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EL CRACK (el serial) - Capítulo XVII

Viernes, 6 Febrero 2009

Conservar en frío

arcon-frigorifico.JPG 

–¿Dice que varón, caucásico, de 53 años, alrededor de 1’70 de estatura? 

Por un momento pensé que las estadísticas me iban a fallar. Aquel funcionario miró un segundo Ayako y pareció dudar de la historia del tío carnal, oveja negra de la familia, que llevaba un tiempo sin aparecer por casa. 

–¿Caucásico dice?  

Ella afirmó con la cabeza intentando parecer apesadumbrada, como una buena sobrina preocupada por su descarriado tío. El de la morgue se rascó la coronilla no muy convencido. 

–Pero usted, señorita, es asiática.

–Eso, querido señor funcionario, es algo evidente –intervine yo. 

Hubiera preferido que Ayako se hubiera encargado del asunto, ya que intuía que estábamos cometiendo al menos una decena de delitos claramente tipificados en el código penal al reclamar un cadáver con el que no teníamos ninguna relación. Pero al ver las reticencias del funcionario (demasiado diligente para ser funcionario, me parecía a mí) opté por mediar y resolverlo con mi pasmosa habilidad de improvisación. 

–Pero ella pregunta por un caucásico, y ella es asiática.

–¿Qué tiene en contra de los matrimonios interculturales? Su madre es americana, así como su tío. ¿Qué ley obliga a los asiáticos a casarse entre ellos? 

El tipo se encogió de hombros y nos hizo señas de que lo acompañáramos. Nos llevó al depósito municipal y le pidió a un tal Diego por un interfono que sacara a Mr. Gatos. Se dio cuenta de su metedura de pata y trató de explicarnos que allí ponían nombres a los fiambres para darle un toque ‘humano’. Al que llamaban Mr. Gatos lo habían descubierto en un callejón de la 136 West. 

–Estaba un poco… comido por los gatos, por eso le llamamos Mr. Gatos. En caso de que sea su tío quiero que nos disculpe por el ‘apelativo’ que le hemos puesto. Pero al no llevar identificación encima tendríamos que nombrarlo por el número de registro de llegada y para nosotros es mucho más complicado llamarlos por números.

–¿Estaba muy ‘comido’ por los gatos? –pregunto.

–Oh, no, señor, un poco los dedos. 

Llamo aparte a Ayako y le digo que lo de los gatos me preocupa. No podemos exhibir un cadáver mutilado. Que cuando saquen el fiambre que espere a que le de yo el visto bueno, y si no es viable sólo tenía que decir que ese no era su tío y que le sacaran. Después de todo,  los vagos datos identificativos que habíamos dado para reclamar el cuerpo estaban sacados de las estadísticas de los sin techo que mueren a diario en las calles de la ciudad. Tenía que haber al menos una docena de tipos como aquel a la espera de nuestra adopción. 

El tal Diego, obviamente un ex-presidiario de manual por los tatuajes y la corpulencia conseguida tras horas y horas de pesas en el patio de la cárcel, apareció detrás de un cristal y abrió una especie de enorme archivador de fiambres. Le destapó la cara a Mr. Gatos y su compañero le preguntó con la mirada a Ayako si ese era su buscado tío. Ayako me miró a mí. Me aproximé al cristal y pude comprobar que Mr. Gatos tenía la cara intacta. Sí, quizás le faltaran algunas falanges de las manos, pero nada que no se pudiera ocultar con unos guantes. Es más tenía en el rostro cierta dignidad de importante financiero de Wall Street que sólo la da la dura vida de la calle o la subsistencia en las altas torres del poder neoyorquino. Era perfecto. Le di el sí a Ayako y esta inmediatamente empezó a llorar repitiendo “¡mi pobre tío!, ¡mi pobre tío!” 

El funcionario nos acompañó hasta afuera y le pidió a Ayako que firmara unos papeles para hacerse cargo del cadáver. Yo estaba encantado: mi plan estaba en marcha. Escuché al tipo de la morgue decir “y eso es todo, señorita”. Me sorprendió lo fácilmente que uno se puede hacer con un cadáver en Nueva York sin cometer un delito, me refiero sin tener que matar a nadie uno mismo, porque desde luego que estábamos cometiendo un delito reclamando a Mr. Gatos para montar mi funeral-degustación. El funcionario le estaba dedicando unas palabras de consuelo a Ayako cuando yo le pregunté: 

–Oiga, ¿y esto cómo va? ¿Nos lo sirven a domicilio o tenemos que recogerlo nosotros? 

*** 

–Estás loco.

–Es la decimotercera vez que lo dices desde que has llegado y empiezas a repetirte. ¿Has venido ayudar o a insultarme? 

Warren se había tomado la mañana libre para ayudarme con los preparativos. Era la excusa ideal para seguir escondiéndose del caballero de la Comisión Reguladora de la Bolsa de Nueva York que lo buscaba insistentemente. Warren es un ejecutivo-avestruz, prefiere esconder la cabeza hasta que todo le estalla en vez de enfrentar los problemas. Cosa que a mi me vino de perlas para convencerlo de que me echara una mano en mi debut de “Funeral Planner: Death with style is heaven” (así rezaban mis nuevas tarjetas de presentación. 

Mr. Traill llegó y se quedó anonadado ante el despliegue. El equipo de decoración había transformado radicalmente la sala principal. Yo le había dicho al decorador “quiero esto” y le había tendido el número de octubre de Vogue donde se podía ver el blanquísimo apartamento parisino de Karl Lagerfeld. Enseguida lo pilló. Y a primera hora de la mañana se había empezado la remodelación de la sala de duelos para convertirla en un ambiente totalmente chic y futurista lagerfeldiano. Madera lacada en blanco, terminaciones niqueladas. Cristal, mucho cristal. 

–¿Qué es esto, Riado? –me preguntó Mr. Traill sin creer lo que veía.

–Buenos días, Traill, ¿le gusta? En un par de días tenemos la inauguración.

–Ridao, yo no he aprobado…

–No se preocupe por el dinero, hemos llegado a un acuerdo bastante interesante de pagos a plazos. De todas formas con el primer encargo que consigamos con la nueva política de eventos de lujo sacaremos un gran margen. Mire el informe de las nuevas tarifas que le propongo y que he dejado sobre su mesa.

–¿Pero en qué está convirtiendo esto?

–¿Usted confía en mí? –su cara reflejaba un clarísimo “no”– ¡Pues claro que confía mí! Si no para qué me habría dado el puesto de Style Director.

–¿“Style Director”?

–No, no, el atril de metacrilato de Philippe Starck no va ahí –y lo dejo con la palabra en la boca, no tengo más ganas de que me cuestionen, para eso ya tengo a Warren. 

*** 

La misión de Warren es limar asperezas con Puppy. Si alguien puede congregar a todo Park Avenue en un evento esa es ella. Mi orgullo no me permite rebajarme ante mi ex, por eso Warren tendrá que hacerlo por mí. Por otro lado Ayako está encargada de la convocatoria de prensa. Queremos que las editoras más chics de Nueva York cuenten a sus lectores que nuestros funerales son los que más clase tienen en la ciudad. Ya hemos confirmado la asistencia de gente de New York Magazine, Paper, Harper’s Baazar, Vogue, Village Voice, Elle, W, Style.com, Interview, Nylon y WWD. En un principio pensé hacer un evento para ejecutivos, pero después caí en la cuenta de que de estas cosas de la muerte siempre son las mujeres las que se ocupan. A ver si hago un hueco para invitar personalmente a Scott Schuman, de The Sartorialist. Suena mi móvil. Es Warren: Puppy colaborará pero quiere hacer el panegírico del difunto ella. Tiene un Balenciaga en el armario que todavía no ha estrenado y teme se le pase de temporada sin lucirlo, así que esta es la excusa perfecta. ¡Qué superficial puede ser esta chica! 

*** 

El enfrentamiento definitivo con Mr. Traill ha venido cuando he querido contratar Pat McGrath para maquillar al difunto (nota: hay que ponerle nombre al muerto). Anita, la maquilladora habitual, se ha enterado y ha malmetido para que me pare los pies. Yo he cedido con lo de la maquilladora y he exigido a cambio que no cuestione mi selección de caterer, porque he leído un artículo sobre un nuevo restaurante especializado en comida sudafricana fusionada con la haute cuisine francesa y ya no quiero otra para este evento que no sea eso. 

La llamada de mamá llega en el peor momento. Ya ha terminado sus “vacaciones” post-divorcio junto a su amiguito. “¿Qué amiguito?” me pregunta ella cuando le echo en cara que lo haya preferido a él antes que consolarme a mí en mi desgracia tras ser despedido por mi terrible padre. “Pero no seas tonto, cariño, Raúl es sólo mi monitor de esquí”. La verdad es que no le entiendo muy bien qué es lo que dice que le ha enseñado hacer Raúl es sus ‘vacaciones’ porque tiene la lengua un poco estropajosa, juraría que balbucea, y eso es síntoma de que ha vuelto a tomar su ‘medicación’, que es como ella a su amigo Johnnie Walter. Me dice que me quiere, que me quiere mucho y que quiere también a alguien que ha pasado por su lado en ese momento (posiblemente una criada), que quiere a todo el mundo, y es que cuando le da al Black Label se poner de lo más cariñoso en plan comunión celestial. “Nos vemos el martes” dice, y cuelga. ¿El martes? ¿Esa es su manera de decirme que viene a Nueva York? ¿O es que en su estado de ‘felicidad terapéutica’ no tiene claro que hay unos 6000 kilómetros que nos separan? 

Espero que ese “nos vemos” signifique que me va a poner una videoconferencia, porque el martes es mi gran debut y lo que menos me apetece es tener a mamá acaparando la atención que me corresponde. Debo relajarme, todo está en marcha, ya va todo rodado. Sólo me tengo que preocupar de estar lo más relajado posible en estado de nirvana constante, cosa básica para mi cutis y fotogenia. Cosa que será así mientras no aparezca mamá por aquí, nadie se de cuenta que Mr. Gatos tiene otra familia y no precisamente asiática… y no se corte la luz y se me descongele el arcón frigorífico que hemos alquilado hasta el martes, porque la verdad es que lo que hemos guardado en él no está muy ‘fresco’ que digamos.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XVI

Viernes, 30 Enero 2009

Todo lo que necesito es una buena idea 

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Mi primer día en Traill Funeral Home había llegado. Había transcurrido una semana después de que aceptara el trabajo. El Sr. Traill insistía en mi inmediata incorporación, pero para mí eso era inviable porque 1) no quería parecer ansioso por cobrar mi primer cheque funerario y 2) tenía muchas cosas que preparar antes de ‘revolucionar’ el sector con mis grandes ideas. Al principio, he de confesar, sólo acepté por el dinero. Haber pasado por la experiencia de la tienda de cómics me había hecho valorar el dólar con un nuevo cariño, respeto e veneración. Pero después empecé a imaginar todas las posibilidades de ese nuevo puesto que me ofrecían y que en principio me había parecido peor que mi etapa comiquera. Lo peor de trabajar en la tienda eran las preguntas de los clientes que te consultaban como si fueras un oráculo. Siempre me ganaba la bronca del encargado. “Tienes que estar al día de todo y sugerirles que compren los números exactos en donde se aclaren sus dudas”. Por lo visto era un sacrilegio no saber en qué número Batman descubre que tiene un hijo o en el que Superman se convierte en un ser de energía azul pura. Aún recuerdo el último día en la tienda, cuando se me acerca un chaval de unos trece años y me pregunta “me he perdido algunos números de Uncanny X–Men y ahora no sé por qué el equipo vive en San Francisco”. ¡Y yo que creía que todos los superhéroes vivían en Nueva York, el único sitio del universo en que se puede ir por la calle embutido completamente en Lycra sin que nadie te dedique una segunda mirada! Por una vez me sentí creativo y contesté a la pregunta sin titubear. “¿San Francisco? Ummmm, déjame pensar. Sí, eso es porque todos los X–Men han salido del armario, y si compras los últimos cinco números de la serie verás mogollón de sexo explícito entre el tío grande de metal y ese de las gafas rojas que lanza rayos”. Una vez que sigo las recomendaciones del encargado y  me gano una bronca de aúpa (a pesar de que vendí 5 cómics).  

