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Archivo de la categoría ‘Vinos’

Los premios Sibaritas se desmelenan

Mircoles, 3 Junio 2009

Sorpresa y estupefacción –por partes iguales– causaron los Premios Sibaritas en su nueva y flamante edición, cuyo acto culmine –la entrega de los galardones– tuvo lugar ayer mismo, día 3 de junio, en la sucursal madrileña de Lavinia.

Si el lector es ajeno al mundillo vinícola, deberá saber que estos premios reciben el nombre de la revista que los otorga, dirigida por el crítico José Peñín y fundada hace diecisiete años. Es decir: toda una referencia para la prensa vinícola vernácula. Para decidir sus galardones anuales, Sibaritas consulta a un amplio panel de críticos, sumilleres y tenderos, todos ellos dignos representantes del sector. 

Este año, como decimos en el título, los jurados que emiten su voto se han desmelenado, huyendo de arquetipos, compromisos y demás obviedades para lanzarse a elegir las bodegas y los vinos que han despertado más ilusión durante el año 2008.

Así, el premio al Vino del Año se lo llevó una bodega debutante, Ferrer-Salat, impulsada por dos profesionales que entienden el vino con rigor y pasión (aunque suene contradictorio): el empresario Sergi Ferrer Salat y el enólogo Raül Bobet. Su vino de gama básica, el Ferrer-Salat 2005, un suculento y elegante tinto del Priorato, se ha llevado el premio mayor en esta edición de los Sibaritas.

Como Vino para la Historia, los jurados escogieron el Espectacle 2005, nacido en viñedos próximos a los del vino anterior, pero acogido a otra D.O.: Montsant. Es una apoteosis del carácter de las viejas viñas de garnacha y lo firma un maestro de enólogos, René Barbier.

El premio a la Bodega del Año fue para 4Kilos Vinícola, una pequeña empresa sita en la localidad mallorquina de Felanitx y que sólo ha necesitado una inversión inicial de cuatro millones de las antiguas pesetas (de allí su nombre) para presentar dos vinos que enamoran: el portentoso cabernet sauvignon 4 Kilos 2006 y su hermano menor, 12 Volts 2007.

Como Hombre del Año, la revista especializada apuntó a la figura de Raúl Pérez, joven enólogo berciano que en estas últimas temporadas ha sorprendido a propios y extraños elaborando vinos en los destinos más insólitos: Monterrey, Madrid, Cebreros… además de su Bierzo natal, donde este pequeño e inquieto personaje borda la mejor expresión de la mencía con su tinto Ultreia.

Por fin, la ocasión de la entrega de premios fue propicia para que Lavinia también entregara el galardón al vino favorito de sus clientes: Predicador 2007, el más asequible de los vinos que elabora Benjamín Romeo, el padre del tinto español más premiado de los últimos años Contador. Todos ellos son grandes vinos y bien vale la pena probarlos para confirmar que esta vez los críticos no nos hemos equivocado.

El mejor tempranillo de Estocolmo

Domingo, 31 Mayo 2009

Programar una cata de vinos elaborados con la variedad tempranillo en la ciudad de Estocolmo puede parecer una excentricidad extrema. Pero fue justamente eso lo que aconteció en la capital sueca la pasada semana.

No se trata, en ningún caso, de un acto promovido por enómanos recalcitrantes en busca del exotismo: la cata de Estocolmo, por la que pasaron cerca de 400 vinos producidos a partir de la tinta española por antonomasia, es un evento de carácter oficial, por raro que parezca. En concreto: fue la quinta edición de primer concurso itinerante internacional consagrado a esta uva, que bien recibe el nombre de Tempranillos al Mundo.

Organizado por la Federación Española de Asociaciones de Enólogos y auspiciado por el Instituto de Comercio Exterior español, este concurso tuvo también como escenario, en las ediciones precedentes, la ciudades de Copenhagen, Colonia, Shangai y París, y cambia cada año de ciudad porque su vocación es promover la cultura de la tempranillo en el mundo.

Los suecos, cada vez más duchos y apasionados en asuntos vinícolas, acogieron con entusiasmo la posibilidad de catar cuatro centenares de vinos elaborados con esta uva y procedentes no sólo de España, sino también de países donde la tempranillo tiene un buen potencial cualitativo, como Argentina, Estados Unidos o Portugal. Así, a lo largo de dos arduas jornadas, catadores suecos, españoles y de otros orígenes –entre los cuales me cuento– analizaron las muestras a conciencia. Pasaron por las copas vinos rosados, tintos jóvenes, de crianza en barrica y ¡hasta un vino blanco nacido de esta uva tinta! Pero no fue este insólito blanc de noirs el vino más exótico, ya que también se presentaron a concurso un tinto tailandés y un rosado griego.

