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Lujo prohibitivo… o prohibido

Martes, 22 Marzo 2011

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Yo estoy con los chinos. Es la única postura económicamente sensata en los tiempos que corren. Todas las camisas que me compro últimamente tienen cuello Mao. Pero a lo que me refiero con lo de estar de parte de los chinos se refiere a la noticia que ha saltado sobre que van a regular el tema de los anuncios de los artículos de lujo para evitar “la adoración de los productos extranjeros”, “el hedonismo” y salvaguardar la armonía social. Estudios realizados por la Universidad de Pekín llega a la conclusión, según leo en la edición digital de El Mundo, “que muchos anuncios promueven la creencia de que la riqueza es dignidad, y que puede molestar a quienes menos ingresos perciben”.

Punto uno, qué listos son en Pekín, han llegado a una conclusión brillante aunque algo obvia. Punto dos: chinos, bienvenidos al sistema occidental de la perpetua insatisfacción consumista. Yo estoy en contra de las prohibiciones de manera general y creo que el mejor escudo ante situaciones de abusos publicitarios es fomentar la cultura del consumidor, no protegerlo como si fuera un niño pequeño. Pero no dejo de pensar cuán devastador puede ser que sociedades como la china, que han estados décadas ajenas al término ‘consumismo salvaje’, se enfrente de la noche a la mañana a las avanzadas técnicas de control mental de la publicidad occidental.

A los largos de experiencia consumista puedo brindarles a los chinos estas tres verdades irreductibles:

1) Tener un coche más grande y más potente no te hace más feliz, sino todo lo contrario, ya que empezarás a gastar lo indecible en gasolina, los impuestos, el seguro, el alquiler de garaje (o tendrás que empezar a acostumbrarte a vivir con esa sensación de encogimiento de estómago matutino que solo se va cuando compruebas que tu coche está donde siempre y está intacto)… Después vendrán las reparaciones, las multas, los cabreos cuando te reducen el límite de velocidad, el compromiso de llevar a tu suegra aquí y allá, las ganas de llorar cuando el niño te vomita en la tapicería nueva y el delicioso olor a nuevo desaparece para siempre jamás… En definitiva, un coche no es “espíritu de libertad” sino una esclavitud encubierta. El hombre es un accesorio más del coche, el coche no es una herramienta de comodidad para el hombre.

2) Una gran casa de lujo, con muchas habitaciones y cuartos de baños, piscina y ala de servicio no te hace más feliz, sino todo lo contrario, ya que comienzas con los dolores de cabeza de la hipoteca (a menos que alguien te ingrese 3000 euros mensuales en la cuenta por las buenas al estilo Caso Malaya), el IBI sube considerablemente, te emparanoias con el tema de la seguridad y la vigilancia, tienes que tener quien te limpie la casa y te la mantenga, el seguro se te desborda… En definitiva, una casa inmensa te hace sentir pequeño y miserable porque no está hecha a la medida de tus necesidades, sino que las sobredimensiona, y te hace psicológicamente aumentar tu nivel de consumo.

3) Ser feliz no es cuestión de dinero por mucho que la publicidad te bombardee con esa premisa. Ningún producto que se pueda comprar con dinero te hará feliz. No serás más feliz por usar un champú especial con camomila que produce pseudo orgasmos; no serás más feliz por hacerte con un bolso de 2.300 euros porque en una revista le han puesto el apodo de MUST; no serás más feliz cuando te bebas un vino de los que las bodegas tienen asegurados por si a caso a alguien se les resbala de las manos. Todos esos son estímulos transitorios, no la fórmula de la felicidad. El placer del champú acaba cuando sales de la ducha; el del bolso cuando un nuevo modelo es consagrado como el no va más (o cuando te das cuenta de que nadie repara en el que llevas ni le da importancia); y el vino solo te hace feliz en lo que dura la cena (si la compañía ayuda, claro) o hasta que te invade la resaca.

Pero no creáis que estoy en contra de todo ello. La vida está hecha a base de pequeños estímulos que te propician un estado de bienestar más o menos prolongado. De lo que estoy en contra es de que nos intenten hacer creer que si no consumimos nunca seremos felices. Ya lo dijo aquel (y ahora IKEA): “no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”).