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Nueva York empieza… observa bajo su pasarela

Mircoles, 9 Septiembre 2009

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Hoy comienza la Semana de la Moda de Nueva York y a estas alturas muchos periodistas, estilistas y editores de moda han surcado el atlántico, lo están haciendo o se preparan para ello. Yo paso en esta ocasión. No me apetece molerme la espalda en un avión en clase turista para cuatro días. La verdad es que el evento ya cuenta con 9 días de desfiles y presentaciones, pero son pocos los que están todo ese tiempo, sino que vas sólo a lo que más te interesa. Y en este caso es… ¡la moda española!

Pues no, yo no voy a Nueva York para ver qué hacen los diseñadores patrios, eso que me lo enseñen aquí en España. Pero es encomiable el esfuerzo que están realizando para internacionalizarse. Pero no me interesa, no me interesa en absoluto… Eso sería como ir de turismo a Francia y comer tortilla española. ¡No, si vas a Francias has de comer tête pâté o bouillabaise (bueno, a mi no me gusta la cabeza de cerdo en gelatina ni la sopa de pescado y siempre termino comiendo sándwiches mixtos, pero me pillan la idea, ¿verdad?).

No todos los que van a Nueva York tienen pensado currarse la semana de la moda. A muchos les dice su redactor jefe “te mando a Nueva York, tráeme un reportaje estupendo de la influencia de los Españoles allá, con un enfoque humano, que conecte con la gente de la calle” y el periodista de turno se hace el viaje, va al desfile de Custo, al de Davidelfin y el enfoque humano lo reduce a un par de comentarios de la delegación española diciendo lo maravilloso que es presentar allí. El resto del tiempo se dedican a hacer turismo y comprar gadgets electrónicos que le han encargado sus amigos.

Pero aún quedan periodistas de raza que se preocupan por pedir invitaciones a otros desfiles y se corren la ciudad de norte a sur, de este a oeste, varias veces cada jornada. Pero es un calendario tan amplio que al final se pierden y van a los desfiles de siempre, sota caballo y rey… Oscar de la Renta, Calvin Klein, Donna Karan. Básicamente porque en esos desfiles son donde dan los mejores regalitos de prensa, seamos sinceros, pero somos tan panolis que no nos damos cuenta que los regalitos sólo son para los asientos de primera fila… a no sr que los robes, lo que me lleva al post del otro día en que explicaba cómo okupar asientos de primera fila que no te pertenecen.

Lo verdaderamente interesante de Nueva York no está en su programa oficial, el que se celebra en la carpa de Bryant Park (esta es la penúltima temporada que se celebra allí, a partir del próximo septiembre se emplazará en el Lincoln Center), sino en todo lo que lo rodea, en los desfiles organizados fuera de las carpas, y si me apuran lo verdaderamente interesante ni siquiera está sobre la pasarela, sino en las ‘presentaciones’ en plan showroom.

Pongo un par ejemplo de descubrimientos de la pasada edición:

Por un lado Tom Scott (abajo), diseñador de Pensilvania formado en Scottish College of Textiles y especializado en el punto. ¡Es un mago del tejido de lana y entre sus puntos de venta internacionales se encuentra Colette de París o Journal Standard de Tokio. Ha sido freelance para gente como Calvin Klein y ha trabajado para Ralph Lauren, y en 2001 lanzó su propia firma empezando con accesorios y añadiendo ropa un par de años después. Su nueva colección se podrá conocer el día 10 y  yo mataría por uno de sus jerséis de agujero (no tomen lo de que mataría textualmente… bueno, depende de a quién).

Otro descubriendo es Johannes Faktotum (arriba), que no engañe el nombre, se trata de una chica que hace moda masculina inspirándose en los uniformes de los artesanos ambulantes alemanes conocidos como los zimmermann. Johanna Bloomfield, que es la diseñadora, se formó al lado de gente tan tan tan importante y vanguardista como Bless o Rick Owens. Ella presentará el día 13.Y así podría seguir hasta la extenuación reseñando cosas interesantes que se presentan en NY fuera de pasarela, y que lamentablemente no ‘merece’ reseñas de las principales revistas… que se deben a sus anunciantes.

¡Yo, la voz de los desheredados de la moda comercial, juro que nunca más pasarán desapercibidos! (A no ser que un sponsor fuerte ponga el ojo en el blog y me condicione los contenidos)

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El misterio Trias. (o ‘Un post sin foto’)

Martes, 1 Septiembre 2009

No hay nada como hacerse el misterioso para que los medios vayan detrás de ti como perillos falderos en busca de la noticia. De pronto alguien publica que un tal Joaquín Trias va a debutar en Nueva York y todos nos desquiciamos con dar con ese maravilloso talento ignoto. La perdiz fue soltada por Eugenia de la Torriente, de El País, profesional como la copa de un pino, y todos hemos sacado la escopeta para darle caza. Pero la gracia de esta persecución está en que no sabemos qué aspecto tiene nuestra pieza.

No malentienda, ya hemos visto el retrato de este supuesto genio que va a presentar algo rompedor. Su firma tiene un añito y esto que va a presentar en Nueva York va a ser lo primero que produzca, así que creo que todos estamos poniendo demasiadas esperanzas en algo que no tenemos ni idea de por dónde irán los tiros. El único aval que por ahora presenta este chico de 28 años es su estirpe aristocrática y el asesoramiento de la que fuera directora de Telva, Covadonga O´Shea, además de haber contratado los servicios de la agencia de Paul Wilmot para su debut.

El misterio se agudiza cuando se publica que se niega a que nadie vea su trabajo, nisiquiera las modelos que hacen el fitting a las que les venda los ojos. Explica que va “a contracorriente, pero la idea es tan clara y potente, que funciona. En EE UU apreciaron esa seguridad“. Pues chico, yo como editor de moda, siempre he mantenido la filosofía de “ver para creer” y si no me enseñas la ropa no voy a apoyar tus palabras porque ya me he encontrado a muchos diseñadores que dicen de si mismos ser la bomba y después, al ver la colección, te das cuenta que son una reedición chapucera de Oscar de la Renta. A mí, para empezar, tanto secretismo me escama, me suena a que no tienes gran cosa que mostrar por el momento. Es como cuando te olvidas de comprarle el regalo de aniversario a tu pareja y le dices que es tan especial que prefieres dárselo en una cena espectacular con la esperanza de ganar unas horas para ir a comprarlo. ¿O es paranóia? Todos, prensa y modelos, son espias de mis adversarios (que no tienen ni idea de quién soy) y quieren vampirizar mi talento, ¡pues no los voy a  dejar! Y también me tira para atrás ese tono de esnobismo al afirmar que el producto es demasiado innovador para España. Eso no lo dice él, sino Ángel Sartorius, director de la empresa, pariente del diseñador, que remata con un tajante “en España se vive muy bien de la subvención, pero hay que ponerse a producir“. Lamentablemente estoy de acuerdo con él, y es algo que siempre denuncio, pero me gustaría saber cuánto van a tardar ellos en pedir subvenciones. Si no fuera por la terrible opacidad de las subvenciones… ya nos enteraríamos.

Pero no quiero que esto parezca un ataque al diseñador. En ninguna medida. Lo que no me gusta es esa campaña de secretismo como anzuelo para incautos periodistas. Yo por mi parte me niego a caer en su trampa… ¡Espera! ¿No es lo que acabo hacer? Da igual. Le doy el beneficio de la duda hasta ver su colección. Hasta entonces me importa un pito su biografía y de dónde viene, eso puede funcionar para salir en ¡Hola!, pero yo sólo entiendo el lenguaje del diseño.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVIII

Viernes, 8 Mayo 2009

¡Por fin pensionista! 

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Los taxis de Nueva York huelen mal. Huelen a étnico. Huelen a yerbas exóticas. Los taxis son como los restaurantes, los hay paquistaníes, italianos, latinos, hindúes… Y cada uno tiene su olor característico que te impregna hasta el tuétano. Otra cosa que comparten con los restaurantes es el nivel de limpieza. Los hay que pueden pasar cualquier inspección de sanidad y los que tienen que tener preparado ‘el sobre’ para que el inspector no se fije en los rincones de mugre. Cuando llevas un carísimo traje italiano y un halo de Egoïste de Chanel, subirte a un taxi es bastante traumático, pero siempre mejor que bajar al averno del metro. Y los taxistas son como las cartas de los restaurantes, las hay inteligibles, con una buena traducción a un idioma reconocible, y las que representan todo un reto porque pides un plato que tiene una sonoridad bonita y resulta que son criadillas de buey. Con tanta reflexión me ha entrado hambre.

Tengo una agenda extremadamente fácil para hoy. Cruzar la ciudad hasta Harlem, encargar un catering a un indocumentado, salir pitando de allí y reunirme con papá en el Yale Club, almorzar y firmar los papeles de mi pensión (¡me encanta!). El taxista me dice que estamos a tres manzanas de la dirección que le he dado, pero que no piensa adentrarse más en el barrio. Le digo que eso me lo tendría que haber dicho cuando le di la dirección, y no ahora, que no pienso pagarle. En seguida cambio de parecer cuando saca, no sé de dónde, un bate de béisbol. Pago y saco mi “puto culo blanco” (palabras del taxista) del mugriento taxi. Bueno, son tres manzanas, ¿qué puede pasar en tres manzanas?

Los edificios tienen por ventanas huecos de hormigón, sin cristales, sin carpintería metálica, sin nada… aunque en algún momento debió de haber algo que rellenaran los vanos. Son como cuencas de ojos vacías. Poco a poco voy cobrando consciencia de cómo desentona mi traje de Armani en este escenario. Seguro que a GQ se le ha ocurrido hacer algún editorial de moda en este barrio con modelos vestidos con carísimos trajes como el mío. La única diferencia está en que si un equipo de GQ estuvo aquí, seguro que lo hizo escoltado por media docena de coches patrulla. Es difícil saber cuál es el bloque al que voy porque no hay números visibles que sirvan de referencia.

—¡Ey, papito!, ¿buscas algo? —me espeta un hispano con acento puertorriqueño vestido con una chaqueta de béisbol, ¡por Dios, qué cliché!—, ¡ey, blanquito, te hablo a ti!

—Gracias, caballero —no me queda otra que responder—, estoy buscando a Mr. Cole, el de las costillas de cerdo en salsa.

—¿Y pa’ qué quieres a ese gordo sebón, blanquito? —me dice una voz a mi espalda que resulta ser un negro de dos metros que se acerca con unos cuantos amigos más de aspecto muy pandillero.

—Pues la verdad es que una clienta… ¡Ejém!, me dedico a organizar eventos —le extiendo una tarjeta, no sé muy bien por qué.

Coge la tarjeta y la tira sin ni siquiera mirarla, y se sigue acercando a mí, invadiendo mi espacio vital. No puedo retroceder, uno de sus colegas está justo a mi espalda.

—Como le decía, una clienta me ha pedido que contrate sus costillas para un catering y como no he podido encontrar el teléfono de Mr. Cole en la guía me he acercado…

—A nuestro barrio.

—Si fueran tan amables de indicarme… —me tienen emparedado.

—Me gustan tus zapatos —me dice el gigante negro.

—Uh, gracias, italianos, Ferragamo —me mira inexpresivamente.

—Me-gustan-tus-zapatos —¡oh, Dios, me están robando los zapatos!, me acabo de dar cuenta.