En la funeraria va a ser todo diferente. Se me da de muerte, con perdón, organizar fiestas. Sólo tengo que hace los ajustes necesarios para que en vez de pasarlo bien la gente se pueda regodear en su tristeza, que es más o menos pasar a la fase de las fiestas en que todo el mundo está trompa y se lamenta de lo mal que le va la vida. Pero en el fondo es lo mismo, la gente lo que quiere es algo con buen gusto que la gente pueda decir después “el mejor funeral ha que he asistido es el de…” Mi único problema es que estas ‘fiestas’ no son planificables, la gente no te llama y te dice “hola, quiero que organices mi funeral para dentro de dos semanas”, es algo que deben prever mucho antes y sin fecha. No es problema, ya se me ocurrirá algo. 

En mi primer día como ¿funerario? (nota: tengo que buscar un nombre más glamoroso para lo que ahora hago) resplandece un sol de enero fantástico, buena señal. A las puertas de Traill Funeral Home hay una chica de unos 22 años. Bueno, no soy adivino, he visto su edad en su résumé, la he contratado yo. Ayako va a ser mi nueva asistente. Llamé a una vieja amiga que trabaja en una empresa de organización de eventos de moda para que me pasara algún curriculum vitae que me fuera útil. Cuando llego a su altura de la chica le echo un buen vistazo de arriba a abajo. 

–¿Ayako?

–Sí, Mr. Ridao. La vuelvo a mirar atentamente. 

–Menos maquillaje, nada de pantalones, nada de rojo o amarillo, prohibido los maxi complementos, vetados Donna Karan y Armani, siempre tacón alto, medias sólo si aportan algo, no repito las cosas dos veces, no me gusta escuchar la voz de mis asistentes, no existe el horario laboral, cualquier hora es horario laboral. ¿Comprendes?

Hai, Mr Ridao. Me he permitido traerle un café para comenzar la mañana.

–No sabes cómo me gusta el café –le digo glacialmente.

Hai, por eso he traído de todo un poco –recoge una caja que tiene en el suelo a sus pies donde hay media docena de vasos cerrados de Starbucks con post-its sobre las tapaderas– para que elija.

–Café con leche, no muy cargado y azúcar moreno. 

La observo mientras saca uno de los cafés y lo adereza con azúcar que lleva en su bolso. Me gusta su estilo. No como el traidor de Richard, mi ex-asistente, que siempre me era útil a posteriori. Sí, me sacaba de comisaría, pero no evitaba que terminara allí. Sí, conseguía recuperar todo tipo de objetos y prendas que me iba dejando en casas de mujeres a las que no quería volver a ver, pero no evitaba que me dejara aquellas cosas olvidadas. Un buen asistente tiene que adelantarse siempre a las necesidades de su jefe. Ayako prometía. 

Entramos juntos en la funeraria. Jerome estaba barriendo. Ya me conocía así que no salió espantado a balancearse en plan autista mientras tarareaba si cesar sus melodías… hasta que reparó que iba acompañado por una cara desconocida y se descompuso en uno de sus ataques. Seguí adelante en busca de Traill. 

–Buenos días, Ridao.

–Buenos días, Traill.

–¿Quién es su amiga?

–No es mi amiga, es mi asistente. Va a ser mi mano derecha.

–Rafael, me temo que no podemos pagar otro sueldo –me dice el bueno de Mr. Traill con cara de preocupación–, ya hemos sido muy generosos con el suyo y no…

–No se preocupe, Traill, está en prácticas. A estas chicas no se les paga. Ellas están encantadas de trabajar gratis, es experiencia. Sobre todo para ella, que es japonesa. Ya sabe que los japoneses son muy trabajadores y poco conflictivos, quitando a la yakuza, claro. Además a estas chicas de práctica se las quema en seis meses y después pillas a otra, y ya está.

–¿Es sorda? –me pregunta Traill preocupado por mi franqueza justo delante de ella.

–No, sorda no, licenciada en periodismo y relaciones públicas. 

Ayako no pierde la sonrisa y le ofrece un café a Mr. Traill enumerándole los tipos que le quedan dentro de la caja. 

*** 

Llamo a Warren a media mañana. Quien me coge el teléfono me dice que no sabe dónde está, que debe haber subido al último piso a tirarse de una ventana o en los lavabos cortando las venas porque uno de los fondos que gestiona se ha quedado al 10% de su valor. Yo sé que Warren no haría algo tan frívolo como suicidarse… sin avisarme. Sabe que no le perdonaría que me dejara en la calle de esa manera, aún vivo en su apartamento.  

Por fin lo localizo en el móvil. Le suplico que coma conmigo y que anule su cita con no-sé-quién de la Comisión Reguladora de la Bolsa de Nueva York. Me dice que no puede, que lo están investigando, que puede ir a la cárcel, que con los tiempos que corren cualquier metedura de pata puede salir cara. Yo lo tranquilizo y lo convenzo de que anule la cita alegando que está enfermo y que coma conmigo en el Four Seasons, que es muy MUY urgente. 

Nos encontramos en la esquina de la 52 con Lexington. Ayako me acompaña siempre tres pasos por detrás de mí, es una costumbre japonesa que me parece muy bonito conservarla. Entramos en el restaurante y el maître nos pregunta si deseamos mesa para tres refiriéndose a Ayako como posible tercera comensal. 

–No, sólo para dos, ella esperará aquí fuera.  Warren señala que tengo un comportamiento “cruel” con mi asistente, pero no insiste porque va a ser él el que pague la langosta, y lo sabe. 

–A ver, ¿qué es eso tan importante como para anular una cita con la Comisión? –me dice frente a unos entrantes de carpaccio de atún.

–Tengo un problema, me he dado cuenta que mis clientes, en mi nuevo trabajo, están todos muertos –me mira no dando crédito a que me haya dado cuenta a estas alturas–. Lo que quiero decir es que cómo se le ofrece tus servicios a gente que ya no decide.

–A veces me sorprendes, Rafe. No me puedo creer que me hayas hecho venir para esto.  

Tira la servilleta realmente exasperado sobre la mesa. Pero mi cara de cachorrito huérfano que tan buen resultado da con las mujeres se revela también efectiva con él.  

–Rafe, no tienes que negociar con los muertos, sino con los vivos, ya sea antes de que se mueran o con los que quedan tras de él.

–Sí, lo sé, lo sé, pero esta mañana compré todos los periódicos para ver qué peces gordos habían caído hoy, pero descubrí que una vez que aparecen en el periódico ya tienen cerrado todos los flecos del funeral, es decir, que llego tarde.

–La cuestión es que tienes que cerrar el negocio antes de que se mueran.

–¡Pero yo cómo voy a  saber quién se va a morir! ¡¿Qué quieres, que me pase el día en los hospitales como los picapleitos busca-indemnizaciones?!

–A veces eres obtuso, Rafe. Este no es un negocio a corto plazo, sino a medio-largo. Piensa en los seguros. Lo que tienes que hacer es demostrar cómo son los funerales que tú organizas y extender la fama de que son los mejores de la ciudad. Los contactos ya los tienes…

–Esa idea no está nada mal. Lo que tengo que hacer es un evento promocional.

–¿Evento promocional?

–Sí, un funeral-degustación. Invito a todo el mundo y les muestro lo elegantes y lo amenos que son nuestros funerales.

–No era eso precisamente lo que yo… 

No lo dejo terminar. Le hago señas a Ayako para que entre en el comedor y tome nota de lo que se me va ocurriendo. 

–Apunta: Invitaciones. Pide cita para ver al decorador Jean-Hugues de Chatillon. Hazme una lista con los mejores floristas de la ciudad… No, olvídalo, contacta directamente con Raul Ávila. ¿Qué más? Sí, el catering… Consulta mi agenda, tengo docenas de empresas de catering puntuadas según su calidad. ¿Qué más me falta? ¿He dicho las invitaciones? Sí. Algo se me olvida, estoy seguro.

–Señor, ¿le traigo una silla a la señorita? –interviene un camarero que obviamente no le gusta que Ayako esté de pie en medio del restaurante.

–La señorita está bien de pie –le replico–. Olvido algo, ¿qué más me hace falta?

–Pero está incomodando al resto de la clientela.

–Está bien, tráigale una silla, pero no va a comer nada. ¿Qué más? ¿Qué más? ¡Ya! Apunta Ayako: un muerto, necesitamos un muerto.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XV

Viernes, 23 Enero 2009

Una de zombies 

ciudad_de_zombies.jpg 

He de confesar que entré en la funeraria con cierta aprensión. Mi relación con la muerte ha sido ciertamente distante, y prefiero que así siga siendo. ¿Grandes pérdidas? No, no he tenido grandes pérdidas a lo largo de mi vida. Básicamente se reducen a un centenar de peces de colores cuyas muertes no me afectaron de pequeño porque Baba, la nanny rusa que me cuidaba, se ocupaba de ir reemplazándolos conforme aparecía panza arriba en la pecera. “Esstá durrmiendo, señorríto” me decía, “vayasse a la cama y verrá como maniana esstá nadiando como de cosstumbrre”. Y así acontecía, por la mañana el pez volvía a “nadiar” con soltura y viveza. Siempre había una buena excusa para los cambios de tamaño vagamente perceptibles, pero que yo señalaba, o los ligeros cambios de color, o las manchas que repentinamente aparecían y desaparecían (curiosamente a la mañana siguiente de haberlos encontrado “durrmiendo”). El caso es que me pasé media vida pensando que los peces de colores eran tan longevos como Matusalén. Salí de ese error justo al mes de que Baba fuera despedida tras cumplir yo los 15 (ya era muy mayor para nannies). Una vez faltó Baba, el pez cayó en uno de sus letargos y a la mañana siguiente seguía flotando boca arriba, con muy mal color, incluso para tratarse de un pez. Jamás volví a tener mascotas porque mamá decía que ya tenía bastante con los “conejitos” de papá, así que me pasé los siguiente tres años intentando colarme en el prohibidísimo despacho de papá a ver si descubría a dónde criaba a esos conejitos. Evidentemente, y ahora lo sé, mi madre hablaba de otros “conejitos” que disfrutaban de un apartamento en el centro sufragado por papá. 

Mi relación con las parcas se ha visto reavivada el último mes en el que continuas visiones de terribles muertes para papá inundaban continuamente mi imaginación. Ya han empezado a remitir un poco, ya sólo lo imagino mutilado o totalmente incapacitado. Pero una cosa es que la muerte estimule tu imaginación, y otra bien distinta es que se convierta en un ente real.  

Qué yuyu me daba la funeraria, aunque estuviera completamente vacía. La referencia mortuoria se limita al pedestal donde se coloca el féretro para que los allegados les muestren sus respetos. Por lo demás se trata de un salón señorial, adornado de bonitas alfombras y elegantes jarrones colocados sobre columnas dóricas en las esquinas. Un centenar de sillas se encuentran colocadas como en un auditorio. La iluminación es tenue y cálida. Pero no es nada lúgubre, por lo que no entiendo el por qué tengo el vello de punta.