En el podio, sin embargo, los vinos españoles acapararon casi todos los premios. Faltaría más: imagínese el lector el revuelo que se armaría si en un concurso auspiciado por el ICEX triunfara un vino de otro origen. No fue el caso, al menos en Estocolmo. Aquí, la Gran Medalla de Oro fue para un tinto de la Ribera del Duero, el Durón Reserva 2005. Un tempranillo de corte clásico, racial y potente como gustan elaborar los castellanos. En cambio, la diversidad se impuso entre los 46 vinos que obtuvieron una medalla de oro: tintos riojanos y castellanos de perfil moderno, algún navarro, un par de extremeños –uno de calidad notable, el Quo Tempranillo Reserva 2005, de la Ribera del Júcar– varios Vinos de la Tierra y hasta algún representante de las D.O. Arlanza y Cigales.

El único vino extranjero premiado con el oro fue el estadounidense Abacela Tempranillo Reserva 2005. El argentino –de La Rioja argentina– Santa Florentina 2008 se llevó una medalla de plata. En cualquier caso, una cosecha escasa para los vinos foráneos que se apuntan a un concurso con vocación internacional pero donde los españoles tienen, por una vez, el éxito garantizado. 

La guerra del rosado

Sbado, 23 Mayo 2009

El pasado día jueves, en una feria de vinos navarros que tuvo lugar en la sucursal madrileña de Lavinia, topé en un rincón con una pila de folios que reproducían un manifiesto: “Por la defensa del rosado europeo”.

Poco afecto a la vociferación panfletaria, en este caso el tema llamó poderosamente mi atención, de modo que cogí una de las copias del manifiesto preguntándome de qué tiene que defenderse el vino rosa elaborado en la vieja Europa. Pronto entendí que los firmantes de la cosa –la Conferencia Española de Consejos Reguladores Vitivinícolas– están que trinan ante un reglamento que antes del verano pretende aprobar la Unión Europea, y que permitirá la mezcla de vinos: blancos y tintos para elaborar rosados (y también tintos). La propuesta prevé incluso crear nuevas categorías: “rosado tradicional” (para el rosado de toda la vida) y “rosado de coupage” (para los nuevos bastardos).

Los manifestantes se rasgan las vestiduras porque consideran que no pueden existir dos tipos de rosados, sino sólo el que nace de una vinificación particular, que consiste en la maceración de los mostos con los hollejos de las uvas tintas, durante un tiempo escaso pero preciso para aportar el color y el sabor propios de este vino. Los firmantes creen que la nueva norma viola descaradamente la identidad de los rosados europeos y su tradición. Sin embargo, no tienen en cuenta que la mezcla de distintos vinos (blancos y tintos) es una costumbre bien arraigada en distintas zonas vinícolas europeas. En Champagne, por ejemplo, donde tintos y blancos se vinifican por separado para luego mezclarse en el assemblage que determina el chef de cave de cada casa. También en el Ródano algunos tintos incorporan un pequeño porcentaje de vino blanco, aportando ligereza y carácter. Una costumbre que era habitual asimismo en Rioja, aunque últimamente haya caído en desuso.

Pero, sobre todo, los que protestan olvidan que la elección final será el gusto del consumidor. Si un “rosado de coupage” es mejor que uno “tradicional”, acabará imponiéndose, por mucho que pataleen los defensores de la tradición y la identidad.  

Un tinto chileno encabeza el Top 100 de Wine Spectator

Sbado, 9 Mayo 2009

Un año más, el mundo del vino ha recibido con expectación y espíritu deportivo –por no decir ansias comerciales, en medio de la crisis– el ranking más famoso e incluyente de cuantos se elaboran en este ámbito: el Top 100 que elabora la revista estadounidense Wine Spectator. El listado tiene sus limitaciones, ya que está elaborado a partir de los vinos distribuidos en los Estados Unidos, pero esto no le quita trascendencia como barómetro de las tendencias del mercado y el potencial comercial de las diferentes marcas. Después de todo, no solamente los lectores de Wine Spectator se dejan guiar por el Top 100, sino también muchos sumilleres, tiendas y restaurantes de todo el mundo.

