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La guerra del rosado

El pasado día jueves, en una feria de vinos navarros que tuvo lugar en la sucursal madrileña de Lavinia, topé en un rincón con una pila de folios que reproducían un manifiesto: “Por la defensa del rosado europeo”.

Poco afecto a la vociferación panfletaria, en este caso el tema llamó poderosamente mi atención, de modo que cogí una de las copias del manifiesto preguntándome de qué tiene que defenderse el vino rosa elaborado en la vieja Europa. Pronto entendí que los firmantes de la cosa –la Conferencia Española de Consejos Reguladores Vitivinícolas– están que trinan ante un reglamento que antes del verano pretende aprobar la Unión Europea, y que permitirá la mezcla de vinos: blancos y tintos para elaborar rosados (y también tintos). La propuesta prevé incluso crear nuevas categorías: “rosado tradicional” (para el rosado de toda la vida) y “rosado de coupage” (para los nuevos bastardos).

Los manifestantes se rasgan las vestiduras porque consideran que no pueden existir dos tipos de rosados, sino sólo el que nace de una vinificación particular, que consiste en la maceración de los mostos con los hollejos de las uvas tintas, durante un tiempo escaso pero preciso para aportar el color y el sabor propios de este vino. Los firmantes creen que la nueva norma viola descaradamente la identidad de los rosados europeos y su tradición. Sin embargo, no tienen en cuenta que la mezcla de distintos vinos (blancos y tintos) es una costumbre bien arraigada en distintas zonas vinícolas europeas. En Champagne, por ejemplo, donde tintos y blancos se vinifican por separado para luego mezclarse en el assemblage que determina el chef de cave de cada casa. También en el Ródano algunos tintos incorporan un pequeño porcentaje de vino blanco, aportando ligereza y carácter. Una costumbre que era habitual asimismo en Rioja, aunque últimamente haya caído en desuso.

Pero, sobre todo, los que protestan olvidan que la elección final será el gusto del consumidor. Si un “rosado de coupage” es mejor que uno “tradicional”, acabará imponiéndose, por mucho que pataleen los defensores de la tradición y la identidad.  

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