Espero un par de minutos a que aparezca alguien, pero no se ve a nadie, siquiera se escucha un ruido. Pronuncio un tímido “¿hola?” con una aprensión inusitada que me sorprende. Suelto una sonrisa y me digo a mi mismo “no seas idiota, Rafe, ¿qué crees, que van a empezar a salir zombis por doquier a lo George A. Romero?”. Sí, me burlo de mi miedo, pero también me resulta extraño el absoluto mutismo del lugar. 

Decido explorar por mi cuenta, en algún lado debe haber una oficina donde trabaje el que dirige este cotarro. Hay algunos pequeños salones contiguos igual de desérticos que el principal, al que vuelvo un tanto extrañado. Casi he decidido largarme de allí cuando veo una pequeña puerta en el lateral derecho de la sala, justo detrás de donde se coloca el féretro. No he reparado antes porque está semicubierta por una cortina brocada. Giro el pomo y está abierta. Da a otra habitación en penumbra que, deduzco, es donde preparan los cadáveres. Al fondo de ella hay otra puerta semiencajada que da a algún sitio con mucha luz, donde debe estar el Sr. Traill, a quien debo presentarme. Cuando penetro en la estancia me queda claro que tiene la función que había imaginado, porque en un ángulo que antes permanecía fuera de mi vista hay un ataúd abierto. Casi estoy ya a la altura de la otra puerta cuando el morbo me hace dedicarle una última mirada al ataúd. Espera. ¿Qué es aquello? ¡Ay, Dios mío! Que me parece que no es un ataúd vacío. Que me parece que este ya está adjudicado. Creo que veo como un par de manos cruzadas sobresalir del horizonte de madera oscura. No sé por qué, debe ser que tengo un ramalazo de meningitis, pero me da por comprobarlo de cerca. ¡¿Y qué coño me importa a mí?!, me digo mientras mis pies me llevan cada vez más cerca del ataúd. 

Efectivamente. El ataúd está ocupado. Un pobre hombre de mediana edad, pequeño y pelirrojo, descansa en el sueño de los justos. Me persigno (mi educación católica es un resorte automático a pesar de que llevo más de un decenio violando la mayoría de los Diez Mandamientos) y me fijo en aquel desgraciado que ha debido morir de algo terrible por cómo se le ha quedado la cara  de deformada. ¡Un momento! ¿Esa aleta de la nariz ha temblado? Lo de los espasmos postmorten siempre me ha parecido de lo más desagradable. Aún así fijo bien la atención. ¡Otra vez! Me acerco al muerto… que huele a muerto. Me fijo con atención y… 

…abre los ojos y me dice “¿qué deseaba?”. 

[FUNDIDO EN NEGRO] 

Cuando recupero la conciencia tengo un fuerte dolor en el costado. Un hombre de uno 50 años, amplia barriga y mofletes caídos está dándome aíre con un trozo de cartón. Le dice a alguien que queda a su espalda que no hace falta que avise a la ambulancia, que ya me recupero. Me gustaría creerle. Todo me da vueltas. Y el dolor del costado persiste. Más tarde me explicarán que al desmayarme me he clavado el pico de una silla en la espalda. 

–¡Está vivo!, ¡está vivo! –le grito asiéndolo por el chaleco de lana que lleva puesto.

–Tranquilícese, ya sabemos que está vivo, todo ha sido un terrible malentendido.

–No hace falta que lo jure, imagínese que entierran a ese pobre hombre estado vi… 

El “pobre hombre” está sentado en una silla al otro lado de la habitación, con la cabeza entre las manos balanceándose y tarareando desaforado. El Sr. Traill, me deja en manos de una mujer joven entradita en carnes que no hace más que tocarme la frente a ver si tengo fiebre (se ve que está más acostumbrada a tratar con fiambres que con seres vivos que se quejan). Se llama Anita y me explica que es la maquilladora. “¿Maquilladora de qué?” le voy a preguntar, pero caigo en la cuenta que allí sólo hay una cosa que maquillar. 

El Sr. Traill me explica que Jerome, el cadáver, es empleado de la funeraria, el más antiguo, desde chico ha estado allí, pero que tiene ciertos problemillas que han causado la infortunada casualidad de que me lo encuentre en un ataúd. 

–Padece de ataques agorafóbicos y necesita recluirse en espacios pequeños –me explica el Sr. Traill–, lo dejamos que se meta en un ataúd, no hace daño a nadie. Ha sido culpa mía, que lo mandé a comprar el periódico porque se me olvidó esta mañana, y ha vuelto muy agitado y a punto de sufrir un colapso.

–¿Y por qué está ahora sujetándose la cabeza y tarareando sin cesar?

–Eso es la epilepsia –responde Anita.

–Epilepsia musical, ya sabe –asiente con la cabeza resignado, como si fuera simplemente una pequeña manía–. Pero, Sr. Ridao, no le he dicho cuánto me alegro de conocerlo. Cuando el Sr. Pickcock [ese es Warren] me dijo que tenía la persona que yo necesitaba me alegré mucho. Buscaba alguien como usted.

–¿Cómo yo?

–Sí, alguien que supiera organizar eventos con clase, queremos darle una nueva dimensión a esta funeraria, un toque…

–Elitista –terminó Anita.

–Pero estoy seguro de que Jerome sabrá darle ese giro –dije deseando salir de allí.

–No, no, Jerome no trata con el público. Con el vivo, se entiende. Los desconocidos le provocan ataques de ansiedad que derivan en afasia.

–¿Afasia?

–Sí, se queda sin habla, y como comprenderá, en este negocio, no tenemos clientes fijos. Así que para él cada día de trabajo significa el tenerse que enfrentar con extraños, y pierde el habla, y no puede atender a los clientes. Lo tenemos para otros menesteres. Hasta ahora, del trato con el público me ocupaba yo, pero me temo que no tengo la experiencia para dar ese giro…

–Elitista –volvió apostillar Anita.

–…elitista que buscamos. No tengo su clase, eso es obvio. Sólo hay que verlo. Es usted un hombre de mundo, ¿verdad, Anita?

–De mucho mundo, sin duda –¿me había guiñado un ojo?

–¿Y dice que Jerome no habla con extraños? Pues a mí bien que me ha hablado, y vaya susto que me ha dado.

–Es porque estaba saliendo del ataque de pánico agorafóbico, hablarse ha sido un acto reflejo. Cuando sale de los ataque es como si reiniciara el ordenador de su cabeza, y por unos segundos, hasta que se vuelven a ‘cargar’ sus pequeñas rarezas, es una persona completamente normal.

–Una persona completamente normal dentro de un ataúd –murmuro yo. 

En ese momento Jerome da un alarido que me hace saltar de la silla. 

–Oiga, ¿no será peligroso?

–¿Jerome?, ¡qué tontería! Ha gritado porque está saliendo del ataque de epilepsia musical. ¿Violento dice? No, en absoluto, no es nada violento.

–Sólo cuando ve tortugas –apostilla ella.

–Sólo cuando ve tortugas –asiente el sr. Traill resignado con la cabeza– pero por aquí no hemos visto nunca ninguna, descuide.

–Miré –le digo poniéndome bien la ropa–, no creo que este trabajo sea justo lo que buscaba.

–Ya lo entiendo, Sr. Ridao, un hombre de su mundo, acostumbrado a otra clase de eventos de alto standing… Por eso había pensado en hacerle una generosa oferta.

–¿“Generosa oferta”? –tampoco hay que cerrarse, ¿no?– ¿Cómo de generosa?

–Había pensado en 800 dólares semanales más comisiones?

–¿Comisiones por qué? ¿Por muerto que traiga?

–Jajajajaja, ¡qué sentido del humor, Sr. Ridao! Comisiones por los “extras” que contraten las familias. Ya sé que no es habitual, pero con su habilidad para relacionarse con la gente de dinero es posible que saque un mínimo de 1600 dólares semanales. 

Eso significaría independencia. Tener una base económica para renacer. Un apartamento. Significaría mandar a la mierda a Warren y sus grandes ideas al buscarme trabajo. Significaría tener dinero para llevar mi ropa al tinte. Creo que no me mataría probar en este empleo. Después de todo organizando fiestas soy lo más, de la última que di salieron casi todos zombis y cuatro casi cadáver. Aquí los cadáveres ya lo pone la empresa, así que el éxito está asegurado. ¡Trato hecho! (A pesar de Jerome).

EL CRACK (el serial) - Capítulo XIV

Viernes, 16 Enero 2009

Propósito de enmienda 

funeral-home.jpg 

Señor, me arrepiento de… 

…haber dejado la tienda de cómics de la forma en que lo hice. Fue muy poco elegante el gesto que les hice cuando recibí mi último cheque. Fue una crueldad llamar a Kurt, mi compi, disfuncional y friki. Fue innecesario, sí, pero no falté a la verdad. Como tampoco era preciso introducir una chocolatina relamida entre las páginas del Giant–Size nº 1 de X–Men que tienen en un expositor de “imposible tocar”. ¡Fue tan fácil mangarles las llaves a Kurt, desprecintar la bolsita de plástico que custodia la joya literaria comiquera, y volverlo a dejar todo tal y como estaba! Me imagino dentro de treinta o cuarenta años cuando un anormal de esos que a los 34 años todavía reciben paga semanal de papá y mamá consiga reunir el dinero para comprar ese cómic. Imagino la cara de todos cuando lo desplieguen y encuentren una chocolatina fosilizada incrustada en los poros del papel… ¡Ha sido un gesto tan gratuito! Pero no hacerlo no hubiera sido propio de mí. Tampoco fue bonito que me bajara el pantalón y le hiciera un calvo al encargado cuando me preguntó que si quería referencias. De verdad que me arrepiento. 

Qué bien me sentía pensando que ya había tocado fondo y que de ahí en adelante todo iría a mejor. 

Señor, me arrepiento de… 

…haber sido tan poco humilde cuando rechacé el trabajo en Oppenheimer. La semana antes había respondido a un anuncio del Wall Street Journal que me había llevado a su web y en su web encontré el mail de recursos humanos. Mandé mi currículo y concertaron una cita en sus oficinas del 125 de Broad Street, en esa zona donde ya se pierde la maraña de rascacielos y ves cielo azul porque estás casi al borde del rio. He de reconocer que desde que Warren me había conseguido un trabajo “infinitamente mejor” (palabras textuales) a la tienda de cómics, había perdido un poco el interés en Oppenheimer, pero aún así acudí.  

Me recibió un caballero de unos mal llevados cincuenta años, con arrugas y entradas, claro síntoma de no haber aprovechado las oportunidades que Manhattan ofrece en cuanto a cuidado personal (los mejores expertos y las técnicas más avanzadas en belleza masculina del mundo). Yo me había vestido con un impecable traje de Yves Saint Laurent gris oscuro y raya azul, camisa blanca y corbata malva. Era consciente que intimidaba al anodino señor de recursos humanos de traje de saldo. Se mostró impresionado con mi currículo y me pidió permiso para pedir referencias si era preciso. Le dije despreocupadamente que lo hiciera, es más se lo pedía encarecidamente. Obviamente yo sabía que no lo iba a hacer, es un truco muy viejo de recursos humanos, sólo quieren ver tu cara cuando te dicen que van a pedir referencias.  

–Y el pues es concretamente… –pregunté yo con mi sonrisa de “estoy por encima de todo”.

–Financial Advisor. Lo ponía en el anuncio del periódico.

–¿Qué anuncio? –jamás admitiría que había respondido a un anunció en un periódico, mi fama en el mundo financiero estaba por encima de ello.

