Blogs

Entradas con etiqueta ‘Rafael Ridao’

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXX

Viernes, 22 Mayo 2009

Dispara, sí, pero no manches   

lospapeles-de-papa.jpg

—¡Imagina, tío! —le digo a Warren con todo el entusiasmo que mi adrenalina me proporciona—, allí estaba yo, encañonado directamente entre ojo y ojo, firme como el acero, desafiante.

—¡Ejem! —tose Bel detrás de mí—, perdona, un segundo, a ver… O cuentas las cosas de forma medianamente creíble o tendré que contarlo yo, ¿recuerdas?, yo también estaba allí.   

***

Nunca en mi vida había experimentado nada igual, mi cuerpo me pedía desmayarme, pero el terror me hacía permanecer inmovilizado. El loco de Robert (con pinta de desquiciado), por alguna razón achacaba su despido y caída en desgracia a mí. Capital Investors se habían encargado no sólo de ponerlo de patitas en la calle sino de que no consiguiera trabajo tras la debacle de la fiesta en el American Museum of Natural History. Bueno, sí, fui yo el que lo preparé todo para que Robert provocara por accidente el apagón, pero el incendio posterior fue un daño colateral no planificado. Además se lo merecía por déspota, trepa y traidor. Aunque no podía exponerle mi punto de vista mientras tuviera un arma con que apuntarme a la cabeza, ya que tengo la mala costumbre de no discutir con gente armada.

—Me has arruinado la vida —me escupió—, me has hundido, no te bastó con tenerme pisoteado mientras eras mi jefe, mientras que yo me afanaba por cubrir tus errores, sacarte de los líos en que te metías…

—Eres un trepa —ahí me envalentoné— y un envidioso. A ver, ¿cuándo me has sacado de un lío?

—¿Aquella vez que conseguí que te soltaran de los calabozos de madrugada por agredir a la seguridad del aeropuerto?

—¡Ya sabía yo que ibas a salir con eso! ¡Tú sabías que era un directivo fantasma, que no pintaba nada, y me mantuviste en el engaño!

—Te preparaba todas las mañanas la mesa para que te pusieras al corriente, pero preferías pasar cada día del club a los almuerzos con starlettes descerebradas y modelos autistas. Te prometo que no te hubiera sido muy difícil darte cuenta de la situación con que hubieras trabajado de verdad un solo día de tu vida. Cubría tu incompetencia, excusaba todas las citas de trabajo a las que no comparecías, rellenaba memorandos que se suponía tenías que redactar tú y que pasaban días en la bandeja de entrada de tu ordenador sin que ni siquiera abrieras la cuenta de correo. ¡¿Y qué recibo a cambio?! El encono de un  psicópata que no ha parado hasta que me han despedido e introducido en no-sé-qué lista negra que me cierra todas las puertas. ¡Estoy desesperado!

—No, estás loco —le respondo flemático. He comprendido rápidamente que si viniera a matarme ya lo hubiera hecho, no me hubiera soltado el discurso.

—Los locos hacen locuras.

—Y los tontos tonterías, ¿quién era tu madre, la madre de Forrest Gump? ¡Qué suerte tener dos hijos subnormales!

—Tío, tienes pelotas —escucho a mis espaldas decir a un cliente del café.

—Tengo las que les falta a este —respondo sin perder de vista a Robert, la pistola sigue estando ahí después de todo.

Una sombra de desconcierto cruza su rostro. ¿Qué pretendía?, ¿verme de rodillas suplicando por mi vida? Pues no le había salido el plan bien, ¿y ahora qué?, ¿me tendría que matar?, ¿era ese su plan B? Era obvio que esa alternativa no había cruzado por su mente. Pero algo tenía que hacer. Estoy seguro que estaba pensando “esto hay que rematarlo de alguna manera o quedaré como un auténtico idiota”. Así que optó por una solución digna pero absolutamente estúpida y predecible: se metió el cañón del revolver en la boca. Bel soltó un grito, lo que me molestó en extremo ya que mientras que mi vida era la amenazada había permanecido absolutamente callada, pero cuando Robert amagó con el suicidio se descompuso. “¡Haz algo, Rafe!” me dijo. Así que hice lo único que podía hacer para que ese loco no esparciera sus sesos por toda la cafetería, me fui hacia él, lo cogí del brazo y lo arrastré hasta la calle. Lo lancé a medio de la acera de un empujón y cerré la puerta del local tras de mí. La gente aplaudió, se levantaron del suelo y siguieron disfrutando de su pedido, algunos clientes se quejaron de que el café se había enfriado. ¿Qué quieren? ¡Esto es Nueva York!

—¡¿Pero qué has hecho?! —no comprendía por qué me gritaba ahora Belinda.

—Pues sacarlo de local, evitar que se suicidara aquí, ¿no es lo que querías?

—¡Quería que evitaras que se suicidara!… Aquí, afuera o donde sea. No que lo sacaras del local y le dejaras el arma para que cometa una locura en la esquina.

—Si lo hace en la esquina ya no es asunto nuestro, eso ya es problema de… del departamento de policía, de salud pública o el departamento de limpieza, ¡yo que sé qué organismo es responsable de la gente que esparce sus sesos en la calle!

—Eres el ser más insensible que conozco, Rafael Ridao. No sólo le causas la ruina a ese pobre hombre por un extraño sentido del agravio que te has montado en su cabeza, sino que eres capaz de dejar que se suicide sin levantar un dedo por evitarlo. Cuando entró estabas diciendo que no habías hecho nunca daño a nadie, pues yo creo que eres un ser malvado.

Empezaba a estar furioso. Apreté los puños, me giré y salí del restaurante. En menos de dos minutos estaba de vuelta. Le tendí la pistola de Robert a Belinda y le dije:

—¡Ya está! Ya no puede suicidarse. Estaba ahí fuera todavía, con la pistola en la boca. Si hubiera querido suicidarse de veras lo hubiera hecho hace rato. Pero si te quedas más tranquila aquí tienes. Sin pistola no hay suicidio.

Belinda hizo un gesto de desesperación y salió ella misma del restaurante en busca del suicida que no terminaba de suicidarse. No comprendo a las mujeres, ¡qué más le da a ella que ese tío se tire bajo un coche o se arroje de un rascacielos! El móvil de Puppy, que yo había cogido porque había perdido el mío, empezó a zumbar dentro de mi chaqueta, era Warren.

—Rafe, ¡menos mal! He llamado a tu casa y Puppy me ha dicho que llevabas su móvil. Voy camino de tu casa, vete para allá y no te muevas de allí, Robert te está buscando para matarte —¡a buenas horas viene con el aviso!—, está mañana apareció en mi apartamento para preguntar dónde vives, me hice el loco, le dije que habías cambiado de domicilio un centenar de veces en las últimas semanas. Así que me hizo decirle dónde trabajabas.

—Y se lo dijiste —así que esa sensación de constante vigilancia de las últimas horas había sido Robert siguiéndome por toda la ciudad.

—¡Tío, tenía una pistola!

—Gracias, Warren, muchas gracias, de veras, ¿con amigos como tú quién necesita enemigos? Un momento, ¿cuándo dices que apareció en tu apartamento?

—Esta mañana, a eso de las siete y cuarto —miré mi reloj, eran casi las doce y media de la noche.

—¿No crees que me lo podrías haber dicho antes?

—Es que hoy he estado muy liado y no me he acordado hasta ahora.

Es increíble. Es absolutamente increíble que olvidara que andaba buscándome un psicópata homicida… ¡Quince horas! ¡Quince horas para recordar algo tan vital!   

*** 

Y así es como hemos terminado todos en mi apartamento. Bel ha insistido en traer a Robert y meterlo en mi cama para que descanse después del episodio homicida. Dice que es lo menos que puedo hacer por haber arruinado la vida de ese hombre ¡No es para tanto!

Warren llegó al apartamento poco antes que nosotros, Puppy ya le había abierto la puerta. No hemos comentado aún su desliz y redefinido el concepto de amistad que nos une. Belinda está agotada por el estrés de la noche y parece haber olvidado que me había dejado, ¡bien! Puppy no ha abierto el pico durante todo el relato, y no porque estuviera cautivada con la historia, de hecho parece no haber escuchado nada, está absorta en el legajo de papeluchos que mi padre me dio para firmar para lo de la pensión. Debe resultarle fascinante porque incluso lleva puesta las gafas de leer que no usa nunca, ni a solas, sólo las saca para ojear el Vogue París. Dice que todavía no se ha escrito nada lo suficientemente sublime que justifique que se la vea con gafas. Pues parece que los papeles la han cautivado. 

—¿Tú qué dices, Puppy? —le pregunto.

—Que no lo entiendo.

—No hay nada que entender, Robert está loco y punto.

—¿Quién es Robert?

—¿Entonces qué no entiendes?

—¿Por qué te obstinas en vivir es este apestoso apartamento cuando eres inmensamente rico?

—Otra vez se te ha subido la laca de uñas de Yves Saint Laurent al cerebro, querida. ¿No recuerdas que papá me cortó el grifo hace meses? Perdonadla —digo condescendiente a los otros— pero está un poco senil.

—Idiota. No hablo de la fortuna de tu padre, sino de la tuya.

—Yo no tengo nada, querida.

—¡Anda que no!

—¿Eso quién lo dice?

—Pues lo dice aquí, y bien clarito, rico, rico, rico, pero que muy rico —y me enseña los papeles de papá.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIX

Viernes, 15 Mayo 2009

¿Será que no me quiere?   

apuntenyfuego.jpg 

He superado el ‘Sushigate’. Puede parecer una nimiedad, pero cambiar las costillas de cerdo en el jardín por sushi en una galería de arte puede significar una hecatombe cuando ya has cerrado todos los flecos, pagado adelantos, llevado invitaciones a imprenta… y perdido unos Ferragamo por el camino. La clienta para la que preparábamos la fiesta había tenido un cambio de humor radical y ya no quería una agradable soirée de jardín, sino que quería algo totalmente distinto, lo que para nosotros, los organizadores, significaban simplemente ‘pérdidas’. Yo sé tratar a estas socialités bipolares, me he criado entre ellas, así que sabía que la cuestión, la clave, estaba en averiguar de dónde partía ese cambio de opinión repentino. Como un experimentado loquero de la Gran Manzana, a los que he recurrido con asiduidad para mantener mi equilibrio emocional, empecé a aplicarle la terapia explorativa para llegar a la génesis del problema sin preguntar directamente. Después de media hora divagando por teléfono me comentó de pasada que una tal Roberta, amiga de la susodicha, le había contado que había estado en una presentación de una cruise collection de un joven diseñador de moda en una galería del SoHo, y que le había parecido fantástico, “con ese delicioso sushi”. ¡Ahí estaba la clave! Un comentario chic solo se contrarresta con una opinión ultrachic, así que le propuse tomar una copa para cerrar los detalles. Acordamos vernos en el Underbar del W Union Square. En cuanto colgué llamé a Puppy, le expliqué mi problema y me dijo que se dirigía ya hacia allá.

La clienta me esperaba en un sensual vestido rojo de Jason Wu, todas vestían Jason Wu desde Michelle Obama, aunque fueran republicanas. No se la veía nada mal a pesar de sus cincuenta y tantos años. Warren y yo nunca hablamos de la edad real de las damas, sino de la que aparentan dependiendo de quién es su cirujano plástico. Usábamos frases como “Christina está fantástica, no le echo más de 35 años-Suffolk”, o lo que era lo mismo, que el Dr. Suffolk hacía que una cincuentona nos pareciera apetecible como una treintañera. Cuando apareció Puppy simulando que era una casualidad me sentí aliviado, porque no dudaba de que mi plan funcionaría y porque la señora en cuestión no dejaba de sobarme mi pierna con sus Manolo Blahnick cual gata en celo.

—¿Qué tal, Puppy?, ¿conoces a Annette?

—Claro, ¿cómo estás, querida?, ¿qué hacéis aquí?, ¿conspirando?

—No estás muy alejada —le dije—, concretamente planificamos su próxima fiesta.

—¡Fiestas!, ¡me encantan las fiestas! —“lo sabemos Puppy, ve al grano y no sobreactues”, me dieron ganas de decirle—, ¿sabes?, estuve hace poco en una de esas deliciosas fiestas de jardín, ¡tan super! Y lo mejor fue que a la anfitriona se le ocurrió deleitarnos con maravillosas costillistas de cerdo en salsa. ¡Fue tan brutal!

—Chic —le dije alarmado por la palabra ‘brutal’ que no estaba en el guión planificado.

—Eso, chic, esa es la palabra que busco. ¡Fue tan chic!

