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Amar la verdejo, pensar en grande

Mircoles, 4 Marzo 2009

Siempre sospeché que estábamos cometiendo una tropelía abriendo las botellas de Belondrade y Lurton cuando acaban de llegar al mercado. Para ser honesto, el vino siempre me gustó, pero esa elegancia contenida –tan propia del savoir faire bordelés– muchas veces no compensaba el protagonismo que alcanza la madera, por mucho roble francés, batônage y demás mimos a los que somete Didier Belondrade a su famoso blanco de Rueda.

Mis sospechas se confirmaron la pasada noche del 26 de febrero, cuando con motivo del XV aniversario de la bodega, Belondrade y Lurton ofreció a un puñado de afortunados plumillas enológicos una cena con degustación de las últimas nueve añadas del vino en cuestión. La cita tuvo lugar en el Kabuki Wellington: todo un lujo.

Todos los vinos servidos, nacidos entre los años 2000 y 2007, procedían de botellas de formato doble magnum –o jeroboam–, salvo el más añejo (1999), fuera de programa, que llegó en botellas de 0,75 l. Esto, sin duda, favoreció a una lenta y armoniosa madurez de los vinos, que –como ya se sabe– envejecen mejor en los formatos más grandes.

Tengo que decir que la gozosa experiencia confirmó mi sospecha: este grande de Rueda, que descubrió al mundo el potencial de la variedad verdejo cuando se la trata con respeto, comienza a ofrecer lo mejor de sí tras más de cuatro años en la botella.  Así, debería estar penalizado descorchar un Belondrade & Lurton del 2007 o 2006 –son vinos aún por hacer, donde la presencia de la madera aún destaca en demasía–, mientras que el de la añada 2005 ofrece tanto placer que casi permite olvidar que, dentro de unos años, el vino estará mucho mejor. El B&L del 2004 se encuentra en el cenit de su evolución, y a partir de allí se suceden los tesoros: 2003, 2002 y 2001 son ya blancos para hacer historia: complejos, maduros, con una punta de aromas de hidrocarburos y una boca larga y exquisita, siempre con el final amargoso característico de la verdejo. El 2000 es un vino original, con un punto especiado. Y el 1999 ya encara su decadencia, aunque aún atesora un encanto decrépito.

Las reglas del mercado no favorecen a que la bodega retenga sus vinos durante más tiempo antes de comercializarlos; mientras que los aficionados aún muestran una tonta inclinación por los blancos de la añada más reciente. En casos como Belondrade y Lurton, habría que cambiar el chip.

Michelin, expertos en neumáticos

Jueves, 20 Noviembre 2008

Un año más, el mundo de la gastronomía española se revuelve ofendido ante las calificaciones anunciadas ayer en la presentación de la edición 2009 de la Guía Michelin de España y Portugal.

No por repetida, la historia resulta menos dramática. Y la situación, cuanto menos paradójica: mientras el mundo se rinde ante la creatividad y dinamismo de la restauración española, los inspectores de Michelin continúan con su habitual racanería a la hora de otorgar sus famosas estrellas. Lo peor es el agravio comparativo: mientras las ciudades estadounidenses –Nueva York, Las Vegas– y otras grandes metrópolis que han estrenado edición de esta guía en los últimos años, como Tokio, se hinchan a estrellas, en España el cómputo desciende: en la Michelin 2009, son 11 las estrellas que se pierden: La Broche (en Madrid, que pierde las dos tras la salida de Sergi Arola), Zuberoa (en Oiartzun, que pierde una y se queda con otra), Caelis (Barcelona), L’Alezna (Caces, Asturias), El Mesón de Doña Filo (Colmenar de Arroyo, Madrid), Playa Club (A Coruña), Fagollaga (Hernani), La Cuina de Can Pipes (Mont-Ras, Girona), L’Esguard (Llavaneres, Barcelona), Toñi Vicente (Santiago de Compostela) y Hostal de Sant Salvador (La Vall de Bianya, Girona).

Entre los beneficiados con nuestras estrellas, destacan el mismo Arola (que recupera las dos perdidas por La Broche con su salida); Alboroque, el restaurante de Andrés Madrigal en Madrid; Manairó, en Barcelona; y el Riff del alemán Bernd Knoller en Valencia.

Se han ido al limbo, de momento, las esperadas terceras estrellas para el Celler de Can Roca y Mugaritz, dos de los mejores restaurantes europeos de la actualidad, además de la primera estrella para templos del placer como Kabuki o el restaurante del museo Guggenheim de Bilbao.

Más que lamentarse, quizás lo inteligente sea no esperar más de unos inspectores cortos de mira que, al fin y al cabo, trabajan para una compañía experta en neumáticos.