–El que usted contestó. En el mail con que nos remitió su curriculum ponía la referencia del anuncio.

–¡Qué extraño! ¿Un mail dice? Eso debe haber sido mi secretaria. Estaba un poco aburrido ya de este tiempo sabático que me he tomado y le pedí que prospectara a mis colegas sobre posibles puestos libres y debió tomarse la libertad de contestar un anuncio –la regla número uno al buscar trabajo es que se note que no lo quieres, es como pedir un préstamo al banco, basta con que acredites que no lo necesitas–. Bueno, ya que estamos aquí no pierdo nada con conocer las condiciones del puesto. 

El sueldo base no estaba mal. Tenía complementos, primas de productividad… 

–¿Y el horario? –pregunté y pareció sorprenderle a mi entrevistador.

–Oficialmente de 8 a 6, pero ya sabes que en este negocio las horas realmente no son algo que se respeten.

–Sí, mejor, porque a mi me sería imposible empezar a las 8, tengo primero que pasar por el gimnasio…

–Me refiero a que se echan muchas más horas.

–¿Eh?  

¿Pero qué estaba diciendo ese insensato?, yo jamás en la vida he trabajado tantas horas seguidas… también es verdad que era un trabajo “ficticio”, por lo visto, pero no podía creer que el mundo real fuera tan esclavista. Estoy seguro de que estaba intentando aprovecharse de mí y de pronto pensé en el trabajo que me había conseguido Warren: “infinitamente mejor” decía, y “con clientes que jamás se quejan”. No iba yo agarrarme a un trabajo de mierda con horario de esclavo y clientes que te agobian para que rentabilices su dinero a toda costa, con grandes beneficios y sin tretas ilegales (como si eso fuera posible). 

–Me temo –le dije al de Oppenheimer– que este trabajo no es realmente algo a mi altura. Necesito tener cierta ‘flexibilidad’ para hacer relaciones públicas y cuidar mi imagen, y sinceramente no creo que esta empresa valore esos principios. Sólo hay que verle a usted. No se ofenda, pero he conocido a limpiabotas con trajes de más calidad que el suyo. Y esa barriga, ¡por favor!, los gimnasios se inventaron ya en el siglo… hace mucho tiempo. 

Ahí concluyó esa entrevista. Y me arrepiento. 

Señor, me arrepiento de… 

…haberle contestado a Puppy tan mal cuando me llamó por enésima vez (basta que le diga que no me interesa para que ella se emperre en acostarse conmigo, se parece un poco a Madonna en eso). El decirle “prefiero retozar con un cadáver en su sarcófago antes de volver a liarme contigo” no fue muy elegante, pero a mí me gusta ser claro en mis negativas. Creo que mi situación actual es un castigo divino a esas palabras. 

Señor, me arrepiento de… 

…ser amigo de Warren. Quiero decir ex-amigo. No, es decir, ahora soy ex-amigo aunque siga viviendo en su sofá.  

Regresó a casa ayer lunes por la noche tostadito a lo caribeño y con cara de ‘qué pasado de rosca he estado esta última semana’. Yo estaba impaciente porque me contara sobre el trabajo que me había conseguido y en el que se suponía comenzaba al día siguiente, es decir, hoy. Necesitaba saber algo al menos para saber qué ponerme. Había barajado cientos de looks en los últimos días, pero todo dependía del trabajo en sí. 

Intenté dejarle margen pero una vez que entró en la habitación se quedó frito sin siquiera desnudarse. Se tomó muy mal que lo despertara para preguntar sobre el trabajo y se limitó a garabatear sobre un papel “352 E, 87th St. esquina con la 1st Ave.” Y volvió a caer en las profundidades de los sueños post-etílicos-y-más-cosas mientras me decía que me presentara a las 8. ¡¿Qué demonios pasaba?! ¿Ya no quedaba en Nueva York un trabajo que no empezara su horario laboral después de las 8? Bueno, no tenía otra salida que ir. Quizás fuera un horario terrible, pero las perspectivas laborales lo compensarían. 

Señor, me arrepiento de… 

…haber cogido aquel maldito taxi.  

–Oiga, oiga, taxista, debe haberse confundido.

–No, amigo, este es el 352 E de la 87.

–No, no, oiga, esto no son las oficinas de…

–Amigo, esta es la dirección.

–No, usted no comprende…

–Lo único que comprendo es que o me paga la carrera y baja del taxi o nos vamos a otro lado, lo que usted prefiera. 

Pagué y me quedé de pié como un pasmarote frente a aquel edificio de ladrillo rojo con una marquesina en la puerta y que no tenía ventanas, más bien, respiraderos. No podía ser. “Es un trabajo para gente que sepa organizar eventos”. Yo esperaba un puesto como director de relaciones públicas de alguna firma. “Ambiente relajado”. Yo esperaba una oficina bonita y zen. “Se necesita empatía a la hora de tratar con la gente”. Yo me imaginaba desplegando mis encantos de relaciones públicas. “Los clientes nunca se quejan”. Me veía en una empresa en que su prestigio y solvencia era suficiente aval para todo lo que emprendiera. 

FUNERAL HOME, rezaba claramente el cartel de la entrada. Warren me había buscado un trabajo en una funeraria. Todavía no me explico por qué no salí pitando en el preciso instante en que me di cuenta de ello. Quizás porque había sido muy desagradable con mi antiguo jefe en la tienda de cómics. O quizás porque había menospreciado un excelente (ahora me lo parecía) trabajo en Oppenheimer. O quizás porque no debía haberle hecho aquel desagradable comentario necrofílico a Puppy. O porque simplemente debería haber aprendido a estas alturas a no confiar NUNCA JAMÁS en Warren.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XIII

Viernes, 9 Enero 2009

Fin de año y sin mojar 

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Un café abarrotado de solitarios esperando la llegada del nuevo año. No hay caras de ‘¡feliz año nuevo!’, ni espíritus alegres que quieran enmarcar en la pared el 2008. Creo que por azar he dado con el lugar donde se reúne el 31 de diciembre la gente como yo, gente que sólo quiere pasar página y olvidar que el 2008 existió. Me siento en una mesa dudosamente limpia y sorteo un chicle pegado en el sillón corrido. Veo a Helen Hunt sirviendo mesas al fondo del local, lleva el pelo recogido y su gesto de enteradilla impertinente bien visible. De pronto estoy feliz. Recuerdo la noticia que me acaban de dar: el gran financiero español Rafael Ridao ‘Senior’ afectado por una gran estafa piramidal. Ni yo lo hubiera hecho peor. ¡Ja! ¡Chúpate esa, padre despidehijos! 

Una camarera se me acerca. 

–¿Qué va a ser?

–Prefiero que me atienda su compañera.

–No va a poder ser, señor, ella está ocupada.

–Pues esperaré a que se desocupe.

–Señor, esta es mi zona, yo me encargo de esta mesa.

–Entonces me cambiaré de mesa, ¿cuál es la zona de ella?

–Sus mesas están todas ocupadas, ¿qué va a ser entonces?

–Entonces esperare a que se desocupe alguna.

–Mientras espera tendrá que tomar algo porque las mesas no pueden estar ocupadas sin consumir. 

Me levanto. Estoy cabreado. Esto no pasa en los restaurantes a los que estoy acostumbrado a ir. Si se te antoja un camarero lo ponen a tu total disposición. A él, su ropa, su mujer y sus hijos, si es menester.  

–Entonces esperaré de pie –¡jaque!

–No puede hacer eso.

–Ah, ¿no?, ¿y por qué?

–Porque incomodaría al resto clientes.

–Yo creo que no. Además, ¿quién me lo va a impedir?

–¿Ocurre algo, Ruth? –el encargado de turno (hoy no está el musulmán de “yo americano”) se acerca: un armario de tres puertas, con el cuello que parece un tocón de una secuoya, y unos bíceps que me recuerdan a los jamones de mi España querida.

–El caballero quiere que lo atienda Bel pero está en mi zona, y dice que va a esperar a que se quede una de sus mesas libres de pie. Le he dicho que no es posible y me ha preguntado que quién se lo va a impedir.

–No, no, la señorita no me ha dejado terminar –me veía estrellado en el pavimento después de volar quince metros propulsado por lo jamones del forzudo–, lo que le decía es que quién me va a impedir que me tome un café mientras espero. 

Jaque mate (en mi contra). Asunto arreglado. Mi orgullo por los suelos, pero mi cara intacta. 

*** 

Cuarenta y cinco minutos y tres cafés después una mesa se queda libre en la zona de Helen Hunt. Me cambio de mesa, me he salido con la mía (más o menos). 

–¿Qué va a ser?

–Esta zona es de tu compañera, ya me atiende ella –¿dónde se ha metido Helen Hunt?

–¿Bel? Acaba de terminar su turno. ¿Qué va a querer?

–No, se acabó, hasta aquí hemos llegado, ¡me niego! Llevo una hora…

–Bonita escena –escucho su voz a mis espaldas–, ¿es así cómo se suele pedir en los caros restaurantes de Wall Street? 

Se sienta en mi mesa y pide un par de cafés. 

–No sé si un café será lo más adecuado para tu estado de nervios.

–Yo sólo… Yo lo que quería era pagarte lo que te debía. 

Le extiendo el dinero. Primero saco lo que debía y añado la generosa propina con una sonrisa. Ella sólo coge lo que le debía. Yo insisto en que pille el dinero extra, pero se niega. Yo pienso que es demasiado orgullosa. Ella cree que soy un cretino. Así que sugiero que por lo menos la invite al café y ella me dice que lo daba por descontado. Le pregunto si no tiene familia o amigos con los que estar cuando den las 12. Y me empieza a contar que está estudiando económicas en la Universidad de Nueva York y que no le apetecía volver a casa estas Navidades porque sus padres se están divorciando y hay una guerra abierta. Mi cara se ilumina, tenemos dos puntos en común, la economía y padres en proceso de divorcio. 

*** 

Mi reloj da una señal acústica. Son las doce. En el local nadie parece haberse dado cuenta de que hemos cambiado de año. Llevamos una hora hablando y he entrado el 2009 olvidándome de todo, de mis desgracias, de mi insolvencia. Sólo tengo un pensamiento en la cabeza: acostarme con Belinda. 

–Feliz 2009 –le digo.

–¿Ya son las 12?

–Sí, he pedido un deseo.

–No creo en los deseos, y tú tampoco deberías.

–¿Y eso?

–Porque no se va a cumplir.

–¿Por qué estás tan segura?

–Porque no nos vamos a acostar hoy. 

¡Diablos! ¿Cómo podía saber que ese era mi deseo? ¿Tan transparente soy? Belinda se levanta, se pone el abrigo, recoge su bolso del suelo y se dispone a irse. 

–¡Pues vaya asco de 2009! –se me escapa en voz alta. 

Ella se ríe y antes de irse me dice: 

–Ya te he dicho que no nos vamos a acostar HOY. Llámame.

Y me apunta un teléfono en una servilleta de papel. Suena mi móvil. Tengo un mensaje que dice “Mr Chow te echa de menos. Ven a casa”. Es de Puppy. No sé si debería… Sí, la llamo. Está en casa, muerta de asco, se ha roto una pierna esquiando y todo el mundo está de fiesta mientras ella reposa la pierna. Por eso se ha acordado de mí.  

–¿Vas a venir a casa? –me pregunta.

–Dile a Mr. Chow que yo también le echo de menos, y que me pasaré algún día a verlo de regreso de mi nueva novia. 

Le cuelgo y me quedo tan a gusto. Me parece que he empezado a recuperar la dignidad.

