité? La idea surgió como consecuencia de una amalgama de múltiples circunstancias. Siempre me ha llamado la atención, especialmente en estas fechas, ver caballeros pululando por la “Milla de Oro” de Madrid, un poquito despistados y a última hora, en busca del regalo perfecto para una mujer. Salvo que seas un hombre que adora ir de compras y además tiene tiempo para ello, (los hay, pero son una excepción), no es tarea grata buscar y encontrar, año tras año, un regalo adecuado, sorprendente, cuya ilusión perdure en el tiempo y no sea repetición de lo regalado otras veces. Por otro lado, he tenido ocasión de escuchar los testimonios de mujeres que se quejaban de que sus parejas les solían comprar siempre, más o menos, algo parecido, o se habían gastado un dineral en algo que no les gustaba nada, aún siendo de una gran firma, pero no se atrevían a decírselo para no herir sus sentimientos. O que incluso, con la confianza que da el tiempo, les sugerían que lo compraran mejor ellas mismas, con lo cual, la esencia del regalo, que es la ilusión y la sorpresa, se perdía. Si a estas circunstancias objetivas, le unimos las subjetivas, que personas cercanas a mí, me han “utilizado” durante años, precisamente para esta función, y que yo, particularmente, disfruto muchísimo con ella, la combinación era perfecta. Simplemente decidí hacer de una afición, una profesión. ¡Recomendado por los gurús de los negocios!  

¿Cómo es el proceso  que llevas a cabo para dar con el regalo perfecto para una persona concreta? Si no la conozco personalmente, que es lo normal, me cito con el cliente que quiere hacer el regalo, si ello es posible y, robándole poco tiempo, le hago una serie de preguntas sobre la mujer a la que desea agasajar. Edad, estilo de vida, si trabaja, aficiones, si tiene niños, etc. para hacerme una idea de su personalidad. Si me pueden enseñar una foto, mejor que mejor. Me gusta ese trato personal con los clientes, creo que es necesario, porque me ayuda a dibujar mentalmente a la persona concreta a la que le quiere regalar, que por supuesto, no tiene por qué ser su pareja, puede ser su hija, su nieta, una amiga, una hermana… Si no hay tiempo para visita personal porque se trata de algo un poco urgente, tenemos esa toma de contacto por teléfono. Es más difícil porque el trato es más impersonal, pero no imposible. Normalmente le hago dos o tres propuestas antes de lanzarnos a comprar. También puede ser el cliente quien me de pistas de lo que quiere, cuando simplemente de lo que huye es de ir a elegirlo y comprarlo. Y si por el contrario, dispone de tiempo, y lo que quiere es “aprender” a hacerlo él mismo, entonces le acompañamos y es más fácil todavía, porque pasando una mañana o una tarde de tiendas con él, podemos averiguar muchísimo mejor qué le puede ir bien a esa mujer que quiere sorprender.  

¿El concepto de personal shopper sigue siendo algo malinterpretado en España? Creo que la gente se va atreviendo cada vez más y va sabiendo mejor en qué consiste un “personal shopper”. Realmente, al menos en nuestro caso, que es un caso especializado de “personal shopper”, es algo muy sencillo: delegar una tarea que a ti no te gusta hacer, o sencillamente no tienes tiempo para hacer, en otra persona. Esa tarea es comprarle un regalo a una mujer, con criterio y buen gusto. ¡Al menos eso es lo que intentamos! 

¿El que alguien encargue a otro comprar un regalo para una tercera persona no elimina la carga afectiva del regalo (es decir, ni siquiera se ha preocupado de currárselo)? ¡Yo creo que no! ¡Todo lo contrario! Precisamente, enlazando esta pregunta con la anterior, en nuestro país alguien que se molesta en contratar a otra persona para que se ocupe del regalo de una mujer a la que quiere o con la que tiene un compromiso, es que realmente se está preocupando muchísimo por el éxito de ese regalo y por esa persona. Está poniendo más medios de lo normal. Eso sí, va a perder poco tiempo, pero también va a pagar más. Personalmente, no creo que el “sufrimiento” de pensar, elegir e ir a comprar un regalo, se valore mucho por las féminas. ¡Preferimos un buen regalo, con estilo y no que nos lloren con lo que les ha costado pensarlo y encontrarlo! 