Los críticos de la revista elaboran este listado a partir de todos los vinos catados por su equipo durante el año (en el 2008, fueron nada menos que 19.500). El primer requisito para entrar en el Top 100 es superar una calificación de 90 puntos sobre 100. Pero la posición que alcanza cada vino tiene que ver con otros tres criterios: precio (a mayor puntuación y menor coste, mejor posición en el ranking), disponibilidad (los vinos de mayor producción y bien distribuidos tienen más posibilidades que las cuvées más minoritarias y elitistas) y, por último, el intangible “factor X”,  tal como denominan los responsables de Wine Spectator a la emoción que despierta cada vino. Un cuestión sin duda subjetiva, pero que aporta una faceta romántica a la fría calificación numérica.

El Top 100 del 2008, que acaba de darse a conocer, está encabezado por un tinto chileno: el Clos Apalta 2005, que elabora la familia francesa Marnier-Lapostolle en el valle de Colchagua con la emblemática variedad carmenère, cabernet sauvignon, merlot y un pequeño porcentaje de petit verdot. Este vino fue calificado por los críticos de Wine Spectator con 96 puntos y se vende en Estados Unidos por 75 dólares.

No es un chollo, desde luego, pero es más barato que el segundo de la lista, el bordelés Château Rauzan-Ségla 2005 (Margaux), que obtuvo en la cata un punto más (97), pero cuesta 100 dólares en ese mercado. Hete aquí un buen ejemplo de cómo influyen los diferentes criterios para elaborar este Top 100.

El resto del “podio” del Top 10 lo integran el portugués Quinta do Castro Reserva Old Vines 2005 (del Douro, en 3º posición), el Sauternes Château Guiraud 2005 (4º), dos tintos de Châteauneuf du Pape –Domaine du Vieux Télégraphe La Crau 2005 (5º) y Château de Beaucastel 2005 (8º)–, el Barolo Pio Cesare 2004 (6º), el bordelés Château Pontet-Canet 2005 (de Pauillac, 7º), el festivo shiraz australiano Carnival of Love 2007 (de la bodega Mollydooker, 9º) y el californiano Seghesio Zinfandel 2007 (de Sonoma County, 10º).

La presencia española tiene un cariz ligeramente decepcionante. Este año, sólo seis vinos aparecen en la lista (uno menos que en el top del 2007), y el primero que asoma lo hace en el puesto 34: Condado de Haza Crianza 2007. El año pasado, teníamos un español, Torre Muga 2007, en el 11º lugar. Aunque Muga puede estar conforme, porque repite con otro vino, el Muga Reserva 2004 (65º). También vuelve a aparecer un vino de la bodega riojana Lan –por lo visto, una de los favoritas de Wine Spectator–, el Lan Reserva 2004 (52º). Completan la representación española los tintos San Román 2004 (Toro, 36º) y Sierra Cantabria Crianza 2004 (Rioja, 71º) y el blanco Legado del Conde 2007, de Adegas Morgadío (Rias Baixas, 2007).

Una aportación paupérrima para una viticultura como la española, rica en excitantes novedades y marcas con magnífica relación precio-calidad que bien pueden hacer blanco en el famoso “factor X”. Pero probablemente estos vinos aún no llegan a las manos, paladares y narices de los especialistas del Wine Spectator.

Sirva esta reflexión como consuelo.  

Jarabe de Delfín

Mircoles, 15 Abril 2009

Ya habíamos comentado en este blog acerca de la sonora irrupción del modisto David Delfín en el mundo de la repostería, con una receta tan genial como intragable: unos huevos fritos que, bajo una inocente apariencia de huevos fritos, esconden en realidad un empalagoso postre. Y ahora nos vemos obligados, claro, a comentar la incursión de este diseñador el mundo del vino. Obsesionado por el trompe l’oeil, la argucia visual del ornamento que simula ser otra cosa, ahora Delfín se descuelga con una botella de vino –Pagos de la Sonsierra 2006– que simula un enorme frasco de jarabe. No contento con la dimensión del esperpento, Delfín ha metido la botella-frasco en una caja que simula la de los medicamentos y ha añadido una suerte de prospecto donde no sólo se describen las características del vino, sino también su “posología” y “efectos secundarios” (beneficiosos, claro: la paciencia del cliente tiene su límite).

La “broma” se repite en las 7.947 botellas de Pagos de la Sonsierra que este año llegarán al mercado, como edición limitada. ¿El vino? Es lo de menos: correcto, con notas de fruta muy madura, la madera en primer plano y una boca ligeramente astringente. Desde luego, no está a la altura de los 35 euros que cuesta el artilugio.