Vuelve a sonar el teléfono.

–Rafe, tio, es tu día de suerte –es Warren–, ya no te tienes que quejar más de tu trabajo en la tienda de cómics. Tengo un amigo que busca a alguien como tú. Alguien sociable, que sepa empatizar con la gente, que tenga dotes organizativas para eventos. Y me acordé que tus fiestas siempre han sido para morirse. Ya verás, no habrá ni un cliente que se te queje. Empiezas el lunes 12. Yo volveré a casa el 11, ya hablamos y eso.

Definitivamente 2009 va a ser un gran año.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XII

Viernes, 2 Enero 2009

Mi pequeño milagro de Navidad 

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Es muy triste estar sólo en Nueva York en Navidad. Mientras ando por calles que no tienen ni un cartel en cristiano pienso que quizás tendría que haberme vuelto a España como me ofreció papá. No, es absurdo, yo tengo a mis amigos aquí. Bueno, el único amigo que tengo es Warren y ya está un poco harto de mí. Sí, me tendría que haber vuelto a España, allí tengo a mi madre… que está en Francia con su amiguito esquiando (me da arqueadas de pensar que mamá tiene un “amiguito”). Yo debería estar ahora en algún paraíso exótico tomando el sol en la cubierta de un yate con la panda de siempre, creo que este año tocaba Costa Rica, y sin embargo aquí estoy, intentando recordar cómo llegar al restaurante de Helen Hunt, a la que quiero decir que me acuerdo de que le debo dinero aunque no puedo pagárselo en ese momento. Porque me han podido privar de mi identidad y dignidad, pero sigo siendo un hombre de honor y palabra. Después de recorrer tres veces Allen St. creo estar razonablemente seguro de saber cuál es el restaurante. Está más lleno de lo que esperaba para ser Navidad, porque la ciudad queda desierta en este día. Todo cierra, hasta los museos, último destino de los solitarios. Sólo los verdaderamente desesperados, como yo, se lanzan a la búsqueda de uno de los restaurantes que no entienden de Navidad y permanecen abiertos. 

Al entrar veo al encargado tras la barra, un tipo con pinta musulmán con gorro de Papá Noel. Pero no veo a Helen Hunt sirviendo mesas. No tengo dinero para tomarme nada, hasta mañana no cobro mi primera semana en la tienda de cómics, así que me dirijo al encargado para preguntarle por ella. 

–Amigo, estoy buscando a la camarera rubia del otro día. 

Al principio parece no recordarme, pero en cuanto cae, abre los ojos como platos y me dice: 

–Belinda americana, papeles –¿pero qué dice?, ¡ah, es verdad!, el tipo creía que yo era de inmigración.

–No, no, sólo quiero hablar con ella.

–Belinda papeles.

–Vale, lo sé, Belinda papeles –es imposible–, ¿tú…?

–Yo papeles, yo americano –me señala una bandera raída que tiene en una esquina del restaurante.

–No, no, digo que si tú puedes decirle a ella… Bueno, déjalo.

–Bel se ha ido a casa –me dice otra camarera que se ha acercado a hacer un pedido–, ¿para qué la quieres, guapo?

–Le debo dinero del otro día y quería…

–¡Ah!, si es eso no te preocupes, me lo das y yo le digo que le has pagado.

–Pero es que no tengo el dinero, venía a decirle que no me olvido de la deuda.

–Bueno, pues cuando vuelva yo le digo la ha estado buscando… ¿cuál es tu nombre?

–Rafael, Rafael Ridao. Pero no creo que me recuerde. ¿Cuándo vuelve?

–¿Qué le debes dinero y no te va a recordar? ¡Tú sueñas! Ella vuelve para el turno de Año Nuevo.

–Volveré. 

Me voy mientras escucho cómo la camarera intenta tranquilizar al encargado y explicarle que no soy de inmigración. 

*** 

He cobrado mi primer cheque. Jamás un trocito de papel me ha parecido tan hermoso. 211 dólares espléndidos, amorosos, fantásticos, extasiantes, útiles, necesarios… no, ¡imprescindibles! 

Ya puedo empezar a ver apartamentos. Me compro el Village Voice y echo un ojo a las ofertas. Un momento, algo debe estar mal. Llamo a mi jefe de la tienda: 

–Hola, soy Rafael, te llamo porque creo que hay un error en mi cheque… Sí, un error, debe faltar un cero o algo… ¿211 dólares? Sí, eso pone. Pero no puede ser, porque he mirado los alquileres y no hay nada decente que baje de 2800. Por eso digo que… ¿Salario mínimo?… ¿Que busque en qué zona?… No, no estoy dispuesto a irme al otro extremo de los Estados Unidos para encontrar un apartamento. He estado mirando cerca de donde tenía en mío, en Park Avenue, ¿de qué te ríes?, estoy hablando en serio… Pues, perdona, pero no me siento valorado en este trabajo… No, no tengo ni idea de cómics, pero yo tengo otras cualidades… Sí, pues quizás debiera pensarme buscar algo más acorde con mis capacidades… Vale, ya me tranquilizo, pero es que esto del apartamento me ha puesto nerviosos… ¿Compartir? ¿Compartir con quién? No sé, yo es que soy muy mio para esto de la convivencia.  

¿Compartir piso? Ummmm. Puede ser una solución provisional. Le echo otro vistazo al periódico. Visto mi sueldo no puedo optar a nada que cueste más de 400 dólares al mes, 500 si suprimo una comida al día. A ver… ¡Uno de 125 dólares! Ah, pero en New Rochelle, eso es lo mismo que irse a Alaska, ¿por qué llaman Nueva York a zonas a las que no llega el metro? (Que por cierto tendré que probar en breve, pero me da miedo). Uno de 150 dólares, pero no, gracias, no fui a la universidad para terminar en el Bronx. ¡Ajá! Uno de 175, en “Yankee Stadium”, no gracias, eso es un eufemismo para llamar al Bronx. 100 dólares en Queens, claro, y el resto del sueldo en transporte hasta la ciudad. 200 dólares, sólo mujeres, en el ¡Harlem! ¡¿Es qué no hay nada asequible en Park Avenue o la Quinta Avenida?!  

¿Cómo era el nombre de la agente que me consiguió mi apartamento? Tengo que tener la tarjeta por algún lado. ¡Ajá! ¡Gloria! Esta tía es un genio, va todo el día hablando por el Bluetooth, y no tardó más de dos horas en encontrarme mi antiguo apartamento. 

–Hola, soy Rafael Ridao, Gloria. Necesito que me busques un apartamento.

–¿Qué tenías pensado?

–Algo pequeño, nada de grandes lujos, cerca de Central Park Este.

–Ummm, tengo algo fantástico para un ejecutivo como tú, dos habitaciones, cocina americana, pero muy chic, justo al lado del Cooper Hewitt Museum.

–¡Fantástico! ¿Cuánto?

–Unos 3500 dólares, pero ya sabes que todo es negociable.

–Bueno, se sale un poco de mi presupuesto.

–¡Ah! ¿“Presupuesto”? Si te he de ser sincera no me siento cómoda trabajando con presupuestos. ¿De cuánto hablamos?

–Unos 400 dólares, aunque puedo llegar hasta los 500.

–Rafael, ¿eres consciente que la comisión mínima que cobro a cada cliente es de 1000 dólares? 

No sé qué decir. Pasado tres minutos de mutismo por mi parte Gloria corta la comunicación sin siquiera decir adiós. 

*** 

He dejado el tema del apartamento para más adelante, más que nada por desesperación. Es día 31 y la gente anda como loca. Como si cambiar de año fuera a solucionarlo todo. Ha sido un mes realmente horrible. Tengo los 15 dólares de Helen Hunt y 10 más que le voy a dar de generosa propina por el retraso. Su compañera me dijo que trabajaba en el turno de fin de año, y allá voy, con 7 grados bajo cero, andando por Wall Street. Hubiera cogido el metro, pero aún me da miedo someterme a esa experiencia y no creo que mis 211 dólares semanales me den para taxis.  

La calle está muy animada a pesar de ser cerca de las 10 de la noche. Todo lo vivido aquí me parece tan lejano. Es como si los recuerdos que conservo de mi vida como financiero de éxito fuera el residuo que una vieja película ha dejado en mi cabeza. Y sin embargo llevo un traje de 3200 dólares que compré hace menos de dos meses. Ahora no podría ni acercarme al escaparate de Brooks Brothers para ver un traje como este. Debo esmerarme por conservar mis fabulosas prendas impecables, es lo único que me queda de mi vida pasada. Este abrigo de vicuña es un tesoro que ojalá pudiera revender por su precio original, podría alquilar con ese dinero un apartamento decente durante meses. Pero no puedo venderlo y debo conservarlo impeca… “¡Hijo de puta!” 

Un mensajero en bicicleta ha intentado pasar entre un coche parado en el semáforo y mi cuerpo que no había terminado de cruzar y se ha enganchado en mi abrigo desgarrándolo. Y ni siquiera se para, sino que se vuelve pedaleando y me hace un gesto con el dedo sobradamente popular.

¡Dios! ¿Por qué todo me tiene que salir mal? ¡¿Por qué?! ¿Es que no puedo tener mi pequeño regalo navideño? ¡Algo! ¡Algo que me alegre para afrontar el 2009! 

–¿Te encuentras bien?

–Perfecta… –es Clive Ziff III o IV o V, no me acuerdo, un ex-colega– …mente.

–Van como locos. Oye, que lo siento mucho.

–Sólo ha sido el abrigo.

–No, me refiero a lo de Madoff.

–¿Qué?

–Leí en el periódico que uno de los estafados eras tú, que habías perdido 36 millones.

–¿Yo?

–El periódico lo decía bien claro, Rafael Ridao, 36 millones.

–Pero si yo no he invertido en mi vi…

¡Papá! ¡Claro, Rafael Ridao “padre”! ¡Gracias Dios! ¡Gracias por mi regalo de Navidad! ¡Papá ha perdido 36 millones! ¡Así aprenderá a tratar a su hijo de la manera que me ha tratado! Él me lo ha quitado todo, y el karma se lo ha quitado… bueno, le ha quitado un poquito. Pero estará que se sube por las paredes. ¡¡Gracias!!

EL CRACK (el serial) - Capítulo XI

Viernes, 26 Diciembre 2008

Friki-universo paralelo 

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“Oh, jingle bells, jingle bells

Jingle all the way

Oh, what fun it is to ride

In a one horse open sleigh

Jingle bells, jingle bells

Jingle all the way

Oh, what fun it is to ride

In a one horse open sleigh” 

Como ponga una vez más la cancioncita se va a arrepentir. Estoy al borde del abismo. A punto de traspasar la fina línea entre la depresión y la psicopatía. Ya empiezo a imaginar a todos los presentes, que rebuscan cómics en las estanterías, muertos de mil formas horripilantes. Así que un “jingle bells” más y empiezo a decapitar a gente con el cutter. 

Kurt se acerca para darle de nuevo al play y escuchar de nuevo el CD de alegres cancioncillas navideñas compuestas con la insana intención de hacernos enloquecer a las personas normales que odiamos la Navidad, que detestamos a la gente de buena voluntad que sonríe y te desea felices fiestas, que le descerrajaríamos con gusto un tiro entre los ojos a Rudolph, y que mantendríamos la chimenea avivada con queroseno toda la noche con la sana ilusión de que Santa Claus terminara en el Monte Sinaí con quemaduras de primer grado. 

–Ni-se-te-ocurra –le advierto a Kurt con lentitud, lo suficientemente amenazador para que se piense dos veces el volver a poner el CD.