¿Este es un servicio no es para mujeres? Ha sido concebido más para hombres que quieren regalar a mujeres, como se ve en la página web, pero por supuesto, pueden acudir a nosotros mujeres que quieren regalar a otras mujeres. Algunas, también odian ir de compras y volverse locas pensando. O simplemente, no tienen tiempo. Quisimos especializarnos porque ya hay bastantes “personal shopper” que ofrecen servicios más amplios que nosotros en Madrid y queríamos ofrecer algo diferente y exclusivo. Por eso, nos hemos centrado sólo en mujeres y en firmas de lujo, que por otro lado, es nuestra especialidad.  

¿Existe un regalo universal, es decir, algo que siempre guste a todo el mundo, independientemente de la edad, el sexo o interese? ¡Yo creo que no! Conozco a muchísimas personas y no, no veo el regalo que les guste a todos. Ni un coche, ni un viaje, ni un bolso, ni un reloj, ni el teléfono móvil de última generación, ni una casa en la playa. Somos tan diferentes que creo que no, es una utopía pensar en algo así. Si nos centramos en las mujeres, creo que hay una pasión generalizada por los zapatos, pieza fundamental de un “look” que lo arruina o lo eleva a lo sublime. Pero aún así, ni siquiera creo que sea un regalo universal con el que triunfar. Ya que muchas preferirán una joya u otra pieza dentro de la infinidad de posibilidades que tenemos. 

¿Qué tiendas o diseñadores son tus favoritos para regalar? Hay muchísimas. Pero para mujer, me encanta Chanel. Sé que no soy muy original, pero es una debilidad absoluta. Yves Saint Laurent también se encuentra entre mis favoritos. Creo que ambas firmas combinan a la perfección elegancia y tendencia. Como algo muy muy especial, Hannibal Laguna, es feminidad a la máxima potencia. Siempre que paso por sus escaparates de la calle Jorge Juan me quedo fascinada. Max Mara me gusta mucho para ir bien vestida a diario y José Castro, que por desgracia no tiene tienda en Madrid, lo elegiría si tuviera que comprarle algo a una mujer alternativa, muy moderna, pero que quiera ir con elegancia parisina. Como tienda multimarca, creo que Ekseption, en la calle Velázquez, se lleva la palma. Y aunque no las tenemos en Madrid y hay que irse hasta Barcelona, me suelen gustar mucho las colecciones de ropa de Louis Vuitton. Creo que con esta firma no se cumple lo de “zapatero a tus zapatos” porque, para mi gusto, lo están haciendo muy bien.  

¿Qué es lo que nunca comprarías para regalar? Nunca compraría para otra persona algo que a mí no me gustara. Aunque no sea mi estilo, lo que regalo me tiene que gustar, si no, no puedo. Hasta a los hijos de mis amigos les compro juguetes con los que habría disfrutado jugando. 

Navidades para los pobres; Resort o crucero para los ricos

Lunes, 14 Diciembre 2009

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Todo el mundo sabe que no soy millonario. Es algo que salta a la vista. Es más, siempre rondo la porca miseria. Pero cada vez que llega diciembre no puedo dejar de envidiar a la élite que puede permitirse hacer viajes a islas paradisiacas para huir del frio y del Espíritu Navideño, cosa que no deja de ser un invento para pobres, para sentirse exultantes aunque sea sólo sea una vez al año. De hecho, ese Espíritu Navideño es obra del poder de la literatura, ya que antes de que se publicara Cuento de Navidad de Charles Dickens en 1843 no era más que una conmemoración religiosa tranquila, hogareña y sin fastos. Después en el siglo XX llegarían los grandes almacenes y el marketing… que tradujeron todo el espíritu religioso a un lenguaje más comprensible hasta para el más ignorante: el consumismo. Hasta Eroski se mofa del espíritu fraternal de estas fechas con su anuncio de “estas Navidades voy a regalar amor y abrazos”.

Bien, pues los ricos siempre han tenido muy claro que eso de la Navidad es para espíritus pobres, y que lo mejor que se puede hacer estas fechas es emigrar a climas tropicales donde dejarse acariciar por las olas, el sol y el masajista del resort donde te hospedes. Para ellos nacieron las Cruise o Resort Collections, que algunas marcas lanzaron con una frikada hace tiempo y que ahora nadie osa obviar. Como no teníamos suficiente con dos colecciones por temporada, no se les ocurre otra cosa que multiplicar por dos las colecciones anuales (si incluimos la pre-fall). Afortunadamente en España este sistema no ha calado, ya sea porque somos todos pobres y no nos vamos a resorts o cruceros caribeños (y a los que lo hacen no les queda pasta para hacerse con un fondo de armario específico para las vacaciones), o somos más listo que los anglosajones que se tragan todo lo que les echen.

