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De compras navideñas

Lunes, 22 Diciembre 2008

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A veces lo más antiguo es lo más moderno. Estuve viendo regalos de Navidad, no porque esté a favor del consumismo en estas fechas, sino porque los demás me odiarán si no hago regalos a diestro y siniestro. Y aunque me encanta ser odiado por mis opiniones en cuanto a moda, no me gusta el odio gratuito que se puede remediar con una pequeña inversión una vez al año. ¿Pragmático? Pues sí. 

¿No habéis pactado alguna vez con un amigo, pareja o familiar aquellos “estas Navidades nada de regalos”? A priori es una buena idea. ¿Por qué vas a malgastar tu dinero en un regalo que el otro va a odiar tanto como tú el suyo? Esto es como el comunismo, que sobre el papel funcional, el problema es la praxis. Tú, superconfiado en que ese año te habías librado de la tortura de las colas para pillar el bus para ir a El Corte Inglés, que ya no tendrías que perseguir a una dependienta para que te cobrara o hacer otra cola para desembolsar el dinero, terminar en otra cola para que te lo envuelvan, y volver a casa como piojos en costura en un bus que has pagado a precios de servicio público digno aunque te traten como ganado. 

Pues bien, digo que con el pacto “no regalos” pensabas estar por encima de eso, pero al final la otra persona se descuelga con un detalle y se te desencaja la cara. “¿Pero no habíamos quedado…?”, “sí, sí, pero no me he podido resistir a comprarte este detalle sin importancia”. Ya, claro, pero tú quedas fatal porque pensabas que los tratos son para cumplirlos. Hay dos personas de las que nunca hay que fiarse cuando te dicen que no quieren regalos. A saber: 1) tu pareja, que aduce que la hipoteca aún no ha bajado y hay que ser sensatos. Seis meses después, en la discusión más inconexa, saldrá a relucir el dicho no-regalo; y 2) tu madre, que dice no necesitar nada. Hay que leer entre líneas: es cierto, no necesita nada, pero no significa que no quiera su regalo, y bien currado, porque tu hermano/a siempre hace mejores regalos. 

Todo esto venía a que el otro día  estuve viendo muñecos para una niña pequeña, de las que no tienen edad de jugar (ni comprender) el Chou Chou ‘mis primeros dientes’ (más de 36 €), el Pipo Caritas (casi 50 €) o las horribles Gabbage (unos 40 €). ¿El grado de realidad que han alcanzado los juguetes tiene que ver con la falta de imaginación de los niños de hoy? Pensé en un oso de peluche, pero siempre es lo mismo, son tan monos que las madres los guardan, los mantienen intactos y las niñas no los cogen hasta que se casan y van a montar su nuevo hogar. [Prometo que sopesé comprarle una de esas figuritas de Xena Princesa Guerrera para que tuviera un buen modelo femenino con el que crecer pero pensar en la demanda que me caería si la niña se salta un ojo con ella me disuadió]. 

De pronto descubrí en Coolkids algo que me pareció super retro pero super moderno a la vez, artesanal pero con diseño. Unos muñecos de trapo de la firma holandesa Pakhuis Oost con forma de animalitos que las madres no tendrán miedo a que los niños ensucien, porque se les puede meter en la lavadora. Tienen un toque muy de ‘hogar tradicional’ y cierta inocencia que hay que fomentar en los niños (los niños no tienen que ser pediatras, ni diseñadores, ni cocineros… sólo tiene que ser niños).