–Si prefieres tengo un CD con canciones de Navidad de George Michael.

–No-soy-gay.

–George Michael le gusta a todo el mundo, no sólo a los gays.

–He dicho que no-soy-gay.

–Pues a mí me gusta.

–Lo dicho: No-soy-gay.

–Yo no soy gay y me gusta George Michael… tengo novia. 

Mi mirada le deja bien claro que no voy a discutir más. No pienso rebajarme a discutir con un tío con bigotito a lo Clark Gable que se cree hetero porque se siente atraído por Xena y Barbra Streisand, y cuya novia (he investigado entre los compañeros de trabajo) nadie ha visto jamás. ¡¿Qué hago yo aquí con esta panda de frikis?! ¡Yo que soy licenciado en Economía y he pasado mis mejores años en la cresta ola de Wall Street! 

*** 

–Míralo por el lado positivo, Rafe.

–¿Qué lado positivo? –le grito a Warren fuera de mí– No hay lado positivo. No puede haber lado positivo. Dime, ¿qué lado positivo le ves tú?

–Es un trabajo en Wall Street.

–¡¡¿Un trabajo en Wall Street?!! ¿Qué entiendes tú por “un trabajo en Wall Street”?

–Vale, está en Maiden Lane, pero está a una manzana de la Reserva Federal y a cuatro de Wall Street. Eso técnicamente es un trabajo en Wall Street.

–¡Vete a la mierda! 

En ese momento me hubiera marchado con un gran portazo si tuviera donde ir pero a falta de la dignidad que confiere un buen portazo me conformé con lanzarle una terrible mirada de “te odio, te odio, te odio”. Lo peor es que no tenía opción. No, rectifico, no tenía dinero. En aquel momento no se me ocurría destino más bajo en la sociedad que ser dependiente en una tienda de cómics, ¡y en Navidad!, me harían llevar puesto aquel gorrito absurdo de Papá Noel. 

Warren me lo había dejado claro: no le importaba tenerme apalancado en su sofá un tiempo más, y le daba igual que le gorroneara el frigorífico, pero tenía que ponerme en marcha para poner fin a aquella situación. Al ir a almorzar había pasado por Maiden Lane y había visto un cartel que rezaba “Help Wanted” y decidió que aquel trabajo, fuera el que fuera, sería ideal para mí, que no tenía elección. No se paró a preguntarse si yo estaba cualificado para ello. No sé, a mí me formaron en la universidad para ser financiero, no me dieron ninguna formación específica para ser dependiente de cómics.  

Mi cabeza daba vueltas. No me imaginaba en aquel trabajo. ¿Cómo me afectaría psicológicamente? ¿Empezaría a interesarme la informática y los videojuegos? ¿Empezaría a sentir atractiva la idea de vestirme de Luke Skywalker e ir a convenciones de trekkies? ¿Cómo afectaría aquello a mi vida sexual? ¿Empezaría a sentirme sólo atraído por mujeres que me recordaran a Lynda Carter vestida de bandera americana o a Eartha Kid en plan gatita go-go? (Porque a los frikies nunca le ponen las versiones actuales como la Catwoman de Halle Berry o la Elektra de Jennifer Garner… los frikis son retro por naturaleza, una naturaleza terrible, cruel y desviada). 

–¡Está bien! ¡Una semana! Pruebo una semana, y si es demasiado humillante, que lo será, lo dejo.

–Vale –Warren estaba contento con mi flexibilidad.

–¿Cuánto ganaré?

–Eso no importa, Rafe, lo que cuenta es que un hombre con trabajo es un hombre con autoestima.

A mi autoestima le gusta vestir de Ferragamo.

–Tu autoestima va a tener que ser menos exigente. 

Qué mal suena eso. 

***

Nunca imaginé cuánta gente se gasta la pasta en cómics. Mi primer día de trabajo fue realmente un infierno. Primero por mi encargado, un tío de 34 años con acné y alopecia que se viste con camisetas de dibujos animados y que no debe pesar más de 23 kilos. Con cara de virgen. Las mujeres no se le habrán acercado en su vida, y no porque no de grima, que la da, y mucha, sino porque es el tipo sabelotodo pedante que filosofea en base al millón de cómics que ha leído en su vida. Que si los protones de antigravedad, que si el programa de control mental de la CIA Que si no te quites el gorro de Papá Noel, Rafael. Que si cómo quieres que te diga que no te quites el gorro, Rafael. Que si la próxima vez que te pille sin gorro te descuento del sueldo 20 dólares. ¡Viva el libremercado y la flexibilización del mercado laboral! 

Después está Kurt, el gay-no-gay, con su animosidad y su pluma-no-pluma (“es acento sureño, soy de Nueva Orleáns”). Habla el mismo idioma que los friki-clientes: 

–Eso lo dije yo cuando vi por primera vez a Hugh Jackman en el papel de Wolverine en los X-Men –discute con un cliente de 13 años–.  No es creíble. Wolverine tiene lo menos 100 años sólo que el factor de curación de sus superpoderes lo mantiene más joven de lo que es en realidad. Pero debería aparentar unos 47 o 48 años, en ningún caso sería como Hugh Jackman. ¿Y dónde está la musculatura? Wolverine siempre ha sido bajito y muy musculoso. 

O por ejemplo: 

–Ya quisiera Bush tener un The Autority para montar una fasci-dictadura.

–No hay que preocuparse, The Boys le patea el culo a The Authority con facilidad.

–De eso nada, listillo, porque The Boys son de la editorial Dynamite y The Authority son de Woldstorm, no hay puntos de contacto.

–Sí que los hay, porque The Boys nació primero en la editorial Worldstorm aunque después los compraron Dynamite.

–De todas formas –media un tercero– siempre pueden hacer un viaje dimensional para patearles el culo.

–¡Que te follen! ¿A ti quién te ha dado vela en este entierro? 

Es asombroso cómo confunden realidad y ficción. 

***

Es Navidad. Estoy sólo en el apartamento de Warren. Él se ha ido a las islas Boca del Toro, Panamá, para pasar las fiestas con unos amigos al sol. He llamado a mamá pero la mucama me informa que está en Courchevel fundiéndose un adelanto del divorcio con un “amigo”. Pensaba darle apoyo por si estaba muy afectada, pero veo que más que afectada está extasiada. Tanto como para no acordarse de que tiene un hijo en la más completa indigencia. Incluso, en mi desesperación, llamo a Puppy. El servicio me dice que está fuera del país, pero sé que es mentira, escuché ladrar a Mr. Chow y ella no va a ningún sitio sin él. 

¡Acabo de recordar que le debo pasta a una camarera del Bowery!

EL CRACK (el serial) - Capítulo X

Viernes, 19 Diciembre 2008

Cuatro entrevistas y un funeral 

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Pues va a ser verdad que hay crisis. En el periódico no viene ninguna oferta laboral de cuerdo a mis capacidades. ¿Cuáles son estas? No lo tengo claro, pero que se olviden de que voy aceptar nada que no implique aprovechar la experiencia adquirida en estos años al frente Ridao-Blackman Global Investors. Bueno, esa es la versión oficial, la verdad es que no pienso reparar cañerías, descargar cajas, o cualquier otra actividad física para lo que mis clases de Tai Chi no me han preparado. 

Empiezo mi búsqueda de trabajo con un periódico bien trabajado (subrayado, con anotaciones a los márgenes) bajo el brazo. Wall Street es inmenso, seguro que hay un hueco para mí. 

ENTREVISTA 1

Tipo de empresa: Firma de gestión de fondos.

Lunes – 9:43 h

Entrevistador: mujer, no llega a los 35, blanca, soltera (no anillo), que merece una psicópata para compartir piso, ¡zorra!

Tiempo aprox. de la entrevista: 13 minutos.

Impresiones: ¿Por qué preguntan cuánto quieres ganar? Yo creía que la sinceridad era un valor positivo. Yo creía que empezaríamos a regatear. No me llamarán, cuando yo le digo a una mujer que la voy a llamar nunca lo hago, por qué iba a ser diferente en este caso.Nota: Tengo hambre y 47 dólares en el bolsillo. 

ENTREVISTA 2

Tipo de empresa: Banco nacional.

Martes – 11:04 h

Entrevistador: hombre, unos 55 años, pinta de abuelete amable, en realidad es un capullo sádico.

Tiempo aprox. de la entrevista: 8 minutos.

Impresiones: El tipo sabía quién era yo (lo presiento). Me pidió que me sentara muy amablemente y al ver en su ficha mi nombre me preguntó que cuál eran mis responsabilidades en Riado–Blackman. “He sido el director de…” Y no me dejó terminar con un “¿perdona?” bastante capcioso. Me levanté y me fui. No estaba dispuesto a que me humillaran con mi pasado de ‘director ficticio’. Busco una empresa que me quiera por lo que soy, no por lo que he sido. Bueno, en verdad busco una empresa que no sepa ni quién soy ni quién he sido.

Nota: Tengo mucha hambre. La búsqueda de trabajo ha disparado mi metabolismo. Sólo me quedan 13,34 dólares y un caramelo de fresa que cogí en la recepción de la empresa donde me he entrevistado. 

ENTREVISTA 3

Tipo de empresa: ¿¿¿Por qué son tan ambiguos en los anuncios clasificados???

Martes – 13:20 h

Entrevistador: Por teléfono, una voz muy sensual.

Suena el teléfono.

Voz: Golden Boy, ¿dígame? [No me suena para nada esta empresa]

Yo: Buenas tardes, llamaba por el anuncio del periódico.

Voz: ¿Cuál de ellos, por favor? [¿Hay más de un puesto vacante?]

Yo: Por el que dice que buscan una persona con buena presencia, don de gentes, universitario…

Voz: Muy bien. ¿Cuánto mide? [¿Eh?]

Yo: 1’83.Voz: Ummm, alto, eso está bien. ¿Buena forma física? [¿¿Eh??]

Yo: Uh… bueno… sí, hago ejercicio regular.

Voz: Deberás pasarte por aquí y dejarnos tu book. ¿Experiencia? [¿¿¿Book???]

Yo: Eh… Sí, he sido…

Voz: La agencia trabaja con clientes de ambos sexos, ¿algún inconveniente?

Yo: Creo que no. [¿Por qué voy a tener inconvenientes de tratar con hombres y mujeres?]

Voz: ¿Sabes? Debería ver primero tu book, pero las Navidades son fechas terribles, la gente se siente sola y estamos desbordados. Tengo un cliente en el Upper East Side en estos momentos. Si me aseguras que eres guapo te mando para allá ahora mismo. [¿Guapo?]

Yo: Bueno… ¿Guapo?… Sí, creo… ¿Pero qué tengo qué hacer?

Voz: ¿No dices que tenías experiencia?

Yo: Sí, pero necesito saber un poco al menos sobre el perfil de la empresa y sus productos. No sé. No hemos hablado de qué puesto buscan cubrir, ni de remuneración.

Voz: El cliente es convencional, no quiere nada raro, son unos 350 dólares. Nosotros nos quedamos el 40% el resto es tuyo. Eso sí, si te pide algo raro me llamas y te doy tarifas. No pongas precios tú ni intentes quedarte con los extras, al final nos enteramos de todo.

Yo: ¡Oiga! Que soy un profesional serio.

Voz: Eso espero. Tienes que llevar los…

Impresiones: 1) Soy idiota y no me fijo en los encabezamientos de las secciones de los anuncios clasificados. 2) Los anuncios que buscan escorts profesionales están demasiado cerca de las ofertas de trabajo que no exigen llevar condones cuando visitas a un cliente. 3) Los anuncios que buscan escorts se redactan de forma muy muy ambigua. 4) Ahora comprendo el problema que suponía tener clientes de ambos sexos. 5) Me guardo el teléfono de la agencia para cuando se me acaben los 5,14 dólares que me quedan (el caramelo me lo he comido ya).

