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Vinoble, catálogo de maravillas vinícolas

No me gustan las ferias ni los salones. Ni siquiera los que tienen como protagonista al vino. Por lo general, no me encuentro cómodo en estos encuentros de profesionales, donde siempre tengo la impresión de que me quieren vender algo que no he venido a comprar. Además, detesto ese ambiente característico de las ferias profesionales, donde se respira la necesidad de cerrar negocios y entablar relaciones provechosas.

Pero hay una feria a la que siempre regreso si tengo la ocasión: Vinoble, el salón de los vinos nobles, generosos, licorosos y dulces especiales. Tiene lugar cada dos años en Jerez de la Frontera y este año ha tocado, del 25 al 28 de mayo. Es la ocasión perfecta para probar los vinos más insólitos del planeta y comprobar, con cierto alivio, que en el universo vinícola no todo son tintos miméticos y blancos resultones, como los que estamos hartos de probar quienes ejercemos la cata con cierta regularidad.

En esta edición de Vinoble -la sexta, ya- hay auténticos tesoros entre 1200 vinos procedentes de 23 países que se han dado cita en Jerez: los sorprendentes vinos de hielo canadienses, los complejos y apasionantes riesling del Rin, los vinos australianos de podredumbre noble, los blancos de cosecha tardía de Chile y Argentina, los soberbios Sauternes y Tokajis –reyes de la dulzura vinícola-, los desconocidos dulces de Samos, Santorini y demás viñedos griegos… Y, por supuesto, los incomparables generosos del marco de Jerez, finos, amontillados, palo cortados, olorosos y demás vinos históricos que en Vinoble tienen la oportunidad de recuperar el terreno perdido y demostrar al mundo que son la auténtica joya de la viticultura española. 

Con este catálogo de maravillas vinícolas, tres días saben a poco para descubrir rarezas y regresar sobre vinos que no resisten comparación con aquello que consumimos a diario y llamamos vino. Vinoble es, por eso, un paréntesis en la ajetreada mediocridad, un territorio libre para aquellos que están dispuestos a prescindir de la dictadura del reloj y son capaces de disfrutar de los caprichos, excentricidades y genialidades de una panda de viticultores inconformistas que aún apuestan por la diferencia.    

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