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Ibarretxe, candidato

Inexplicablemente, el Partido Nacionalista Vasco ha decidido presentar por cuarta vez a Juan José Ibarretxe como candidato a la presidencia del Gobierno vasco (ya lo fue en 1998, 2001 y 2005), cuando a todas luces se mantiene en un rumbo obstinado a cuyo frente sólo hay una infranqueable pared. Es posible que, para los nacionalistas, no exista en este momento opción de recambio que pueda ofrecer las garantías cuantitativas que ostenta el actual lehendakari, cuya popularidad es alta (para lo bueno y para lo malo), pero esta insistencia en el personaje anula sin duda las expectativas de su clientela, que ya ha recorrido de su mano un sombrío viaje a ninguna parte, con la consiguiente frustración.

Ibarretxe llegó a Ajuria Enea en 1999, para gestionar el derrumbe del inefable Pacto de Lizarra firmado el año anterior, que supuestamente convenció al PNV de la inutilidad de buscar a ETA para compartir objetivos políticos. El fracaso del proceso de paz pilotado por Aznar y el retorno de los terroristas a la violencia en enero de 2000 representaron el principio del fin de la salida negociada del problema de la violencia en Euskadi. Hasta que fracasó también el proceso protagonizado por el Gobierno de Zapatero durante 2005 y hasta que ETA puso fin a toda esperanza con el atentado de Barajas de diciembre de 2006.

Durante todo este agitado período, Ibarretxe, en lugar de poner racionalidad a los esfuerzos de los representantes del Estado para acabar con el terrorismo, ha insistido permanentemente en perseguir objetivos políticos autodeterministas que, se quiera reconocer o no, han alimentado intelectualmente la causa de los violentos. No ha habido, faltaría más, complicidad o connivencia alguna, pero los hechos objetivos son los que son. Primero fue el “Plan Ibarretxe”, un despropósito irrealizable en el marco constitucional, que fue abortado por el Parlamento español; después, su descabellado proyecto de Consulta, esta vez abatido por el Tribunal Constitucional. El cansancio de la sociedad vasca no ofrece dudas: fue significativo que en las pasadas elecciones generales el PNV perdiera en Euskadi, en las tres provincias vascas, en las tres capitales de provincia y en las principales ciudades de Euskadi.

¿Qué expectativas se abren ahora a los electores de Ibarretxe? ¿Qué nueva ocurrencia tendrá el candidato para la próxima legislatura, en la que no parará de atizar sus ansias independentistas, que no son secundadas en grado suficiente por la sociedad del País Vasco? ¿No sería momento de plantear, quizá, una reforma estatutaria cabal, capaz de explotar todas las potencialidades del Estado de las Autonomías, como acaban de hacer sin ir más lejos los catalanes?

El PNV gobierna en Euskadi desde 1980. La alternancia es, pues, en el País Vasco un asunto de sanidad pública, aunque sólo sea para desmantelar las redes clientelistas y oligárquicas que desfiguran la democracia. Y el agotamiento del candidato nacionalista puede ser un argumento más que debería movilizar a quienes creen que el pluralismo ha de ejercerse con audacia, entre otras razones porque el mundo no acaba en las frondas idílicas del nacionalismo. 

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