Annette la miraba con la boca abierta, pero desde donde yo estaba no podía ver si se había tragado el anzuelo. Hasta que dijo…

—¡Dios! ¡Es justo lo que yo voy a hacer! Tienes que venir a mi fiesta, Puppy, mis costillitas serán mil veces mejores, ¿verdad, Rafael?

¡Bingo!   

*** 

Para cuando dejamos el bar eran las once, estaba molido. Lo había conseguido, había salvado la crisis, pero mis energías se habían ido en el intento. Puppy me acompañó a casa, a mi modesto apartamento que pronto dejaría en cuanto firmara los papeles de la pensión que papá iba a pasarme. En dos ocasiones me detuve en medio de la calle por una horrible sensación de sentirme observado. Puppy me tranquilizó, ella también pasó una época con manía persecutoria, allá por el 2007 que estaba muy de moda entre los asiduos al psicoanalista, pero se solucionó a bases de pastillas. Ahora estaba de moda los comportamientos TOC (trastorno obsesivo-compulsivo) desde que se sabe que Justin Timberlake los sufre, Puppy me enseñó sus pastis para su TOC.

La luz del contestador chispeaba. El mensaje era claro: “¡cabrito!”. Era Bel, le había dado plantón, pero seguro que comprendería que había sido por causa de fuerza mayor. La llamé.

—Bel, cariño. He tenido un día horrible.

—Siempre tienes un día horrible, Rafael. Y desde que salgo contigo también los tengo yo, por tu culpa. Estoy harta.

—¿No vas a escucharme siquiera?, me han atracado en Harlem, me han robado los zapatos —no dice nada, es buena señal, está dándome una oportunidad para explicarle—. Después llegué tarde a la cita con mi padre, pero había problemas con la fiesta que te dije que estaba organizando y tuve que irme volando. He estado luchando hasta ahora con la clienta para que no cambie los planes.

—¿Lo has conseguido?

—Sí, al final seguimos con el plan inicial, hubiera sido desastroso…

—¿Estos papeluchos qué son? —pregunta Puppy con los documentos que me ha dado papá en la mano.

—Bien, dile buenas noches de mi parte a Puppy —me dice Bel muy tranquila—, ahora me voy a trabajar, he cambiado el turno para no tener que pensar en el gilipollas egoísta que piensa que soy tan estúpida como para tragarme que ha tenido un mal día mientras está en su apartamento con su ex-novia. Lo malo es que casi lo consigues. Por favor, quema mi número de teléfono y olvida mi dirección, ¡te odio!

Me ha colgado. ¿Qué he hecho en mis vidas anteriores para que todo me salga mal en esta? Le haré caso, no la llamaré ni iré a su casa, pero no me ha dicho que me olvide de dónde trabaja, es un café público, no puede echarme, me tiene que escuchar.

—¿Dónde vas? —me dice Puppy cuando me ve coger la chaqueta.

—A salvar mi relación.

—Warren tiene razón, te has vuelto monotemático, siempre con tus crisis de pareja desde que está con esa camarera. Conmigo no tenías crisis.

—Contigo no tenía nada a lo que llamar ‘relación’.

—Tenías sexo.

—Qué superficial eres, Puppy.

—Sexo del bueno. ¿Te importa que me quede aquí?

—Haz lo que quieras, siempre lo haces —le digo saliendo a todo correr.

Definitivamente debo estar loco, no por pensar que puedo hacer que Bel se crea que todo ha sido de lo más inocente, sino porque sigo con esa sensación persecutoria. Un motivo más para reanudar mis sesiones con el psicólogo. Bel ha llegado antes que yo al café, se ha puesto su uniforme y está anotando pedidos. Cuando me ve no hace ni una mueca, simplemente me ignora.

—Bel, cariño, todo tiene una explicación —no responde—. Sé que siempre estoy con excusas y justificaciones, pero te prometo que si Puppy estaba conmigo es por una buena causa, era una pieza fundamental en el plan para capear la crisis con la clienta. No me he acostado con ella, ¡te lo juro! —sigue callada, ni siquiera me mira, va de un lado a otro repartiendo café y yo la sigo como un perrillo faldero—. Si no eres capaz de comprender que en este mundo no hay ninguna mujer que me interese, sólo tú, entonces no sé para qué me molesto.

—Eso digo yo —ha hablado—, ¿para qué te molestas?, ¿para estar siempre con esta tensión?, siempre disculpándote. ¡Si ni siquiera sabes por qué estoy enfadada!

—¿No? —¿no lo sé?—, ¿por qué estás enfadada?

—Precisamente por eso, porque no sabes nunca por qué estoy enfadada.

—Espera, eso no tiene sentido, eso es uno de esos trabalenguas femeninos que enmascaran un sinsentido. Estás enfada porque no sé por qué estás enfadada, pero en ese caso no hay razón para que estés enfadada, porque tu enfado es posterior a mi incomprensión a un enfado que se debe producir después mi incomprensión.

—¡¿Qué dices?!

—¡¡¡Que no lo entiendo!!!

—No hay nada que entender, Rafael. Porque no se puede entender que esto sea una relación a cuatro con Warren y Puppy de por medio. No se puede entender que pases más tiempo con tu ex que conmigo. No se puede entender que tu primer pensamiento ante una crisis sea llamarla a ella y olvidarte de llamarme a mí para anular la cita.

—Pero, Bel…

—¡No hay nada que comprender! Además estoy harta de jugar a ser tu conciencia, de atarte al lado bueno, quitarte esas locuras horribles que de pronto surgen en tu cabeza (y cuando no te las sugiere Warren), estoy harta de tener que evitar que desates tu maldad con los que te rodean.

—Bel, no digas eso, yo no soy mala persona, un poco alocado sí, pero nunca he hecho daño a nadie.

—Perdone, señor —me dice un señor gordo que está sentado justo detrás de donde estoy de pie discutiendo con Belinda.

—¡¡¿Qué?!! —le respondo bastante groseramente.

—¿Puede echarse un poco para allá?

—¿Le molesta que intente que la mujer maravillosa del mundo me perdone? ¿Le molestan nuestros gritos? ¿Le molesta que no me dé por vencido? ¿Es eso lo que le incomoda?

—No, es el caballero que le está apuntando con una pistola lo que me pone un poco nervioso.

De pronto me doy cuenta: todo el mundo en el café está escondido bajo la mesa, salvo Bel y yo que nos hemos aislado del mundo en nuestra discusión y el señor gordo que seguramente ve bastante difícil arrojarse al suelo dado su volumen. Vuelvo la cara y me enfrento a la realidad, el cañón de un revolver me apunta directamente a la cabeza. En situaciones así es difícil ver la cara que hay tras el revolver, y más si el personaje van tan desarrapado y lamentable como este. Con barba de una semana, la ropa sucia, el pelo desaliñado y mirada de loco. Enseguida reconozco a…

—Robert, ¿qué coño estás haciendo?

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVIII

Viernes, 8 Mayo 2009

¡Por fin pensionista! 

 harlem_douglass_tabernacle_9aug031.JPG

Los taxis de Nueva York huelen mal. Huelen a étnico. Huelen a yerbas exóticas. Los taxis son como los restaurantes, los hay paquistaníes, italianos, latinos, hindúes… Y cada uno tiene su olor característico que te impregna hasta el tuétano. Otra cosa que comparten con los restaurantes es el nivel de limpieza. Los hay que pueden pasar cualquier inspección de sanidad y los que tienen que tener preparado ‘el sobre’ para que el inspector no se fije en los rincones de mugre. Cuando llevas un carísimo traje italiano y un halo de Egoïste de Chanel, subirte a un taxi es bastante traumático, pero siempre mejor que bajar al averno del metro. Y los taxistas son como las cartas de los restaurantes, las hay inteligibles, con una buena traducción a un idioma reconocible, y las que representan todo un reto porque pides un plato que tiene una sonoridad bonita y resulta que son criadillas de buey. Con tanta reflexión me ha entrado hambre.

Tengo una agenda extremadamente fácil para hoy. Cruzar la ciudad hasta Harlem, encargar un catering a un indocumentado, salir pitando de allí y reunirme con papá en el Yale Club, almorzar y firmar los papeles de mi pensión (¡me encanta!). El taxista me dice que estamos a tres manzanas de la dirección que le he dado, pero que no piensa adentrarse más en el barrio. Le digo que eso me lo tendría que haber dicho cuando le di la dirección, y no ahora, que no pienso pagarle. En seguida cambio de parecer cuando saca, no sé de dónde, un bate de béisbol. Pago y saco mi “puto culo blanco” (palabras del taxista) del mugriento taxi. Bueno, son tres manzanas, ¿qué puede pasar en tres manzanas?

Los edificios tienen por ventanas huecos de hormigón, sin cristales, sin carpintería metálica, sin nada… aunque en algún momento debió de haber algo que rellenaran los vanos. Son como cuencas de ojos vacías. Poco a poco voy cobrando consciencia de cómo desentona mi traje de Armani en este escenario. Seguro que a GQ se le ha ocurrido hacer algún editorial de moda en este barrio con modelos vestidos con carísimos trajes como el mío. La única diferencia está en que si un equipo de GQ estuvo aquí, seguro que lo hizo escoltado por media docena de coches patrulla. Es difícil saber cuál es el bloque al que voy porque no hay números visibles que sirvan de referencia.

—¡Ey, papito!, ¿buscas algo? —me espeta un hispano con acento puertorriqueño vestido con una chaqueta de béisbol, ¡por Dios, qué cliché!—, ¡ey, blanquito, te hablo a ti!

—Gracias, caballero —no me queda otra que responder—, estoy buscando a Mr. Cole, el de las costillas de cerdo en salsa.

—¿Y pa’ qué quieres a ese gordo sebón, blanquito? —me dice una voz a mi espalda que resulta ser un negro de dos metros que se acerca con unos cuantos amigos más de aspecto muy pandillero.

—Pues la verdad es que una clienta… ¡Ejém!, me dedico a organizar eventos —le extiendo una tarjeta, no sé muy bien por qué.

Coge la tarjeta y la tira sin ni siquiera mirarla, y se sigue acercando a mí, invadiendo mi espacio vital. No puedo retroceder, uno de sus colegas está justo a mi espalda.

—Como le decía, una clienta me ha pedido que contrate sus costillas para un catering y como no he podido encontrar el teléfono de Mr. Cole en la guía me he acercado…

—A nuestro barrio.

—Si fueran tan amables de indicarme… —me tienen emparedado.

—Me gustan tus zapatos —me dice el gigante negro.

—Uh, gracias, italianos, Ferragamo —me mira inexpresivamente.

—Me-gustan-tus-zapatos —¡oh, Dios, me están robando los zapatos!, me acabo de dar cuenta.

Me quito los zapatos y se los extiendo. Los recoge uno de los ‘colegas’ mientras otro registra mi chaqueta. Soy incapaz de oponer resistencia, estoy demasiado concentrado en no hacerme mis necesidades encima. Estoy tentado de dejar que la naturaleza siga su curso, al menos así no tendrán la tentación de violarme.       

Tal como todo empezó, termina. Se dan media vuelta muy flemática y desaparecen. Quizás porque ya no tienen nada más que robarme. Quizás porque no han querido tentar la suerte y ver cómo me harto y les planto cara. O quizás simplemente se debe a que un coche patrulla se aproxima.

—¿Se encuentra bien? —me dice el agente sin bajar del coche.

—¡No, no lo estoy! ¡Me han robado! —me miran dándome a entender que es obvio, no llevo zapatos. No creen que llevar un caro traje italiano sin zapatos sea la última moda.

—¿Va a presentar la denuncia?

¿Para qué? Me encojo de hombre. ¿Qué he perdido? Unos zapatos, 75 dólares y mi carnet de identidad. No tengo tarjetas de crédito desde que caí en desgracia, el banco me las retiró. Presentar un denuncia no servirá de nada, sólo para complicar más el día. Les pido que, por favor, me lleven hasta el restaurante de Mr. Cole para no tener que ir descalzo, pero me indican con la cabeza que lo tengo justo detrás. Y allí está, sin luminoso ni cartel indicativo. ¡Lo he tenido tan cerca!, si tan sólo hubiera echado a correr diez metros seguro que aún tendría mis zapatos.

