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Los vinos de las nubes

Mircoles, 11 Marzo 2009

En un momento en el que la calidad ha dejado de ser monopolio de las regiones vinícolas tradicionalmente más prestigiosas –eso es bueno– y los vinos del ancho mundo se parecen cada vez más –eso es malo–, aventurarse por un rincón del globo donde aún se puede descubrir en el fondo de la copa algo diferente es casi un milagro.

Justamente, es lo que me acaba de suceder en una visita a los valles Calchaquíes, en el remoto norte de Argentina. No es esta, desde luego, una región del todo accesible: para llegar hasta allí hay que volar a la ciudad de Salta –o San Miguel de Tucumán– y luego atreverse a recorrer interminables carreteras, muchas de ellas sin asfaltar, atravesando paisajes insólitos: desiertos casi lunares, pueblos fantasmas y montañas desnudas, sólo adornadas por los fuertes contrastes cromáticos que regalan las distintas composiciones minerales. Los viñedos plantados en estos valles son los más altos del mundo. Allí, los vinos anuncian en su etiqueta el récord de altitud, como si se una competición de salto con pértiga se tratase: 2200, 2380… ¡2700! La reinas de estos vinos de vértigo son la blanca torrontés –la uva estandarte de la viticultura salteña- y la tinta malbec, aunque también se puede encontrar parcelas cultivadas con cabernet sauvignon, tannat, syrah, petit verdot…

La viticultura no es nueva en la región: hay cepas plantadas en 1854. Lo que sí es reciente es la impresionante evolución de la calidad de los vinos y el desarrollo del enoturismo, lo que se refleja en una ruta del vino oficial y una serie de hoteles a cual más lujoso: Patios de Cafayate, Hacienda Molinos, Colomé… Sin duda, parte de este impulso procede de la inversión extranjera. El ubicuo Michel Rolland lleva más de veinte años apostando por el carácter de los vinos de altura (con su joint venture con la familia Etchart en el pago de Yacochuya) y el millonario suizo Donald Hess ha desembolsado unos cuantos puñados de dólares para dar lustre a su hacienda en Colomé, con el primer viñedo biodimámico certificado en la Argentina, un coqueto hotel boutique y un museo monográfico dedicado a la instalaciones lumínicas del artista James Turrel, que se inaugurará el próximo mes de abril.

Pero nada de esto tendrá sentido sin el tesoro de esos vinos tan característicos. Blancos exuberantes, frescos y aromáticos y tintos potentes y concentrados, con una madurez al borde del abismo y un encanto mineral y asilvestrado. Estos vinos nacidos en las nubes no sólo pulverizan récords de altitud, también de volumen alcohólico: Viñas de Dávalos 2007, el tinto estrella de la bodega más alta (Tacuil, 2597 m), malbec-cabernet sin crianza en madera, es un portento de complejas sensaciones (aromas de aceituna negra, tinta china, fruta roja) que atesora nada menos que 16,9º grados. Sólo se puede importar en Europa si se lo cataloga como vermouth.

Vale la pena probarlo, si surge la oportunidad. Lo mismo puede decirse de otros vinos de estos valles: los Yacochuya –el torrontés, sobre todo-, los tintos de Humanao, los vinos del sabio José L. Mounier, el malbec Gualiama que elabora el “Chavo” Figueroa en su microbodega de Cafayate… En definitiva, todo un milagro, señores: aún quedan raras maravillas por descubrir en este mundo atiborrado de vinos clónicos.