Me quito los zapatos y se los extiendo. Los recoge uno de los ‘colegas’ mientras otro registra mi chaqueta. Soy incapaz de oponer resistencia, estoy demasiado concentrado en no hacerme mis necesidades encima. Estoy tentado de dejar que la naturaleza siga su curso, al menos así no tendrán la tentación de violarme.       

Tal como todo empezó, termina. Se dan media vuelta muy flemática y desaparecen. Quizás porque ya no tienen nada más que robarme. Quizás porque no han querido tentar la suerte y ver cómo me harto y les planto cara. O quizás simplemente se debe a que un coche patrulla se aproxima.

—¿Se encuentra bien? —me dice el agente sin bajar del coche.

—¡No, no lo estoy! ¡Me han robado! —me miran dándome a entender que es obvio, no llevo zapatos. No creen que llevar un caro traje italiano sin zapatos sea la última moda.

—¿Va a presentar la denuncia?

¿Para qué? Me encojo de hombre. ¿Qué he perdido? Unos zapatos, 75 dólares y mi carnet de identidad. No tengo tarjetas de crédito desde que caí en desgracia, el banco me las retiró. Presentar un denuncia no servirá de nada, sólo para complicar más el día. Les pido que, por favor, me lleven hasta el restaurante de Mr. Cole para no tener que ir descalzo, pero me indican con la cabeza que lo tengo justo detrás. Y allí está, sin luminoso ni cartel indicativo. ¡Lo he tenido tan cerca!, si tan sólo hubiera echado a correr diez metros seguro que aún tendría mis zapatos.

El sitio es un verdadero antro de mesas con manteles a cuadros rojos y blancos y fotografías de boxeadores por las paredes. Mr. Cole es un orondo negro de al menos doscientos kilos (ahora comprendo por que lo llaman ‘el rey de las costillas de cerdo en salsa’, ha debido de comérselas todas) con el pelo blanco y largas patillas. Le explico que preparo un evento para una clienta, una pequeña fiesta en el jardín de la casa familiar de esta señora (me abstengo de comentarle que es uno de esos eventos informales de trasfondo político y color Republicano). Esta clienta tiene una amiga que ha leído en alguna revista que las mejores costillas de la ciudad son las de Mr. Cole (escrito probablemente por algún crítico en un acto supremo de esnobismo), y allá que Rafael Ridao se ha tenido que internar en el Harlem de las noticias de sucesos para dar con ese orondo señor que no tiene a bien tener teléfono en su restaurante y que por ello no aparece en el listín. Echo de menos a Ayako, este tipo de visita se la hubiera encargado a ella.

Cerramos el trato. Mr. Cole pondrá sus costillas para la fiesta, pero tendré que darle un adelanto en esta semana y mandarlas a buscar yo una vez cocinadas, el no envía los pedidos a domicilio. Cuando voy a salir a la calle reparo en que voy descalzo. Le pido a Mr. Cole si es tan amable de prestarme unos zapatos y darme dinero para un taxi, pero en esta parte de la ciudad la confianza en el prójimo brilla por su ausencia, así que me facilita unas chanclas mugrientas (y apostaría que con hongos) y me extiende un par de dólares.

—Mr. Cole, los taxis suelen ser un poco más caros.

—Ya lo sé, hijo —me dice—, pero es que aquí no va a poder coger un taxi, por esta zona no pasan. Lo que sí puede coger es el autobús, que para a un par de manzanas.

¡¿Autobús?!   

*** 

Sin zapatos y sin chaqueta. La he dejado en el autobús y no ha sido ningún descuido. Un adolescente me ha vomitado encima. Su madre se ha disculpado de manera muy sincera, sí, pero si hubiera llevado zapatos y dignidad, y no hubiera sido la única cara blanca en el bus, le hubiera exigido que me pagara el tinte. La verdad es que de todas formas no hubiera llevado esa chaqueta conmigo más tiempo en las circunstancias que ha quedado, ¡qué asco! He sacrificado a Armani muy gustosamente.

Llego en hora al Yale Club, en la esquina de la 45 con Vanderbilt Avenue. Saludo con la cabeza al portero pero se interpone en mi camino.

—¿Qué desea, señor? —llevo viniendo aquí desde que llegué a Nueva York, el portero me conoce, esto es inaudito.

—Tengo una reunión. Una importante reunión.

—Me temo que no puedo dejarlo pasar, señor, la casa exige un código en el vestir.

—¿Pero qué…? —vaya, es verdad, no me acordaba, llevo chanclas y voy sin chaqueta—. Pero usted me conoce, ¿verdad? Seguro que puede hacer una excepción.

—Lo lamento, señor, son las reglas.

—Seguro que tratándose de un caso tan especial… —¡maldición!, me he llevado mano a la cartera para sacar un billetito para facilitar su comprensión, pero mi cartera está con mis zapatos.

—Señor, me despedirían si cualquier socio viera que le dejo pasar.

—Pero no tienen por qué verme. Usted me dice donde está mi padre y entraré furtivamente, seré invisible.

—Lo siento.

Odio esa ‘gran dignidad’ de la que hacen gala los porteros. ¿Cómo puede alguien disfrazado de alférez levantar la barbilla y mirarme por encima del hombro de manera tan condescendiente? Se creen ‘la autoridad’ por llevar botones dorados. Me resigno, voy a llamar a papá por el móvil y que salga a solucionarlo… ¡Joder! ¡¿También me han robado el móvil?! ¿En qué momento? Vaya, sí, debe estar en la chaqueta… en el autobús.

—Mire usted. No voy a insistir —le digo al portero—, pero le voy a pedir que por favor entre ahí y avise al Mr. Ridao. Le dice que su hijo está esperándolo en la puerta sin zapatos ni chaqueta porque lo han atracado —me mira con recelo—. Le prometo que no intentaré colarme, le esperaré justo aquí, en la puerta.

—De hecho preferiría que no se quedara en la puerta —y me señala un espacio a cinco o seis metros de la entrada.

Esto es indignante y humillante, pero he conseguido que el mameluco del portero entre a avisar a papá. Al poco sale un joven con traje de raya diplomática que afirma ser enviado por mi padre. Le explico lo sucedido y me acompaña hasta una boutique cercana donde compramos un par de zapatos y una chaqueta nueva a cuenta de papá.

Por fin logro franquear la puerta. Sigo al lacayo elegante de papá hasta una de las salas de reuniones. No entiendo por qué papá insiste en cerrar lo de mi pensión mediante un acuerdo escrito, a mí me basta su palabra… bueno, me basta que me ingrese el dinero. Pero al final me he convencido de que está bien eso de tenerlo todo firmado por si en uno de sus cambios de humor se echa para atrás. Antes de entrar a la reunión hago una llamada a mi jefe para decirle que he cerrado lo de las costillas y me encuentro que algún tipo de crisis se ha desatado: la clienta amenaza con cambiar todos los planes y hay que convencerla de que la planificación original es lo más chic que se puede hacer en fiesta, y que nada nada puede superarlo. Sobre todo porque está todo contratado y tendríamos unas pérdidas colosales. Las palabras de mi jefe son cristalinas: me quiere en las oficinas en menos de diez minutos. Le digo que haré lo que pueda y cuelgo.

Sigo al secuaz de papá hasta la sala donde me espera. Y allí está él, sentado, con una copa de brandy en la mano, y siete tipos más que lo rodean. Enseguida los reconozco, son la plana mayor del departamento legal del banco familiar. Los cancerberos. Profesionales capaces de convencer a cualquier tribunal que matar con escopeta a niños de menos de tres años puede ser considerado una práctica deportiva. Hacen con las leyes lo que quieren, más si son fiscales y societarias.

—¿Todo esto por mí? —le digo a mi padre sorprendido por el conclave legal que ha montado.

—No seas tonto, Rafael, acabamos de firmar el acuerdo de divorcio pero ya se iban —pero no se van, sino que están todos allí, de pie, observándome—. Bueno, vamos allá.

Mi padre hace un gesto a uno de sus abogados y este saca de una cartera una carpetilla con un taco de documentos. Lo abre y me indica que firme al pie de cada página. Algo no me cuadra. Yo esperaba un papelillo en plan “Yo, Rafael Ridao me comprometo a pasarle 3000 dólares a mi hijo Rabel Ridao…”, pero no creo que para eso se necesiten, ¿cuántos folios tiene esto?, ¿cien?, ¿ciento cincuenta?

Llaman al teléfono del salón de reuniones. Todos nos quedamos un poco extrañados. Uno de los abogados coge la llamada, intercambia unas palabras, cuelga y me hace un gesto indicando que era para mí y que han colgado ya.

—¿Quién era? —pregunto.

—No se ha identificado, sólo ha dicho “siete minutos” y ha colgado.

Ese es mi jefe, no sé cómo ha conseguido que pasen la llamada al salón privado. Empiezo a tener un ataque de pánico, creo que será mejor que me vaya a la oficina antes de que empiece de nuevo una eterna búsqueda de trabajo. Me disculpo y le digo a papá que me voy a llevar los documentos a casa, que no tengo tiempo en ese instante, que mañana sin falta le llevo el tocho firmado. Cuando voy a recoger la carpetilla uno de los abogados me coge de la muñeca y me lo impide.

—Creo, Rafael, que es mejor que lo firmes ahora y lo zanjemos sin más, no te llevará mucho —me dice el picapleitos extendiéndome una pluma Cartier.

El ambiente se ha tensado. Todos me miran con fijeza, como impulsándome a firmar con el pensamiento. ¿Pero qué es esto? ¿Por qué esta hostilidad ambiental?       

—Papá, lo siento mucho, pero es que de verdad, de verdad, me tengo que marchar ahora mismo. Yo me llevo los papeles, los firmo esta noche, y mañana a primer ahora te los llevo al hotel.

—No puede ser —repite otro abogado—, tiene que ser ahora.

—¿A qué tanta insistencia? —me están cabreando.

—Rafael, ¿no quieres que cerremos lo de la pensión?, este tipo de cosas no hay que dejarlas pasar —me dice el letrado más veterano.

—Firma —me ordena el que me tiene cogida la muñeca.

En ese punto, mi padre, que ha permanecido hermético, levanta una mano y cesan los murmullos de su gabinete legal. “Llévatelos” dice desautorizando a sus abogados. El más viejo le pregunta si es sensato.

—Si mi hijo dice que mañana me trae los papeles firmados, mañana los traerá, ¿verdad Rafael?

Asiento con la cabeza confuso por la escenita. El abogaducho me suelta el brazo, recojo los papeles de la mesa, y salgo de allí pitando no sin preguntarme qué diablos ha pasado.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XIX

Viernes, 27 Febrero 2009

Lo que pueden hacer las hormonas masculinas 

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Mi madre llegó a la ciudad revestida de toda su dignidad maternal afirmando que venía porque estaba preocupada por mí. Desde su sorpresiva aparición en mi funeral-debut la he visto en tres ocasiones más, todas ellas en las páginas de sociedad del WWD, siempre en primera fila de algún desfile de moda o posando con una copa en la mano. Se la veía en todas las fotos tremendamente consternada por lo mal que yo lo he pasado después de ser defenestrado por mi propio padre, abandonado por ella y sumergido en la indigencia. Por si no se nota, trato de ser sarcástico. ¡Ja! 