El sitio es un verdadero antro de mesas con manteles a cuadros rojos y blancos y fotografías de boxeadores por las paredes. Mr. Cole es un orondo negro de al menos doscientos kilos (ahora comprendo por que lo llaman ‘el rey de las costillas de cerdo en salsa’, ha debido de comérselas todas) con el pelo blanco y largas patillas. Le explico que preparo un evento para una clienta, una pequeña fiesta en el jardín de la casa familiar de esta señora (me abstengo de comentarle que es uno de esos eventos informales de trasfondo político y color Republicano). Esta clienta tiene una amiga que ha leído en alguna revista que las mejores costillas de la ciudad son las de Mr. Cole (escrito probablemente por algún crítico en un acto supremo de esnobismo), y allá que Rafael Ridao se ha tenido que internar en el Harlem de las noticias de sucesos para dar con ese orondo señor que no tiene a bien tener teléfono en su restaurante y que por ello no aparece en el listín. Echo de menos a Ayako, este tipo de visita se la hubiera encargado a ella.

Cerramos el trato. Mr. Cole pondrá sus costillas para la fiesta, pero tendré que darle un adelanto en esta semana y mandarlas a buscar yo una vez cocinadas, el no envía los pedidos a domicilio. Cuando voy a salir a la calle reparo en que voy descalzo. Le pido a Mr. Cole si es tan amable de prestarme unos zapatos y darme dinero para un taxi, pero en esta parte de la ciudad la confianza en el prójimo brilla por su ausencia, así que me facilita unas chanclas mugrientas (y apostaría que con hongos) y me extiende un par de dólares.

—Mr. Cole, los taxis suelen ser un poco más caros.

—Ya lo sé, hijo —me dice—, pero es que aquí no va a poder coger un taxi, por esta zona no pasan. Lo que sí puede coger es el autobús, que para a un par de manzanas.

¡¿Autobús?!   

*** 

Sin zapatos y sin chaqueta. La he dejado en el autobús y no ha sido ningún descuido. Un adolescente me ha vomitado encima. Su madre se ha disculpado de manera muy sincera, sí, pero si hubiera llevado zapatos y dignidad, y no hubiera sido la única cara blanca en el bus, le hubiera exigido que me pagara el tinte. La verdad es que de todas formas no hubiera llevado esa chaqueta conmigo más tiempo en las circunstancias que ha quedado, ¡qué asco! He sacrificado a Armani muy gustosamente.

Llego en hora al Yale Club, en la esquina de la 45 con Vanderbilt Avenue. Saludo con la cabeza al portero pero se interpone en mi camino.

—¿Qué desea, señor? —llevo viniendo aquí desde que llegué a Nueva York, el portero me conoce, esto es inaudito.

—Tengo una reunión. Una importante reunión.

—Me temo que no puedo dejarlo pasar, señor, la casa exige un código en el vestir.

—¿Pero qué…? —vaya, es verdad, no me acordaba, llevo chanclas y voy sin chaqueta—. Pero usted me conoce, ¿verdad? Seguro que puede hacer una excepción.

—Lo lamento, señor, son las reglas.

—Seguro que tratándose de un caso tan especial… —¡maldición!, me he llevado mano a la cartera para sacar un billetito para facilitar su comprensión, pero mi cartera está con mis zapatos.

—Señor, me despedirían si cualquier socio viera que le dejo pasar.

—Pero no tienen por qué verme. Usted me dice donde está mi padre y entraré furtivamente, seré invisible.

—Lo siento.

Odio esa ‘gran dignidad’ de la que hacen gala los porteros. ¿Cómo puede alguien disfrazado de alférez levantar la barbilla y mirarme por encima del hombro de manera tan condescendiente? Se creen ‘la autoridad’ por llevar botones dorados. Me resigno, voy a llamar a papá por el móvil y que salga a solucionarlo… ¡Joder! ¡¿También me han robado el móvil?! ¿En qué momento? Vaya, sí, debe estar en la chaqueta… en el autobús.

—Mire usted. No voy a insistir —le digo al portero—, pero le voy a pedir que por favor entre ahí y avise al Mr. Ridao. Le dice que su hijo está esperándolo en la puerta sin zapatos ni chaqueta porque lo han atracado —me mira con recelo—. Le prometo que no intentaré colarme, le esperaré justo aquí, en la puerta.

—De hecho preferiría que no se quedara en la puerta —y me señala un espacio a cinco o seis metros de la entrada.

Esto es indignante y humillante, pero he conseguido que el mameluco del portero entre a avisar a papá. Al poco sale un joven con traje de raya diplomática que afirma ser enviado por mi padre. Le explico lo sucedido y me acompaña hasta una boutique cercana donde compramos un par de zapatos y una chaqueta nueva a cuenta de papá.

Por fin logro franquear la puerta. Sigo al lacayo elegante de papá hasta una de las salas de reuniones. No entiendo por qué papá insiste en cerrar lo de mi pensión mediante un acuerdo escrito, a mí me basta su palabra… bueno, me basta que me ingrese el dinero. Pero al final me he convencido de que está bien eso de tenerlo todo firmado por si en uno de sus cambios de humor se echa para atrás. Antes de entrar a la reunión hago una llamada a mi jefe para decirle que he cerrado lo de las costillas y me encuentro que algún tipo de crisis se ha desatado: la clienta amenaza con cambiar todos los planes y hay que convencerla de que la planificación original es lo más chic que se puede hacer en fiesta, y que nada nada puede superarlo. Sobre todo porque está todo contratado y tendríamos unas pérdidas colosales. Las palabras de mi jefe son cristalinas: me quiere en las oficinas en menos de diez minutos. Le digo que haré lo que pueda y cuelgo.

Sigo al secuaz de papá hasta la sala donde me espera. Y allí está él, sentado, con una copa de brandy en la mano, y siete tipos más que lo rodean. Enseguida los reconozco, son la plana mayor del departamento legal del banco familiar. Los cancerberos. Profesionales capaces de convencer a cualquier tribunal que matar con escopeta a niños de menos de tres años puede ser considerado una práctica deportiva. Hacen con las leyes lo que quieren, más si son fiscales y societarias.

—¿Todo esto por mí? —le digo a mi padre sorprendido por el conclave legal que ha montado.

—No seas tonto, Rafael, acabamos de firmar el acuerdo de divorcio pero ya se iban —pero no se van, sino que están todos allí, de pie, observándome—. Bueno, vamos allá.

Mi padre hace un gesto a uno de sus abogados y este saca de una cartera una carpetilla con un taco de documentos. Lo abre y me indica que firme al pie de cada página. Algo no me cuadra. Yo esperaba un papelillo en plan “Yo, Rafael Ridao me comprometo a pasarle 3000 dólares a mi hijo Rabel Ridao…”, pero no creo que para eso se necesiten, ¿cuántos folios tiene esto?, ¿cien?, ¿ciento cincuenta?

Llaman al teléfono del salón de reuniones. Todos nos quedamos un poco extrañados. Uno de los abogados coge la llamada, intercambia unas palabras, cuelga y me hace un gesto indicando que era para mí y que han colgado ya.

—¿Quién era? —pregunto.

—No se ha identificado, sólo ha dicho “siete minutos” y ha colgado.

Ese es mi jefe, no sé cómo ha conseguido que pasen la llamada al salón privado. Empiezo a tener un ataque de pánico, creo que será mejor que me vaya a la oficina antes de que empiece de nuevo una eterna búsqueda de trabajo. Me disculpo y le digo a papá que me voy a llevar los documentos a casa, que no tengo tiempo en ese instante, que mañana sin falta le llevo el tocho firmado. Cuando voy a recoger la carpetilla uno de los abogados me coge de la muñeca y me lo impide.

—Creo, Rafael, que es mejor que lo firmes ahora y lo zanjemos sin más, no te llevará mucho —me dice el picapleitos extendiéndome una pluma Cartier.

El ambiente se ha tensado. Todos me miran con fijeza, como impulsándome a firmar con el pensamiento. ¿Pero qué es esto? ¿Por qué esta hostilidad ambiental?       

—Papá, lo siento mucho, pero es que de verdad, de verdad, me tengo que marchar ahora mismo. Yo me llevo los papeles, los firmo esta noche, y mañana a primer ahora te los llevo al hotel.

—No puede ser —repite otro abogado—, tiene que ser ahora.

—¿A qué tanta insistencia? —me están cabreando.

—Rafael, ¿no quieres que cerremos lo de la pensión?, este tipo de cosas no hay que dejarlas pasar —me dice el letrado más veterano.

—Firma —me ordena el que me tiene cogida la muñeca.

En ese punto, mi padre, que ha permanecido hermético, levanta una mano y cesan los murmullos de su gabinete legal. “Llévatelos” dice desautorizando a sus abogados. El más viejo le pregunta si es sensato.

—Si mi hijo dice que mañana me trae los papeles firmados, mañana los traerá, ¿verdad Rafael?

Asiento con la cabeza confuso por la escenita. El abogaducho me suelta el brazo, recojo los papeles de la mesa, y salgo de allí pitando no sin preguntarme qué diablos ha pasado.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVII

Viernes, 1 Mayo 2009

¿Esto es la madurez?

latartadeboda.JPG 

Belinda me quitó la copa de la mano. Parecía que ya me hablaba otra vez con normalidad. Nada como que la gente piense que estás tan al límite como para suicidarse para que todos empiecen a tratarte como un ser humano con sentimientos. Pero no terminaba de aprobar que hubiera secuestrado a un camarero en una esquina y me hubiera bebido la mitad de las copas que llevaba en la bandeja. Necesitaba ánimos. La teoría era fácil, sólo tenía que decir: “mamá, esta boda queda suspendida, he descubierto que tu prometido es un gigoló profesional”. Pero la práctica era bien distinta: era mi madre a la que tenía que chafarle la boda. Si lo hacía cabían dos posibilidades, que le rompiera el corazón, cosa aceptable y que se tenía merecido por ir con hombres tan jóvenes, o que ella me sacara el mío con sus propias manos porque aún no había nacido el que le estropeara los planes. 

–Beber no soluciona nada –me recrimina Belinda.

–No, pero para cuando despierte de la borrachera, con un poco de suerte, todo habrá terminado.

–Habla con ella –me dice empujándome hacia donde está mi madre–, no puedes dejar que se case con un cazafortunas.

–Ven conmigo –le imploro.

–Ni loca.

–Bel, te lo pido por favor, ven conmigo. 

Acepta de mala gana y pone cara de “¡lo que hay que hacer por amor!”. Nos acercamos a donde la anfitriona es el centro de atención. Hago una pequeña broma y pido disculpas por secuestrar a ‘la novia’.  

–Antes que nada quiero presentarte a Belinda, mi novia –al instante siento un pisotón demoledor, pero ya es tarde, lo he soltado y es oficial.

–Encantada, querida, me alegro mucho por los dos, hacéis muy buena pareja. ¿Cómo se lo ha tomado Puppy? 

–Puppy y yo hace ya tiempo que no salimos, somos sólo amigos.

–¿Entonces por qué te la has traído? ¿Qué es esto, una de esas relaciones modernas?

–No la he traído, ha venido ella sola porque tú la invitaste.

–Da igual, ella siempre da color a las fiestas, pero no puedo dejar que se acerque a Ivana porque esta chica tiene tendencia a hablar sobre operaciones de estéticas e Ivana está muy sensible últimamente con el tema. Creo –nos dice en voz baja– que su cirujano le ha dicho que como le siga estirando la piel se terminará volviendo transparente. 

Se ríe ante su maldad y no cae en que ella ya empieza a ‘trasparentar’ por lagunas zonas. 

–Es un placer conocerla, Señora Ridao –le dice Bel.

–Por poco tiempo, querida. La verdad es que estoy desolada, porque han sido muchos años con ese apellido.

–Pues se te ve muy sonriente para estar desolada.

–No seas tonto, eso es el Botox. Tuve un pequeño problema en la última infiltración y voy a tener esta sonrisa tan tensa durante un tiempo.

–Te sienta bien.

–Lo sé, por eso no he demandado a la clínica. ¿Te estás divirtiendo? –me pregunta cambiando de tercio.

–La verdad es que no me apasiona que papá esté aquí. Lo cierto es que me ha conmocionado. Pensaba que estabais en plena guerra por el reparto de bienes.

–Bueno, sí –dice haciéndome un gesto con la mano queriendo decir que es una nadería–, ya sabes como es tu padre. De ser un cabrito de cuidado pasa a ser el hombre más conciliador del mundo sin previo aviso. Estamos llegando a un acuerdo bastante generoso de su parte. Así que me dije, “¿por qué no?”, y lo invité a la boda. Creo que por fin hemos comprendido que nuestra felicidad no estaba en el matrimonio y el qué dirán ya no es lo que era.

–Hablando del qué dirán… Quería contarte algo vital, algo muy delicado, algo que hará que te replantees este matrimonio.

