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Las pelis, las joyas y Bizancio

Jueves, 3 Diciembre 2009

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Si por algo me gustan las películas de época es por el trabajo de los diseñadores de vestuario. Estoy seguro que todo el mundo, alguna vez en la vida, ha ido a ver una película simplemente por el vestuario.  Todos diréis que no, pero pensad en María Antonieta o Memorias de una geisha… ¿No es menos cierto (como dirían los abogados, no comprendo por qué hablan tan raro) que las promos de las pelis hacían hincapié en el vestuario? ¿Y no es menos cierto asimismo (de nuevo tono de litigante) que cuando fuiste a ver esa peli ibas predispuesto a una sobredosis de belleza visual? ¡Voilá! De ahí deduzco, señoría, que el acusado fue a ver estas películas influenciado por sus vestuarios. Pido que le sea denegada la libertad bajo fianza.

¡Cómo desvarío! Lo que quería decir es que me parece que no nos molestemos en aprendernos los nombres de los directores de vestuario de las películas que nos gustan. Ahí van algunos que seguro has escuchado alguna vez pero que no has retenido: Milena Canonero (María Antonieta, Memorias de África… ), Colleen Atwood (Chicago, Memorias de una geisha, Nine…), Janty Yates (Gladiator, El reino de los cielos…) o James Acheson (El último emperador, Las amistades peligrosas, Restauración…), entre muchos otros. La labor de estos creativos los lleva a establecer colaboraciones con prestigiosos joyeros que recrean el estilo de la época en joyas exclusivas para las películas.

Pero imaginad que se quisiera hacer una película ambientada en el Imperio Bizantino. Esta temporada es tendencia en joyería, así que el trabajo estaría medio hecho ya, sólo habría que elegir entre las colecciones que están en el mercado. El estilo de las joyas bizantinas y las artes decorativas de esta civilización han llamado la atención de muchos creadores de joyas esta temporada. Sylvie Corbelin, por ejemplo, reinterpreta la clásica cruz bizantina en oro incrustándola de gemas, mientras que Solange Azagury Partridge prefiere centrarse en la larga tradición de los esmaltados de Bizancio. Ya en los famosos mosaicos de Ravena se da testimonio de la espléndida la orfebrería bizantina, donde las placas de oro se decoran con esmaltes cloisonné, que se obtenían mediante el vertido de vidrio fundido en alvéolos delimitados por hilos de metal. Estos esmaltes son hoy rarísimos y difíciles de reproducir por la viveza de color. Para ver esmaltados originales lo mejor es darse un paseo por Venecia, concretamente por San Marcos donde está la famosa Pala d’Oro que forma el altar mayor. Boucheron, Suarez, Durán, Piaget, Bvlgari… la lista de amantes de lo bizantinono termina. Me voy a detener un instante en ArqueoJoya, una firma creada por Iris y Estrella Cervera que combinan los elementos arqueológicos con la joyería, y en la que podemos encontrar cruces bizantinas de bronce del siglo VII d.C.  engarzada en oro con brillantes. Piezas con un doble valor, el de joya y el de pieza histórica.

Así que esta es la temporada propicia para jugar a ser la emperatriz Irene ‘La Ateniense’, famosa por su belleza (aunque de origen pobre), que curiosamente prefirió que la llamaran basileus (”emperador”), en lugar de la forma femenina que le correspondía. Fue regente de su hijo Constantino VI y también asumió el poder en solitario. Muy buena madre, lo que se dice buena madres, como que no fue. Primero decretó que ella tendría siempre prioridad en el gobierno frente a su hijo Constantino. Cuando este se convirtió en oposición y urdió una conspiración, esta la aplastó y castigó a los culpables, encarcelando a su propio hijo. Después el recuperó el poder pero una serie de fracasos militares hicieron que le devolviera el poder a su madre. Años después Irene tramó una conspiración contra su hijo siendo finalmente apresado y cegado por orden de su madre. Las heridas le causaron la muerte.  Así se convirtió en la primera emperatriz en la historia del Imperio Bizantino por derecho propio. Eso sí, no creo que la felicitaran mucho en el Día de la Madre. Digno de una película de Amenabar.

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