He mantenido en la última semana varias conversaciones con Maxwell Logistic hasta cerrar una cita de prospección. Les he hecho saber que estoy muy a gusto en mi actual trabajo lo suficientemente claro para subir mi caché, pero he sido lo suficientemente ambiguo como para mantener la puerta abierta a su propuesta. Es la primera regla en los negocios: ser inaccesible hasta el punto en que te compensa ser accesible. Eso me lo enseñó papá de pequeño, entre otras cosas. En los días de vacaciones mi madre mandaba al chofer a que me dejara en el mostrador de recepción con instrucciones de ser entregado a Papá, como si fuera una carpeta que se había dejado olvidada esa mañana en casa. Lo hacía por pura maldad, para estropearle el día mientras conseguía que alguien se hiciera cargo de mí. Siempre me he sentido muy amado en el seno familiar. De nuevo un sarcasmo, ¡ja! 

Una de esas veces, tendría yo siete años o así, le pregunté a mi padre que qué es lo que hacía él en el banco. Tras pensar detenidamente cómo ser didáctico en su explicación no tuvo mejor ocurrencia que decirme: “aquí nos dedicamos a dar dinero a gente que quiere comprar cosas pero no tienen dinero para hacerlo, después esa gente nos devuelve ese dinero y nos regala un poquito extra por el favor que les hemos hecho”. Entonces le pregunté que si para comprarme una bicicleta nueva ‘muy molona’ que había visto podía yo pedir dinero al banco. Y me respondió, de manera muy adulta, que pedir podía pedirlo, pero que no me lo darían porque yo no ganaba dinero, y que un banco nunca da dinero a quien no puede devolverlo (eso era por los años 80, ¡hay que ver cómo han cambiado las cosas!). Yo, siguiendo el hilo del razonamiento con mis siete años, le dije que si yo tuviera dinero no lo pediría, me iría corriendo a comprar la bicicleta. Y ahí es donde me soltó que una cosa es tener dinero y otra disponer de él, que sólo hay que dar al que ya tiene. Y esa ha sido mi máxima toda mi vida “dar al que ya tiene”: ofrecer trabajo al que ya está ocupado, interesarme por mujeres que ya tienen pareja, hacerme amigo del que tiene una amplia red de amistades… 

Por eso sé que si no estás trabajando o no te muestras a disgusto con tu posición, nadie te va a ofrecer condiciones laborales interesantes. No podía dar sensación de desesperación por cambiar de aires aunque estuviera deseando dejar de trabajar con difuntos y empezar a tratar con clientes más… ¿cómo decirlo?… ¡vivos! Primero sugerí un encuentro informal en plan almuerzo con Catherine Maxwell, lo que es como decir “ey, no me interesa lo que me vas a proponer, si quedamos a comer al menos no perderemos totalmente el tiempo en la reunión, porque al fin y al cabo todos tenemos que comer” (menos la modelos, claro). Ayako y la asistenta de Maxwell terminaron por arreglar una cita para el miércoles en la presentación de un nuevo restaurante que organizaba Maxwell Logistic, era ideal, porque así me enseñaban de paso su manera de hacer las cosas en el mundo de la organización de eventos. 

Mientras llega el miércoles tengo que hacer algo para animar a Warren. La Comisión Reguladora ha inmovilizado uno de los fondos de inversión libre que gestiona porque han detectado irregularidades contables. No pueden acusarlo de nada mientras no desentrañen toda la ingeniería financier con que se enmaraña la gestión de estos fondos, pero por lo que pueda pasar le he regalado un curso de portugués en DVD y una guía de viaje de Brasil, por si llegado el momento… El ataque de llanto que le dio con mi pequeña bromita me hace temer lo peor. (¿Por qué nadie aprecia mi sentido del humor?) 

Lo he convencido para que salgamos a comernos la ciudad, como en lo viejos tiempos, como antes de esta maldita crisis que a todos nos descabala. Le obligo a ponerse guapetón y nos lanzamos a recorrer los locales más cool del momento. Hay una fiesta en The Annex y nos acercamos a ver stiletto girls de faldas ultracortas y pechos reafirmados en clínicas de estética. Me siento un poco culpable (una sensación nueva para mí) porque he llamado a Belinda y he fingido un catarro. Ya llevamos un par de meses viéndonos con regularidad y sin saber cómo hemos pasado a esa etapa de las relaciones en las que se supone que debes de dar explicaciones de dónde vas, cómo y con quién. No era cuestión de contarle que iba a dejarla plantada para salir con Warren para animarnos conociendo chicas neoyorquinas hambrientas de sexo, una tía no comprende esas cosas de hombres. 

Nos situamos en un sillón circular de la segunda planta del nightclub mientras el grupo del hermano de Chloë Sevigny toca en el pequeño escenario. El local tiene cierto aire a bar cutre de carretera del medio oeste. Y las luces rojas le dan un toque más sórdido si cabe. Nada más llegar un grupo de amazonas de mirada lasciva nos ha echado el ojo (bueno, quizás no sean tan lascivas, y lo que sea lascivo es sólo mi pensamiento). El grupo ‘Sex in the city’ no nos pierde ojo, eso sí es cierto. Nosotros no se lo perdemos a ellas, pero no lo saben porque parecemos los Blues Brothers con las gafas de sol puestas. Nuestro amigo Curtis, de la firma de inversiones donde trabaja Warren, se une a nosotros y enseguida se percata que estamos en plan leones de National Geographic que acechan sigilosos a las gacelas que van a ser su cena. 

–Jo, hermano, cómo me pone la gordita de los Jimmy Choo –me dice Curtis babeando.

–Curtis, darling –le digo con mucha calma–, primero, no me llames ‘hermano’, eso es un modismo afroamericano y mi moreno no es genético sino de buenas vacaciones en el Caribe y mantenimiento posterior en salones de belleza. Dos, eres un pervertido, con cuatro tías que quitan el hipo te fijas en la bajita y rechoncha. Y tercero, eres gay, ningún tío hetero capaz de valorar unos Jimmy Choo haría un comentario que evidenciara que sabe qué son unos Jimmy Choo, menos a otro tío. Y cuatro, quítame la mano del muslo que te estás poniendo bestia a mi costa. 

Curtis me ignora, se levanta y aborda a la gordita. En menos de cinco minutos ya somos un grupo mixto de ocho. Se nota que son profesionales, no profesionales del tipo que te dicen que aceptan tarjeta mientras se visten, sino profesionales de los negocios. Dos de ellas, las más guapas, desaparecen al poco para ver si consiguen un ‘autógrafo’ de Paul Sevigny, pero la verdad es que intentan que sus amigas menos agraciadas mojen seguro. La gordita, que en verdad, después de tratarla, me parece de lo mejorcito de la reunión (tiene eso no-sé-qué terrenal que pone), va al baño y segundos después Curtis desaparece tras de ella. Todos sabemos que no volveremos a verlos pero nadie dice nada. Queda una pelirroja de pechos generosos y una brunette con pinta dominatrix. Como el que está depre y a punto de ir a la cárcel es Warren le cedo tácitamente la pelirroja y me resigno a dar palique a la dominatrix, pero tengo claro que no va a pasar na… 

*** 

La cabeza me da vueltas. Creo que he bebido demasiado.

–Oye, ¿tú como te llamas? –le pregunto a la dominatrix.

–Cat –me responde mientras me empuja y me saca de encima de ella. 

Ha sido un polvo de los escandalosos. Aún estamos vestidos, lo suficientemente desabrochados para llegar al orgasmo, pero vestidos. No es que me apeteciera mucho hacerlo con ella, pero soy un caballero y me parece feo decepcionar las expectativas de las damas a las que acompaño a su casa. 

–Yo me llamo Rafael –le digo mientras me abrocho la camisa.

–Ya lo sé.

–Ah, me has visto en las revistas.

–Más o menos –se ríe– aunque no era así como tenía programado que nos conociéramos

¿“No era así como tenía programado que nos conociéramos”? ¡Joder! ¡Una caza-famosos! Alguna vez me tenía que tocar. Hay psicópatas de estas que persiguen a gente que sale en las revistas a montones. Están todas locas, se enamoran de ti por una foto en una revista, y se recorren los lugares de moda hasta dar contigo. Después despliegan sus armas de mujer para llevarte a la cama, y al final te encuentras en una vorágine de malos rollos que pueden terminar hasta en los juzgados. ¡Ahí tienes al pobre Boris Becker! 

–¿Te vas? –me pregunta al verme recoger la chaqueta.

–Sí, es que tengo una reunión y…

–¡Qué comportamiento tan grosero! –me dice medio divertida–, te aprovechas de una dama y te largas casi sin decir adiós.

–Mira, Pat…

–Cat.

–Lo que sea… No sé si te has hecho una idea equivocada de lo que ha pasado aquí, pero estoy en una relación y no sé, esto no estaba programado, y es mejor que hagamos como si no hubiera sucedido.

–Eso sí es grosero de veras –me responde seria.

–¿Qué quieres que te diga? No nos conocemos de nada, no sé qué pensabas que ocurriría cuando nos conociéramos. “No era así como tenía programado que nos conociéramos” –la imito–. Madura, el mundo real no es como el que sale en las revistas, y menos como el que te hayas podido montar en tu cabeza.

–Creo que estás equivocado…

–La verdad es que no debería haberme acostado contigo, culpa mía, lo sé. Pero tú me has buscado, y no soy más que un hombre, debes asumir que no habríamos terminado aquí si tú no hubieras querido. Es más, yo ni siquiera quería acostarme contigo, no eres mi tipo, tía, así que no te montes fantasías de que vayamos a mantener una relación sólo por…

–Creo que has dicho bastante –me interrumpe plantándose frente a mí con una mirada realmente dura–, por favor, vete, porque estoy a punto de abofetearte y no quiero rebajarme a mancharme de mierda. 

Levanto las mano en señal de “ok, ok, lo que tú quieras” y me dirijo a la puerta.  

–Mr. Ridao –me dice de pronto cuando estoy en el pasillo de los ascensores–, no se preocupe mucho por la reunión de mañana, se acaba de quedar su agenda desierta.  Me vuelvo sin comprender.

¿De qué está hablando? Definitivamente está loca. Al llegar a conserjería me asalta una duda. Despierto al portero, que se ha quedado frito en su silla (qué manera de ganarse un sueldo). Quiero preguntarle algo y sólo hay una manera de sacarle una información que no puede dar… con amenazas. 

–¡Vaya! ¡Durmiendo! Esto no es algo que a la comunidad de propietarios le agrade en absoluto. Un portero roncando mientras cualquier psicópata puede entrar delante de sus narices y matar a un inquilino –se ha puesto lívido–. Pero tiene suerte, porque ha sido una noche estupenda, y a cambio de un poco de colaboración estoy dispuesto a obviar su narcolepsia. Esta noche he conocido a una señorita fantástica y me encantaría mandarle mañana flores, desgraciadamente no tengo su nombre completo y sería de muy mala educación subir y confesar que no me quedé con su nombre, ¿me entiende? Si fuera tan amable de darme el apellido de Cat, que vive en el apartamento 306… 

Se lo piensa un segundo y dictamina que un apellido no puede comprometerlo y sí salvar su puesto de trabajo. 

–Se refiere a la señorita Maxwell.

–¿Cómo dice?

–La 306, allí vive la señorita Catherine Maxwell. 

¡Oh, my god! Catherine Maxwell. “No era así como tenía programado que nos conociéramos”. “No se preocupe mucho por la reunión de mañana, se acaba de quedar su agenda desierta”. Definitivamente soy gilipollas, y el tío con más mala suerte del mundo. 