–Rafael, me asustas.

–El que debería asustarte es tu prometido. Ahí va, sin anestesia: Xavier es un gigoló profesional. 

Me mira con los ojos abiertos al máximo. Por un momento pienso que es el pavor y el espanto, la decepción y el dolor. Después me doy cuenta que no, que es también el Botox, y que simplemente está esperando a que termine. Así que se lo repito lentamente para que reaccione. 

–Xavier es un gigoló.

–Pues claro que sí, Rafael, ¡pero qué tonto eres!, por un momento me habías asustado.

–¡¿Lo sabes?!

–Por supuesto, ¿cómo crees que lo conocí? No recuerdo quién me pasó su contacto, pero llevo años usando sus servicios.

–¡Lo sabes!

–Creo que eso ha quedado claro –me dice Bel entre dientes.

–Y sin embargo te casa, ¡¿por qué?!

–Porque es lo que tengo que hacer. Llega un momento en la vida en que debes pensar con la cabeza y buscar la solución más satisfactoria pasando de lo que los demás piensen. El tiempo, al final, te pone en tu sitio. Y esta boda es lo más conveniente para mí en este momento. Confía en mí. 

Me da un cachetito y me sonríe afectuosamente (no, no, es el Botox). Se va y me quedo allí, petrificado, intentando digerirlo. Belinda me coge de la mano y me pregunta que qué voy a hacer. “Asistir a la boda de mi madre” le digo, y le explico que si ella no tiene ningún problema quién soy yo para oponerme. Es más, qué poder de veto real a la boda tengo. Tengo mi derecho al berrinche pero no voy a adelantar nada con ello, sólo pasar un mal rato. Si mi madre está convencida de que es lo que quiere hacer, pues buena suerte. Hay un momento en la vida que los hijos nos convertimos en padres de nuestros padres, y tenemos que tutelarlos y protegerlos, pero mamá está a años luz de ese momento. Sigue siendo una mujer fuerte y poderosa. Sabrá salir de este lío igual que se ha metido en él. Bel me besa y me dice que está muy orgullosa, que estoy siendo muy maduro. Si ‘ser maduro’ es resignarse, ya me lo podrían haber dicho antes y hubiera dejado de hacer el Quijote. 

*** 

En vez de hacerle regalo de bodas a mamá, ella me lo hace a mí. Nos compra billetes de primera para que hagamos la vuelta a Nueva York con todas las comodidades. No la veo especialmente feliz después de haberse casado, pero teniendo en cuenta que ha pasado tantos años terriblemente crispada en el matrimonio con mi padre, la nueva situación apática es un progreso. 

–¿Qué te dijo tu padre? –me pregunta Warren aprovechando que las chicas se han colocado los cascos para ver una película.

–Que quiere enmendar algunos errores que ha cometido. 

Antes de irnos me senté como una persona madura a conversar con mi padre. Ahora que no dependo de él, que ni siquiera busco su aprobación como ser humano, lo miro desde otra perspectiva. Allí estaba, sentado en un sillón de orejas frente a mí, y yo sólo podía pensar que no lo envidiaba. Tiene aspecto de hombre cansado. Siempre en tensión, siempre con la guardia alta. Siempre envidié su éxito en los negocios, esa capacidad de crear y dirigir un imperio financiero y estar continuamente preparado para cualquier contingencia. Creía que era algo que llevaba yo en los genes, pero me equivocaba. No soy como él y ahora no estoy tan seguro de querer llegar a serlo. Pensé por un momento que quizás era él el que debiera de tenerme un poco de envidia por mi manera inconsciente y despreocupada de discurrir por la vida. 

–Rafael, hijo, ya ves que he llegado a un entendimiento con tu madre. La semana que viene nos encontraremos en Nueva York, antes de que ella se vaya de luna de miel y yo vuelva a España, y firmaremos un acuerdo de divorcio con el que todos saldremos ganando. Este cambio de rumbo me ha hecho recapacitar y he pesando que quizás no haya sido justo contigo tampoco –¡¿quizás?!–. Por eso he pensado que debo asumir el compromiso que tengo como padre y me parece que la mejor manera de hacerlo, la única que se me ocurre por ahora, es pasándote una pensión. Algo que te ayude a mantener el nivel de vida que te mereces como hijo mío. He pensado que quizás 3000 dólares al mes es una cifra lo suficientemente justa como para que te despreocupes del día a día y puedas dedicarte a sacarle jugo a tu vida, haciendo lo que realmente te motive y no te veas limitado por tener que subsistir. ¿Qué te parecer?

–No sé que decir –¿qué tal “pellízcame”?, no me podía creer que mi padre se hubiera vuelto tan… paternal, de pronto–. Me parece un gesto muy bonito. En serio, gracias papá.

–No se hable más. La semana que viene nos reunimos y firmamos los papeles que sean convenientes…

–No hace falta, papá, basta con que me ingreses el dinero, confío en ti.

–Rafael, las cosas se han de hacer bien. Me gusta hacer las cosas bien, ya me conoces.

–Si insistes. 

***

–¡Ay! –grito sujetándome el brazo de dolor–, ¿qué demonios haces, Warren?

–Me has dicho que te pellizque.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIV

Viernes, 3 Abril 2009

Un temperamento incendiario 

cuadro-electrico.JPG

Entré en la sala de reuniones. Medio centenar de ejecutivos contiene la respiración. Saben que soy el que manejo el cotarro, que sus puestos penden de mi estado de ánimo. Me siento a la cabecera de la larga mesa de reuniones, abro el dossier y veo el expediente de OPA a la gran entidad de mi padre. Echo un vistazo, cierro la carpeta y digo “a por él”. Un murmullo de aprobación recorre la sala. Me fijo en Robert, mi ex-asistente, que vuelve a estar a mi servicio, en el puesto que le corresponde. Toma notas y lo interrumpo pidiéndole un café. Nada de ‘por favor’, sólo un expeditivo “¡café!” que lo hace saltar al instante. Se acerca a la mesa donde está la cafetera y allí está mi madre, desnuda, con unos senos turgentes apuntándole directamente a los ojos. Lo besa apasionadamente y él le hace el amor sobre la mesa… ¡Un momento! Esto es un sueño. Soy consciente de ello incluso antes de despertar porque en mis sueños los senos son siempre turgentes, incluso los del lagarto reseco de mi madre. ¡¡Las diez y cuarto!! ¡Me he quedado sobado! Hacía tres cuartos de hora que debía estar en el otro extremo de la ciudad para coordinar mi primer gran trabajo (para vivos). Nota: retomar las citas con mi psicólogo, no me gusta nada el tema de tener a mamá desnuda (y con pechos turgentes) en mis sueños.  

*** 

El operativo está en marcha. La gente de Ron Akran tiene toda la logística bajo control. Los decoradores han convertido la horrible sala dedicada a los bosques de Norteamérica de la primera planta en un exótico salón para una cena deliciosamente elegante. El American Museum of Natural History no quería alquilar la sala para la presentación, fue cuestión de extender un cheque. El conservador no permitía que usáramos un trozo de una enorme secuoya de más de 1300 años como fondo para la mesa presidencial, pero fue cuestión de extender otro cheque. En Nueva York todo es cuestión de cheques, y en este caso de prometer una y otra vez que no se va a tocar nada y que no se va fumar en la sala, ni usar velas, y un largo etcétera que espero alguien haya apuntado porque no le he prestado la más mínima atención. Si incurrimos en algún error ya lo solucionaremos a golpe de chequera. 

Cheque para el florista, cheque para el decorador, cheque para el iluminador, cheque para el catering (después de la cena, claro), cheque para la agencia de azafatas, cheque para el informático que ha preparado la presentación multimedia (no hay que olvidar que esto es una cena de negocios), cheque para la agencia que se ha encargado de poner a los personajes-show de la noche (muchas modelos, alguna cantante, algún actor, Michael Moore, por aquello de la conciencia ecológica… yo personalmente hubiera preferido a Al Gore, pero pagar su caché hace necesario cheques el doble de largos que me permitan colocar tantos ceros). La cena ha salido por un ojo de la cara porque no hemos podido amortizarla con el precio del cubierto como hacen las galas benéficas, pero tampoco ha sido demasiado descabellado el presupuesto de las semi-celebrities que hemos congregado porque hemos sido lo suficientemente ambiguos para que piensen que vienen a poyar una causa en plan ‘salvemos el Amazonas’ en vez de a una presentación de un fondo de inversión. 

El electricista discute con el conservador del museo. Por lo visto la instalación no es todo lo segura que debería, pero dada las limitaciones del espacio (¡es un museo!, no podemos taladrar, derribar nacer regolas para los cables, ¿qué más quiere?) ya es bastante lo que el pobre electricista ha hecho. Ha conseguido reunir todos los cables y disimularlos bajo la alfombra de la entrada y me advierte que no permita a la gente transitar por el lado derecho de la entrada, ¡muy importante!, si no queremos una catástrofe eléctrica. 

Ya me encargo, no se preocupe, señor electricista. 

*** 

Almuerzo con Bel, la voy a llevar a la cena, así podrá constatar cuán maravilloso profesional soy y podrá dejarse de tonterías y llamarme “su novio”.

–¿Cómo llevas trabajar para tú ex-asistente? –me pregunta.

–No trabajo “para” él, sino “con” él. Pero por lo demás bien, bien, sin rencores, exceptuando esas ganas de arrancarle la cabeza cada vez que lo veo.

–¿Estoy a tiempo de no ir? La verdad es que no me gustan las escenas sangrientas en público.

–Tengo controlado mis impulsos homicidas… en público. Oye, Bel, me voy a poner serio –me mira desconcertada como si no fuera posible–, me gustaría saber hacia dónde vamos.

–Pues primero a mi casa, me cambio y vamos a la tuya para que te cambies tú.

–No, me refiero como pareja.

–¿Eso no es una pregunta de chica? ¿No tendría que ser yo la que la hiciera?–Evidentemente, pero como no la haces, pues…

–Rafael, no creo que me estés preguntando eso en serio. Nos conocemos hace muy poco, apenas desde Navidades, tenemos una relación muy irregular, desapareces durante días sin dar señales de vida, reapareces para decirme que vas a fugarte con un amigo a México…

–Brasil.

–Da lo mismo. ¿De verdad crees que yo me puedo plantear hacia dónde va esta relación más allá de un horizonte temporal de un par de horas?

–Ya sé que no soy un novio convencional, nada parecido a lo que hayas tenido con anterioridad.

–Cierto, la mayoría tenían una edad mental superior a los cinco años.

–Tampoco serían tan increíblemente guapos como yo.

–¡Y tú qué sabes!

–Lo sé.

–Vale, te lo concedo, pero no sólo en la belleza se basa una relación.

–Por eso he querido que vengas esta noche a ver mi trabajo, para que veas cuán maduro soy.

–Ver para creer.

–Lo verás… lo verás. 

*** 

El chorreo de limusinas va dejando a los invitados a las puertas del museo, suben las escalinatas y son recibidos por los anfitriones de la cena ¡a la derecha de la entrada! Juro que he tratado que me escuchen, pero desde que ha llegado, Robert ha estado insufrible. Desde que ha asomado el director general de Capital Investors ha empezado a darse aires de organizador, cuando realmente no ha hecho nada. Pero soy maduro, no me afecta, soy profesional, no voy a matarlo… porque Bel me está observando. Cuando he sugerido que ocupen la parte izquierda de la entrada me ha desautorizado, no me ha dado oportunidad de explicar el por qué, y ha tomado las riendas del protocolo. Me ha dejado en un segundo plano y soy lo suficientemente maduro para no matarlo, aunque ganas no me faltan, pero Bel me observa. Un novio con antecedentes penales por asesinato o en el Corredor de la Muerte no es un buen novio, Rafael, contente. Robert sabe que es un impostor, yo conozco a todos los invitados mejor que él, yo soy parte de la vida social de esta ciudad y sería un anfitrión mucho más adecuado. Pero soy maduro, no me va a afectar. 

Veo cómo se acercan peligrosamente al rollo de cables contra el que me han advertido. Me acerco a la comitiva de recepción para advertirles, pero ante la primera palabra Robert me coge del brazo y me aparta.

–Rafael, ni se te ocurra molestar al director general, yo soy tu interlocutor. Si quieres hacer carrera en esto debes saber cuál es tu sitio –me dice con aires de superjefazo–, ya no tienes el estatus para dirigirte directamente a los jefes.

