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Arquitectura de papel y el efecto Guggenheim

Martes, 28 Septiembre 2010

El decálogo cool incluye sentarse a la mesa de cuando en cuando con un arquitecto. A ser posible con un gran arquitecto, naturalmente. Yo he tenido el enorme privilegio este fin de semana de compartir una pequeña mesa a la hora del aperitivo con Shigeru Ban y Martha Thorne. Los no muy versados en la materia (entre los que me encuentro, evidentemente) puede googelear ambos nombres: el primero es un eminente arquitecto japones célebre por el uso de materiales como el papel y el cartón en algunas de sus creaciones, también por su labor humanitaria en aquellas zonas devastadas por terremotos u otras catástrofes, como Kobe o Haiti, donde de forma desinteresada ha proyectado infinidad de edificios “express” para dar casa a quienes lo perdieron todo. Martha Thorne es la directora ejecutiva de los premios Pritzker. Y ahora lo que no viene en Google: dos personas realmente agradables e interesantes, en las antípodas de los “starchitects”, con las que se puede pasar un rato inolvidable hablando de lo divino y lo menos divino sin tener que caer en aburridas conversaciones sobre sostenibilidad, urbanismo, el fondo, la forma y todas esas cosas. Al final, te das cuenta que se habla mejor de arquitectura simplemente reflexionando sobre nuestro día a día  o cómo vivimos.

Shigeru Ban está este año de “rabiosa actualidad” por la reciente inauguración de la “sucursal” del Pompidou en la ciudad francesa de Metz, una obra de la que se ha escrito mucho -generalmente muy bien- y sobre la que se dice que sus promotores buscan el deseado “efecto Guggenheim”: dinamizar la región de la Lorena y atraer un buen número de visitantes a Metz. El tiempo lo dirá. Al margen de si se busca nuevamente el edificio-icono, la postal, he de decir que, personalmente el edificio me encanta, aunque, como ya ocurriera en su día con la torre Agbar de Nouvel, la obra de Ban está en esa fase inevitable en la que todo el mundo intenta sacarle extraños parecidos. Por lo pronto, gana el apodo de “la casa de los pitufos”. El arquitecto japonés, por cierto, tiene un gran sentido del humor y me pareció que todas estas cosas se las toma estupendamente. Su vida es la de un auténtico globalita: vive una parte del tiempo en Japón y la otra en París;  y el resto de acá para allá en aeropuertos de todos los continentes. Yo le ví justo antes de coger el avión que le llevaría de Madrid a Tokio (vía París), tras dar una conferencia en Segovia organizada por la IE University. Hablaba con entusiasmo de su paseo matinal por los alrededores del acueducto. “La mejor escuela para un arquitecto es viajar, conocer sitios nuevos, observar” me dijo. Claro que, naturalmente, para que de todo eso salga buena arquitectura hay que hacerlo con su extraordinaria sensibilidad y su inteligente mirada.