EL CRACK (el serial) - Capítulo XVII

Viernes, 6 Febrero 2009

Conservar en frío

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–¿Dice que varón, caucásico, de 53 años, alrededor de 1’70 de estatura? 

Por un momento pensé que las estadísticas me iban a fallar. Aquel funcionario miró un segundo Ayako y pareció dudar de la historia del tío carnal, oveja negra de la familia, que llevaba un tiempo sin aparecer por casa. 

–¿Caucásico dice?  

Ella afirmó con la cabeza intentando parecer apesadumbrada, como una buena sobrina preocupada por su descarriado tío. El de la morgue se rascó la coronilla no muy convencido. 

–Pero usted, señorita, es asiática.

–Eso, querido señor funcionario, es algo evidente –intervine yo. 

Hubiera preferido que Ayako se hubiera encargado del asunto, ya que intuía que estábamos cometiendo al menos una decena de delitos claramente tipificados en el código penal al reclamar un cadáver con el que no teníamos ninguna relación. Pero al ver las reticencias del funcionario (demasiado diligente para ser funcionario, me parecía a mí) opté por mediar y resolverlo con mi pasmosa habilidad de improvisación. 

–Pero ella pregunta por un caucásico, y ella es asiática.

–¿Qué tiene en contra de los matrimonios interculturales? Su madre es americana, así como su tío. ¿Qué ley obliga a los asiáticos a casarse entre ellos? 

El tipo se encogió de hombros y nos hizo señas de que lo acompañáramos. Nos llevó al depósito municipal y le pidió a un tal Diego por un interfono que sacara a Mr. Gatos. Se dio cuenta de su metedura de pata y trató de explicarnos que allí ponían nombres a los fiambres para darle un toque ‘humano’. Al que llamaban Mr. Gatos lo habían descubierto en un callejón de la 136 West. 

–Estaba un poco… comido por los gatos, por eso le llamamos Mr. Gatos. En caso de que sea su tío quiero que nos disculpe por el ‘apelativo’ que le hemos puesto. Pero al no llevar identificación encima tendríamos que nombrarlo por el número de registro de llegada y para nosotros es mucho más complicado llamarlos por números.

–¿Estaba muy ‘comido’ por los gatos? –pregunto.

–Oh, no, señor, un poco los dedos. 

Llamo aparte a Ayako y le digo que lo de los gatos me preocupa. No podemos exhibir un cadáver mutilado. Que cuando saquen el fiambre que espere a que le de yo el visto bueno, y si no es viable sólo tenía que decir que ese no era su tío y que le sacaran. Después de todo,  los vagos datos identificativos que habíamos dado para reclamar el cuerpo estaban sacados de las estadísticas de los sin techo que mueren a diario en las calles de la ciudad. Tenía que haber al menos una docena de tipos como aquel a la espera de nuestra adopción. 

El tal Diego, obviamente un ex-presidiario de manual por los tatuajes y la corpulencia conseguida tras horas y horas de pesas en el patio de la cárcel, apareció detrás de un cristal y abrió una especie de enorme archivador de fiambres. Le destapó la cara a Mr. Gatos y su compañero le preguntó con la mirada a Ayako si ese era su buscado tío. Ayako me miró a mí. Me aproximé al cristal y pude comprobar que Mr. Gatos tenía la cara intacta. Sí, quizás le faltaran algunas falanges de las manos, pero nada que no se pudiera ocultar con unos guantes. Es más tenía en el rostro cierta dignidad de importante financiero de Wall Street que sólo la da la dura vida de la calle o la subsistencia en las altas torres del poder neoyorquino. Era perfecto. Le di el sí a Ayako y esta inmediatamente empezó a llorar repitiendo “¡mi pobre tío!, ¡mi pobre tío!” 

El funcionario nos acompañó hasta afuera y le pidió a Ayako que firmara unos papeles para hacerse cargo del cadáver. Yo estaba encantado: mi plan estaba en marcha. Escuché al tipo de la morgue decir “y eso es todo, señorita”. Me sorprendió lo fácilmente que uno se puede hacer con un cadáver en Nueva York sin cometer un delito, me refiero sin tener que matar a nadie uno mismo, porque desde luego que estábamos cometiendo un delito reclamando a Mr. Gatos para montar mi funeral-degustación. El funcionario le estaba dedicando unas palabras de consuelo a Ayako cuando yo le pregunté: 

–Oiga, ¿y esto cómo va? ¿Nos lo sirven a domicilio o tenemos que recogerlo nosotros? 

*** 

–Estás loco.

–Es la decimotercera vez que lo dices desde que has llegado y empiezas a repetirte. ¿Has venido ayudar o a insultarme? 

Warren se había tomado la mañana libre para ayudarme con los preparativos. Era la excusa ideal para seguir escondiéndose del caballero de la Comisión Reguladora de la Bolsa de Nueva York que lo buscaba insistentemente. Warren es un ejecutivo-avestruz, prefiere esconder la cabeza hasta que todo le estalla en vez de enfrentar los problemas. Cosa que a mi me vino de perlas para convencerlo de que me echara una mano en mi debut de “Funeral Planner: Death with style is heaven” (así rezaban mis nuevas tarjetas de presentación. 

Mr. Traill llegó y se quedó anonadado ante el despliegue. El equipo de decoración había transformado radicalmente la sala principal. Yo le había dicho al decorador “quiero esto” y le había tendido el número de octubre de Vogue donde se podía ver el blanquísimo apartamento parisino de Karl Lagerfeld. Enseguida lo pilló. Y a primera hora de la mañana se había empezado la remodelación de la sala de duelos para convertirla en un ambiente totalmente chic y futurista lagerfeldiano. Madera lacada en blanco, terminaciones niqueladas. Cristal, mucho cristal. 

–¿Qué es esto, Riado? –me preguntó Mr. Traill sin creer lo que veía.

–Buenos días, Traill, ¿le gusta? En un par de días tenemos la inauguración.

–Ridao, yo no he aprobado…

–No se preocupe por el dinero, hemos llegado a un acuerdo bastante interesante de pagos a plazos. De todas formas con el primer encargo que consigamos con la nueva política de eventos de lujo sacaremos un gran margen. Mire el informe de las nuevas tarifas que le propongo y que he dejado sobre su mesa.

–¿Pero en qué está convirtiendo esto?

–¿Usted confía en mí? –su cara reflejaba un clarísimo “no”– ¡Pues claro que confía mí! Si no para qué me habría dado el puesto de Style Director.

–¿“Style Director”?

–No, no, el atril de metacrilato de Philippe Starck no va ahí –y lo dejo con la palabra en la boca, no tengo más ganas de que me cuestionen, para eso ya tengo a Warren. 

*** 

La misión de Warren es limar asperezas con Puppy. Si alguien puede congregar a todo Park Avenue en un evento esa es ella. Mi orgullo no me permite rebajarme ante mi ex, por eso Warren tendrá que hacerlo por mí. Por otro lado Ayako está encargada de la convocatoria de prensa. Queremos que las editoras más chics de Nueva York cuenten a sus lectores que nuestros funerales son los que más clase tienen en la ciudad. Ya hemos confirmado la asistencia de gente de New York Magazine, Paper, Harper’s Baazar, Vogue, Village Voice, Elle, W, Style.com, Interview, Nylon y WWD. En un principio pensé hacer un evento para ejecutivos, pero después caí en la cuenta de que de estas cosas de la muerte siempre son las mujeres las que se ocupan. A ver si hago un hueco para invitar personalmente a Scott Schuman, de The Sartorialist. Suena mi móvil. Es Warren: Puppy colaborará pero quiere hacer el panegírico del difunto ella. Tiene un Balenciaga en el armario que todavía no ha estrenado y teme se le pase de temporada sin lucirlo, así que esta es la excusa perfecta. ¡Qué superficial puede ser esta chica! 

*** 

El enfrentamiento definitivo con Mr. Traill ha venido cuando he querido contratar Pat McGrath para maquillar al difunto (nota: hay que ponerle nombre al muerto). Anita, la maquilladora habitual, se ha enterado y ha malmetido para que me pare los pies. Yo he cedido con lo de la maquilladora y he exigido a cambio que no cuestione mi selección de caterer, porque he leído un artículo sobre un nuevo restaurante especializado en comida sudafricana fusionada con la haute cuisine francesa y ya no quiero otra para este evento que no sea eso. 

La llamada de mamá llega en el peor momento. Ya ha terminado sus “vacaciones” post-divorcio junto a su amiguito. “¿Qué amiguito?” me pregunta ella cuando le echo en cara que lo haya preferido a él antes que consolarme a mí en mi desgracia tras ser despedido por mi terrible padre. “Pero no seas tonto, cariño, Raúl es sólo mi monitor de esquí”. La verdad es que no le entiendo muy bien qué es lo que dice que le ha enseñado hacer Raúl es sus ‘vacaciones’ porque tiene la lengua un poco estropajosa, juraría que balbucea, y eso es síntoma de que ha vuelto a tomar su ‘medicación’, que es como ella a su amigo Johnnie Walter. Me dice que me quiere, que me quiere mucho y que quiere también a alguien que ha pasado por su lado en ese momento (posiblemente una criada), que quiere a todo el mundo, y es que cuando le da al Black Label se poner de lo más cariñoso en plan comunión celestial. “Nos vemos el martes” dice, y cuelga. ¿El martes? ¿Esa es su manera de decirme que viene a Nueva York? ¿O es que en su estado de ‘felicidad terapéutica’ no tiene claro que hay unos 6000 kilómetros que nos separan? 

Espero que ese “nos vemos” signifique que me va a poner una videoconferencia, porque el martes es mi gran debut y lo que menos me apetece es tener a mamá acaparando la atención que me corresponde. Debo relajarme, todo está en marcha, ya va todo rodado. Sólo me tengo que preocupar de estar lo más relajado posible en estado de nirvana constante, cosa básica para mi cutis y fotogenia. Cosa que será así mientras no aparezca mamá por aquí, nadie se de cuenta que Mr. Gatos tiene otra familia y no precisamente asiática… y no se corte la luz y se me descongele el arcón frigorífico que hemos alquilado hasta el martes, porque la verdad es que lo que hemos guardado en él no está muy ‘fresco’ que digamos.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XV

Viernes, 23 Enero 2009

Una de zombies 

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He de confesar que entré en la funeraria con cierta aprensión. Mi relación con la muerte ha sido ciertamente distante, y prefiero que así siga siendo. ¿Grandes pérdidas? No, no he tenido grandes pérdidas a lo largo de mi vida. Básicamente se reducen a un centenar de peces de colores cuyas muertes no me afectaron de pequeño porque Baba, la nanny rusa que me cuidaba, se ocupaba de ir reemplazándolos conforme aparecía panza arriba en la pecera. “Esstá durrmiendo, señorríto” me decía, “vayasse a la cama y verrá como maniana esstá nadiando como de cosstumbrre”. Y así acontecía, por la mañana el pez volvía a “nadiar” con soltura y viveza. Siempre había una buena excusa para los cambios de tamaño vagamente perceptibles, pero que yo señalaba, o los ligeros cambios de color, o las manchas que repentinamente aparecían y desaparecían (curiosamente a la mañana siguiente de haberlos encontrado “durrmiendo”). El caso es que me pasé media vida pensando que los peces de colores eran tan longevos como Matusalén. Salí de ese error justo al mes de que Baba fuera despedida tras cumplir yo los 15 (ya era muy mayor para nannies). Una vez faltó Baba, el pez cayó en uno de sus letargos y a la mañana siguiente seguía flotando boca arriba, con muy mal color, incluso para tratarse de un pez. Jamás volví a tener mascotas porque mamá decía que ya tenía bastante con los “conejitos” de papá, así que me pasé los siguiente tres años intentando colarme en el prohibidísimo despacho de papá a ver si descubría a dónde criaba a esos conejitos. Evidentemente, y ahora lo sé, mi madre hablaba de otros “conejitos” que disfrutaban de un apartamento en el centro sufragado por papá. 