Lo siento, Bel, te has quedado sin un novio maduro. Me contengo, agacho la cabeza, y lo acompaño hasta su puesto al lado de la comitiva de recepción. Cuando está distraído coloco el cable problemático por encima de su pie usando la puntera de mi zapato. Vuelve la cabeza y me pregunta si no tengo nada mejor que hacer que pegarme a él. Está claro que quiere el protagonismo… pues lo tendrá. 

Me disculpo y salgo de la sala llevándome conmigo a Bel. Cuando estamos ya en la calle saco el móvil y llamo a Robert: 

–Tenemos un problema, Robert, Donald Trump se ha caído por las escaleras. Sal aquí corriendo. 

Cuelgo. Uno, dos, tres… apagón en el museo. 

*** 

El caos reina en la entrada el museo. Los bomberos han desalojado todas las salas. Robert no sólo ha provocado un apagón al llevarse por delante los cables, sino que ha conseguido que al arrancarlos del cuadro eléctrico este provoque un incendio.  

El director general de Capital Investors trata de apaciguar al director del museo. Me acerco por detrás y digo con cara de resignación que ha sido un terrible accidente, que aunque Robert me hubiera hecho caso y hubiera evitado colocar la comitiva a ese lado de la alfombra (cosa de la que todos fueron testigos) nadie hubiera creído que pudiera pasar algo así. Que no hay que culpar a Robert (recalco su nombre), que él evitó todas las recomendaciones de seguridad con su mejor intención, y que si fue tan patoso como para arrancar el cable y provocar un incendio, eso le puede pasar a cualquiera… a cualquiera que no hubiera ignorado a sabiendas las recomendaciones de seguridad que yo personalmente le deje bien claras.  

La cara del presidente me deja ver que tiene claro a quien va a culpar. Y yo tengo claro que nunca seré un novio maduro, solo me queda que Bel me acepte tal como soy.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIII

Viernes, 27 Marzo 2009

El fin del paraiso 

 cuandolosdinosauriosdominabanlatierra.JPG

¡Qué maravilla es no ser más un fugitivo de la ley! Mentiría si dijera que no echo de menos las playas salvajes de Sibaúma, los masajes tailandeses, las maravillosas ostras, la espléndida carta de almohadas del resort… pero el ser un fugitivo estresa. Sobre todo cuando Puppy está alrededor y decide montar una fiesta. ¿Qué diferencia hay entre una fiesta para millonarios de Puppy y la más salvaje y descontrolada fiesta universitaria en casa de los ausentes padres de un novato de la fraternidad? Que en la fiesta de Puppy los invitados llegan en helicóptero, por lo demás es exactamente igual. Al principio planeaba celebrarla en la piscina pero los no-invitados, y sin embargo asistentes, se habían multiplicado exponencialmente, así que la idea se trasladó a la playa. 

Intenté convencer a Warren para que se uniera a la fiesta: 

–¡Pero estás loco! ¡Mira toda esa gente! ¡Todos me conocen! –me gritaba histérico– ¿Cuánto crees que tardarían en delatarme? La mitad de ellos son financieros con potenciales escándalos que están deseando tener algo con lo que negociar con la justicia cuando los pillen. Delatar a un fugitivo sería perfecto para rebajar sus condenas y no entrar en la cárcel.

–No seas paranoico –está al borde de la locura, creo que es el momento de decirle que la justicia americana no lo busca.

–¡Qué no sea paranoico, dice!

–Waren…

–¡¿Qué?! ¡¡¿Qué?!! ¡¡¡¡¿Qué?!!!!

–Nada. 

Eran las cinco de la mañana cuando volví a la habitación. Era el vivo retrato de un desquiciado, con los ojos inyectados en sangre, mirando tras las persianas, con un cenicero lleno de colillas a sus pies. Aquello no era sano. Lo convencí para bajar un rato, respirar aire fresco y sentir el contacto humano. El argumento que lo convenció es que era de madrugada y todos los gatos eran pardos a esas horas, y aunque estuviera el sol en su plenitud, ya todos estaban tan borrachos que les costaba distinguir entre Scarlett Johansson y Mick Jagger (ambos asistentes a la fiesta). 

*** 

–¿No ves cómo yo tenía razón? 

Estábamos sentados en la playa con el suave aroma del mar azotando nuestros rostros y observando el plácido vaivén de las olas que se extendía tras un chaco de vómitos etílicos que había a nuestros pies. Warren parecía más humano, más relajado, nadie lo iba a recono… 

–¡Ey, Warren! ¿Dónde te has metido esta última semana? –¡Oh, Dios!, ¿quién es este ahora? A Warren le estaba empezando a dar un ataque de ansiedad al encontrarte con alguien conocido–. Jo, tío, vaya la que tenéis liada en tu empresa. Seguro que os quitan las primas de este año por culpa del cabrón ese que ha defraudado…

–Lo siento, tío –le digo al desconocido (para mí)–, pero ya nos íbamos.

–¿Quién ha defraudado? –le pregunta Warren deteniéndome en mi intento de ponerme de pie.

–¿Quién a va a ser? El tío ese que ha aparecido en todos los periódicos, el jefe contable, ¿cómo se llama? No pongas esa cara, tío, con la movida que habéis tenido en la empresa. Menos mal que se ha recuperado casi todo el dinero. Venga, confiesa, cabroncete, seguro que había algún otro jefazo implicado y le han cargado todo el muerto al de contabilidad.

–No tengo ni idea de lo que me hablas –le dice muy despacito mientras me mira a mí pidiendo una explicación.

–Vale, vale, ya veo. Pacto de silencio en la empresa. Pero, tío, yo soy colega, y de aquí no va a salir. Además ya se ha cerrado la investigación, ¿qué más da?

–¿Qué se ha cerrado la investigación? ¿Y dices que ha salido en todos los periódicos? Rafe, amigo mío, ¿es posible que a los periódicos que me subías a la habitación le faltaran páginas por casualidad?

–Bueno… esto… es que no quería amargarte las vacaciones con noticias del trabajo. Pero mañana nos volvíamos a Nueva York, ¿no te lo había dicho?, tengo los billetes, y te lo iba a contar todo…

–¿Concretamente cuándo me lo ibas a contar? ¿Cuándo estuviera subido en el avión o cuando estuviese ingresado en el manicomio? 

‘Ironía’, eso está bien, la ironía es un arma inteligente de gente no agresiva. 

*** 

Reunión en la sede Capital Investors, antes Riado-Blackman, actual feudo de mi archi-traidor-ex-asistente Robert. 

–Señor Ridao, lo esperan en… –la secretaria está entrenada para no decir nada, pero en su mirada le veo las ganas de preguntar–. Le esperan en la sala de reuniones. 

Las miradas me siguen mientras atravieso la oficina. “Debe mirarse eso” me dice un gilipollas que se me cruza, ¡como si no me lo hubiera visto ya en el espejo esta mañana! Entro sin llamar a la sala de reuniones, me niego a pedirle permiso al sátrapa traidor de Robert. 

De todas formas no estaba. Mientras llega me sirvo una taza de café. 

–Buenos días, Rafael, perdo… ¡Vaya ojo! ¿Te lo ha mirado el médico?

–Uno, no me caes bien, por lo que cíñete a lo profesional, traidor. Dos, al próximo que haga un comentario sobre mi ojo morado le arranco la cabeza. Y tres, el café de esta empresa es una mierda –digo escupiéndolo en el suelo, así marco el territorio y dejo claro que no estoy allí por placer. 

Evidentemente Warren no se conformó con la ironía a la hora de constatar que no le había sentado bien que lo tuviera engañado una semana pensando que la espada de Damocles de la justicia pendía sobre su cabeza sólo porque yo quería pasar unas vacaciones de lujo a costa de Puppy. Después de que el médico del complejo turístico me atendiera, trate de explicarle a Warren que no era mi intención torturarlo, que lo llevé allí con toda mi buena intención, para ayudarlo, aunque después se complicaran las cosas. A lo que respondió: 

–Claro que sé que lo hiciste con buena intención, ¿por qué crees que sólo tienes un ojo morado, una patada en los testículos y sólo una costilla rota? 

*** 

A Robert no le agradó la idea que le presenté para la presentación del fondo de inversión de valores ecológicos. Mi idea era fletar un avión y llevarnos a los posibles suscriptores a una aldea de aborígenes en medio del Amazonas. 

–Eso dispara el presupuesto, Rafael.

–La idea es que conozcan esas comunidades que viven en el primitivismo, los que más se benefician por las actuaciones ecologistas.

–Pero fletar aviones no es viable. ¿No tienes algo más… cercano?

–¿Aborígenes más cercanos? Claro –dije irónico– siempre podemos hacer la presentación en una comunidad Amish, allí no conocen ni el Internet.

–Me refiero a otro enfoque. Algo más convencional. Fiesta elegante, con clase, con el presidente dando su discurso de presentación. Ya sabes, lo normal.

–Para montar “lo normal” no me necesitáis. Está bien, a ver esto: una fiesta en el Museo de Historia Natural. El mensaje sería, si el hombre primitivo hubiera invertido en este fondo ecológico los dinosaurios no hubieran desaparecido.

–A parte de que el homo sapiens no coincidió con los dinosaurios y que el hombre primitivo no tenía sistema financiero ni fondos de inversión, no creo que sea mala idea. Adelante.

–Está bien, me pongo en marcha y hago un presupuesto. Y por favor, Robert –le digo en plan condescendiente–, no vayas por ahí diciendo memeces porque te pones en evidencia, claro que el hombre prehistórico coincidió con los dinosaurios, ¿no has visto las películas? 

¡Bien, mi primera fiesta profesional para seres humanos vivos!

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXI

Viernes, 13 Marzo 2009

Operación Caipiriña 

playa-brasileira.jpg

No es fácil cantar La Chica de Ipanema al lado de un compañero de viaje que no hace más que vomitar. No sé si es mal de alturas, pánico a volar o terror a cómo tarareo, porque tres veces que me he arrancado con el “Olha que coisa mas linda, mas cheia de graça, é ela menina que vem e que passa”, tres veces que ha vomitado. No creo que los múltiples estómagos de los rumiantes son capaces de albergar tanta comida como para rellenar cuatro de las bolsitas de papel que te dan para estos casos. 

Cuando la azafata se acerca por enésima vez a ver si Warren se encuentra bien le pido que me cambie de asiento. Primero me dice que no es posible, y luego me pregunta si no viajábamos juntos. ¡Pues claro que viajamos juntos! Un desconocido no le hubiera gritado e insultado como yo he hecho cuando una de las bolsas se desfondó dejando caer todo su asqueroso contenido sobre mis flamantes Ferragamos. La azafata no logra comprender por qué, si viajamos juntos, pretendo cambiar de asiento. No me apetece explicarle que una cosa es ayudar a un amigo a fugarse del país y otra bien distinta pasar todo un viaje con un tío al lado vomitando

Yo sé que le pasa. Está cagao. La comisión va a presentar cargos por un agujero contable que ha encontrado en uno de sus hedge funds de dimensiones terrorífica, como los socavones que aparecen en las obras públicas españolas, y a Warren le pasa como a los ingenieros que planifican esas obras públicas: que nunca saben de dónde ha salido el agujero.

–Te prometo que no he cogido ni un centavo que no me pertenecía– me dijo cuando llegué a su apartamento en medio de la noche tras su llamada cargada de pánico. 

No tiendo a creer en la inocencia de nadie, y menos en alguien que está justo delante de una obra suprematista (menor) de Malevich que acaba de adquirir en una subasta de Sotheby’s. “¡Lo compré sólo por cuestiones de impuestos!” me dice, pero él sabe que yo en vez de cuadraditos de colores estoy viendo la traducción de un agujero contable en forma de pintura incomprensible. Pero no importa, un amigo es un amigo, aunque sea un delincuente, y mi deber es sacarlo de ese lío.  

Mis cuentas siguen sin estar boyantes, después de todo estoy sólo al principio de una nueva carrera estelar, y tampoco podemos tocar las cuentas de Warren ya que a estas alturas estarán vigiladas y cualquier movimiento extraño precipitaría su detención. Es de los pocos estúpidos que no tienen pasta en paraísos fiscales. Así que tuve que recurrir a mamá, ¿para qué está una madre sino para que te ayude a fugarte del país? Bueno, seamos sinceros, yo no tenía ninguna necesidad de fugarme de ningún sitio, pero a un viaje a Brasil no se le hace ascos. 

