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Michelin, expertos en neumáticos

Jueves, 20 Noviembre 2008

Un año más, el mundo de la gastronomía española se revuelve ofendido ante las calificaciones anunciadas ayer en la presentación de la edición 2009 de la Guía Michelin de España y Portugal.

No por repetida, la historia resulta menos dramática. Y la situación, cuanto menos paradójica: mientras el mundo se rinde ante la creatividad y dinamismo de la restauración española, los inspectores de Michelin continúan con su habitual racanería a la hora de otorgar sus famosas estrellas. Lo peor es el agravio comparativo: mientras las ciudades estadounidenses –Nueva York, Las Vegas– y otras grandes metrópolis que han estrenado edición de esta guía en los últimos años, como Tokio, se hinchan a estrellas, en España el cómputo desciende: en la Michelin 2009, son 11 las estrellas que se pierden: La Broche (en Madrid, que pierde las dos tras la salida de Sergi Arola), Zuberoa (en Oiartzun, que pierde una y se queda con otra), Caelis (Barcelona), L’Alezna (Caces, Asturias), El Mesón de Doña Filo (Colmenar de Arroyo, Madrid), Playa Club (A Coruña), Fagollaga (Hernani), La Cuina de Can Pipes (Mont-Ras, Girona), L’Esguard (Llavaneres, Barcelona), Toñi Vicente (Santiago de Compostela) y Hostal de Sant Salvador (La Vall de Bianya, Girona).

Entre los beneficiados con nuestras estrellas, destacan el mismo Arola (que recupera las dos perdidas por La Broche con su salida); Alboroque, el restaurante de Andrés Madrigal en Madrid; Manairó, en Barcelona; y el Riff del alemán Bernd Knoller en Valencia.

Se han ido al limbo, de momento, las esperadas terceras estrellas para el Celler de Can Roca y Mugaritz, dos de los mejores restaurantes europeos de la actualidad, además de la primera estrella para templos del placer como Kabuki o el restaurante del museo Guggenheim de Bilbao.

Más que lamentarse, quizás lo inteligente sea no esperar más de unos inspectores cortos de mira que, al fin y al cabo, trabajan para una compañía experta en neumáticos.      

Estalla la guerra de los fogones

Jueves, 22 Mayo 2008

El momento dulce que vive desde hace unos años la gastronomía española, reconocida como las más inspirada y desarrollada en todos los foros internacionales, acaba de tener un indigesto tropezón a causa de un cruce de declaraciones entre Santi Santamaría –el chef vernáculo que acumula más estrellas Michelin: nada menos que seis– y el colectivo Eurotoques, que reúne a los cocineros de mayor renombre.

El episodio que desencadenó esta “guerra de cucharas” fue la última aparición pública de Santamaría, que aprovechó el acto de entrega del Premio de Hoy a su libro La cocina al desnudo para lanzar una diatriba contra los cocineros de vanguardia. Les acusó de llenar los platos de gelificantes y productos de laboratorio y de presentar recetas que “nuestros padres no se habrían atrevido a darnos para comer”. El chef de Sant Celoni se acordó incluso de su colega Ferran Adrià, con quien aseguró tener “un divorcio ético”.

La respuesta del colectivo coquinario nacional no se hizo esperar y ayer mismo se difundió un comunicado de la asociación Eurotoques, firmada por 140 cocineros “estrellados” y muchos otros, en donde se considera que Santamaría “echa por tierra el prestigio ganado por la profesión (…) sembrando la desconfianza por la utilización de productos de dudosa salubridad”. En este documento, los firmantes aseguran que “no puede ser objeto de crítica que los cocineros añadan a sus conocimientos un plus de cultura, de principios científicos, de técnicas. Y que además los compartan con generosidad con los demás, como se está haciendo en los últimos años. Negarse a la evolución y frenar y echar a perder los logros que la cocina y los cocineros españoles han conseguido con un reconocimiento mundial y un éxito indiscutible -porque sean otros nombres los que figuren en los titulares- es el colmo del egocentrismo. Y no estamos dispuestos a admitir esta injusticia”.

Con el tenor que han adquirido los acontecimientos, parece claro que el debate entre Santamaría y los paladines de la vanguardia ha pasado a la lucha cuerpo a cuerpo.Aunque, en realidad, el ruido de cucharas afilándose viene de lejos: hace año y medio, en su presentación en Madrid Fusión, Santamaría ya aprovechó la atención mediática para abrir el tarro de las polémicas. Para colmo, consiguió ponerse el público en el bolsillo con frases campechanas y gestos propios de un actor: “Cuando voy a un restaurante y me sirven un huevo, no quiero saber por qué la clara es blanca y la yema, amarilla; ¡yo lo que quiero es comerme el puto huevo!”.

Lo peor de este debate que tiene como fondo el enfrentamiento entre tradición y vanguardia es que es falso, porque en la cocina la tradición pura no existe y la vanguardia no puede desarrollarse sin un punto de partida: precisamente, la tradición. Además, en un país con una riqueza y diversidad gastronómica como España pueden convivir diferentes concepciones de la cocina, como las que tienen Santamaría y Adrià, sin la necesidad de que haya enfrentamiento alguno.