Mi relación con las parcas se ha visto reavivada el último mes en el que continuas visiones de terribles muertes para papá inundaban continuamente mi imaginación. Ya han empezado a remitir un poco, ya sólo lo imagino mutilado o totalmente incapacitado. Pero una cosa es que la muerte estimule tu imaginación, y otra bien distinta es que se convierta en un ente real.  

Qué yuyu me daba la funeraria, aunque estuviera completamente vacía. La referencia mortuoria se limita al pedestal donde se coloca el féretro para que los allegados les muestren sus respetos. Por lo demás se trata de un salón señorial, adornado de bonitas alfombras y elegantes jarrones colocados sobre columnas dóricas en las esquinas. Un centenar de sillas se encuentran colocadas como en un auditorio. La iluminación es tenue y cálida. Pero no es nada lúgubre, por lo que no entiendo el por qué tengo el vello de punta.

Espero un par de minutos a que aparezca alguien, pero no se ve a nadie, siquiera se escucha un ruido. Pronuncio un tímido “¿hola?” con una aprensión inusitada que me sorprende. Suelto una sonrisa y me digo a mi mismo “no seas idiota, Rafe, ¿qué crees, que van a empezar a salir zombis por doquier a lo George A. Romero?”. Sí, me burlo de mi miedo, pero también me resulta extraño el absoluto mutismo del lugar. 

Decido explorar por mi cuenta, en algún lado debe haber una oficina donde trabaje el que dirige este cotarro. Hay algunos pequeños salones contiguos igual de desérticos que el principal, al que vuelvo un tanto extrañado. Casi he decidido largarme de allí cuando veo una pequeña puerta en el lateral derecho de la sala, justo detrás de donde se coloca el féretro. No he reparado antes porque está semicubierta por una cortina brocada. Giro el pomo y está abierta. Da a otra habitación en penumbra que, deduzco, es donde preparan los cadáveres. Al fondo de ella hay otra puerta semiencajada que da a algún sitio con mucha luz, donde debe estar el Sr. Traill, a quien debo presentarme. Cuando penetro en la estancia me queda claro que tiene la función que había imaginado, porque en un ángulo que antes permanecía fuera de mi vista hay un ataúd abierto. Casi estoy ya a la altura de la otra puerta cuando el morbo me hace dedicarle una última mirada al ataúd. Espera. ¿Qué es aquello? ¡Ay, Dios mío! Que me parece que no es un ataúd vacío. Que me parece que este ya está adjudicado. Creo que veo como un par de manos cruzadas sobresalir del horizonte de madera oscura. No sé por qué, debe ser que tengo un ramalazo de meningitis, pero me da por comprobarlo de cerca. ¡¿Y qué coño me importa a mí?!, me digo mientras mis pies me llevan cada vez más cerca del ataúd. 

Efectivamente. El ataúd está ocupado. Un pobre hombre de mediana edad, pequeño y pelirrojo, descansa en el sueño de los justos. Me persigno (mi educación católica es un resorte automático a pesar de que llevo más de un decenio violando la mayoría de los Diez Mandamientos) y me fijo en aquel desgraciado que ha debido morir de algo terrible por cómo se le ha quedado la cara  de deformada. ¡Un momento! ¿Esa aleta de la nariz ha temblado? Lo de los espasmos postmorten siempre me ha parecido de lo más desagradable. Aún así fijo bien la atención. ¡Otra vez! Me acerco al muerto… que huele a muerto. Me fijo con atención y… 

…abre los ojos y me dice “¿qué deseaba?”. 

[FUNDIDO EN NEGRO] 

Cuando recupero la conciencia tengo un fuerte dolor en el costado. Un hombre de uno 50 años, amplia barriga y mofletes caídos está dándome aíre con un trozo de cartón. Le dice a alguien que queda a su espalda que no hace falta que avise a la ambulancia, que ya me recupero. Me gustaría creerle. Todo me da vueltas. Y el dolor del costado persiste. Más tarde me explicarán que al desmayarme me he clavado el pico de una silla en la espalda. 

–¡Está vivo!, ¡está vivo! –le grito asiéndolo por el chaleco de lana que lleva puesto.

–Tranquilícese, ya sabemos que está vivo, todo ha sido un terrible malentendido.

–No hace falta que lo jure, imagínese que entierran a ese pobre hombre estado vi… 

El “pobre hombre” está sentado en una silla al otro lado de la habitación, con la cabeza entre las manos balanceándose y tarareando desaforado. El Sr. Traill, me deja en manos de una mujer joven entradita en carnes que no hace más que tocarme la frente a ver si tengo fiebre (se ve que está más acostumbrada a tratar con fiambres que con seres vivos que se quejan). Se llama Anita y me explica que es la maquilladora. “¿Maquilladora de qué?” le voy a preguntar, pero caigo en la cuenta que allí sólo hay una cosa que maquillar. 

El Sr. Traill me explica que Jerome, el cadáver, es empleado de la funeraria, el más antiguo, desde chico ha estado allí, pero que tiene ciertos problemillas que han causado la infortunada casualidad de que me lo encuentre en un ataúd. 

–Padece de ataques agorafóbicos y necesita recluirse en espacios pequeños –me explica el Sr. Traill–, lo dejamos que se meta en un ataúd, no hace daño a nadie. Ha sido culpa mía, que lo mandé a comprar el periódico porque se me olvidó esta mañana, y ha vuelto muy agitado y a punto de sufrir un colapso.

–¿Y por qué está ahora sujetándose la cabeza y tarareando sin cesar?

–Eso es la epilepsia –responde Anita.

–Epilepsia musical, ya sabe –asiente con la cabeza resignado, como si fuera simplemente una pequeña manía–. Pero, Sr. Ridao, no le he dicho cuánto me alegro de conocerlo. Cuando el Sr. Pickcock [ese es Warren] me dijo que tenía la persona que yo necesitaba me alegré mucho. Buscaba alguien como usted.

–¿Cómo yo?

–Sí, alguien que supiera organizar eventos con clase, queremos darle una nueva dimensión a esta funeraria, un toque…

–Elitista –terminó Anita.

–Pero estoy seguro de que Jerome sabrá darle ese giro –dije deseando salir de allí.

–No, no, Jerome no trata con el público. Con el vivo, se entiende. Los desconocidos le provocan ataques de ansiedad que derivan en afasia.

–¿Afasia?

–Sí, se queda sin habla, y como comprenderá, en este negocio, no tenemos clientes fijos. Así que para él cada día de trabajo significa el tenerse que enfrentar con extraños, y pierde el habla, y no puede atender a los clientes. Lo tenemos para otros menesteres. Hasta ahora, del trato con el público me ocupaba yo, pero me temo que no tengo la experiencia para dar ese giro…

–Elitista –volvió apostillar Anita.

–…elitista que buscamos. No tengo su clase, eso es obvio. Sólo hay que verlo. Es usted un hombre de mundo, ¿verdad, Anita?

–De mucho mundo, sin duda –¿me había guiñado un ojo?

–¿Y dice que Jerome no habla con extraños? Pues a mí bien que me ha hablado, y vaya susto que me ha dado.

–Es porque estaba saliendo del ataque de pánico agorafóbico, hablarse ha sido un acto reflejo. Cuando sale de los ataque es como si reiniciara el ordenador de su cabeza, y por unos segundos, hasta que se vuelven a ‘cargar’ sus pequeñas rarezas, es una persona completamente normal.

–Una persona completamente normal dentro de un ataúd –murmuro yo. 

En ese momento Jerome da un alarido que me hace saltar de la silla. 

–Oiga, ¿no será peligroso?

–¿Jerome?, ¡qué tontería! Ha gritado porque está saliendo del ataque de epilepsia musical. ¿Violento dice? No, en absoluto, no es nada violento.

–Sólo cuando ve tortugas –apostilla ella.

–Sólo cuando ve tortugas –asiente el sr. Traill resignado con la cabeza– pero por aquí no hemos visto nunca ninguna, descuide.

–Miré –le digo poniéndome bien la ropa–, no creo que este trabajo sea justo lo que buscaba.

–Ya lo entiendo, Sr. Ridao, un hombre de su mundo, acostumbrado a otra clase de eventos de alto standing… Por eso había pensado en hacerle una generosa oferta.

–¿“Generosa oferta”? –tampoco hay que cerrarse, ¿no?– ¿Cómo de generosa?

–Había pensado en 800 dólares semanales más comisiones?

–¿Comisiones por qué? ¿Por muerto que traiga?

–Jajajajaja, ¡qué sentido del humor, Sr. Ridao! Comisiones por los “extras” que contraten las familias. Ya sé que no es habitual, pero con su habilidad para relacionarse con la gente de dinero es posible que saque un mínimo de 1600 dólares semanales. 

Eso significaría independencia. Tener una base económica para renacer. Un apartamento. Significaría mandar a la mierda a Warren y sus grandes ideas al buscarme trabajo. Significaría tener dinero para llevar mi ropa al tinte. Creo que no me mataría probar en este empleo. Después de todo organizando fiestas soy lo más, de la última que di salieron casi todos zombis y cuatro casi cadáver. Aquí los cadáveres ya lo pone la empresa, así que el éxito está asegurado. ¡Trato hecho! (A pesar de Jerome).

EL CRACK (el serial) - Capítulo XIV

Viernes, 16 Enero 2009

Propósito de enmienda 

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Señor, me arrepiento de… 

…haber dejado la tienda de cómics de la forma en que lo hice. Fue muy poco elegante el gesto que les hice cuando recibí mi último cheque. Fue una crueldad llamar a Kurt, mi compi, disfuncional y friki. Fue innecesario, sí, pero no falté a la verdad. Como tampoco era preciso introducir una chocolatina relamida entre las páginas del Giant–Size nº 1 de X–Men que tienen en un expositor de “imposible tocar”. ¡Fue tan fácil mangarles las llaves a Kurt, desprecintar la bolsita de plástico que custodia la joya literaria comiquera, y volverlo a dejar todo tal y como estaba! Me imagino dentro de treinta o cuarenta años cuando un anormal de esos que a los 34 años todavía reciben paga semanal de papá y mamá consiga reunir el dinero para comprar ese cómic. Imagino la cara de todos cuando lo desplieguen y encuentren una chocolatina fosilizada incrustada en los poros del papel… ¡Ha sido un gesto tan gratuito! Pero no hacerlo no hubiera sido propio de mí. Tampoco fue bonito que me bajara el pantalón y le hiciera un calvo al encargado cuando me preguntó que si quería referencias. De verdad que me arrepiento. 

Qué bien me sentía pensando que ya había tocado fondo y que de ahí en adelante todo iría a mejor. 

