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En un ger con los pastores de renos

La semana pasada, en una playa de fina arena cuyo nombre no sólo no recuerdo sino que ignoro completamente, pasó por delante de mí un hombre chino cuyo nombre también desconozco. Tocado con un sombrero tradicional de paja, portaba en sus manos de campesino una pequeña cartulina coloreada con representaciones anatómicas del cuerpo humano.  “Massage, madame, señola, massage”. Señalé en su cartoncito la figura de unos pies. “How much?” 10 euros, 30 minutos, deduje por las veces que me mostró las palmas abiertas enseñó de unas manos ajadas que media hora más tarde obrarían el milagro. Me dejó como flotando, tan ligera después de la inesperada sensión que me sentí capaz de atravesar a pié el desierto de Gobi.

Me he acordado de “mi chino” playero estos días cuando, completamente derrengada, aturdida y con las plantas de los pies hechas papilla, ponía fin a mis jornadas de “cazanovedades” en Fitur y me disponía a coger ese metro madrileño que no corre, sino vuela, pero en el que es imposible sentarse en hora punta. Los periodistas que nos dedicamos a viajes y estilo de vida sabemos que no tenemos ninguna cita tan agotadora en todo el año como la feria de turismo que hoy concluye. No es que tenga una especial obsesión con la idea de asesorar a los chinos en sus negocios (seguro que les va infinitamente mejor que a mi), pero me pregunto porqué todos tienen el mismo chiringuito de venta de chuminadas similares más o menos útiles. Si yo fuera chino y me tuviera que ganar la vida en Madrid, creo que me iría a ofrecer masajes en los pies a la puerta de un recinto ferial. (Sí, de acuerdo, es un privilegio ganarse la vida escribiendo).

Sin chino y todo he sobrevivido a Fitur. ¿Y qué hay de nuevo? Al parecer una recuperación generalizada del sector y algunos cadáveres de tiempos pasados. La fabulosa caseta de miles de metros que años atras ocupó Marina D’Or es hoy un cubículo reducido a la mínima expresión arrinconado en uno de los lugares menos paseados de un pabellón cuyo número ignoro. Excelente metáfora de la España burbujil. En fin, por aquello de que lo cool tiene que ser necesariamente minoritario, me he parado en los stands menos visitados y poco lustrosos. Mis favoritos son los de aquellos países que tengo verdaderos problemas para situar en el mapa y cuyas capitales resultan un filón para el Trivial. La ciudades más cool ahora son aquellas que han adaptado su grafía a la fonética de sus lenguas vernáculas. Con esta lógica terminé charlando amigablemente con Mangai, una joven de Ulaanbaatar (sí, ahora se escribe así) que hablaba de las delicias de Mongolia en un castellano casi perfecto aprendido en su país. (Me dieron ganas de llevarla al Senado, por cierto, para que viera nuestro marasmo). En fin, con ánimo de hacerme la enteradilla, le dije que estaba interesaba en pasar unos días en una yurta (tienda de campaña circular como la de la foto) en la región de los pastores de renos (Es una suerte que en la consulta de mi oftalmólogo tengan el National Geographic y no el Hola!). Pues bien, resulta que no se dice yurta (nombre en ruso) sino ger (denominación mongola). Estoy tan satisfecha de este nuevo conocimiento que tan útil me va a ser en mi día a día que me he permitido subirlo al titular de este post.

- ¿Piensa ir este verano?, me preguntó Mangai. Es un sitio precioso, pero los pastores de renos se pasan el día entero caminando.

- Entonces primero tengo que ir a una playa cuyo nombre desconozco a buscar a un chino cuyo nombre también ignoro y que tendría que venir conmigo.  

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Una respuesta a “En un ger con los pastores de renos”

  1. Ito Dice:

    Haberle preguntado a tu prima Loles. Ella ha dormido en una Yurta en Hohhot, capital de Mongolia Interior, China. Dice por cierto, que allí si se llamaban Yurtas.
    Aunque de esto hace más de 25 años, y eran otros chinos. Ya se sabe pobres.

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