Nota: Tengo hambre. 

***

Miércoles – 8:15 h 

Se ha muerto Clifford Randsey III. Tenía 34 años. Iba al gimnasio, comía sano, no fumaba. Salía con las mismas chicas que yo. No me refiero al mismo ‘tipo’ de chicas, sino a las mismas chicas textualmente. En Nueva York habemos una especie de club secreto de solteros que van a los mismos locales nocturnos y se acuestan con las mismas chicas. Eso nos une mucho. Por eso he venido a su sepelio, a presentar mis respetos a uno de los nuestros. Podríamos haber sido cualquiera de nosotros. Ninguno estamos libres de sufrir un día, como Clifford, un colapso cardiaco mientras somos humillados en un sórdido cuarto de un hotelucho por una enana dominatrix y un travestí sesentón. Bueno, la escena tal cual puede que sea un poco irrepetible, pero la idea del colapso siempre es posible. 

El padre de Clifford, Clifford Randsey II, está muy afectado. Fin de la estirpe. En verdad tenía un hermano que se llama Jay y es cantautor en Tucson, trabaja en bares de carretera. Pero ya nunca habrá un Clifford Randsey III, porque el hermano no puede heredar el ‘III’ porque no se llama Clifford (es obvio) y el vástago superviviente de los Randsey nunca tendrá un hijo al que llamar Clifford Randsey III porque perdió los testículos en una accidente de caza en Europa. Se los voló su propio hermano en un episodio bastante escabroso que segó el interés de Jay por estudiar Derecho y continuar en el negocio de las finanzas internacionales como su padre, y antes de su padre su abuelo. Por el contrario la voz se le afinó y aprendió a componer. “Los caminos del Señor son inescrutable” decía el cura presbiteriano que daba sepultura al último Clifford Randsey. ¡Es comprensible el dolor que estaba viviendo su padre en aquellos momentos! 

Me acerco a darle el pésame. Nos miramos sin pronunciar palabra. Comprende que comparto su dolor. Nos abrazamos. 

–Era un hombre excepcional –le dijo y él asienta secándose el llanto–, como pocos. Un amigo de los que siempre estaba ahí –“tirándose a la tía que te gusta” pienso– y nunca te defraudaba. Y como Presidente de Randsey Co. no tenía parangón. ¡Qué ingenio! ¡Qué intuición! ¿Está pensando en alguien concreto para ocupar su puesto? Yo, casualmente, estoy buscando… 

***

ENTREVISTA 4

Tipo de empresa: Auditores financieros.

Jueves – 10:10 h

Entrevistador: Hombre, caucásico, en los 40, pinta de contable.

Tiempo aprox. de la entrevista: 3 minutos.

Buenos días, Sr. Ridao” me dice el cuatro ojos, “qué mal aspecto tiene ese ojo, ¿se lo ha visto un médico?”. Me levanto y lo mando al cuerno.

Nota: Aquél hombre estaría muy triste por lo de su hijo fallecido, pero no le importó en absoluto montar una escena dándome un puñetazo en todo el ojo. ¡Qué poco respeto por la memoria del muerto!

*** 

Llego a casa (bueno, a casa de Warren) y lo encuentro sentado en el sillón, de brazos cruzados, esperándome. Rezo porque no empiece otra vez con lo de que si oigo gemir en su cuarto no entre a ver qué pasa. Espero que se le haya pasado la crisis de falta de intimidad que atraviesa últimamente. Está serio, mirándome.

–¿Qué tal la entrevista? –me pregunta.

–Ufff, ni preguntes –me cojo la nariz como diciéndole “aquello apestaba, tío”, pero no el hace gracia.

Sigue serio. Veo junto a él un gorrito de Papá Noel. Es buena señal, el espíritu navideño ha llegado al apartamento y todo los malos rollos se irán por la chimenea (bueno, tenemos calefacción central).

–Ho, ho, ho –le digo imitando a Papá Noel.No se ríe.

Lo repito y le señalo el gorro. Sigue sin reírse.

–¿Y eso? –le pregunto con mi mejor sonrisa señalándole el gorro.

–Eso es tu nuevo uniforme de trabajo.

Ahora soy yo el que no se ríe.

EL CRACK (el serial) - Capítulo IX

Viernes, 12 Diciembre 2008

Esto es el mundo real 

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Ser financiero en Nueva York es un asco. Si un cutre ensamblador de una cutre fábrica de coches utilitarios (¿hay cosa más cutre y más inútil? Si al menos fuera una fábrica de limusinas) pierde su trabajo, todo el mundo le compadece. Pero si yo, un financiero de Wall Street, soy despedido, todo el mundo piensa “¡que te jodan!” 

Todos saben que cuando uno busca trabajo lo primero que tiene que hacer es llamar a las puertas de sus “amigos”. Lo he intentado, juro que lo he intentado. Pero de pronto todos tienen la agenda copada y sus ineptas secretarias se niegan a hacer un hueco para mí. ¿Qué fue de aquello de “¿comemos hoy?, espera que despeje la agenda”? El martes me encontré con Courtney, un capitoste de una firma de inversiones, que salía de almorzar en un restaurante cercano al MET. Con él he comido, jugado al padel, salido de noche, le he presentado a modelos, e incluso llevado a su casa en un estado  cercano a un coma etílico a base de Dry Martines: se podría decir que era un amigo, ¿no? Su coche estaba a apenas tres metros de la puerta del restaurante y yo al principio de la manzana, a unos 12 metros. Pues salió poniéndose el abrigo, giró la cabeza y me vio, ¡¡me vio!!, yo lo saludé con la mano entusiasmado pensando que por fin podía hablar con uno de mis “amigos” sin que hubiera una secretaria infranqueable de por medio, él me sonrió… y aceleró el paso para meterse en la berlina de su empresa. Y allí me quedé yo, helado, como un pasmarote, pensando… “¡será cabrón!” 

De pronto me siento como esos críticos de moda amados y temidos, agasajados hasta la saciedad, alabados y mimados, que un buen día son despedidos de su medio de comunicación y nunca más son tenidos en cuenta, y ven como todas las atenciones que les dispensaban pasan a su sustituto. La moda es cruel… y las finanzas no te digo ya.  

No tengo ni un centavo. Pero no quiero abandonar mi costumbre de comer en buenos restaurantes. Estaré fuera del mercado laboral, pero la vida social me niego a abandonarla. Eso sí, tengo que confiar en la generosidad de los habituales. Mi técnica es: 

Entro en el restaurante y realizo un escaneo visual. Al momento se acerca el maître, que me conoce de sobra sea cual sea el restaurante, y me pregunta como si fuera un indigente que se ha colado en el restaurante (Warren dice que es paranoia mía) si tengo mesa reservada. Para entonces ya he localizado a alguien conocido, así que le digo que he quedado con tal o cual cliente y paso sin esperar a ser invitado, raudo y veloz, y saludo efusivamente a mi víctima almorzatoria, le digo que había quedado a comer con alguien que no está en su círculo de amistades para que no pueda comprobarlo y espero a que me invite a sentarme. Sólo es cuestión de ser ágil y cuando ves que la velada empieza a languidecer te levantas antes de los postres, te disculpas, y te largas con tu carisma intacto (no te hacen pagar si no has tomado postre). 

*** 

–Hola, Elizabeth –Elizabeth es una importante editora de una revista pseudopolítica–, te he visto y no quería irme sin saludarte. 

Está sola. Me mira seductoramente. No es mi tipo en absoluto, ni leo nunca su revista, pero es la única cara conocida del restaurante. Creo que hoy he llegado demasiado pronto. 

–Había quedado con… Clark Olympiakos, de Fisher Lynch –¡Joder! Esta tipa conoce a todo el mundo, así que me he tenido que inventar un nombre ficticio. No soy muy rápido echando embustes así que lo primero que se me ha ocurrido es mezclar la identidad secreta de Superman con el nombre del equipo de fútbol.

–¿Olympiakos? No me suena.

–Será porque es de la sucursal de la costa oeste. Está aquí por unos días y… –hasta ahí llego, mi imaginación se ha agotado–, bueno, que justo entrando me llama y anula la cita por no sé qué. Y te he visto y me he dicho “tengo que saludar a Elizabeth”, pero ya me iba.

No me invita a sentarme. ¿Por qué no me invita a sentarme? ¿Por qué demonios sólo me mira sonriendo y dice que sí con la cabeza? Joder, invítame a sentarme. Veo pasar un camarero a medio metro de mi espalda.

–¡Uy, perdona! –finjo que le estorbo, aunque es evidente que no, y me siento como para quitarme del paso–. Por cierto, la última portada de tu revista con Obama es realmente impactante –la he visto por casualidad en un kiosco.

Llega el camarero y sin que nadie me haya invitado pido Vol–au–Vent de setas de temporada, ensalada de ricotta y trufa a la vinagreta. 

*** 

Después de una primera semana odiando a todo el mundo he aprendido que el odio indiscriminado no te lleva a ninguna parte, es mejor concentrarlo en unos pocos. Quitando a mi padre, a la persona que más odio en estos momentos es a Robert, mi secretarucho traidor. Así que en vez de odiarlo en la distancia decidí hacerle una visita en su nuevo puesto, en la oficina ‘verdadera’ de Ridao-Blackman Global Investors. Me hacen esperar en recepción a que salga. 

–Rafael, me alegra verte.

–Vaya, ya no hay ‘usted’ de por medio. Veo cómo se trepa en esta empresa –permanece en un silencio inexpresivo–. ¿No tienes nada que decir?

–Que lo siento por ti.

–Traidor. Has dejado que haga el ridículo desde el primer día. Porque tú lo sabías…

–¿Oficialmente? No. Pero no había más que leer los informes que dejaba sobre tu mesa a diario para darse cuenta que la toma de decisiones venía desde esta oficina.

–¿Informes? ¿Qué informes?

–Una pila de documentos con el sello de la empresa que siempre has tenido sobre la esquina exterior derecha de tu escritorio –no tengo ni idea de lo que me habla–. ¿No te suena? Todas las mañanas te colocaba el informe del día encima de los periódicos y las revistas.

–¡Ah! Eso –los papeles que apartaba para coger el WWD.

–Sí, eso, ¿los has leído alguna vez? –mi cara me delata: no– No había que ser muy lis…Se interrumpe dándose cuenta que está profiriendo un posible insulto.

–Eso es lo que pensáis todos, ¿no? Que soy un subnormal autista.

–Borderline.

–¿Cómo?

–Que tu padre te llama subnormal borderline. Conste que yo nunca he pensado tal cosa, sólo que te dispersas y no prestas atención a lo importante. Quizás sea esta una buena oportunidad para reinventarte. Tienes talento Rafael… pero quizás no como financiero. 

Y se marcha dejándome plantado boquiabierto. No me lo puedo creer. Sin mi cargo hasta un secretarucho de tercera me puede soltar a la cara lo que piensa. 

*** 

Elizabeth se levanta porque no tiene buena cobertura para atender a la llamada que ha recibido al móvil. Pasan unos diez minutos. Se acerca el camarero y me pregunta qué postre voy a pedir y le respondo que esperaré a que vuelva la señora. Veo como el camarero habla con el maître. ¿Dónde está Elizabeth? Se acerca de nuevo el camarero con una tarjeta en la mano. 