Señor, me arrepiento de… 

…haber sido tan poco humilde cuando rechacé el trabajo en Oppenheimer. La semana antes había respondido a un anuncio del Wall Street Journal que me había llevado a su web y en su web encontré el mail de recursos humanos. Mandé mi currículo y concertaron una cita en sus oficinas del 125 de Broad Street, en esa zona donde ya se pierde la maraña de rascacielos y ves cielo azul porque estás casi al borde del rio. He de reconocer que desde que Warren me había conseguido un trabajo “infinitamente mejor” (palabras textuales) a la tienda de cómics, había perdido un poco el interés en Oppenheimer, pero aún así acudí.  

Me recibió un caballero de unos mal llevados cincuenta años, con arrugas y entradas, claro síntoma de no haber aprovechado las oportunidades que Manhattan ofrece en cuanto a cuidado personal (los mejores expertos y las técnicas más avanzadas en belleza masculina del mundo). Yo me había vestido con un impecable traje de Yves Saint Laurent gris oscuro y raya azul, camisa blanca y corbata malva. Era consciente que intimidaba al anodino señor de recursos humanos de traje de saldo. Se mostró impresionado con mi currículo y me pidió permiso para pedir referencias si era preciso. Le dije despreocupadamente que lo hiciera, es más se lo pedía encarecidamente. Obviamente yo sabía que no lo iba a hacer, es un truco muy viejo de recursos humanos, sólo quieren ver tu cara cuando te dicen que van a pedir referencias.  

–Y el pues es concretamente… –pregunté yo con mi sonrisa de “estoy por encima de todo”.

–Financial Advisor. Lo ponía en el anuncio del periódico.

–¿Qué anuncio? –jamás admitiría que había respondido a un anunció en un periódico, mi fama en el mundo financiero estaba por encima de ello.

–El que usted contestó. En el mail con que nos remitió su curriculum ponía la referencia del anuncio.

–¡Qué extraño! ¿Un mail dice? Eso debe haber sido mi secretaria. Estaba un poco aburrido ya de este tiempo sabático que me he tomado y le pedí que prospectara a mis colegas sobre posibles puestos libres y debió tomarse la libertad de contestar un anuncio –la regla número uno al buscar trabajo es que se note que no lo quieres, es como pedir un préstamo al banco, basta con que acredites que no lo necesitas–. Bueno, ya que estamos aquí no pierdo nada con conocer las condiciones del puesto. 

El sueldo base no estaba mal. Tenía complementos, primas de productividad… 

–¿Y el horario? –pregunté y pareció sorprenderle a mi entrevistador.

–Oficialmente de 8 a 6, pero ya sabes que en este negocio las horas realmente no son algo que se respeten.

–Sí, mejor, porque a mi me sería imposible empezar a las 8, tengo primero que pasar por el gimnasio…

–Me refiero a que se echan muchas más horas.

–¿Eh?  

¿Pero qué estaba diciendo ese insensato?, yo jamás en la vida he trabajado tantas horas seguidas… también es verdad que era un trabajo “ficticio”, por lo visto, pero no podía creer que el mundo real fuera tan esclavista. Estoy seguro de que estaba intentando aprovecharse de mí y de pronto pensé en el trabajo que me había conseguido Warren: “infinitamente mejor” decía, y “con clientes que jamás se quejan”. No iba yo agarrarme a un trabajo de mierda con horario de esclavo y clientes que te agobian para que rentabilices su dinero a toda costa, con grandes beneficios y sin tretas ilegales (como si eso fuera posible). 

–Me temo –le dije al de Oppenheimer– que este trabajo no es realmente algo a mi altura. Necesito tener cierta ‘flexibilidad’ para hacer relaciones públicas y cuidar mi imagen, y sinceramente no creo que esta empresa valore esos principios. Sólo hay que verle a usted. No se ofenda, pero he conocido a limpiabotas con trajes de más calidad que el suyo. Y esa barriga, ¡por favor!, los gimnasios se inventaron ya en el siglo… hace mucho tiempo. 

Ahí concluyó esa entrevista. Y me arrepiento. 

Señor, me arrepiento de… 

…haberle contestado a Puppy tan mal cuando me llamó por enésima vez (basta que le diga que no me interesa para que ella se emperre en acostarse conmigo, se parece un poco a Madonna en eso). El decirle “prefiero retozar con un cadáver en su sarcófago antes de volver a liarme contigo” no fue muy elegante, pero a mí me gusta ser claro en mis negativas. Creo que mi situación actual es un castigo divino a esas palabras. 

Señor, me arrepiento de… 

…ser amigo de Warren. Quiero decir ex-amigo. No, es decir, ahora soy ex-amigo aunque siga viviendo en su sofá.  

Regresó a casa ayer lunes por la noche tostadito a lo caribeño y con cara de ‘qué pasado de rosca he estado esta última semana’. Yo estaba impaciente porque me contara sobre el trabajo que me había conseguido y en el que se suponía comenzaba al día siguiente, es decir, hoy. Necesitaba saber algo al menos para saber qué ponerme. Había barajado cientos de looks en los últimos días, pero todo dependía del trabajo en sí. 

Intenté dejarle margen pero una vez que entró en la habitación se quedó frito sin siquiera desnudarse. Se tomó muy mal que lo despertara para preguntar sobre el trabajo y se limitó a garabatear sobre un papel “352 E, 87th St. esquina con la 1st Ave.” Y volvió a caer en las profundidades de los sueños post-etílicos-y-más-cosas mientras me decía que me presentara a las 8. ¡¿Qué demonios pasaba?! ¿Ya no quedaba en Nueva York un trabajo que no empezara su horario laboral después de las 8? Bueno, no tenía otra salida que ir. Quizás fuera un horario terrible, pero las perspectivas laborales lo compensarían. 

Señor, me arrepiento de… 

…haber cogido aquel maldito taxi.  

–Oiga, oiga, taxista, debe haberse confundido.

–No, amigo, este es el 352 E de la 87.

–No, no, oiga, esto no son las oficinas de…

–Amigo, esta es la dirección.

–No, usted no comprende…

–Lo único que comprendo es que o me paga la carrera y baja del taxi o nos vamos a otro lado, lo que usted prefiera. 

Pagué y me quedé de pié como un pasmarote frente a aquel edificio de ladrillo rojo con una marquesina en la puerta y que no tenía ventanas, más bien, respiraderos. No podía ser. “Es un trabajo para gente que sepa organizar eventos”. Yo esperaba un puesto como director de relaciones públicas de alguna firma. “Ambiente relajado”. Yo esperaba una oficina bonita y zen. “Se necesita empatía a la hora de tratar con la gente”. Yo me imaginaba desplegando mis encantos de relaciones públicas. “Los clientes nunca se quejan”. Me veía en una empresa en que su prestigio y solvencia era suficiente aval para todo lo que emprendiera. 

FUNERAL HOME, rezaba claramente el cartel de la entrada. Warren me había buscado un trabajo en una funeraria. Todavía no me explico por qué no salí pitando en el preciso instante en que me di cuenta de ello. Quizás porque había sido muy desagradable con mi antiguo jefe en la tienda de cómics. O quizás porque había menospreciado un excelente (ahora me lo parecía) trabajo en Oppenheimer. O quizás porque no debía haberle hecho aquel desagradable comentario necrofílico a Puppy. O porque simplemente debería haber aprendido a estas alturas a no confiar NUNCA JAMÁS en Warren.

EL CRACK (el serial) - Capítulo X

Viernes, 19 Diciembre 2008

Cuatro entrevistas y un funeral 

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Pues va a ser verdad que hay crisis. En el periódico no viene ninguna oferta laboral de cuerdo a mis capacidades. ¿Cuáles son estas? No lo tengo claro, pero que se olviden de que voy aceptar nada que no implique aprovechar la experiencia adquirida en estos años al frente Ridao-Blackman Global Investors. Bueno, esa es la versión oficial, la verdad es que no pienso reparar cañerías, descargar cajas, o cualquier otra actividad física para lo que mis clases de Tai Chi no me han preparado. 

Empiezo mi búsqueda de trabajo con un periódico bien trabajado (subrayado, con anotaciones a los márgenes) bajo el brazo. Wall Street es inmenso, seguro que hay un hueco para mí. 

ENTREVISTA 1

Tipo de empresa: Firma de gestión de fondos.

Lunes – 9:43 h

Entrevistador: mujer, no llega a los 35, blanca, soltera (no anillo), que merece una psicópata para compartir piso, ¡zorra!

Tiempo aprox. de la entrevista: 13 minutos.

Impresiones: ¿Por qué preguntan cuánto quieres ganar? Yo creía que la sinceridad era un valor positivo. Yo creía que empezaríamos a regatear. No me llamarán, cuando yo le digo a una mujer que la voy a llamar nunca lo hago, por qué iba a ser diferente en este caso.Nota: Tengo hambre y 47 dólares en el bolsillo. 

ENTREVISTA 2

Tipo de empresa: Banco nacional.

Martes – 11:04 h

Entrevistador: hombre, unos 55 años, pinta de abuelete amable, en realidad es un capullo sádico.

Tiempo aprox. de la entrevista: 8 minutos.

Impresiones: El tipo sabía quién era yo (lo presiento). Me pidió que me sentara muy amablemente y al ver en su ficha mi nombre me preguntó que cuál eran mis responsabilidades en Riado–Blackman. “He sido el director de…” Y no me dejó terminar con un “¿perdona?” bastante capcioso. Me levanté y me fui. No estaba dispuesto a que me humillaran con mi pasado de ‘director ficticio’. Busco una empresa que me quiera por lo que soy, no por lo que he sido. Bueno, en verdad busco una empresa que no sepa ni quién soy ni quién he sido.

Nota: Tengo mucha hambre. La búsqueda de trabajo ha disparado mi metabolismo. Sólo me quedan 13,34 dólares y un caramelo de fresa que cogí en la recepción de la empresa donde me he entrevistado. 

ENTREVISTA 3

Tipo de empresa: ¿¿¿Por qué son tan ambiguos en los anuncios clasificados???

Martes – 13:20 h

Entrevistador: Por teléfono, una voz muy sensual.

Suena el teléfono.

Voz: Golden Boy, ¿dígame? [No me suena para nada esta empresa]

Yo: Buenas tardes, llamaba por el anuncio del periódico.

Voz: ¿Cuál de ellos, por favor? [¿Hay más de un puesto vacante?]

Yo: Por el que dice que buscan una persona con buena presencia, don de gentes, universitario…

Voz: Muy bien. ¿Cuánto mide? [¿Eh?]

Yo: 1’83.Voz: Ummm, alto, eso está bien. ¿Buena forma física? [¿¿Eh??]

Yo: Uh… bueno… sí, hago ejercicio regular.

Voz: Deberás pasarte por aquí y dejarnos tu book. ¿Experiencia? [¿¿¿Book???]

Yo: Eh… Sí, he sido…

Voz: La agencia trabaja con clientes de ambos sexos, ¿algún inconveniente?

Yo: Creo que no. [¿Por qué voy a tener inconvenientes de tratar con hombres y mujeres?]

Voz: ¿Sabes? Debería ver primero tu book, pero las Navidades son fechas terribles, la gente se siente sola y estamos desbordados. Tengo un cliente en el Upper East Side en estos momentos. Si me aseguras que eres guapo te mando para allá ahora mismo. [¿Guapo?]

Yo: Bueno… ¿Guapo?… Sí, creo… ¿Pero qué tengo qué hacer?

Voz: ¿No dices que tenías experiencia?

Yo: Sí, pero necesito saber un poco al menos sobre el perfil de la empresa y sus productos. No sé. No hemos hablado de qué puesto buscan cubrir, ni de remuneración.

