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Soweto, ese barrio…

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Si uno viene a Johannesburgo, no puede faltar a la cita de Soweto. De oídas tiene la pinta de una colmena de edificios viejos y chabolas tercermundistas, pero a la vista no son más que casas al estilo inglés con jardincillos descuidados que se extienden a campo abierto. Es un barrio con enjundia; no en vano, aquí ha vivido hacinada la mayoría negra durante los tiempos del apartheid.  Hoy también se ven blancos y algún chalé que no desafinaría en Las Rozas de Madrid. No conviene visitarlo solo ni en grupos pequeños, no sabes qué o quién te puede sorprender.  El caso es que en esta barriada convive cerca de millón y medio de gente acostumbrada a las miradas atónitas de los turistas. Todo el mundo habla de Soweto como un atractivo más de Johannesburgo; yo, de verdad, aún le estoy buscando la gracia.

Por lo demás, la noche ya se ha cerrado en la ciudad (aquí anochece pasadas las cinco de la tarde) y en un ratito me daré un homenaje gastronómico. El restaurante Soyo es una de las grandes sensaciones de la ciudad. Se trata de un asador con estilo, el africano; te sirven un jugoso solomillo mientras ves como pintan la cara al resto de comensales con tintes africanos. Para el postre, todos están maquillados en plan ritual bosquimano. No me preguntéis de qué va, me  lo dijo un oriundo de aquí y me he quedado con la copla. 

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