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Delicias de oro, cobre y fuego

Martes, 7 Abril 2009

Ya sabemos que el oro ha obsesionado desde siempre a los humanos. Hasta el punto de llevárselo a la boca e ingerirlo. Los antiguos egipcios, al igual que los indios (de la India, no los de las pelis de vaqueros) ya lo añadían a sus comidas, creyendo que este metal atraía la suerte. Los chinos también le echaban un mordisco, considerando que alargaba la vida hasta allí donde todos fantaseamos.

Pero aunque algunos consideren que comer oro es una excentricidad, la voracidad por este metal continúa la orden del día. En España, son muchos los cocineros de relumbrón (nunca mejor dicho) que incorporan oro a sus platos: Quique Dacosta (El Poblet, Denia), Koldo Rodero (Rodero, Pamplona), Paco Roncero (La Terraza del Casino, Madrid)… E incluso los gourmets aficionados pueden hacer sus pinitos haciéndose con un dosificador de oro fino comestible como el que comercializa la empresa Orogourmet: se espolvorea en finísimas hojas (de 0,000125 mm de espesor y un quilataje de mínimo de 917/1000) y se funde en el paladar. Eso sí: no tiene sabor alguno. Aún así, en las tiendas de delicatessen puede encontrarse desde vinos espumosos donde flotan minúsculas partículas de otro hasta chocolates totalmente recubiertos en este metal. Todo un lujo hedonista, sin duda, aunque no nos vuelva inmortales.

Pero la pasión por ingerir metales no se acaba aquí: el restaurante Visual, ubicado en la última planta del Gran Hotel Torre Catalunya de Barcelona, presenta en estos días un menú denominado Cobre y fuego, que incluye asuntos tan sugerentes como un cóctel denominado Cobre Líquido, un plato llamado Aleación Naranja y un postre bautizado Fuego Frío. Pero que nadie se asuste, porque los comensales que se atrevan a subir al restaurante de la torre no sufrirán de una indigestión metálica. Ni el cóctel lleva cobre (sólo zanahoria y vodka con CO2), el plato es un inocuo royal de queso Idiazábal con curry y tónica, crema de calabaza y aportes de aceite de menta, y el postre, un granizado de ruibarbo con mandarina y espuma de crema catalana. 

Del vil metal, nada de nada…   

El mejor restaurante efímero del mundo

Viernes, 31 Octubre 2008

Hace tan sólo unas horas cerró sus puertas el II Salón Millésime, que durante tres días (28, 29 y 30 de octubre) concentró en la Casa de Campo de Madrid una febril actividad gastronómica-empresarial. Objetivo cumplido para los responsables del exclusivo Club Millésime, que han tenido la excelente idea de ofrecer a las empresas una completa agenda de actividades gastronómicas con las que seducir a sus clientes. Ya se sabe: cliente contento, contrato cerrado.

Con esta premisa, el astuto, audaz y creativo empresario Manuel Quintanero –responsable del Club y también uno de los padres de la cumbre Madrid Fusión– ha conseguido integrar a Millésime nada menos que 36 empresas –la mayoría de la banca privada, aunque también algunas de la industria del lujo, como Porsche o Cartier– que tienen durante los días del Salón su más sabroso caramelo.

Esta vez el escenario elegido fue el pabellón La Pipa de la Casa de Campo, un espacio desangelado que sufrió una impresionante metamorfosis para acoger el evento: mullidas moquetas, estands de diseño, arte de vanguardia en las paredes… ¡incluso un escenario con una orquesta de jazz tocando en directo! En este espacio hubo todo tipo de tentaciones: una calle del vino –con una interesantísima oferta de novedades seleccionadas por Lavinia–, otra de cócteles, un rincón de delicatessen, plataformas para show cooking donde se pudo ver (y probar) cómo elaboran sus platos cocineros tradicionales y exóticos… Ayer, por ejemplo, cocinaban, codo con codo, Estanis Carenzo, de Sudestada, Angelo Loi y Angelo Marino, de La Taverna Siciliana, y Kiko Ceballos, de Astrid y Gastón. En fin, todo un lujo que se completó con talleres sensoriales dedicados al champagne, los vinos, etc.

Pero sin duda lo que más ha llamado la atención fue el restaurante, distribuido en tres salones donde, a los largo de tres jornadas, comieron nada menos que 600 personas. Un asunto que podría haber resultado monstruoso de no haber sido coordinado por profesionales expertos: en las cocinas, Paco Roncero (de La Terraza del Casino), Joaquín Felipe (del hotel Urban) y Alberto Chicote (del Nodo y Pan de Lujo); y en el servicio de sala, Francisco Patón (también del Urban) como máximo responsable. Como apoyo, los mejores sumilleres y maîtres de Madrid. Además, cada día pasaron por la cocina cuatro chef invitados para preparar un menú diferente: Mario Sandoval (Coque, Madrid), Adolfo Muñoz (Adolfo, Toledo), Ángel León (A Poniente, El Puerto de Santa María)…

Todos ellos han conseguido que en el Salón Millésime funcionara en estas fechas el mejor restaurante efímero del mundo, con un servicio de altura (y grandes vinos, también seleccionados por Lavinia), camareros eficientes y cordiales y menús de hasta nueve pasos (entre los seis aperitivos, los dos platos principales y el postre, este último a cargo de Paco y Jacob Torreblanca), siempre con buen ritmo, temperaturas ajustadas, cocciones exactas… La verdad es que no se puede hacer mejor. ¡Châpeau!