Voz: El cliente es convencional, no quiere nada raro, son unos 350 dólares. Nosotros nos quedamos el 40% el resto es tuyo. Eso sí, si te pide algo raro me llamas y te doy tarifas. No pongas precios tú ni intentes quedarte con los extras, al final nos enteramos de todo.

Yo: ¡Oiga! Que soy un profesional serio.

Voz: Eso espero. Tienes que llevar los…

Impresiones: 1) Soy idiota y no me fijo en los encabezamientos de las secciones de los anuncios clasificados. 2) Los anuncios que buscan escorts profesionales están demasiado cerca de las ofertas de trabajo que no exigen llevar condones cuando visitas a un cliente. 3) Los anuncios que buscan escorts se redactan de forma muy muy ambigua. 4) Ahora comprendo el problema que suponía tener clientes de ambos sexos. 5) Me guardo el teléfono de la agencia para cuando se me acaben los 5,14 dólares que me quedan (el caramelo me lo he comido ya).

Nota: Tengo hambre. 

***

Miércoles – 8:15 h 

Se ha muerto Clifford Randsey III. Tenía 34 años. Iba al gimnasio, comía sano, no fumaba. Salía con las mismas chicas que yo. No me refiero al mismo ‘tipo’ de chicas, sino a las mismas chicas textualmente. En Nueva York habemos una especie de club secreto de solteros que van a los mismos locales nocturnos y se acuestan con las mismas chicas. Eso nos une mucho. Por eso he venido a su sepelio, a presentar mis respetos a uno de los nuestros. Podríamos haber sido cualquiera de nosotros. Ninguno estamos libres de sufrir un día, como Clifford, un colapso cardiaco mientras somos humillados en un sórdido cuarto de un hotelucho por una enana dominatrix y un travestí sesentón. Bueno, la escena tal cual puede que sea un poco irrepetible, pero la idea del colapso siempre es posible. 

El padre de Clifford, Clifford Randsey II, está muy afectado. Fin de la estirpe. En verdad tenía un hermano que se llama Jay y es cantautor en Tucson, trabaja en bares de carretera. Pero ya nunca habrá un Clifford Randsey III, porque el hermano no puede heredar el ‘III’ porque no se llama Clifford (es obvio) y el vástago superviviente de los Randsey nunca tendrá un hijo al que llamar Clifford Randsey III porque perdió los testículos en una accidente de caza en Europa. Se los voló su propio hermano en un episodio bastante escabroso que segó el interés de Jay por estudiar Derecho y continuar en el negocio de las finanzas internacionales como su padre, y antes de su padre su abuelo. Por el contrario la voz se le afinó y aprendió a componer. “Los caminos del Señor son inescrutable” decía el cura presbiteriano que daba sepultura al último Clifford Randsey. ¡Es comprensible el dolor que estaba viviendo su padre en aquellos momentos! 

Me acerco a darle el pésame. Nos miramos sin pronunciar palabra. Comprende que comparto su dolor. Nos abrazamos. 

–Era un hombre excepcional –le dijo y él asienta secándose el llanto–, como pocos. Un amigo de los que siempre estaba ahí –“tirándose a la tía que te gusta” pienso– y nunca te defraudaba. Y como Presidente de Randsey Co. no tenía parangón. ¡Qué ingenio! ¡Qué intuición! ¿Está pensando en alguien concreto para ocupar su puesto? Yo, casualmente, estoy buscando… 

***

ENTREVISTA 4

Tipo de empresa: Auditores financieros.

Jueves – 10:10 h

Entrevistador: Hombre, caucásico, en los 40, pinta de contable.

Tiempo aprox. de la entrevista: 3 minutos.

Buenos días, Sr. Ridao” me dice el cuatro ojos, “qué mal aspecto tiene ese ojo, ¿se lo ha visto un médico?”. Me levanto y lo mando al cuerno.

Nota: Aquél hombre estaría muy triste por lo de su hijo fallecido, pero no le importó en absoluto montar una escena dándome un puñetazo en todo el ojo. ¡Qué poco respeto por la memoria del muerto!

*** 

Llego a casa (bueno, a casa de Warren) y lo encuentro sentado en el sillón, de brazos cruzados, esperándome. Rezo porque no empiece otra vez con lo de que si oigo gemir en su cuarto no entre a ver qué pasa. Espero que se le haya pasado la crisis de falta de intimidad que atraviesa últimamente. Está serio, mirándome.

–¿Qué tal la entrevista? –me pregunta.

–Ufff, ni preguntes –me cojo la nariz como diciéndole “aquello apestaba, tío”, pero no el hace gracia.

Sigue serio. Veo junto a él un gorrito de Papá Noel. Es buena señal, el espíritu navideño ha llegado al apartamento y todo los malos rollos se irán por la chimenea (bueno, tenemos calefacción central).

–Ho, ho, ho –le digo imitando a Papá Noel.No se ríe.

Lo repito y le señalo el gorro. Sigue sin reírse.

–¿Y eso? –le pregunto con mi mejor sonrisa señalándole el gorro.

–Eso es tu nuevo uniforme de trabajo.

Ahora soy yo el que no se ríe.

El Crack (el serial) - Capítulo V

Viernes, 14 Noviembre 2008

La gráfica traicionera 

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Sonó el radio-despertador y la voz de Lesley Gore empezó a cantar ‘Sunshines, Lollipops and Rainbows’. Me alivió saber que había otro cretino en Nueva York (el programador de la emisora) que no era consciente de la crisis. Parecía inmoral despertar con una canción alegre en medio de tanta ‘consternación’. Me sentía ‘consternado’ por la falta de delicadeza de esa emisora anclada en el optimismo de los 50. Tanta desfachatez era ¿‘consternante’? [Consternación era una palabra que estaba ensayando para impresionar a papá en la reunión de las 9:30h… a.m.

No había dormido casi nada, a penas hora y media. Ni siquiera me había desnudado. No estaba en condiciones de mantener una conversación locuaz y coherente con papá. No era capaz de hacerlo en pleno uso de mis facultades y mucho menos tras dormir menos de dos horas tras haber sido noqueado por una descarga de taser. Pero lo último que podía darle a papá eran excusas, no después de lo que me costó que confiara en mí para este puesto. 

*** 

Madrid. 2003. Yo estaba recién vuelto de Georgetown. Papá estaba en negociaciones con una pequeña firma de inversiones americana para insuflarle capital, hacerse con en control, y penetrar en Estados Unidos. Mamá acababa de volver de París tras fundirse el equivalente al PIB de un pequeño país centroafricano. Esos ‘pequeños’ dispendios con nombres glamurosos (Dior, Chanel, Cartier…) eran lo que ella llamaba ‘el fondo de compensación’. “¿Compensación por qué?” le pregunté una vez. “Por aguantar a tu padre”. Mi familia era una ‘red de aguante’. Ella aguantaba a papá, él me aguantaba a mí, y yo aguantaba los reproches de papá. Era una constante ‘consternación’ familiar. 

Por aquél entonces, corría el més de octubre, yo estaba muy sumido en mis deberes sociales que me impedían afrontar un inmediato futuro profesional. Una mañana, a eso de las doce, el teléfono sonó. El servicio estaba con los preparativos de una soirée que mamá organizaba en el jardín esa noche y nadie descolgaba el maldito teléfono que me estaba destrozando los nervios. Así que me decidí a salir de la cama y atender yo mismo la llamada con la voz de ultratumba de recién levantado. 

–¿Quién habla? –me espetó la voz de mi padre un tanto desconcertado (y un tanto ‘consternado’) desde el otro lado de la línea.

–Soy yo, papá.

–¿’Yo’ quién? –el que lo llamara ‘papá’, y siendo hijo único, no le dio suficientes pistas.

–Yo, tu hijo, Rafe.

–¿Qué haces ahí? ¿Hoy no trabajas?

–Bueno… La verdad es qué… –¿cómo decírselo? – Yo no trabajo, papá. 

Y me colgó. 

Aquella misma noche me llamó a su estudio de casa. Se sentó cejijunto y ‘consternado’ frente a mí y me soltó a bocajarro: 

–Rafael, tienes 29 años, y que yo sepa aún no has hecho nada productivo en tu vida. He dicho productivo –me dijo cortando mi tentativa de justificarme–, deberías buscar la palabra en el diccionario. Así que he decidido darte un empujoncito para que encuentres el camino.  

A renglón seguido se levantó y me hizo señas de que lo siguiera. Nos paramos frente la puerta de entrada y la abrió. Con un gesto gentil me pidió que mirara fuera, y cuando asomé la cabeza… ¡Me empujó!, y cerró tras de mí. Eso era lo que él entendía por “darme un empujoncito” para que buscara mi camino. Afortunadamente llevaba mi móvil encima y llamé a mamá, que salió a abrirme. Me encerré en mi cuarto a cal y canto, por un momento me había visto desamparado en el mundo real. Bueno, mundo real… en verdad era la entrada de una mansión de lujo con servicio de seguridad dirigido por un ex-agente del CSI, del CNI o de la CNN, yo qué sé. Pero hacía frío y yo estaba en mangas de camisa, fue una experiencia muy desagradable. 

A la mañana siguiente acompañé a mi madre a visitar a papá en su banco. Se encerró en su despacho mientras yo esperaba fuera. La secretaria hacía como que no se escuchaban los gritos, pero eran totalmente nítidos a través de los gruesos muros supuestamente insonorizados. Después de media hora de batalla en que se oían frases de mamá como “sabes que puedo hacer tu vida miserable” y respuestas de papá como “ya lo hiciste al quedarte embarazada”. Salieron del despacho con aplomo, allure y prestancia de alta sociedad. Yo estaba ‘consternado’. Mamá sonreía como si nada, pero papá, si hubiera sido un dibujo animado, hubiera tenido un nubarrón con un rayo dibujados sobre su cabeza. 

–Rafé, tu padre te quiere decir algo… Adelanté.

–Rafael, sabes que vamos a empezar a operar en el mercado americano y… No puedo, no puedo –la mirada de mamá fue lo suficientemente explícita para hacerlo continuar–. ¿Te gustaría ser el director de la nueva oficina en Nueva York? 

Sabía que sólo era cuestión de tiempo que papá confiara en mis dotes financieras. Me encantaba la idea. Aún así evité que la alegría se tradujera en mi rostro, me froté la barbilla y le dije: “me lo pensaré”. Así conseguí mi primer trabajo, el que ahora peligraba. 

*** 

Cuando llegué a mi despacho, Robert, mi secretario, sentado diligentemente en su mesa, con ojeras hasta los pies, me dijo con ‘consternación’ indisimulada “el presidente le espera en la sala de juntas”. De pronto que mi padre el nuevo pez gordo de la oficina. El rey ha muerto, viva el rey. 

Al entrar estaba acompañado de dos tipos que no había visto en mi vida pero que se suponía que eran altos puestos, asesores, de MI compañía, pero que no había visto en MI vida (nota mental: acabar con el absentismo laboral). Se hizo un silencio incómodo, como si esperara que yo comenzara, pero yo, a mi vez, esperaba que él me dijera qué quería de mí. Los asesores y mi padre cruzaron significativas miradas de ‘consternación’. 

–Rafael, sabes que en este momento somos muchas las entidades que nos estamos viendo afectado por la crisis de las subprimes. Me gustaría me hicieras un balance de nuestra posición dentro del contexto actual. 