Tuve que insistir bastante para que el recepcionista del turno de noche descolgara el teléfono y avisara a mi madre. Mucho cariño materno pero su primera reacción fue pedirle al conserje que me despachara con viento fresco. Mamá nunca ha tenido buenos despertares, y menos a las 5 de la mañana. Mi insistencia y la frade “de vida o muerte” hizo que el conserge se arriesgara a que el basilisco alojado en la Edwardian Park suite bajara y le arrancara el corazón con las manos desnudas por esa segunda llamada. Al final me recibió en el saloncito privado de la suite, en salto de cama rosa, color que sólo usa en la intimidad porque su eterno moreno artificial no va nada con ese color.

–¿Qué situación “de vida o muerte” es esa tan importante como para interrumpir mi sueño reparador de 8 horas tan básico para mi equilibrio epidérmico –¡Dios, me enerva! Ni por un momento piensa que sea lo que sea es más importante que el aspecto de su cutis… cutis de lagarto, por otra parte (eso ha sido gratuito, pero me saca de mis casillas).

–Necesito dinero, mamá.

–Evidentemente de vida o muerte –me reprocha poniendo los ojos en blanco.

–En serio, mamá, necesito dinero.

–Cariño, ya sabes que tengo las cuentas bloqueadas hasta que los abogados resuelvan el maldito divorcio. Lo único que me consuela es que tu padre tiene ciertos negocios tan bloqueados como mis cuentas porque no doy mi aprobación. Ten paciencia, no tardará en resolverse todo.

–No lo entiendes. Necesito dinero, mucho, y urgente –le repetí lentamente.

–¿Para? –me pregunta medio intrigada medio preocupada.

–Warren y yo nos vamos a Brasil, pero no podemos tocar sus cuentas…

–¡Acabáramos! ¡Me sacas de la cama para sablearme para irte de vacaciones!

–No son vacaciones, sino una fuga. Nos vamos del país porque van a  detener a Warren.

–¡Uy, eso lo cambia todo! Por supuesto que estoy encantada de participar en un delito. ¿Dónde está mi chequera?

–Diez mil dólares bastarán por ahora…

–Estaba siendo sarcástica, Rafael, ¡a veces eres tan afásico! Además, ¿tú qué pintas en todo esto? ¿También te persiguen a ti?

–No, es Warren el que está en apuros.

–Y tú te lanzas de cabeza a implicarte para que te detengan por cómplice. Sé inteligente por una vez en tu vida, hijo, y deja que se coma sus problemas solitos.

–No puedo.

–¿Y eso?

–Porque Warren es mi amigo.

–¿Amigo? ¿Y eso qué significa?

–Significa que me dio casa, comida y trabajo cuando mi padre me dejó en la calle sin un centavo y mi madre se perdió con algún chulo durante semanas sin dar señales de vida –calla y otorga mientras que en la puerta de la habitación se dibuja la silueta del chulo aspirante a ‘señor de’ que pregunta qué es todo ese ruido–. Ya veo, las cuentas bloqueadas por el divorcio y viviendo con lo justo para residir en una suite del Plaza y mantener a tu ‘juguetito’. Gracias mamá. 

Me fui dando un portazo que no sonó tan fuerte como yo quisiera porque las puertas tienen sistemas de amortiguación. Tenía que conseguir dinero, ¿pero dónde? Empecé a andar por la calle 58 con los primeros rayos de sol. Si algo me había demostrado mi defenestramiento en la organización Ridao-Blackman es que no tenía a nadie a quien recurrir salvo Warren. Llegué al cruce con Park Avenue y una bombillita se encendió en mi cabeza. 

*** 

–No, no, y no. De ninguna manera. Me niego a fugarme del país con susodicho personaje. Una fuga lleva implícito en su definición la cualidad de ‘discreción’ y con Puppy será todo menos discreto.

–Warren, piénsatelo, ella es nuestro cajero automático humano. Lo único que pide a cambio en que la dejemos participar.

–¡Estás loco! Y ella está muuuuuy aburrida, por lo que veo. Me niego a que mis desgracias se conviertan en el entretenimiento de una heredera de Park Avenue aburrida.

–Aburrida heredera, pero rica y con dinero disponible, y dispuesta a esponsorizar nuestra fuga.

–¡Que no!

–Bueno, pues entonces espero que te guste que un tipo de dos metros todo lleno de tatuajes y oliendo a sudor te llame ‘muñequita’ mientras comparte catre en tu celda, porque es lo que te espera.

–Que no –no parece tan convencido ahora.

–Warren…

–Pero Mr. Chow no viene, ¿entendido? 

*** 

Dos limusinas nos recogieron a las 7 de la tarde. En una nos montamos con Puppy y Mr.Chow, y otra portaba todo el equipaje de Puppy que con algo de suerte dejaría espació en la bodega del avión para las maletas de un par de pasajeros más. El plan es que ella embarque por su cuenta y nosotros por la nuestra. Nos reparte los billetes. 

–¿¡Turista!? –exclamo al verlos.

–Los vuestros sí, el mío en bussiness. Recuerda, nada de llamar la atención.

–Seguro que pasas desapercibida en Rio con ese abrigo de pieles –practico la ironía.

–No me gusta que este chucho me olisquee la entrepierna –dice Warren apartando a Mr. Chow.

–Mejor él que no tu compañero de celda –le respondo sin prestarle mucha atención, me preocupa más el tema de los billetes–, y ¿qué es eso? ¿Natal? ¿¡No vamos a Rio!?

–No, he pensado que me apetecía pasar unos días en el Kilombo Villas & Spa de la playa de Sibaúma.

–Ese no era el plan.

–¡Quita chucho! –sigue batallando Warren ajeno a su destino.

–No trates así a Mr. Chow, su psicoterapeuta dice que es muy sensible al rechazo. Tú amigo es muy delicado –me dice Puppy a mí– teniendo en cuenta la clase de animales que van a olisquearle a él en la cárcel. 

*** 

Llegamos al aeropuerto de Natal y desembarcamos cada uno por nuestro lado para no llamar la atención. La discreción es básica en situaciones de fuga, eso lo sabe cualquiera… 

…Cualquiera menos Puppy, que tiene esperando a toda una comitiva de portamaletas, guía turísticos, chóferes y el director del resort esperando con un gran cartel que pone nuestros nombres. Lo he pensado detenidamente durante el viaje, ya puestos a ocultarse de la justicia, qué menos que hacerlo en un resort de lujo. ¡Aquí empieza nuestra aventura brasileira!

 

EL CRACK (el serial) - Capítulo XX

Viernes, 6 Marzo 2009

¿Qué puede salir peor? 

telefonoriado.JPG

–¿Estás ocupado? –pregunta Mr. Traill asomando la cabeza por la puerta del pequeño despacho con glamour que me he montado en medio de la montaña de sordidez que es la Funeral Home de Mr. Traill. Es lo único que no huele a muerto.

–Estoy liado, pero pasa, pasa –le hago una seña con la mano para que pase mientras cierro el buscaminas del ordenador.

–Quería consultarte sobre ciertas facturas.

–Dispara.

–Tengo un montón de cuentas de restaurantes.

–Gastos de representación.

–¿Una botella de Terrier-Jouet?

–Gastos de representación.

–¿Centro de estética?

–Gastos de representación.

–¿“China Loto Massage House”?

–Gastos de representación.

–¿Masajes como gasto de representación?

–No seas absurdo, Traill, no eran masajes, sino putas –me mira estupefacto, quizás no entienda mi concepto de ‘gastos de representación’–. Fue para una pequeña reunión de “negocios” con una de las mayores fortunas de la ciudad. Ya sabe, cliente contento en vida, mucha pasta para nosotros una vez muerto. Y es una inversión a recuperar a corto plazo. Cáncer de colon. Yo iría reservando hueco para mayo.  

Sigue mirándome estupefacto, debe pensar que soy totalmente insensible a la tragedia humana que supone la muerte, pero lo cierto es que no lo soy. Bueno, sí, soy insensible a cualquier tragedia humana de cualquier muerte que no sea directamente la mía. Parece salir del shock y decide continuar con las facturas. 

–¿Y esta factura de servicios médicos?

–Déjame ver… Sí, a partir de ahora recibirás una cada mes.

–Tenemos seguro médico.

–No, no, no se trata de que me estén tratando, ni nada así. A ver cómo le cuento esto sin embarrarlo demasiado. Digamos que yo tengo un amigo, y que este amigo trabaja en el servicio de oncología de un prestigioso hospital para ricos. Este amigo de vez en cuando me llama para preguntar cómo estoy y de paso se le escapa, accidentalmente por supuesto, quién se está tratando allí. Entonces yo, casualmente me doy cuenta de que tengo a ese posible cliente en mi lista de visitas pendientes… lo que nos lleva a reuniones en China Loto Massage House, o sitio similar, donde aprovecho para cerrar un sustancioso contrato para hacernos cargo de su sepelio. 

De nuevo me mira con la boca abierta. A insensible se le unen los adjetivos de amoral e ilegal en su cabeza. 

–Riado, esto es lo más…

–Sí, lo sé, lo sé, no tiene porque darme las gracias –por su cara veo que no es precisamente lo que me iba a decir–, ya estará más agradecido cuando todos esos contratos se hagan efectivos.

–Así no es como yo he hecho negocios toda mi vida, y antes que yo mi padre.

–¡Cierto!, por eso me necesitaba. Soy un visionario, Traill, estoy cambiando el modelo de negocio de las pompas fúnebres. Mi gran drama personal es que no puedo contar al mundo la genialidad de mis técnicas, por aquello de la competencia…

–Y por miedo a la cárcel, ¿no? 

*** 

Mamá me espera sentada en una mesa de la terraza del Rise, uno de los restaurantes del Ritz-Carlton con magníficas vistas a la Estatua de la Libertad. Está pensativa, raro en ella que siempre está en actitud vigilante, descubrir los eternos 100 errores que la rodean y de los que no deja de quejarse continuamente. Al sentarme me pregunta “¿no son las vistas maravillosas?” en vez de algo más característico de ella como “los camareros son unos patosos insufribles” o “¡Dios sabe con qué limpian la cubertería!” u “odio los espacios abiertos, deberían hacer el mar más pequeño”. Definitivamente está rara, está como… ¿feliz?  

–Rafael, cariño, la verdad es que he venido a Nueva York a contarte algo –¡oh, oh, la confirmación de que algo pasa!–. Comprenderás que el divorcio de tu padre y yo no ha sido nada traumático, sólo en el terrero económico, único motivo por el que seguíamos juntos. Creo que no hacíamos el amor desde mediados de los noventa –esa es más información de la que necesitaba– y cada uno hacíamos nuestra vida como bien podíamos. Discretamente, pero cado uno con su vida. Este viaje es para…

–¿Interrumpo? –pregunta un caballero de unos 35 años, bronceado y apuesto, con bigote y media sonrisa.

–Me temo que sí –respondo agriamente sin comprender porque un extraño se entremete en una conversación madre-hijo.

–¡Rafael, tus modales! Por supuesto que no –le dice al extraño, que parece no ser tan extraño para ella–, siéntate. Rafael, quiero presentarte a Xavier. 

¿De qué va esto? ¡¿De qué va esto?! ¡¡¿De qué coño va esto?!! 

*** 

Quiero llamar a Belinda y contarle la cena con mamá, pero por alguna razón me siento sucio y evito su contacto. ¡Ah, sí! Porque se supone que estamos saliendo y me he acostado con Catherine Maxwell. En mi laxo sistema de valores no debería contar, porque ni siquiera me terminaba de gustar, pero por alguna razón inexplicable siento un desasosiego inédito en mí. ¿Será lo que llaman remordimientos?  

*** 

Asisto a una reunión de negocios. Tengo una nueva oferta de trabajo. He decidido organizar algunos eventos de manera freelance para hacerme un nombre fuera del terreno funerario. Después de todo tengo mucho tiempo libre ya que el trabajo duro de la funeraria lo está llevando todo Ayako solita. Es una joya de chica. Debería pagarle algo, pero va en contra de mis principios pagar por algo que puedo conseguir gratis. Me reúno con el mandamás de la firma Ron Akran Events Planners. Me hago un poco el interesante pero acepto sin condiciones el encargo: una acto de presentación de un fondo de inversiones nuevo que según lo quieren publicitar va a ser un blindado anticrisis financiera. Me tengo que poner a las órdenes del responsable que Capitalia Investors. ¿De qué me suena la dirección que me da? 

***

Me sonaba la dirección sobre el papel, y me suena cuando estoy en la puerta del edificio. ¡Aquí he estado yo antes! ¿Pero cuándo?  

Subo hasta la planta de Capitalia Investors. ¡Cómo me suena la recepción! ¡Y la recepcionista estilo voguette que la custodia! ¿Habrá sido un ligue mío? 