La culpa, desde luego, no es de David Delfín, sino del bodeguero que le da rienda suelta para conseguir lo más difícil: que su vino atraiga la atención de un consumidor atareado entre tantas novedades y etiquetas novedosas. Y vaya si consigue sus objetivos: aún criticando la iniciativa, tal como hacemos ahora mismo desde este rincón del ciberespacio, colaboramos con su difusión.

Al fin y al cabo, a las Bodegas Sonsierra y David Delfín les une la misma filosofía, la que promovió Oscar Wilde: “Lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal”.

Atauta cambia de Dominio

Mircoles, 1 Abril 2009

Dominio de Atauta, una de las más relucientes joyas de la reciente viticultura española, acaba de cambiar de dueño. La noticia, que se rumiaba desde hace algún tiempo en los corrillos del mundillo vinícola, ya se ha confirmado: la corporación Inveravante, presidida por el empresario Manuel Jove, se ha hecho con el 90% de la bodega.

Con esta adquisición, la división vinícola del grupo de Jove, Avante Selecta, adquiere ya unas dimensiones interesantes, sobre todo por la calidad de algunas de sus marcas: Álvaro Domecq, en Jerez; Mano a Mano y Venta La Ossa, en La Mancha; Viñas del Cénit, en Zamora; Naia, en Rueda; Mil Ciento Dos, en Navarra; y Viña Nora y Nuevo Milenio, en Galicia.  Sin duda, Jove sabe aprovechar la oportunidades que ofrece la actual coyuntura económica: en menos de un año, ha conseguido echarse al bolsillo a las bodegas “escindidas” del ambicioso proyecto de Jorge Ordóñez (Viñas del Cenit, Naia y Viña Nora) y también el prestigioso Dominio de Atauta, toda una referencia entre las nuevas bodegas de la Ribera del Duero.

De allí que, más allá de las circunstancias, no deje de llamar la atención que una bodega con una proyección tan espectacular como ha tenido Dominio de Atauta, cambie de propietarios cuando aún no ha completado sus primeros diez años de vida. Fundada en el año 2000 por el distribuidor Miguel Sánchez, Dominio de Atauta pronto reveló el potencial de las viejas viñas que han sobrevivido a la filoxera en un remoto paraje de Soria, a más de 900 metros de altura y en un paisaje de conmovedora austeridad. Sin duda, una buena parte de la rápida ascensión de esta bodega se debe al trabajo del enólogo francés Bertrand Soudrais, quien trabajando con métodos de viticultura biodinámica y una rigurosa selección parcelaria −ha calificadas hasta 600 parcelas diferentes en torno a la bodega− ha dado a conocer vinos tan singulares como La Mala, Pago de Valdegatiles y Llanos del Almendro, sin olvidar el Dominio de Atauta genérico.   

Al dios Baco rogamos que, aún con el cambio de dominio, el tesoro de Atauta siga ofreciéndonos alegrías tan grandes como las que nos han proporcionado estos vinos.

Los vinos de las nubes

Mircoles, 11 Marzo 2009

En un momento en el que la calidad ha dejado de ser monopolio de las regiones vinícolas tradicionalmente más prestigiosas –eso es bueno– y los vinos del ancho mundo se parecen cada vez más –eso es malo–, aventurarse por un rincón del globo donde aún se puede descubrir en el fondo de la copa algo diferente es casi un milagro.

Justamente, es lo que me acaba de suceder en una visita a los valles Calchaquíes, en el remoto norte de Argentina. No es esta, desde luego, una región del todo accesible: para llegar hasta allí hay que volar a la ciudad de Salta –o San Miguel de Tucumán– y luego atreverse a recorrer interminables carreteras, muchas de ellas sin asfaltar, atravesando paisajes insólitos: desiertos casi lunares, pueblos fantasmas y montañas desnudas, sólo adornadas por los fuertes contrastes cromáticos que regalan las distintas composiciones minerales. Los viñedos plantados en estos valles son los más altos del mundo. Allí, los vinos anuncian en su etiqueta el récord de altitud, como si se una competición de salto con pértiga se tratase: 2200, 2380… ¡2700! La reinas de estos vinos de vértigo son la blanca torrontés –la uva estandarte de la viticultura salteña- y la tinta malbec, aunque también se puede encontrar parcelas cultivadas con cabernet sauvignon, tannat, syrah, petit verdot…