Me aclaré la garganta y saqué una gran cartulina con un gráfico bien bonito que me había prestado mi amigo Warren. Busqué un atril, o algo, para colocarlo, pero no encontré ninguno, así que lo sostuve yo mismo (luego me enteraría que hacía siglos que no se utilizaban ese tipo de recursos físicos, que se hacían por ordenador todas las presentaciones). Señalando claramente los altibajos de la gráfica empecé mi exposición. 

Estoy realmente ‘consternado’ por nuestra posición. Como verán, señores, la situación de la economía de los últimos años ha sido alcistas por el incremento del consumo propiciado por los bajos tipos de interés –eso lo había leído en el último número de Elle– que nos ha llevado a consumir y consumir hasta niveles realmente preocupantes. Eh… Por eso, y como vemos en la gráfica, el nivel de endeudamiento de las familias…

–¿En qué parte de la gráfica? –interrumpió papá.

–¿Cómo?

–Que dónde se ve eso en la gráfica.

–Bueno, eh… –miré con atención la tablilla que le estaba mostrando– Es evidente que eso se refleja en esta línea roja… No, la azul… No, no, la roja.

–¿Qué índice refleja la roja?

–¿Eh? –busqué en mis notas–. La roja es el nivel de impagos y moros.

–¿Moros?

–Sí… –la verdad es que no sonaba muy bien lo de ‘moros’, pero eso decía en mis notas, lo mismo tenía algo que ver con los atentados de las Torres Gemelas y Bin Laden–. Espera, no, no, quería decir morosos.

–¿Y?

–Que al crecer el riesgo de impagos en el último año…

–¿Último año?

–Sí, en el último año –señalé el último tramo de la gráfica (¿hacía calor allí?, ¿por qué estaba sudando?)– ha crecido el…

–¿Y por qué la gráfica es descendente si dices que ha crecido?

–Por… –¡ahivá, la gráfica caía estrepitosamente!– Porque… el índice es un índice inverso que muestra las… fluctuaciones… contrarias a la tendencia natural…

–¡Basta ya! –exclamó papá dando un golpe en la mesa– Te voy a decir yo por qué cae esa gráfica: porque muestra la evolución de tu sentido común y evidencia que lo que crece en esta sala no es ningún riesgo de demora, sino tu memez, incompetencia e insensatez. ¡¡Tienes el gráfico al revés!! ¡Y ni siquiera te has preguntado por qué las leyendas hay que leerlas poniéndose bocabajo! ¡Memo! 

Sacó una pastilla y se la tomó entre temblores.  

–Papá…

–¡No me llames ‘papá’!

–Señor presidente, estoy ‘consternado’.

–¡Y deja de repetir que estás consternado! ¿Qué es? ¿La palabra que te ha tocado estudiar hoy? –efectivamente lo era– Rafael Ridao Blancahermosa. No te despido en el acto porque tendría que soportar que tu madre diera señales de vida de nuevo sólo para volver a atormentarme. Sólo por eso, te doy tres días: sábado, domingo y lunes. El martes a esta misma hora quiero un plan de actuación que nos salve de ser arrastrados a la quiebra. No quiero que me expliques a qué se debe la crisis actual, ni cómo ha evolucionado el endeudamiento de las familias, ni cómo se llevan los bajos de los pantalones… Un plan de actuación, ¿entendido?

–Eh…

–Sí, ya lo sé, estás consternado –no me dejó hablar.

Así era.

El Crack (el serial) - Capítulo IV

Viernes, 7 Noviembre 2008

¡Que llega el presidente! ¡A sus pies señor presidente!

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No sé qué ha pasado con todo el mundo, se han vuelto locos. Ayer salía con un colega de la oficina para ir a almorzar, cuando una señora que debía rozar el siglo, nos arreó con el paraguas y nos maldijo por traer el Apocalipsis a la Tierra Elegida. Lo que más me molestó es que mi colega se disculpó con ella mientras se palpaba la coronilla para ver si en vez de almorzar tenía que ir a que le tomaran puntos de sutura. ¡¡¡¿Pero el mundo está loco o qué?!!! Desde cuándo somos nosotros, los financieros, los culpables de que todo el mundo quisiera una casa a cualquier precio y que después no pudieran pagarlas. Nosotros no los obligamos a ir a los bancos a firmar esas hipotecas. Nosotros no fuimos los que dijimos “podremos pagar” cuando sabíamos que no lo haríamos. Nosotros no empaquetamos esas hipotecas basuras y las hicimos circular por el sistema finan… ¡Oh! Eso sí. 

El caso es que hasta hace una semana ser financiero en Nueva York era lo más, ‘beyond’, la hostia. Y hoy nos pegan las viejas por la calle con total impunidad. El ser un financiero te abría las puertas para disfrutar de lo mejor que la vida moderna puede ofrecer, por ejemplo, someterte a un peeling a manos del Dr. Max, la última sensación dermatológica de la ciudad con lista de espera hasta 2010. Quien diga que la invención de la rueda fue el gran logro de la humanidad es porque no ha pasado por la consulta del Dr. Max. El ser financiero te permitía hacer grandes cosas en la vida, como salir en Men’s Vogue, quizás no en la portada, que está reservada para deportistas, actores y miscelánea como Tony Blair, pero sí figurar en páginas interiores, que no es moco de pavo. Yo he salido un par de veces en GQ y una en Esquire, y en un top ten de los solteros más deseados de la Gran Manzada que publicó New York Magazine, e incluso me dedicaron una entrevista en W dentro de un reportaje sobre los ejecutivos más prometedores. Fue una entrevista bien en profundidad en la que hablamos sobre cómo Bottega Veneta se ha hecho imprescindible en mi vida y cómo tomé la decisión vital de pasarme del pilates al yoga. 

Y ahora, sin previo aviso, soy un personaje denostado sumido en el miedo. Miedo a las señoras mayores con paraguas. Miedo a mi asistente y a que se entere de que mi dirección en estos años ha sido una pseudo-ficción, miedo a perder mi estatus…  y miedo, sobre todo, a mi padre, que llega mañana a las 8 según anunció. 

*** 

Suena el despertador. Es inusitadamente temprano, las 9:30 de la mañana, pero tengo que madrugar para prepararme ante la llegada de papá esta tarde, al que quiero ir a recoger al aeropuerto para demostrarle que estoy al mando de todo. Echaré de menos esa horita de sueño habitual de la que me he privado. Me espera una jornada intensa y llena de sorpresas. 

Primera sorpresa: Nueva York ya está funcionando a las 10 de la mañana cuando piso la calle. Me subo al Town Car que me espera y me dirijo directamente al gimnasio. Repaso mentalmente la agenda que me he programado (le consultaría a Robert, pero me dejé anoche el móvil en casa de Puppy, luego lo recojo camino del aeropuerto). He anulado todas mis citas del día, nada es tan importante como papá, mi presidente. Sólo me falta notificárselo a Robert para que se lo comunique a los ‘reunientes’ implicados. Da igual, ya se inventará alguna excusa sobre la marcha. Así que mi planning se ha reducido a lo realmente esencial: Primero tengo sesión con mi personal trainer en el Chelsea Piers, después almuerzo en Le Cirque con Warren que ha prometido dejarme unos gráficos que dejarán entusiasmado a papá (los estudiaré por encima camino del aeropuerto), a continuación recogeré el traje nuevo de Yves Saint Laurent que quiero llevar esta tarde (si voy pillado de tiempo me cambió en la boutique), después tengo que acudir a la consulta de mi dermatóloga para que me estimule el colágeno con un tratamiento de radiofrecuencia que se llama Thermage que me aconsejaron hace unos días en una fiesta, y tras pasar por casa de Puppy para recoger el maldito móvil, me voy directo al aeropuerto. Todo calculado al milímetro. 

*** 

19:00h. Todo como la seda, quitando el centenar de llamadas perdidas de Robert a mi móvil. Empezaba a creer que no pintaba nada en la empresa, pero el sin par número de llamadas testimonia que soy imprescindible y requerido, cada cinco minutos desde las 9 de la mañana (¿trabajamos a esa hora?). No importa, sobrevivirá hasta que llegue a la oficina mañana. Ahora lo único que importa es recoger a papá y acomodarlo, y que vea que soy diligente y que estoy comprometido con mi trabajo. 

Pero… ¡Uh-huh! Cuando llego al Aeropuerto Newark nadie sabe decirme dónde está el avión de papá. ¡Sales de Nueva York y nada funciona! “¿Dónde está mi padre?” le grito a un tipo con cara de hindú que por toda respuesta se encoge de hombros. ¡¿Para eso he venido hasta Nueva Jersey?! ¿Y si le ha pasado algo? Quizá estén buscando los restos de su avión en medio del Pacífico… quiero decir, del Atlántico (siempre me cofundo: Pacífico-izquierda, Atlántico-derecha). Me descubro gritándole a una impertinente “señorita” (por llamarla de alguna manera, porque debió de nacer antes de que Roosevelt llegara a la Casa Blanca) que me pide insistentemente que me calme y espere mi turno, lo que hace que suba automáticamente más si cabe el tono. “No tenemos constancia de tales hechos, nadie ha informado de la desaparición de un avión en aguas del Atlántico, señor” me dice con flema y acento británicos. Le estoy respondiendo que en tal caso, yo, en ese momento, le estoy “informando” del hecho… en lo que suena el teléfono. “Robert” anuncia la pantalla. 

—Ahora no, Robert. Estoy en medio de una crisis. El avión de mi padre se ha perdido en medio del océano y esta subnormal sólo sabe repetirme que no tienen noticias de tal hecho. Y si tengo que gritar para que me de una respuesta, pues grito —digo desgañitándome aunque bajo la voz cuando veo que dos policías se aproximan con tasers en la cintura—. ¿Tan difícil es comprender que yo sólo quiero saber…? ¡No me toque! Yo sólo quiero… ¡Le he dicho que no me toque, poli de mierda! Yo… Se está jugando una demanda millonaria, piense en empezar a empeñar la placa, ¡y no me toque! ¡Mi padre, yo sólo quiero saber donde está mi padre! ¡Que me suelte!

Está aquí —le oigo decir a Robert antes de que todo se funda en negro tras sentir una ‘poco recomendable’ descarga de taser. 

*** 

Siete horas después me reúno con Robert y mi abogado que han conseguido convencer a la policía de que todo fue efecto de unas medicinas caducadas. 

En el coche de mi abogado me siento morir, mareado, con el estomago revuelto. No sé si por la vergüenza o por el post-efecto del taser. Vomito. Le prometo comprarle unos zapatos nuevos a Robert y mandar a limpiar el coche de mi abogado. Ya un poco más sereno, cuando veo Nueva York al salir del Holland Tunnel, le pregunto a Robert: 

—¿Qué querías decir con que estaba allí?

—Llegó a las 9 de la mañana.

—Entonces las llamadas…

—Me hizo llamar cada cinco minutos para saber dónde estaba usted que no aparecía por su puesto de trabajo.

—Y tú le dijiste… 

Simplemente se encogió de hombros. “Traidor” pensé, sin darme cuenta que en breve amanecería y el pobre Robert aún no había pegado ojo por mi culpa. 

Papá había atendido a todas las citas que yo había abandonado por ir a recibirle. Se había puesto al día reuniéndose con todos los departamentos. ¿Y dónde estaba yo mientras? ¿Quién iba a suponer que llegaba a las 8 de la mañana? ¡¡¡De la mañana!!! ¡Si ni siquiera creía que funcionaran los aeropuertos a esa hora!