También es una lástima la corta vida de estas colecciones porque son bien bonitas, y más que ahora se han trasgredidos ciertas reglas implícitas que parecían regir la creaciones de las resort collections. A saber, o les daban un espíritu marinero (azul navy, rayas marineras, etc…), o se ceñían al espíritu ‘rica americana en el Caribe en los años 70’ (grandes estampados florales, vestidos túnicas, turbantes, aplicaciones de piedras…), u optaban por la variante Jacky O para gustos más europeo (Capri, La Riviera, Monte Carlo, islas griegas…).  Ahora ya no hay reglas fijas, si bien aún se respetan estas que he enumerado. El tratamiento que se les da actualmente es como una colección más con el estilo propio del diseñador, sin plegarse al espíritu resort, como podemos ver en colecciones como las de Viktor & Rolf o Balenciaga. Sin embargo los italianos son más dados al toque setentero, cosa que es evidente en las propuestas de Pucci o Versase, entre otras.

Pero es que este fenómeno no es exclusivo del mundo femenino. Las colecciones resort han ido introduciéndose poco a poco en los armarios masculinos y ahora encontramos propuestas tan interesantes como las de Burberry, Gucci o Chanel, que curiosamente siempre tienen los tonos blancos o beiges como piedra de toque.

Como sigamos creando colecciones llegará un momento que habrá una colección por mes. Enero, la colección Snow; febrero, la colección Safari; marzo, la colección Lluvia… y así hasta a la extenuación. STOP AL CONSUMISMO.

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EL CRACK (el serial) - Capítulo XII

Viernes, 2 Enero 2009

Mi pequeño milagro de Navidad 

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Es muy triste estar sólo en Nueva York en Navidad. Mientras ando por calles que no tienen ni un cartel en cristiano pienso que quizás tendría que haberme vuelto a España como me ofreció papá. No, es absurdo, yo tengo a mis amigos aquí. Bueno, el único amigo que tengo es Warren y ya está un poco harto de mí. Sí, me tendría que haber vuelto a España, allí tengo a mi madre… que está en Francia con su amiguito esquiando (me da arqueadas de pensar que mamá tiene un “amiguito”). Yo debería estar ahora en algún paraíso exótico tomando el sol en la cubierta de un yate con la panda de siempre, creo que este año tocaba Costa Rica, y sin embargo aquí estoy, intentando recordar cómo llegar al restaurante de Helen Hunt, a la que quiero decir que me acuerdo de que le debo dinero aunque no puedo pagárselo en ese momento. Porque me han podido privar de mi identidad y dignidad, pero sigo siendo un hombre de honor y palabra. Después de recorrer tres veces Allen St. creo estar razonablemente seguro de saber cuál es el restaurante. Está más lleno de lo que esperaba para ser Navidad, porque la ciudad queda desierta en este día. Todo cierra, hasta los museos, último destino de los solitarios. Sólo los verdaderamente desesperados, como yo, se lanzan a la búsqueda de uno de los restaurantes que no entienden de Navidad y permanecen abiertos. 

Al entrar veo al encargado tras la barra, un tipo con pinta musulmán con gorro de Papá Noel. Pero no veo a Helen Hunt sirviendo mesas. No tengo dinero para tomarme nada, hasta mañana no cobro mi primera semana en la tienda de cómics, así que me dirijo al encargado para preguntarle por ella. 

–Amigo, estoy buscando a la camarera rubia del otro día. 

Al principio parece no recordarme, pero en cuanto cae, abre los ojos como platos y me dice: 

–Belinda americana, papeles –¿pero qué dice?, ¡ah, es verdad!, el tipo creía que yo era de inmigración.

–No, no, sólo quiero hablar con ella.

–Belinda papeles.

–Vale, lo sé, Belinda papeles –es imposible–, ¿tú…?

–Yo papeles, yo americano –me señala una bandera raída que tiene en una esquina del restaurante.

–No, no, digo que si tú puedes decirle a ella… Bueno, déjalo.