La viticultura no es nueva en la región: hay cepas plantadas en 1854. Lo que sí es reciente es la impresionante evolución de la calidad de los vinos y el desarrollo del enoturismo, lo que se refleja en una ruta del vino oficial y una serie de hoteles a cual más lujoso: Patios de Cafayate, Hacienda Molinos, Colomé… Sin duda, parte de este impulso procede de la inversión extranjera. El ubicuo Michel Rolland lleva más de veinte años apostando por el carácter de los vinos de altura (con su joint venture con la familia Etchart en el pago de Yacochuya) y el millonario suizo Donald Hess ha desembolsado unos cuantos puñados de dólares para dar lustre a su hacienda en Colomé, con el primer viñedo biodimámico certificado en la Argentina, un coqueto hotel boutique y un museo monográfico dedicado a la instalaciones lumínicas del artista James Turrel, que se inaugurará el próximo mes de abril.

Pero nada de esto tendrá sentido sin el tesoro de esos vinos tan característicos. Blancos exuberantes, frescos y aromáticos y tintos potentes y concentrados, con una madurez al borde del abismo y un encanto mineral y asilvestrado. Estos vinos nacidos en las nubes no sólo pulverizan récords de altitud, también de volumen alcohólico: Viñas de Dávalos 2007, el tinto estrella de la bodega más alta (Tacuil, 2597 m), malbec-cabernet sin crianza en madera, es un portento de complejas sensaciones (aromas de aceituna negra, tinta china, fruta roja) que atesora nada menos que 16,9º grados. Sólo se puede importar en Europa si se lo cataloga como vermouth.

Vale la pena probarlo, si surge la oportunidad. Lo mismo puede decirse de otros vinos de estos valles: los Yacochuya –el torrontés, sobre todo-, los tintos de Humanao, los vinos del sabio José L. Mounier, el malbec Gualiama que elabora el “Chavo” Figueroa en su microbodega de Cafayate… En definitiva, todo un milagro, señores: aún quedan raras maravillas por descubrir en este mundo atiborrado de vinos clónicos.         

Amar la verdejo, pensar en grande

Mircoles, 4 Marzo 2009

Siempre sospeché que estábamos cometiendo una tropelía abriendo las botellas de Belondrade y Lurton cuando acaban de llegar al mercado. Para ser honesto, el vino siempre me gustó, pero esa elegancia contenida –tan propia del savoir faire bordelés– muchas veces no compensaba el protagonismo que alcanza la madera, por mucho roble francés, batônage y demás mimos a los que somete Didier Belondrade a su famoso blanco de Rueda.

Mis sospechas se confirmaron la pasada noche del 26 de febrero, cuando con motivo del XV aniversario de la bodega, Belondrade y Lurton ofreció a un puñado de afortunados plumillas enológicos una cena con degustación de las últimas nueve añadas del vino en cuestión. La cita tuvo lugar en el Kabuki Wellington: todo un lujo.

Todos los vinos servidos, nacidos entre los años 2000 y 2007, procedían de botellas de formato doble magnum –o jeroboam–, salvo el más añejo (1999), fuera de programa, que llegó en botellas de 0,75 l. Esto, sin duda, favoreció a una lenta y armoniosa madurez de los vinos, que –como ya se sabe– envejecen mejor en los formatos más grandes.

Tengo que decir que la gozosa experiencia confirmó mi sospecha: este grande de Rueda, que descubrió al mundo el potencial de la variedad verdejo cuando se la trata con respeto, comienza a ofrecer lo mejor de sí tras más de cuatro años en la botella.  Así, debería estar penalizado descorchar un Belondrade & Lurton del 2007 o 2006 –son vinos aún por hacer, donde la presencia de la madera aún destaca en demasía–, mientras que el de la añada 2005 ofrece tanto placer que casi permite olvidar que, dentro de unos años, el vino estará mucho mejor. El B&L del 2004 se encuentra en el cenit de su evolución, y a partir de allí se suceden los tesoros: 2003, 2002 y 2001 son ya blancos para hacer historia: complejos, maduros, con una punta de aromas de hidrocarburos y una boca larga y exquisita, siempre con el final amargoso característico de la verdejo. El 2000 es un vino original, con un punto especiado. Y el 1999 ya encara su decadencia, aunque aún atesora un encanto decrépito.

