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Johannesburgo

Por fin voy conociendo Johannesburgo; después de estar recluido once días en el IBC, anoche tuve un ratito y aproveché la visita de un amigo para cenar en una de las plazas más famosas de la ciudad, y una de las más raras que he visto en mi vida. Nelson Mandela Square no es un sitio cualquiera, está edificado en altura y se accede por las escaleras mecánicas de un edificio. La plaza en sí es pequeña, pero la gracia son sus restaurantes y bares de copas que amenizan el lugar todas las noches.  Cené en un asador (sí, aquí la carne es excelente) y tomé uno de los vinos que tanta fama van teniendo en Europa. Pedimos un merlot de la casa; Yacinne, mi acompañante, me comentó que estaba un poco joven pero bebible. A mí me dio igual (tampoco me las iba a dar de exigente), estaba disfrutando de la velada más entretenida desde que aterricé en Sudáfrica.

Ya que me he puesto a relataros la noche, os cuento el epílogo. Cuando salimos del restaurante, nos pedimos una copa en el bar que estaba justo en frente. Nada más entrar, nos encontramos de sopetón con una treintena de hondureños que no paraban de corear canciones futboleras típicas de su país. Un par de ellos se dieron cuenta que eramos españoles y nos pusimos a charlar del Mundial. Habían viajado desde Tegucigalpa para animar a su selección durante toda la primera fase; bueno, hasta que duren. Y claro, ayer no era el día más propicio para fardar de España. De todos modos, ellos están convencidos que pueden darnos guerra el próximo lunes. Les creo, seguro que los suizos también lo pensaban.

He comenzado por el final, pero el día amaneció muy animado. Aquí a la gente le da igual que los Bafana Bafana ganen o pierdan, esto es una juerga continua. Este viernes había mercadillo camino del IBC, lo podéis ver en la foto. Los sudafricanos montan tiendas ambulantes al estilo de El Rastro madrileño en un pispás. Uno puede desde fruta y verduras hasta una camiseta de la selección sudafricana: el merchandising ha calado en todos los rincones de la ciudad.

El viaje diario en autobús desde el hotel hasta el centro de trabajo cubre una ruta que describe a la perfección los exagerados contrastes de Johannesburgo: desde ese mercadillo que podías ver, pasando por el centro financiero, hasta el estadio Soccer City, una monstruosidad capaz de engullir a casi noventa mil espectadores. Tanta preciosidad para que dentro de un mes quede obsoleto. Una pena, la verdad.

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