–Bel se ha ido a casa –me dice otra camarera que se ha acercado a hacer un pedido–, ¿para qué la quieres, guapo?

–Le debo dinero del otro día y quería…

–¡Ah!, si es eso no te preocupes, me lo das y yo le digo que le has pagado.

–Pero es que no tengo el dinero, venía a decirle que no me olvido de la deuda.

–Bueno, pues cuando vuelva yo le digo la ha estado buscando… ¿cuál es tu nombre?

–Rafael, Rafael Ridao. Pero no creo que me recuerde. ¿Cuándo vuelve?

–¿Qué le debes dinero y no te va a recordar? ¡Tú sueñas! Ella vuelve para el turno de Año Nuevo.

–Volveré. 

Me voy mientras escucho cómo la camarera intenta tranquilizar al encargado y explicarle que no soy de inmigración. 

*** 

He cobrado mi primer cheque. Jamás un trocito de papel me ha parecido tan hermoso. 211 dólares espléndidos, amorosos, fantásticos, extasiantes, útiles, necesarios… no, ¡imprescindibles! 

Ya puedo empezar a ver apartamentos. Me compro el Village Voice y echo un ojo a las ofertas. Un momento, algo debe estar mal. Llamo a mi jefe de la tienda: 

–Hola, soy Rafael, te llamo porque creo que hay un error en mi cheque… Sí, un error, debe faltar un cero o algo… ¿211 dólares? Sí, eso pone. Pero no puede ser, porque he mirado los alquileres y no hay nada decente que baje de 2800. Por eso digo que… ¿Salario mínimo?… ¿Que busque en qué zona?… No, no estoy dispuesto a irme al otro extremo de los Estados Unidos para encontrar un apartamento. He estado mirando cerca de donde tenía en mío, en Park Avenue, ¿de qué te ríes?, estoy hablando en serio… Pues, perdona, pero no me siento valorado en este trabajo… No, no tengo ni idea de cómics, pero yo tengo otras cualidades… Sí, pues quizás debiera pensarme buscar algo más acorde con mis capacidades… Vale, ya me tranquilizo, pero es que esto del apartamento me ha puesto nerviosos… ¿Compartir? ¿Compartir con quién? No sé, yo es que soy muy mio para esto de la convivencia.  

¿Compartir piso? Ummmm. Puede ser una solución provisional. Le echo otro vistazo al periódico. Visto mi sueldo no puedo optar a nada que cueste más de 400 dólares al mes, 500 si suprimo una comida al día. A ver… ¡Uno de 125 dólares! Ah, pero en New Rochelle, eso es lo mismo que irse a Alaska, ¿por qué llaman Nueva York a zonas a las que no llega el metro? (Que por cierto tendré que probar en breve, pero me da miedo). Uno de 150 dólares, pero no, gracias, no fui a la universidad para terminar en el Bronx. ¡Ajá! Uno de 175, en “Yankee Stadium”, no gracias, eso es un eufemismo para llamar al Bronx. 100 dólares en Queens, claro, y el resto del sueldo en transporte hasta la ciudad. 200 dólares, sólo mujeres, en el ¡Harlem! ¡¿Es qué no hay nada asequible en Park Avenue o la Quinta Avenida?!  

¿Cómo era el nombre de la agente que me consiguió mi apartamento? Tengo que tener la tarjeta por algún lado. ¡Ajá! ¡Gloria! Esta tía es un genio, va todo el día hablando por el Bluetooth, y no tardó más de dos horas en encontrarme mi antiguo apartamento. 

–Hola, soy Rafael Ridao, Gloria. Necesito que me busques un apartamento.

–¿Qué tenías pensado?

–Algo pequeño, nada de grandes lujos, cerca de Central Park Este.

–Ummm, tengo algo fantástico para un ejecutivo como tú, dos habitaciones, cocina americana, pero muy chic, justo al lado del Cooper Hewitt Museum.

–¡Fantástico! ¿Cuánto?

–Unos 3500 dólares, pero ya sabes que todo es negociable.

–Bueno, se sale un poco de mi presupuesto.

–¡Ah! ¿“Presupuesto”? Si te he de ser sincera no me siento cómoda trabajando con presupuestos. ¿De cuánto hablamos?

–Unos 400 dólares, aunque puedo llegar hasta los 500.

