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Amar la verdejo, pensar en grande

Siempre sospeché que estábamos cometiendo una tropelía abriendo las botellas de Belondrade y Lurton cuando acaban de llegar al mercado. Para ser honesto, el vino siempre me gustó, pero esa elegancia contenida –tan propia del savoir faire bordelés– muchas veces no compensaba el protagonismo que alcanza la madera, por mucho roble francés, batônage y demás mimos a los que somete Didier Belondrade a su famoso blanco de Rueda.

Mis sospechas se confirmaron la pasada noche del 26 de febrero, cuando con motivo del XV aniversario de la bodega, Belondrade y Lurton ofreció a un puñado de afortunados plumillas enológicos una cena con degustación de las últimas nueve añadas del vino en cuestión. La cita tuvo lugar en el Kabuki Wellington: todo un lujo.

Todos los vinos servidos, nacidos entre los años 2000 y 2007, procedían de botellas de formato doble magnum –o jeroboam–, salvo el más añejo (1999), fuera de programa, que llegó en botellas de 0,75 l. Esto, sin duda, favoreció a una lenta y armoniosa madurez de los vinos, que –como ya se sabe– envejecen mejor en los formatos más grandes.

Tengo que decir que la gozosa experiencia confirmó mi sospecha: este grande de Rueda, que descubrió al mundo el potencial de la variedad verdejo cuando se la trata con respeto, comienza a ofrecer lo mejor de sí tras más de cuatro años en la botella.  Así, debería estar penalizado descorchar un Belondrade & Lurton del 2007 o 2006 –son vinos aún por hacer, donde la presencia de la madera aún destaca en demasía–, mientras que el de la añada 2005 ofrece tanto placer que casi permite olvidar que, dentro de unos años, el vino estará mucho mejor. El B&L del 2004 se encuentra en el cenit de su evolución, y a partir de allí se suceden los tesoros: 2003, 2002 y 2001 son ya blancos para hacer historia: complejos, maduros, con una punta de aromas de hidrocarburos y una boca larga y exquisita, siempre con el final amargoso característico de la verdejo. El 2000 es un vino original, con un punto especiado. Y el 1999 ya encara su decadencia, aunque aún atesora un encanto decrépito.

Las reglas del mercado no favorecen a que la bodega retenga sus vinos durante más tiempo antes de comercializarlos; mientras que los aficionados aún muestran una tonta inclinación por los blancos de la añada más reciente. En casos como Belondrade y Lurton, habría que cambiar el chip.

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