Me apoyo en su mesa y le digo con una de mis sonrisas patentadas que vengo a ver al director de eventos (o puesto equivalente) de parte de Ron Akran Events Planners. Hace una llamada por teléfono y me sugiere que me siente a esperar. Yo permanezco de pie y me afano en descifrar dónde he visto yo antes el cuadro impresionista que tienen colgado en la pared. 

–¿Rafael? 

¡Cómo me suena esa voz! Me vuelvo y allí está él, con su cara de “me alegro verte” a la que respondo con una mirada de “ojalá te mueras”.  

*** 

Son las tres de la madrugada cuando llamo por fin a Belinda.  

–¿Te he despertado? –pregunto sabiendo por su somnolienta voz que es así.

–Pues me temo que no suelo estar despierta a las tres de la madrugada. Porque eres consciente que son las tres de la madrugada, ¿verdad?

–Yo…

–¡¡Las tres!!– me grita.

–Lo siento.

–Eso después de no dar señales de vida en cuatro días. ¿Por qué me llamas ahora justamente a las tres de la madrugada?

–Los dos últimos días han sido los más horribles de mi vida.

–¿Y me lo vas a contar?

–Sí, para eso llamo –digo quejumbroso como un niño desvalido.

–¿También eres consciente de que hay psiquíatras en Nueva York para este tipo de cosas? Los llamas y te escuchan…

–Pero no a las tres de la mañana.

–¡Ah, vale! No me has llamado porque te salga más barato, sino porque nadie te escucha a las tres de la mañana, salvo una idiota como yo, a la que no debe importarle que no des señales de vidas en cuatro días y reaparezcas de buenas a primeras llamando a las tres de la mañana.

–No ha sido buena idea –digo para colgar.

–Déjalo. ¿Por qué ha sido tan horrible estos dos últimos días? –me pregunta.

–Todo empezó cuando quedé con mamá…

–No, no –me interrumpe–, la versión corta, máximo dos minutos. 

Me quedo callado, a lo que me advierte que el tiempo corre, y a lo que respondo que necesito ordenar ideas para sintetizar. 

–Está bien, allá va el resumen: Mi madre se casa con un tipo 20 años más joven que ella y que evidentemente va por mi… quiero decir, su dinero. Obviamente tendré que matarlo, pero aún no tengo claro cómo no terminar en la cárcel. Tengo que montar un evento para Capitalia Investors, ¿y sabes a quién debo rendir cuentas?

–Las preguntas retóricas consumen tiempo innecesario.

–A Robert, mi ex-asistente, el traidor de Robert. Evidentemente también debo matarlo, lo que me complica las cosas muchos, ya que no es lo mismo hacer desaparecer un cadáver que dos. Por lo visto Ridao-Blackman, mi antigua empresa, se ha disuelto y ahora lo que queda se ha renombrado como Capitalia Investors. Esto me pasa por no leer el Wall Street Journal.  

Suena un aviso de llamada entrante. 

–No cuelgues, Bel, enseguida vuelvo.

–Rafe –la voz llorosa de Warren–, van a presentar cargos, me van a mandar a la puta cárcel. ¿Sabes qué hacen en la cárcel con los tíos guapos como yo?

–Enseguida estoy contigo –cambio de nuevo a Belinda–. Bel, cariño, te tengo que dejar, me tengo que ir a Brasil con Warren para que no lo metan en la cárcel.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XIX

Viernes, 27 Febrero 2009

Lo que pueden hacer las hormonas masculinas 

theannexny.JPG

Mi madre llegó a la ciudad revestida de toda su dignidad maternal afirmando que venía porque estaba preocupada por mí. Desde su sorpresiva aparición en mi funeral-debut la he visto en tres ocasiones más, todas ellas en las páginas de sociedad del WWD, siempre en primera fila de algún desfile de moda o posando con una copa en la mano. Se la veía en todas las fotos tremendamente consternada por lo mal que yo lo he pasado después de ser defenestrado por mi propio padre, abandonado por ella y sumergido en la indigencia. Por si no se nota, trato de ser sarcástico. ¡Ja! 

He mantenido en la última semana varias conversaciones con Maxwell Logistic hasta cerrar una cita de prospección. Les he hecho saber que estoy muy a gusto en mi actual trabajo lo suficientemente claro para subir mi caché, pero he sido lo suficientemente ambiguo como para mantener la puerta abierta a su propuesta. Es la primera regla en los negocios: ser inaccesible hasta el punto en que te compensa ser accesible. Eso me lo enseñó papá de pequeño, entre otras cosas. En los días de vacaciones mi madre mandaba al chofer a que me dejara en el mostrador de recepción con instrucciones de ser entregado a Papá, como si fuera una carpeta que se había dejado olvidada esa mañana en casa. Lo hacía por pura maldad, para estropearle el día mientras conseguía que alguien se hiciera cargo de mí. Siempre me he sentido muy amado en el seno familiar. De nuevo un sarcasmo, ¡ja! 

Una de esas veces, tendría yo siete años o así, le pregunté a mi padre que qué es lo que hacía él en el banco. Tras pensar detenidamente cómo ser didáctico en su explicación no tuvo mejor ocurrencia que decirme: “aquí nos dedicamos a dar dinero a gente que quiere comprar cosas pero no tienen dinero para hacerlo, después esa gente nos devuelve ese dinero y nos regala un poquito extra por el favor que les hemos hecho”. Entonces le pregunté que si para comprarme una bicicleta nueva ‘muy molona’ que había visto podía yo pedir dinero al banco. Y me respondió, de manera muy adulta, que pedir podía pedirlo, pero que no me lo darían porque yo no ganaba dinero, y que un banco nunca da dinero a quien no puede devolverlo (eso era por los años 80, ¡hay que ver cómo han cambiado las cosas!). Yo, siguiendo el hilo del razonamiento con mis siete años, le dije que si yo tuviera dinero no lo pediría, me iría corriendo a comprar la bicicleta. Y ahí es donde me soltó que una cosa es tener dinero y otra disponer de él, que sólo hay que dar al que ya tiene. Y esa ha sido mi máxima toda mi vida “dar al que ya tiene”: ofrecer trabajo al que ya está ocupado, interesarme por mujeres que ya tienen pareja, hacerme amigo del que tiene una amplia red de amistades… 

Por eso sé que si no estás trabajando o no te muestras a disgusto con tu posición, nadie te va a ofrecer condiciones laborales interesantes. No podía dar sensación de desesperación por cambiar de aires aunque estuviera deseando dejar de trabajar con difuntos y empezar a tratar con clientes más… ¿cómo decirlo?… ¡vivos! Primero sugerí un encuentro informal en plan almuerzo con Catherine Maxwell, lo que es como decir “ey, no me interesa lo que me vas a proponer, si quedamos a comer al menos no perderemos totalmente el tiempo en la reunión, porque al fin y al cabo todos tenemos que comer” (menos la modelos, claro). Ayako y la asistenta de Maxwell terminaron por arreglar una cita para el miércoles en la presentación de un nuevo restaurante que organizaba Maxwell Logistic, era ideal, porque así me enseñaban de paso su manera de hacer las cosas en el mundo de la organización de eventos. 

Mientras llega el miércoles tengo que hacer algo para animar a Warren. La Comisión Reguladora ha inmovilizado uno de los fondos de inversión libre que gestiona porque han detectado irregularidades contables. No pueden acusarlo de nada mientras no desentrañen toda la ingeniería financier con que se enmaraña la gestión de estos fondos, pero por lo que pueda pasar le he regalado un curso de portugués en DVD y una guía de viaje de Brasil, por si llegado el momento… El ataque de llanto que le dio con mi pequeña bromita me hace temer lo peor. (¿Por qué nadie aprecia mi sentido del humor?) 

Lo he convencido para que salgamos a comernos la ciudad, como en lo viejos tiempos, como antes de esta maldita crisis que a todos nos descabala. Le obligo a ponerse guapetón y nos lanzamos a recorrer los locales más cool del momento. Hay una fiesta en The Annex y nos acercamos a ver stiletto girls de faldas ultracortas y pechos reafirmados en clínicas de estética. Me siento un poco culpable (una sensación nueva para mí) porque he llamado a Belinda y he fingido un catarro. Ya llevamos un par de meses viéndonos con regularidad y sin saber cómo hemos pasado a esa etapa de las relaciones en las que se supone que debes de dar explicaciones de dónde vas, cómo y con quién. No era cuestión de contarle que iba a dejarla plantada para salir con Warren para animarnos conociendo chicas neoyorquinas hambrientas de sexo, una tía no comprende esas cosas de hombres. 

Nos situamos en un sillón circular de la segunda planta del nightclub mientras el grupo del hermano de Chloë Sevigny toca en el pequeño escenario. El local tiene cierto aire a bar cutre de carretera del medio oeste. Y las luces rojas le dan un toque más sórdido si cabe. Nada más llegar un grupo de amazonas de mirada lasciva nos ha echado el ojo (bueno, quizás no sean tan lascivas, y lo que sea lascivo es sólo mi pensamiento). El grupo ‘Sex in the city’ no nos pierde ojo, eso sí es cierto. Nosotros no se lo perdemos a ellas, pero no lo saben porque parecemos los Blues Brothers con las gafas de sol puestas. Nuestro amigo Curtis, de la firma de inversiones donde trabaja Warren, se une a nosotros y enseguida se percata que estamos en plan leones de National Geographic que acechan sigilosos a las gacelas que van a ser su cena. 

–Jo, hermano, cómo me pone la gordita de los Jimmy Choo –me dice Curtis babeando.

–Curtis, darling –le digo con mucha calma–, primero, no me llames ‘hermano’, eso es un modismo afroamericano y mi moreno no es genético sino de buenas vacaciones en el Caribe y mantenimiento posterior en salones de belleza. Dos, eres un pervertido, con cuatro tías que quitan el hipo te fijas en la bajita y rechoncha. Y tercero, eres gay, ningún tío hetero capaz de valorar unos Jimmy Choo haría un comentario que evidenciara que sabe qué son unos Jimmy Choo, menos a otro tío. Y cuatro, quítame la mano del muslo que te estás poniendo bestia a mi costa. 

Curtis me ignora, se levanta y aborda a la gordita. En menos de cinco minutos ya somos un grupo mixto de ocho. Se nota que son profesionales, no profesionales del tipo que te dicen que aceptan tarjeta mientras se visten, sino profesionales de los negocios. Dos de ellas, las más guapas, desaparecen al poco para ver si consiguen un ‘autógrafo’ de Paul Sevigny, pero la verdad es que intentan que sus amigas menos agraciadas mojen seguro. La gordita, que en verdad, después de tratarla, me parece de lo mejorcito de la reunión (tiene eso no-sé-qué terrenal que pone), va al baño y segundos después Curtis desaparece tras de ella. Todos sabemos que no volveremos a verlos pero nadie dice nada. Queda una pelirroja de pechos generosos y una brunette con pinta dominatrix. Como el que está depre y a punto de ir a la cárcel es Warren le cedo tácitamente la pelirroja y me resigno a dar palique a la dominatrix, pero tengo claro que no va a pasar na… 

*** 

La cabeza me da vueltas. Creo que he bebido demasiado.

–Oye, ¿tú como te llamas? –le pregunto a la dominatrix.

–Cat –me responde mientras me empuja y me saca de encima de ella. 

Ha sido un polvo de los escandalosos. Aún estamos vestidos, lo suficientemente desabrochados para llegar al orgasmo, pero vestidos. No es que me apeteciera mucho hacerlo con ella, pero soy un caballero y me parece feo decepcionar las expectativas de las damas a las que acompaño a su casa. 

–Yo me llamo Rafael –le digo mientras me abrocho la camisa.

–Ya lo sé.

–Ah, me has visto en las revistas.

–Más o menos –se ríe– aunque no era así como tenía programado que nos conociéramos

¿“No era así como tenía programado que nos conociéramos”? ¡Joder! ¡Una caza-famosos! Alguna vez me tenía que tocar. Hay psicópatas de estas que persiguen a gente que sale en las revistas a montones. Están todas locas, se enamoran de ti por una foto en una revista, y se recorren los lugares de moda hasta dar contigo. Después despliegan sus armas de mujer para llevarte a la cama, y al final te encuentras en una vorágine de malos rollos que pueden terminar hasta en los juzgados. ¡Ahí tienes al pobre Boris Becker! 

–¿Te vas? –me pregunta al verme recoger la chaqueta.

–Sí, es que tengo una reunión y…

–¡Qué comportamiento tan grosero! –me dice medio divertida–, te aprovechas de una dama y te largas casi sin decir adiós.

–Mira, Pat…

–Cat.