–Rafael, ¿eres consciente que la comisión mínima que cobro a cada cliente es de 1000 dólares? 

No sé qué decir. Pasado tres minutos de mutismo por mi parte Gloria corta la comunicación sin siquiera decir adiós. 

*** 

He dejado el tema del apartamento para más adelante, más que nada por desesperación. Es día 31 y la gente anda como loca. Como si cambiar de año fuera a solucionarlo todo. Ha sido un mes realmente horrible. Tengo los 15 dólares de Helen Hunt y 10 más que le voy a dar de generosa propina por el retraso. Su compañera me dijo que trabajaba en el turno de fin de año, y allá voy, con 7 grados bajo cero, andando por Wall Street. Hubiera cogido el metro, pero aún me da miedo someterme a esa experiencia y no creo que mis 211 dólares semanales me den para taxis.  

La calle está muy animada a pesar de ser cerca de las 10 de la noche. Todo lo vivido aquí me parece tan lejano. Es como si los recuerdos que conservo de mi vida como financiero de éxito fuera el residuo que una vieja película ha dejado en mi cabeza. Y sin embargo llevo un traje de 3200 dólares que compré hace menos de dos meses. Ahora no podría ni acercarme al escaparate de Brooks Brothers para ver un traje como este. Debo esmerarme por conservar mis fabulosas prendas impecables, es lo único que me queda de mi vida pasada. Este abrigo de vicuña es un tesoro que ojalá pudiera revender por su precio original, podría alquilar con ese dinero un apartamento decente durante meses. Pero no puedo venderlo y debo conservarlo impeca… “¡Hijo de puta!” 

Un mensajero en bicicleta ha intentado pasar entre un coche parado en el semáforo y mi cuerpo que no había terminado de cruzar y se ha enganchado en mi abrigo desgarrándolo. Y ni siquiera se para, sino que se vuelve pedaleando y me hace un gesto con el dedo sobradamente popular.

¡Dios! ¿Por qué todo me tiene que salir mal? ¡¿Por qué?! ¿Es que no puedo tener mi pequeño regalo navideño? ¡Algo! ¡Algo que me alegre para afrontar el 2009! 

–¿Te encuentras bien?

–Perfecta… –es Clive Ziff III o IV o V, no me acuerdo, un ex-colega– …mente.

–Van como locos. Oye, que lo siento mucho.

–Sólo ha sido el abrigo.

–No, me refiero a lo de Madoff.

–¿Qué?

–Leí en el periódico que uno de los estafados eras tú, que habías perdido 36 millones.

–¿Yo?

–El periódico lo decía bien claro, Rafael Ridao, 36 millones.

–Pero si yo no he invertido en mi vi…

¡Papá! ¡Claro, Rafael Ridao “padre”! ¡Gracias Dios! ¡Gracias por mi regalo de Navidad! ¡Papá ha perdido 36 millones! ¡Así aprenderá a tratar a su hijo de la manera que me ha tratado! Él me lo ha quitado todo, y el karma se lo ha quitado… bueno, le ha quitado un poquito. Pero estará que se sube por las paredes. ¡¡Gracias!!

De compras navideñas

Lunes, 22 Diciembre 2008

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A veces lo más antiguo es lo más moderno. Estuve viendo regalos de Navidad, no porque esté a favor del consumismo en estas fechas, sino porque los demás me odiarán si no hago regalos a diestro y siniestro. Y aunque me encanta ser odiado por mis opiniones en cuanto a moda, no me gusta el odio gratuito que se puede remediar con una pequeña inversión una vez al año. ¿Pragmático? Pues sí. 

¿No habéis pactado alguna vez con un amigo, pareja o familiar aquellos “estas Navidades nada de regalos”? A priori es una buena idea. ¿Por qué vas a malgastar tu dinero en un regalo que el otro va a odiar tanto como tú el suyo? Esto es como el comunismo, que sobre el papel funcional, el problema es la praxis. Tú, superconfiado en que ese año te habías librado de la tortura de las colas para pillar el bus para ir a El Corte Inglés, que ya no tendrías que perseguir a una dependienta para que te cobrara o hacer otra cola para desembolsar el dinero, terminar en otra cola para que te lo envuelvan, y volver a casa como piojos en costura en un bus que has pagado a precios de servicio público digno aunque te traten como ganado. 