Las reglas del mercado no favorecen a que la bodega retenga sus vinos durante más tiempo antes de comercializarlos; mientras que los aficionados aún muestran una tonta inclinación por los blancos de la añada más reciente. En casos como Belondrade y Lurton, habría que cambiar el chip.

Disco, el vino de la noche

Domingo, 1 Febrero 2009

Uno de los eternos lamentos de los bodegueros españoles es la falta de querencia que demuestra la juventud vernácula por el vino. Y no se trata simplemente de un asunto sentimental: si las inmensas huestes de imberbes que se gastan su paga –o mísero salario de mileuristas– en botellón o cubata se pasaran a la degustación del vino, las cuentas saldrían mucho mejor.

No obstante la coincidencia de todos los implicados en este castigado sector, son pocos aquellos que han movido ficha para que las cosas cambien. De allí la novedad que representa la iniciativa de las bodegas Conde –responsables de los premiadísimos vinos Neo, en la Ribera del Duero–, que acaban de sacar al mercado un tinto llamado Disco y que nace con vocación noctámbula, para ocupar un lugar en la barra de los bares de copas y discotecas.

Los propietarios de esta bodega –que también son jóvenes, pero al mismo tiempo irredentos bebedores de vino– han tomado nota de lo que sucede en otras latitudes para concebir este tinto joven, monovarietal de uva tinta del país, que apenas pasa 4 meses por barricas para mantener la frescura y el carácter propio de la fruta. En síntesis, un tinto joven y desenfadado para gente de la misma calaña.

El diseño de la etiqueta y cápsula –atención a los surcos del vinilo allí reproducidos– y el precio de la botella (6,95 euros), son coherentes con el concepto de este flamante Disco 2007, que además de distribuirse en bares y discotecas se vende al público exclusivamente en las tiendas de Lavinia. Para darlo a conocer, la bodega promueve una gira protagonizada por los grupos OVNI, Yani Como –liderado por Javier Ajenjo, socio de la bodega– y Lori Meyers, que ya pasó por Madrid (Joy Eslava) y Barcelona (Sala Apolo) y continuará haciendo escalas por el resto de la geografía española a lo largo del 2009.

¡Larga vida al rock and roll! ¡Y al vino tinto! 

La cata del siglo XX llega al cine

Mircoles, 10 Diciembre 2008

El mundo del vino parece estar convirtiéndose, cada vez más, en objeto de interés cinematográfico. Tras el éxito del documental Mondovino -la diatriba del polémico Jonathan Nossiter contra los vinos globalizados- y la esperpéntica road movie Entre copas -que a punto estuvo de arañar algún Oscar y disparó las ventas de los pinot noir californianos-, llega ahora Bottle Shock, película argumental basada en un hecho real: la histórica cata que tuvo lugar en el hotel Intercontinental de París y en la que los emergentes vinos californianos se impusieron a los prestigiosos franceses.

El filme, que se estrenó el pasado mes de agosto en los Estados Unidos y tuvo una buena acogida en el festival Sundance, cumbre del cine independiente, está dirigido por Randall Millar y protagonizada por Bill Pullman y Alan Rickman. También con aires de road movie -fue rodada en los viñedos de Sonoma y Napa, además del Château Montelena-, Bottle Shock no está exenta de cierta polémica. Steven Spurrier, el británico afincado en Francia que fue el auténtico ideólogo de la famosa cata, no está precisamente de acuerdo con el modo en que se narran los hechos en la película. “Apenas hay una gota de verdad y muchísimas mentiras”, declaró a la revista Decanter, donde anticipó que planea llevar a los productores de Bottle Shock a los tribunales. Seguramente, no le ha gustado la interpretación grotesca que de su persona hace el actor Alan Rickman.

Pero no todos los personajes relacionados con aquella cata tienen la misma opinión: Jim Barnett, antiguo propietario del Château Montelena -una de las bodegas catapultadas por la cata de París- está implicado en la producción del filme. Aunque también es verdad que Barnett ya había pensado abandonar el negocio vinícola cuando se redó la película, ya que poco después su estreno vendió su château a los propietarios de Clos d’Estournel, mítico domaine bordelés que fue uno de los damnificados por la cata de 1976. Paradojas del destino: los vencidos compran la casa de los vencedores.

Por desgracia, Bottle Shock aún no tiene distribuidor en España. Habrá que viajar -real o virtualmente- para conocer esta discutida versión del episodio que cambió la relación de poderes vinícolas, situando a los productores del Nuevo Mundo en un primerísimo plano.