–Lo que sea… No sé si te has hecho una idea equivocada de lo que ha pasado aquí, pero estoy en una relación y no sé, esto no estaba programado, y es mejor que hagamos como si no hubiera sucedido.

–Eso sí es grosero de veras –me responde seria.

–¿Qué quieres que te diga? No nos conocemos de nada, no sé qué pensabas que ocurriría cuando nos conociéramos. “No era así como tenía programado que nos conociéramos” –la imito–. Madura, el mundo real no es como el que sale en las revistas, y menos como el que te hayas podido montar en tu cabeza.

–Creo que estás equivocado…

–La verdad es que no debería haberme acostado contigo, culpa mía, lo sé. Pero tú me has buscado, y no soy más que un hombre, debes asumir que no habríamos terminado aquí si tú no hubieras querido. Es más, yo ni siquiera quería acostarme contigo, no eres mi tipo, tía, así que no te montes fantasías de que vayamos a mantener una relación sólo por…

–Creo que has dicho bastante –me interrumpe plantándose frente a mí con una mirada realmente dura–, por favor, vete, porque estoy a punto de abofetearte y no quiero rebajarme a mancharme de mierda. 

Levanto las mano en señal de “ok, ok, lo que tú quieras” y me dirijo a la puerta.  

–Mr. Ridao –me dice de pronto cuando estoy en el pasillo de los ascensores–, no se preocupe mucho por la reunión de mañana, se acaba de quedar su agenda desierta.  Me vuelvo sin comprender.

¿De qué está hablando? Definitivamente está loca. Al llegar a conserjería me asalta una duda. Despierto al portero, que se ha quedado frito en su silla (qué manera de ganarse un sueldo). Quiero preguntarle algo y sólo hay una manera de sacarle una información que no puede dar… con amenazas. 

–¡Vaya! ¡Durmiendo! Esto no es algo que a la comunidad de propietarios le agrade en absoluto. Un portero roncando mientras cualquier psicópata puede entrar delante de sus narices y matar a un inquilino –se ha puesto lívido–. Pero tiene suerte, porque ha sido una noche estupenda, y a cambio de un poco de colaboración estoy dispuesto a obviar su narcolepsia. Esta noche he conocido a una señorita fantástica y me encantaría mandarle mañana flores, desgraciadamente no tengo su nombre completo y sería de muy mala educación subir y confesar que no me quedé con su nombre, ¿me entiende? Si fuera tan amable de darme el apellido de Cat, que vive en el apartamento 306… 

Se lo piensa un segundo y dictamina que un apellido no puede comprometerlo y sí salvar su puesto de trabajo. 

–Se refiere a la señorita Maxwell.

–¿Cómo dice?

–La 306, allí vive la señorita Catherine Maxwell. 

¡Oh, my god! Catherine Maxwell. “No era así como tenía programado que nos conociéramos”. “No se preocupe mucho por la reunión de mañana, se acaba de quedar su agenda desierta”. Definitivamente soy gilipollas, y el tío con más mala suerte del mundo. 

EL CRACK (el serial) - Capítulo XVIII

Viernes, 13 Febrero 2009

De nuevo en la cresta de la ola 

cresta-ola.JPG 

Soy la nueva estrella de la ciudad. El ‘It Boy’ del momento, como me va a definir Vogue en su edición de abril. Vuelvo a brillar más que nunca. Si antes era un prometedor financiero que alternaba con bellas modelos y ricas socialités, ahora soy un “brillante organizador de eventos que le ha dado al negocio funerario un nuevo halo de exclusividad y buen gusto”. Es la enésima vez que releo la frase esta de la reseña que el WWD me dedica hoy. Tomo un sorbo de mi café, sentado en la mejor mesa de Chez Le Chef, y releo una vez más el artículo que me han dedicado, y donde salgo enfundado en un rayado traje oscuro de Dior Homme diseñado por Kris Van Assche (el último que pude comprar con la tarjeta de la empresa antes de que papá me despidiera) tomando una copa con una imponente Wendi Murdoch (esposa de Rupert, que me preguntaba si estaría dispuesto a organizar el próximo año su 41 cumpleaños). Si no fuera por el texto nadie diría que se trata de un funeral. Una belleza rubia sentada dos mesas más allá no me pierde ojo. La he pillado y le he dedicado una de mis sonrisas patentadas. Cuando pido la cuenta se decide y se acerca a mi mesa. “Me preguntaba si me pudiera usted dar un autógrafo” me dice tendiéndome un ejemplar del WWD como el que llevo leyendo toda la mañana. Decididamente soy la nueva sensación de la ciudad. 

*** 

Puppy hizo perfectamente su papel. Todo Park Avenue se había congregado en el funeral de Edgard de Falco. El nombre se nos había ocurrido en un brainstorming de última de hora. Yo quería un toque latino, de ahí lo de ‘de Falco’ que sonaba como a italiano y a rancia nobleza, mientras que Warren apostaba por un toque British y así surgió lo de ‘Edgard’. Ayako propuso nombres orientales, pero 1) el fiambre tenía de oriental lo que yo de padre de familia de suburbio barato que compra su ropa en tiendas de superdescuentos, o sea, nada, y 2) nadie de Park Avenue iría al funeral de un asiático a menos que fuera acreditadamente millonario y tuviera fuertes lazos comerciales con los esposos de las Parkavenuettes (incluso si es así siempre buscan excusas creíbles para no ir a eventos de asiáticos, hispanos o irlandeses). 

Ayako y yo íbamos pertrechados por intercomunicadores con Bluetooth para estar siempre enlazados. Ella se ocupaba de ir situando a la gente en sus asientos: prensa a la derecha, personalidades a la izquierda, celebridades en el frontrow… Puppy ejercía de anfitriona y recibía el pésame de los invitados, ya que nadie tenía realmente certeza de quién era el tal De Falco ni qué familiares del difunto estaban presentes. Lo único cierto es que el rumor de que un potentado había muerto y que su funeral era el sitio justo donde dejarse ver se había extendido como la pólvora. Puppy es experta en eso. Basta con que diga que tal peluquero hace las mejores mechas de la ciudad para que su libro de reservas se cope hasta 2021.  

A todo el mundo le encantó la somera ceremonia de adiós, las concisas y sentidas palabras de Puppy en su Balenciaga de estreno, y lo rápidamente que dejamos el desagradable ritual funerario para pasar al salón contiguo donde un ágape chic estaba dispuesto al son de un ameno, pero respetuoso, cuarteto de cuerda que estimulaba que los invitados se mezclasen y se divirtieran (moderadamente… era un funeral). 

Mr. Traill regresó cuando la fiesta estaba en su apogeo. Llegó temprano como de costumbre pero no le dejé entrar. Me dijo que cómo me atrevía a negarle la entrada a su negocio, a lo que le respondí que podía ser su negocio, sí, pero que a un evento mío no entraba nadie con un traje de poliéster. Le sugerí que se acercara a Lord & Taylor y se hiciera con un buen traje de Hart Schaffner Marx, que no eran especialmente caros y se habían puesto muy de moda gracias al nuevo Presidente. Viendo mi determinación a no dejarle pasar, y siempre refunfuñando, decidió hacerme caso. Cuando volvió se quedó helado de ver la enorme convocatoria que habíamos tenido. Disfrutó unos instantes de la animación y se retiró a su despacho. 

Lo más curioso era el escuchar lo que la gente decía cuando se acercaba al féretro. “Pobre Eddy, si parece que fue ayer cuando lo vimos tan lleno de vida” exclamó una señora ultradelgada cuyo marido ha cobrado un jugoso dividendo mientras el banco que dirige ha tenido que ser rescatado por el Gobierno. Warren y yo nos miramos y pusimos cara de perplejidad. Aquello empezaba a ser una experiencia de histeria colectiva. Todo el mundo parecía conocer a De Falco muy de cerca, y no precisamente de haberlo visto rebuscando en la basura rodeado de gatos, que era lo más probable que hubiera hecho en los últimos años de su vida. Una editora de moda se acercó a mí, me felicitó por la organización y señaló cuán original le parecía haberle puesto guantes al cadáver. “Un toque muy chic” me dijo. No le parecería tan chic su supiera que era para disimular la falta de parte de los dedos comidos por los gatos. 

Una voz a mis espaldas dijo.  

–No tiene nada de buen aspecto. 

Me volví y descubrí a una terrible amazona de pómulos marcados y enorme casco de peluquería enfundada en unas carísimas pieles de chinchilla. ¡Era mamá! No sé cómo me había localizado. La sorpresa inicial no evitó que notara pequeñas variaciones en su rostro: las bolsas de los ojos habían disminuido drásticamente, el óvalo de la cara estaba reafirmado y el descolgamiento de la papada corregido (una lipectomia submental clara). Empiezo a sospechar que su retiro no ha sido precisamente para esquiar. Le di dos besos con más sorpresa que entusiasmo y me repitió señalando el cadáver: 

–Digan lo que digan yo le veo muy mala cara.

–Será porque está muerto, ¿no? –le respondo fastidiado por sus ansias de estropear mi éxito–. ¿Qué haces aquí?

–Quería visitarte y ver si te hacía falta algo.

–Un poco tarde, ¿no crees? Esta visita la hubiera necesitado cuando papá me despidió y me dejó en la insolvencia. ¡En la calle!

–Querido, yo tampoco estaba pasando mi mejor momento.

–¿A qué has venido, mamá?

–A verte, claro. A ver cómo está mi niño y qué necesita.

–¿A qué has venido, mamá?

–¿Pero a qué voy a venir?

–¿Entonces no piensas ir a los desfiles de la Semana de la Moda?

–Bueno… Ya que estoy aquí… 

Pillada total. Sólo ha venido por los desfiles. Así que muy dignamente la acomodo en una de las últimas filas, pero sin saber cómo, en cuanto me doy la vuelta, se pertecha en primera fila. Como no quiero un enfrentamiento directo mando a Ayako para que la devuelva a su sitio asignado. A los tres minutos recibo una llamada por el intercomunicador: “tenemos un problema”. 

–Mamá, ese sitio está ocupado –le digo tras acercarme.

–Yo no veo a nadie en él.

–Porque todavía no ha llegado, es para una editora de Vogue.

–Estás loco si piensas que una editora de Vogue va a venir a esto.

–No me gusta nada ese tonito que usas en el “esto”. ¿Si te parece tan cutre por qué no te sientas donde te he asignado?

–No ha nacido aún quién me quite un fontrow -me responde rechinando los dientes.

–¡Mira, haz lo que te de la gana! 

La dejo por imposible y decido ignorarla en lo que resta. Por todo lo demás todo sale a pedir de boca. 

*** 

Son las 13:15 cuando llego al trabajo. Empiezo a recuperar mis hábitos laborales, entre los que está dedicar las mañanas a las relaciones públicas fuera de la oficina. Cuando arribo me informan que Mr. Traill ha preguntado por mí desde primera hora y que está que echa chispas. Anita me explica que esta mañana empezó a revisar facturas y que tubo que tomarse medio bote de pastillas para el corazón. Dice que dijo “lo que no ha conseguido mi ex-mujer, lo va conseguir este chico, llevarme a la tumba o la ruina”, y por lo visto debe ser algo terrible, porque según me cuenta Anita gracias a su ex terminó en la UCI con un ataque al corazón y en la calle sin nada tras el divorcio. Me advierte que vaya con cuidado, que guarda un arma en el escritorio y tiene el ánimo propicio para usarla.  Entro un poco atemorizado en el despacho.

Y para mi sorpresa… ¡Mr. Traill me abraza! Por lo visto en el tiempo que va desde que revisó las facturas a primera hora a cuando yo he llegado, ha recibido una llamada para encargar un funeral de un industrial muy conocido, una agencia de alto standing quiere cerrar un acuerdo de subcontrata para que nos hagamos cargo de los sepelios de sus clientes, y una niña pija con un fondo fiduciario de un millón de dólares quiere que organicemos el adiós a su chiguagua. Ha hecho cuentas y cree que mi pequeño funeral-presentación ha sido la mejor inversión de su vida. 

Salgo de la oficina muy orgulloso. Por fin alguien reconoce mi talento. Siempre le estaré agradecido a Mr. Traill por haber confiado en mí. Me suena el móvil. 

–Buenos días, ¿Rafael Ridao?

–El mismo.

–Soy Catherine Maxwell de Maxwell Logistic –¡Dios, la empresa de organización de eventos de élite más importante de Nueva York!–. Estaría interesada en reunirme con usted, creo que tengo una oferta que le va a interesar. 

¡Gracias Mr. Traill por haber confiado en mí! Pero los negocios son los negocios.