Pues bien, digo que con el pacto “no regalos” pensabas estar por encima de eso, pero al final la otra persona se descuelga con un detalle y se te desencaja la cara. “¿Pero no habíamos quedado…?”, “sí, sí, pero no me he podido resistir a comprarte este detalle sin importancia”. Ya, claro, pero tú quedas fatal porque pensabas que los tratos son para cumplirlos. Hay dos personas de las que nunca hay que fiarse cuando te dicen que no quieren regalos. A saber: 1) tu pareja, que aduce que la hipoteca aún no ha bajado y hay que ser sensatos. Seis meses después, en la discusión más inconexa, saldrá a relucir el dicho no-regalo; y 2) tu madre, que dice no necesitar nada. Hay que leer entre líneas: es cierto, no necesita nada, pero no significa que no quiera su regalo, y bien currado, porque tu hermano/a siempre hace mejores regalos. 

Todo esto venía a que el otro día  estuve viendo muñecos para una niña pequeña, de las que no tienen edad de jugar (ni comprender) el Chou Chou ‘mis primeros dientes’ (más de 36 €), el Pipo Caritas (casi 50 €) o las horribles Gabbage (unos 40 €). ¿El grado de realidad que han alcanzado los juguetes tiene que ver con la falta de imaginación de los niños de hoy? Pensé en un oso de peluche, pero siempre es lo mismo, son tan monos que las madres los guardan, los mantienen intactos y las niñas no los cogen hasta que se casan y van a montar su nuevo hogar. [Prometo que sopesé comprarle una de esas figuritas de Xena Princesa Guerrera para que tuviera un buen modelo femenino con el que crecer pero pensar en la demanda que me caería si la niña se salta un ojo con ella me disuadió]. 

De pronto descubrí en Coolkids algo que me pareció super retro pero super moderno a la vez, artesanal pero con diseño. Unos muñecos de trapo de la firma holandesa Pakhuis Oost con forma de animalitos que las madres no tendrán miedo a que los niños ensucien, porque se les puede meter en la lavadora. Tienen un toque muy de ‘hogar tradicional’ y cierta inocencia que hay que fomentar en los niños (los niños no tienen que ser pediatras, ni diseñadores, ni cocineros… sólo tiene que ser niños).

Mi uniforme navideño… el Uniforme Rudnick

Mircoles, 26 Noviembre 2008

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Cada persona tiene iconos visuales y emocionales vinculados a la Navidad, sea creyente o no. En mi caso, cuando se colocan las luces de colores, que ya no desean Feliz Navidad sino Paz y Amor en un ejercicio de ‘corrección’ política, me entran unas ganas irrefrenables de vestir totalmente de negro salvo por un blazer gris claro. ¿Qué tiene que ver ese look en especial con la navidad? Pues para encontrar la asociación hay que hacer casi una labor freudiana: todo viene de un reportaje de un número de diciembre de Vogue USA de mediado de los 90 en que aparecía el escritor Paul Rudnick de esta guisa cargado de paquetes en medio del tráfico de Nueva York (iba sobre shopping o algo así, hasta ahí no llega mi memoria, lo que recuerdo perfectamente es la imagen). Aquello debió parecerme de lo más sofisticado. La bohemia literaria mezclada con el chic neoyorquino. Pantalón negro, jersey de cuello vuelto negro, blazer gris de cuadritos casi imperceptibles…  

Lo cierto es que no sólo es un clásico para mí, sino que los diseñadores, sobre todo los americanos, reinterpretan este estilismo cada temporada. Pueden sustituir el jersey de cuello alto por una camisa negra, pueden permutar el blazer por una chaqueta cruzada, o puede jugar con la gama de los grises llevándola del claro más claro al marengo más oscuro… pero la base de ese look siempre se puede encontrar en la temporada invernal. 

Si nos paramos a pensar, no es más que una combinación de básicos, un look de fondo de armario. Cada pieza descrita es un comodín que no puede faltar en ningún armario. El conjunto resulta de lo más urbanita y sofisticado a pesar de integrar solo básicos, después de todo es una variante práctica del minimalismo, y este, mal que le pese a muchos, sigue siendo la quintaesencia de la elegancia sin dramatismo. 

No sé qué sabor tendrá, o a qué olerá la Navidad para aquellos que lean estas líneas, pero para mí, por extraño que parezca la Navidad se viste del ‘Uniforme Rudnick’.