“Rafael, me tengo que ir urgentemente. Una pequeña hecatombe editorial me reclama. Siento no despedirme, te debo un almuerzo. Llámame” 

¡La muy zorra se ha ido sin pagar! Quizás mi ‘treta’ ya no es tan secreta y se ha adelantado

*** 

Estar dos horas sentado en el hall del restaurante esperando a que Warren llegue para pagar la cuenta y rescatarme no es de las mejores experiencias que he tenido en mi vida. Mi amigo llega y sin dirigirse a mí conversa con el maître, le alarga la tarjeta de crédito, bromean (aunque no los llego a entender), le da una propina, y sale sin dirigirse a mí. 

Lo sigo. 

–Esto no es…

–No digas nada –me corta fríamente.

–Yo cómo iba a esperar…

–Ese es el problema, Rafael, que no esperas, no piensas, no prevés. A ver: ¿Cuándo prevés dejar de vivir en mi sofá? –no sé qué responder–. Ya veo. ¿Te has planteado trabajar?

–He estado buscando…

–No, Rafael, no. Lo que tú buscas no lo vas a encontrar. Nadie te va a pagar por no hacer nada como hacía tu padre. Y no es un buen momento para ser exquisito, ¿sabes? ¿Fuiste a clase cuando explicaron el término “crisis”?Se acerca a un kiosco, compra un periódico y me lo estrella contra el pecho.

–Mira, esto es un periódico real, no habla de moda ni de quién deja a su marido para irse con su socio. Un periódico real, con noticias reales, con una sección para los que buscan trabajo real.

Me siento como a un niño pequeño al que le han echado la bronca de su vida. Mi cara es muy explícita al respecto y Warren se ablanda.

Madura, Rafael. Te digo esto porque soy tu amigo –me dice.

Pues menos mal.

EL CRACK (el serial) - Capítulo VI

Viernes, 21 Noviembre 2008

¿Quién soy yo? 

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La cuenta atrás ha empezado. Un “plan de actuación”. Eso es lo que me pidió papá. ¿Pero qué demonios en un plan de actuación? He googleado el término a ver si tengo suerte y me lo explican en la Wikipedia o encuentro alguna web que tenga alguna plantilla que me ayude a redactar uno. En Georgetown nos mandaban a hacer este tipo de cosas, ‘casos prácticos’ lo llamaban, debería recordar de qué iban. Lo malo es que por orden de apellido siempre me tocaba hacer estos trabajos con Elijah Rockefeller, todo un cerebrito que no me dejaba participar en nada. Decía que era más rápido que lo hiciera él todo y que yo sólo pusiera mi nombre, porque si me tenía que ir explicando todo a cada paso no terminaríamos nunca.  

Nada, dos horas y veinte minutos afanándome en Google y no encuentro nada que pueda plagiar con dignidad. Le pido a Robert que entre en el despacho, este chico es una máquina buscando en la red. 

–¿Quería?

–¿Si tuvieras que buscar un ‘plan de actuación’ en Internet dónde…?

–¿Un plan de actuación? ¿A qué se refiere? 

Decido ser franco y contarle lo que necesito. Confesando mi ignorancia ahorraremos el tiempo de tratar de salir con dignidad del trance. 

–…por eso necesito encontrar un ‘plan de actuación’ en la red. Algo como uno de esos currículum estándares que uno rellena con sus datos.

–Me temo que no encontrará nada por el estilo –lo dice con ese gesto de condescendencia que ponen los camareros de los restaurantes franceses cuando les pides que te traduzcan la carta.

–¿Y eso por qué? –le pregunto un tanto cabreado ya.

–Primero porque lo que usted llama “plan de actuación” responde a circunstancias muy concretas de la realidad de una empresa y es imposible que se redacten en términos “estándar”. Y segundo, porque ese tipo de documentación suele ser interna, confidencial y básicamente secreta, por lo que no suele circular por la web. 

También son secretos los informes del ejército sobre los avistamientos de ovnis y sin embargo la red está plagada de ellos. Pero prefiero no discutir con un subordinado sobre temas importantes y le pido que me indique dónde está el despacho de nuestro COO, el tal Coleridge de las narices. Seguro que él puede serme de utilidad. En vez de decirme simplemente en qué planta está me garabatea algo en un post–it y sale del despacho. 

Cuando leo la nota me quedo pasmado, ha escrito una dirección, a unas cuatro manzanas de nuestro edificio. ¡Qué extraño! ¿Por qué no estamos todos en el mismo edificio si este pertenece a papá? Cojo mi chaqueta dispuesto a poner un poco de luz en este enigma. 

***

 Wall Street es realmente asombrosa. Una calle con un pulso muy singular. Pero en estos días todo es especialmente intenso. Aún hay ex–trabajadores de Lehman Brothers pidiendo trabajo con carteles colgados del pecho. ¡Qué indigno! Hombres hechos y derechos, con carreras universitarias, pidiendo ser ‘adoptados’ como perritos de una perra promiscua e irresponsable. Incluso en la adversidad hay que comportarse con dignidad. 

Batman pasa por mi lado. Esto es Nueva York, nadie lo mira dos veces. Alguien me echa el brazo por encima de los hombros sin previo aviso. Es Warren, salido de LA NADA, es decir, de sus oficinas. Llamamos a sus empresas LA NADA porque se dedican a especular con sinergias: gestionan fondos de inversión de empresas interrelacionadas que crean sinergias ente si. Que me maten si sé qué es concretamente lo que venden. Warren llama a esta ‘filosofía’ inversionista “gestión creativa”. Hay tantos gestores de fondos en Wall Street que más que rentabilidad han terminado vendiendo conceptos: fondos ‘green’ (de valores ecológicos), como los Fondos Ventus de Climate Change Capital que invierte en energía limpia, transporte limpio, eficiencia energética y recuperación de residuos. ¿Qué será lo próximo? ¿El fondo Torrebruno que reúna los principales valores de empresas dirigidas por ejecutivos de menos de 1’50m.? 

–¡Ey, tío! ¿Has visto a ese tipo disfrazado? Wall Street no es territorio de Batman. Quizás de La Liga de la Justicia de América o de Los Vengadores, pero Batman está desubicado.

–Vendrá a ver qué pasa con las inversiones de Bruce Wayne –como si estas cosas necesitaran tener una explicación racional en Nueva York.

–¿Y tú dónde vas?

–A conocer las otras oficinas de Ridao-Blackman Global Investors.

–¿Tenéis nuevas oficinas?

–No, son las… –lo menos que me apetece en estos momentos es verbalizar todas mis dudas y el mal rollo que tengo encima, pero si no lo suelto reviento– No, son ‘las oficinas’ de siempre, sólo que yo desconocía que existieran. Donde tú me visitas, me acabo de enterar, sólo estamos mi asistente y yo, mientras que el resto del personal está en otro edificio. ¡Y yo no lo sabía! 

Warren suelta un silbido que me suena a “jo, tío, qué putada” y yo asiento con la cabeza sin decir el “y qué lo digas” que se me viene a la boca. Decide acompañarme en mi expedición no sé si por solidaridad o por morbo.  

Llegamos a una mole de piedra y cristal de los de antes del 29 en cuyo vestíbulo luce esplendorosamente una gran placa de Ridao-Blackman. Piso 14, 15 y 16 indica. Al salir del ascensor nos topamos con una recepcionista sacada de Vogue pero con cara de “soy guapa, delgada, tengo un pelo maravilloso, pero no me toques los cojones”.  

–Buenos días, ¿Coleridge, por favor? –le dedico una de mis sonrisas patentadas de seducción asegurada (quizás pueda matar dos pájaros de un tiro… mejor dicho, un pájaro y una pájara).

–¿Tiene cita?

–No hace falta, sólo dígame dónde puedo encontrarlo.

–Señor, me temo que sin cita. Dígame su nombre, por favor, y veré si…

–Rafael Ridao –le suelto esperando que de pronto se le cambie la cara y se arrodille ante mí suplicando que no la despida. Sin embargo…

–¿De qué empresa? –esta tía es boba.

–Soy el CEO, señorita.

–¿De qué empresa? –insiste. Por el rabillo del ojo veo como Warren aguanta la risa.

–De Ridao barra Blackman. 

Espero que sea ya suficiente pero la tipa incompetente arquea las cejas y resopla. 

–Señor Ridao, el CEO de Ridao “barra” Blackman es Mr. Depsey.

–¿Depsey?

–Patrick Depsey.

–¿El de Anatomía de Grey?

–Ese es Dempsey –interviene Warren.

–¿Entonces quién es Patrick Depsey?

–El CEO de Ridao-Blackman, se lo estoy diciendo, caballero –responde la secretarucha de cejas arqueables.

–No, no, no, se equivoca. El CEO de Ridao-Blackman soy yo. Es obvio. Rafael Ridao de Ridao-Blackman. Mi nombre es Ridao como la compañía…

–Eso dice usted, claro –me responde la impertinente después de contenerse unos segundos. 

El ascensor se abre y aparece un rubicundo caballero con pinta de inglés de la campiña. Al percatarse del pequeño altercado que estamos protagonizando en recepción detiene su caminar y se acerca a la rubia. 

–¿Algún problema, Clarice?

–No, el caballero ya se iba, Mr. Coleridge.

–¡Ajá! ¡Coleridge! –le señalo con el dedo como un poseso, la rubia me tiene fuera de mis casillas.

–Clarice, llame a seguridad –mis encuentros con ‘seguridad’ empiezan a convertirse en una mala costumbre.

–Rafe, ¿por qué no nos vamos, te calmas y luego…? –intercede Warren.

–¡Como que me llamo Rafael Ridao que esta tipeja va a la puta calle! –esto dicho en castellano, en ciertos niveles de excitación olvido el bilingüismo.

–¿Ridao? –me pregunta Coleridge sosteniendo la mano de la recepcionista que busca el teléfono para avisar a seguridad–, ¿Rafael Ridao? Perdone el malentendido. Por favor, pase, creo que todo tiene una explicación.

–De eso nada –respondo aún gritando–, antes déjele claro a la rubia quién es el CEO de esta empresa.

–Mr. Ridao, creo que debiera hablar con su padre al respecto. Pero, por favor, pase a mi despacho. 

*** 

Hemos encontrado una tabernucha oscura y mugrienta en el Greenwich. Nos ha costado un poco dar con un sitio así, no suele estar en nuestra agenda ningún local que no sea o aspire a estrella Michelín o parezca en la guía Zagat. Pero para hundirme en la miseria me apetecía un sitio mísero. Nuestra mesa atestigua las tres horas de copa tras copa que llevamos aquí. En los últimos 25 minutos ninguno de los dos, ni Warren ni yo, hemos abierto el pico.  

–Bueno, tampoco es una tragedia, ¿no? –rompe el silencio mi amigo–. Eso de ser “hombre de paja” no está mal, te han estado pagando por no hacer nada, está de lujo.

–No soy un hombre de paja, un hombre de paja es un testaferro, ¿es qué no te enseñaron nada en la Faculta de Economía?

–Bueno, me enseñaron la diferencia entre trabajar y no hacer nada –me dice ofendido, pero enseguida se viene abajo–. ¿Pero de verdad no te diste cuenta de que no tenías ninguna función real?

–¡Y yo que sé! Era mi primer trabajo, no tenía puntos de referencia. Yo creía que ser financiero era eso. ¿Quién iba a pensar que mi padre me había montado un despachito y dado un puesto ficticio para tenerme lejos y calladito?

–Bueno, ¿entonces para qué te ha pedido un plan de choque frente la crisis? ¿No se encarga de eso el ‘otro’ Director General de la firma? ¿Qué espera realmente de ti? 

Buena pregunta.